La política después de las elecciones. Una interpretación

José Ignacio Wert

Cuando, en el análisis de un fenómeno social, se dice esa tontería de que «los números hablan por sí solos», por lo general, tras ella suele venir una interpretación equivocada de los números que hubieran debido hablar por sí solos y que más bien ponen en evidencia al demiurgo aficionado que la proclama. En realidad, de demiurgo sólo tiene la fachada: quien sostiene que los números hablan por sí solos tiende a ser un ventrílocuo de poca monta que intenta hacerles hablar sin que se note demasiado el movimiento de su boca.

Números opacos

Nada hay, por el contrario, más complejo de interpretar que los números que expresan la métrica de fenómenos sociales, las matemáticas, por ejemplo, de lo que la ciudadanía expresa en las urnas en unas elecciones. Y si esas elecciones son como las que tuvimos el pasado 26 de mayo, cualquier pretensión de análisis elemental está condenada a la banalidad, a la equivocación o a la —nada infrecuente— mezcla de ambas.

Pocas elecciones tan polisémicas, de interpretación tan abierta, como las celebradas semanas atrás. Por mucha costumbre que tengamos ya de escuchar a todas las formaciones políticas apuntarse el triunfo en la noche electoral, sin que nos choque, es menos frecuente que, además, todas tengan algo de razón al apuntárselo. Y lo cierto es que por lo que respecta a las formaciones parlamentarias de ámbito nacional, con la única, señalada y terminal excepción del CDS, todas han ganado algo. La cuestión está en interpretar qué y sobre todo para qué. Porque —ça va de sol— han ganado algo también suele suceder que todos han perdido algo.

Antes de los comicios, apuntaba en estas páginas tres o cuatro claves de anticipación de lo que iban a dar de sí estas elecciones en términos de pérdidas y ganancias para unos y otros. Como los electores —en detalle que les agradezco— han tenido a bien conformar su comportamiento a mis predicciones, se trata ahora de ver lo que hay detrás de los cambios políticos que las elecciones han sacado a la luz.

En este sentido, es más útil concentrar el análisis en las elecciones municipales —por su alcance nacional— que en las autonómicas, que sólo han tenido lugar en trece Comunidades y dejan fuera cerca de un cuarenta por ciento del censo.

Los números nacionales al respecto son a la vez ilustrativos y engañosos. Comenzando por el aparentemente más unívoco de todos, la participación. El descenso de afluencia a las urnas —cercano a los ocho puntos porcentuales de censo con relación a 1987— no sólo es sintomático del enfriamiento de la ilusión participativa, como se ha dicho, sino que en la forma en que se ha producido revela la cada vez mayor «carga táctica» que acompaña a la conducta electoral: el análisis ecológico del voto en Madrid, por ejemplo, descubre una tendencia sistemática a la abstención proporcionalmente mayor en los distritos de predominio PSOE-IU frente a aquellos de predominio PP-CDS (que en estas elecciones se han transformado en predominio PP solamente) en un orden de magnitud cercano a los cinco puntos. A su vez, el vuelco de proporciones de apoyo relativo y absoluto en unos y otros distritos sugiere que un número estimable de tradicionales votantes del PSOE han optado por mostrar su discrepancia o su escepticismo a través de la abstención. El PP, así, se aproxima a la mayoría absoluta de sufragios y crece más de doce puntos porcentuales sobre voto válido con apenas un 5,8% de crecimiento de votos sobre censo. En todo caso, estos componentes tácticos no dispensan la preocupación por la caída de la tasa de votantes y su correlato de riesgo potencial de retraimiento democrático.

El color del cristal

Por lo que se refiere a las cifras «macroeconómicas» de los partidos nacionales, éstos son los saldos 87/91 más expresivos:

Partido19871991Diferencia absolutaDiferencia %
PSOE7.229.7827.163.668-66.114-1
PP4.080.7054.703.468+622.763+15
CDS1.902.293721.832-1.180.461-62
IU1.212.2621.578.361+366.099+30

Es decir, prima facie, teniendo en cuenta el incremento de la abstención, nos encontraríamos con un partido en situación de estabilidad absoluta, pero al alza relativa (el PSOE), dos creciendo significativamente en ambas dimensiones (PP e IU) y un cuarto en desplome se le mire por donde se le mire (el CDS). Sin embargo, si entramos en una contabilidad «analítica» un poco más fina, que tome en cuenta lo que se llama la ecología del voto, es decir, que discrimine en el balance qué proviene de unos y otros tipos de asentamientos humanos, no encontramos cambios de entidad mucho mayor que la que el balance general permite adivinar.

Para ello, hemos dividido España en tres cortes. El primero, el conjunto de las cincuenta capitales (A). El segundo, las veinte ciudades no capitales con más de 100.000 habitantes (B). A ciertos efectos, agregamos (A) y (B) para definir un estrato que viene a ser la España más urbana en términos político-electorales. A otros efectos, las consideramos independientemente. El estrato (A), que posee cierta heterogeneidad interna, representa el hábitat con mayor peso relativo de las clases medias emergentes, junto con clases medias tradicionales como la burguesía comercial y el grueso de las burocracias públicas y privadas. El estrato (B) es algo más homogéneo, destacando en él como definitorio el peso de los asalariados de la industria, muchos de ellos inmigrantes de primera o segunda generación de la España rural. El tercer corte (C) es el resto de España, lo que supone los estratos semiurbanos o intermedios y los rurales.

El peso demográfico de cada estrato en porcentaje respecto al censo electoral de 1987 y 1991 es el siguiente:

Estrato19871991
(A)36,136,3
(B)8,28,4
(A) + (B)44,344,7
(C)55,755,3

Analizando los resultados electorales municipales de los cuatro partidos parlamentarios de ámbito nacional según esta división demográfica, tendríamos el siguiente cuadro:

PartidoIndicador19871991
PSOE% de sus votos en estrato (A)34,930,7
% de sus votos en estrato (B)8,07,7
% de sus votos en estrato (A) + (B)43,038,4
% de sus votos en estrato (C)57,061,6
N.º de capitales partido más votado2823
N.º municipios (B) partido más votado
CDS% de sus votos en estrato (A)39,026,1
% de sus votos en estrato (B)8,15,2
% de sus votos en estrato (A) + (B)47,131,3
% de sus votos en estrato (C)52,968,7
N.º de capitales partido más votado
N.º municipios (B) partido más votado
PP% de sus votos en estrato (A)39,941,6
% de sus votos en estrato (B)4,75,4
% de sus votos en estrato (A) + (B)44,647,0
% de sus votos en estrato (C)55,453,0
N.º de capitales partido más votado1121
N.º municipios (B) partido más votado1

FUENTE: Ministerio del Interior y elaboración propia.

El vuelco de proporciones de apoyo relativo y absoluto en unos y otros distritos sugiere que un número estimable de tradicionales votantes del PSOE han optado por mostrar su discrepancia o su escepticismo a través de la abstención.

Varias son las consecuencias que los cuadros anteriores nos autorizan-previa la mediación analítica correspondiente; ni siquiera estos números «hablan por sí solos>> a extraer:

  1. El PSOE pierde apreciablemente punch electoral en la España «capitalina», de las clases medias urbanas tradicionales y emergentes, pero aguanta mucho mejor el tirón entre los asalariados industriales y, desde luego, mejora de forma impresionante su penetración en el medio rural y semiurbano. Facts, las interpretaciones son libres. Aunque haya ampliado en términos de apoyo relativo (38,4% del voto válido a nivel nacional), su resultado del 87 en casi dos puntos porcentuales, ha reducido su diferencia respecto al segundo partido (el PP ahora, AP en 1987) en tres puntos (era de dieciséis puntos y es ahora de trece). Lo que fue la «barrida urbana» del 83 y su atenuada versión del 87 han dejado lugar a un escenario de poder metropolitano en el que -elementos simbólicos al margen- se da una situación equilibrada con el PP. En 1987, el PSOE, partido más votado de todos los concurrentes en 28 capitales, aventajaba al PP en 36 de las 50. En 1991, el PSOE, partido más votado en 23 capitales, aventaja al PP en 29.y es superado por él en 21. Lo que se llama en sociología electoral la «pluralidad>> PSOE/PP en el voto de las capitales (esto es, la relación porcentual existente entre el voto a cada uno y el total que constituye su suma) ha pasado de ser 61/39 en 1987 a ser ahora 53/47, es decir, se ha equilibrado casi por completo.
  2. Por lo que se refiere al PP, el reverso del análisis anterior en cuanto le es de aplicación (es decir, incremento espectacular del voto urbano, reequilibrio a ese nivel de la comparación con el PSOE, mejor penetración en el estrato urbano industrial) no puede ocultar ciertos elementos de fragilidad o de insuficiente avance en relación con las <«rentas de oportunidad» que la elección propiciaba. Así, sucede que el PP ha perdido primeras posiciones en diversos lugares como Santander, Cuenca, Zamora, o posibilidades de seguir gobernando al carecer de <coalescibilidad en lugares como Toledo o Jaén. Esto es, no en todas partes la desaparición o el extremo debilitamiento del CDS se traduce en conquista de poder, sino que a veces su efecto es el inverso, la pérdida de posiciones <<conquistadas a medías».
  3. El caso del CDS adquiere en este tipo de análisis si cabe mayor contundencia que en el-ya de suyo muy expresivo análisis de conjunto. Porque la ecología del naufragio pone de manifiesto la naturaleza presumiblemente <<extintiva», deferente y clientelar de los puñados de votos que han ido a parar a su contabilidad. El descalabro tiene una versión capitalina y otra urbana no capitalina, pero las intensidades del mismo son muy similares. De hecho, las proporciones que representan los votos de 1991 en cada uno de esos dos estratos en relación con los obtenidos en el mismo estrato cuatro años atrás son milimétricamente iguales: en ambos <«ecosistemas» políticos, los votos centristas de ahora equivalen en número a la cuarta parte de los recabados en 1987, mientras que en el estrato (C), semiurbano y rural, el CDS obtiene votos equivalentes al 50% de los que consiguió hace cuatro años. Espejismo aritmético o reedición en clave de farsa (recuérdese lo que dice Marx sobre la repetición de los acontecimientos históricos en «El 18 Brumario de Luis Bonaparte»), lo cierto es que las proporciones de deterioro electoral relativo en cada subsistema se asemejan enormemente a las de la caída letal de UCD en 1982.
  4. Y, hablando de Marx, están los resultados de IU. Se trata, tal como veíamos al considerar los balances agregados, de la fuerza de ámbito nacional que experimenta un crecimiento neto relativo más rotundo: los trescientos sesenta mil votos en que aumenta su cosecha del 87 significan un aumento del 30%. Pero el grueso de su crecimiento tiene lugar en el estrato (C) -desde luego en términos relativos, aunque también en términos absolutos y, en menor medida (aunque la anterior sobrerrepresentación en ese estrato traduzca ahora su avance absoluto en un descenso relativo de su tasa de participación) también en el estrato (A), el capitalino. Pierde participación y votos en cambio en el estrato (B), el que representa de modo más genuino los caladeros tradicionales del PCE, lo que puede estar sugiriendo varias cosas en torno al cambio de referente de este voto, cada vez menos explicado por la matriz de la subcultura política tradicional del comunismo y más inducido por variables de orientación neo-izquierdistas. Con todo, la naturaleza funcional de IU dentro del sistema del poder político local apenas se modifica «directamente» a través del resultado: sigue ostentando posiciones relativas homólogas a las del 87, pese a tener más votos; el que esos votos le sirvan o dejen de servir para conquistar nuevas parcelas de poder tiene, paradójicamente, menos que ver con su fortalecimiento que con el debilitamiento geográficamente localizado de su adversario/complemento, el PSOE. Desde esta perspectiva, el regalo aparente de votos para investiduras que a la altura en que esto se escribe, antes de la constitución de gobiernos municipales y regionales constituye el mensaje lanzado a la opinión por los hombres de Anguita parece una forma inteligente de ganar espacio de maniobra futuro, sin desgastarse ahora en la discusión siempre antiestética de las parcelas de poder. Pero esa es la harina del costal siguiente.
  5. Antes de sumergirnos en él bueno será decir siquiera una palabra acerca de los partidos que este análisis no ha considerado, los de ámbito regional. Su suerte ha sido desigual entre la estabilidad en las (sólidas) posiciones de poder local ya ocupadas, como es el caso de CiU, al ascenso espectacular del PA (que no está lejos de doblar sus votos del 87) o los deterioros de partidos tan distintos como puedan serlo el PAR, EA o HB. Como es sólito, las elecciones locales han dado lugar también a la floración de algunos ejemplares políticos singulares. Si en la politología anglosajona se habla del single issue party (lo que podríamos traducir como partido monotemático) para referirse a aquellas formaciones que nacen con el exclusivo propósito de responder a una demanda muy concreta y específica de ciertos ciudadanos, aquí vamos camino de consagrar como paradigma el single person party, es decir, aquel partido que nace con la exclusiva vocación de dar cauce expresivo (y, fatalmente, también instrumental) a las ansias de poder, dinero o vendetta de algún personaje de la jet society, de la café society o, incluso, de la «Marca society». Y así los marbellíes han dado la mayoría absoluta al G.I.L. de Gil y Gil, como antes algunos millares de ciudadanos de todo el país le habían dado un euroescaño a Ruiz-Mateos (y otro a su yerno por exceso de celo). En fin, será que somos muy individualistas: ya dijo hace bastantes años Murillo Ferrol que en España en vez de grupos de presión como en todas partes- había individuos de presión…

Negociaciones y canciones de amor

Hay, tras estas elecciones, varias incógnitas abiertas. En sí mismas, lo cierto es que las urnas no despejan más que unas pocas interrogantes cuyas respuestas casi estaban ya prefiguradas y como «descontadas por la gente. La más importante, sin duda, la segunda «muerte del centro», de la que ya hemos dicho algo de pasada. Tema evidentemente de enjundia bastante para no poder ser despachado analíticamente a la ligera, pero —si se me permite un pronóstico sin aportar la argumentación que lo sustenta— tema decidido: en este ciclo político de la post-transición no queda espacio ya para el CDS. La tercera edición de una fuerza de centro habrá —a mi entender— de aguardar a que se cierre este ciclo político-institucional.

A su vez, esa muerte —y mi nula fe en su resurrección— redimensiona la siempre aplazada cuestión de la alternativa política al PSOE. Creo que hoy la cuestión está en saber si el «hueco» político dejado por la retirada de Suárez contribuye más a afianzar a Felipe González en la Moncloa o a abreviar la peregrinación de José María Aznar a ese mismo destino. Y elementos hay en el resultado electoral para sostener lo uno como para afirmar lo otro. El decantamiento final tendrá que ver con el manejo de los arreglos postelectorales tanto como con el sentido de las pérdidas del PSOE y las ganancias del PP en el subsistema urbano.

La naturaleza funcional de IU dentro del sistema de poder político local apenas se modifica «directamente» a través del resultado: sigue ostentando posiciones relativas homólogas a las del 87, pese a tener más votos.

Empezando por este último aspecto, que en sí mismo merece un ensayo de cierta extensión en el que ya estoy trabajando, cabe hacer una «lectura profética» del relativo desplome del PSOE en las ciudades (y a ello darían pie los análisis secuenciales de nuestra historia electoral desde 1986) tanto como una «lectura táctica» (según la cual el electorado urbano «avisaría» al PSOE en estas elecciones de menor calado político). Prospere la interpretación que prospere, lo cierto es que el partido gobernante tiene necesidad de enfrentarse a la situación para él inédita de intentar reconquistar lo que en gran parte fue la «silla de montar>> de su victoria telúrica de 1982. Pero despejar esa cuestión implica un análisis de las políticas de este país en el último lustro y sus consecuencias sociales, que desborda con mucho las posibilidades de hospitalidad de este artículo.

Por lo que se refiere al manejo de los pactos, la frase (a veces atribuida a Andreotti y a veces a Fanfani, y tan creíble en uno como en otro) de que lo que más desgasta del poder es su carencia, parece el mot d’ordre que guía los pasos de las cúpulas partidarias en estos trasiegos postelectorales. Nadie —excepto, con mucha más sagacidad de la que parece, Izquierda Unida— quiere dejar de rebañar lo rebañable y se escuchan mensajes desconcertantes. De cierto catedrático de Económicas (ya fallecido, por lo que omitiré el nombre) contaban sus alumnos que solía explicar en clase la peregrina doctrina de que el esquema marxista era aplicable a economías agrarias de secano pero no a las de regadío. Pues con esto de los pactos viene a suceder lo propio: la lista más votada debe gobernar aunque no sea mayoritaria allá donde su acceso al poder pudiera verse entorpecido por la lista más pactada —en la genial expresión de Máximo— de signo contrario; por el contrario, si uno está en condiciones de propiciar ese arreglo de «lista más pactada», va de suyo que los electores así lo han querido al negar al más votado la mayoría suficiente para hacerse con el poder.

Esto es natural. Lo que sucede es que en esas estrategias de pactos no se juegan lo mismo los dos actores más relevantes de la competición a escala nacional: en esa apuesta arriesga mucho más el PP como challenger que el PSOE como incumbent. A mi juicio, mientras los méritos y deméritos del PSOE son ya un dato, en buena medida los del PP permanecen para muchos como una incógnita. De ahí la importancia que puede tener cierto desempeño emblemático, como la alcaldía de Madrid. De ahí la importancia del acierto en los pactos: no culminar ni uno más ni uno menos de los que puedan arrojar un saldo neto de estabilidad institucional. Tal es su riesgo. En una zona que es ya casi del inconsciente colectivo está la asociación entre estabilidad institucional y gobierno socialista y fragilidad política y gobierno de centro-derecha. Para el PP, entrar en pactos con un potencial de inestabilidad consecuente puede resultar demoledor. No estaría de más en esta hora de firmas que —antes de sacar la estilográfica— todos recordaran la advertencia de Paul Simon: «Negotiations and love songs / are often mistaken / for one and the same» (Train in the distance, 1981).

En estas cuestiones, como amargamente han aprendido algunos, las confusiones se pagan. Porque, para finalizar, sigue siendo válido aquello que Walter Lippmann escribiera hace cerca de treinta años acerca de las expectativas del pueblo sobre el gobierno: «No hay necesidad mayor para quienes viven en comunidad que la de ser gobernados; auto-gobernados, si ello es posible, bien gobernados si tienen esa suerte, pero, sea como sea, gobernados…» (New York Herald Tribune, 10 de diciembre de 1963, p. 24; cit. por Samuel Huntington, Political Order in Changing Societies, Yale University Press, Londres 1968, p. 2; subrayado no original).