Elecciones en Mayo. El regreso de la política

José Ignacio Wert

El domingo 26 de mayo se produce la cuarta renovación total del poder municipal y la tercera del autonómico en las trece comunidades que accedieron al autogobierno mediante la «vía lenta» del artículo 143 de la CE. Aunque tenga todo el aire de un truismo, lo primero, pues, que hay que decir es que esas elecciones poseen una importancia política directa suficiente como para que sea ése el aspecto bajo el que principalmente se examinen, y no, como se está haciendo, el indirecto de unas <> en busca de la pole position de unas elecciones generales que «tocan» en 1993, aunque a la vista de los antecedentes en el ejercicio de la facultad constitucional de disolver de Felipe González- uno más bien las barrunta para finales del 92, sobre la espuma de sus fastos, salvo que salgan ne-fastos…

Doce años de democracia local convierten en un episodio casi rutinario el ejercicio de renovación consistorial que en los más de ocho mil municipios está por desarrollarse. Tal vez sea éste el primer elemento a fijar analíticamente. Las elecciones del mes de mayo van a cerrar un ciclo de democracia local, el que se abre con la llegada masiva al poder metropolitano (Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza…) de coaliciones social-comunistas en 1979, que en su mayor parte se transformaron en gobiernos hegemónicos socialistas en 1983, sobre la estela de la «marea rosa» del 82, y que cuatro años más tarde, en 1987, devinieron gobiernos aún socialistas en su mayoría, pero mucho más frágiles, cuando no como sucedió en Madrid- totalmente quebradizos y reversibles durante su mandato por mayorías alternativas de centro-derecha.

La dirección del voto

Estamos a las puertas al menos así lo indican las encuestas y lo avalan los antecedentes electorales más recientes de una transformación de la ecología del voto local de cierto alcance. Con matices y excepciones, hasta ahora el PSOE ha disfrutado de una ventaja en ocasiones hegemónica en los ámbitos urbanos y metropolitanos y una situación de partida algo más débil en los núcleos rurales e intermedios. Es muy posible que, tras las elecciones de mayo, sin que haya un «terremoto» en cuanto a la cuota de votos municipales del PSOE a nivel de su suma nacional, sí se produzca un cambio en las proporciones en que los afluentes urbanos y rurales aporten caudal a esa corriente. Es posible que las pérdidas urbanas se vean compensadas o casi por las ganancias rurales. Pero aunque para un demócrata el voto de Villaconejos vale exactamente lo mismo que el emitido en Chamberí, la interpretación del resultado en Madrid tiene más trascendencia que la de cien pueblos de tres mil habitantes que sumaran la misma población que la Villa y la Corte. En un análisis particularmente sagaz de José María Maravall¹ acerca de las primeras elecciones locales de 1979, el politólogo socialista llamaba la atención sobre el hecho de que tales elecciones-socialmente «leídas>> como un gran triunfo de la izquierda en general y del PSOE en particular arrojaban en realidad unos resultados globales muy similares a los que un mes antes habían supuesto el triunfo en las legislativas de UCD. Tan sólo el plus de «visibilidad simbólica» de los resultados en las grandes ciudades llevó a la sobreinterpretación de aquel voto municipal. Cabría -aunque esto ya no lo dice Maravall conjeturar hasta qué punto la consolidación de posiciones de poder local influyó a su vez sobre la evolución posterior del curso político que culminaría en las elecciones del cambio.

Las tendencias podrían ahora ser inversas. Es previsible que el PP consiga algunas mayorías al menos relativas particularmente «vistosas». Entre ellas, la más emblemática, sin duda la de Madrid. Más dudoso resulta aún a estas alturas, si tales mayorías fundan o no situaciones de poder local importantes o quedan neutralizadas por acuerdos de gobierno entre el PSOE y -sobre todo Izquierda Unida que dejen a los populares con la frustración de sus expectativas de gobernar.

¿Hacia el cambio electoral?

En este sentido, cabría que nos encontráramos ante una limitada posibilidad de reedición de la geometría postelectoral del 79… en un cuadro político interno y externo que nada tiene que ver con el de hace doce años. La madrugada del 3 al 4 de abril de 1979, la Calle Mayor y la Plaza de la Villa de Madrid se llenaron de banderas rojas tanto del PSOE como del PCE y de militantes emocionados de uno y otro partido que coreaban un eslogan: «PSOE, PCE, unidos a vencer». No es fácil imaginar ahora una reedición de la escena: ni el corazón ni la razón de unos y otros apuntan en esa dirección.

Hacia el bipartidismo

En todo caso, ése es un proceso lleno de dudas. De lo que poco cabe ya dudar es del colapso práctico de la estrategia del CDS. Suárez tiene un puesto bien ganado en el Guinness de la imprevísíbílídad, y no seré yo el insensato que pronostique su desaparición de la escena política. Suárez siempre vuelve. Pero todos los indicios apuntan a que el 26 de mayo va a ser para sus huestes un verdadero viacrucis del que van a salir más que debilitados en las posiciones de poder local y regional que habían conquistado en el 87. Con lo que, de rebote, el PSOE se queda sin un partner cómodo con el que abrochar mayorías desfallecientes y pierde un significativo margen de maniobra.

Parece probable que aumente la concentración del voto en las dos primeras opciones en relación con lo que sucedió en 1987. Entonces, a nivel del total nacional, PSOE y PP (AP todavía) lograron congregar a seis de cada diez votantes. En el 83, siete de cada diez votantes se habían inclinado por el PSOE o Coalición Popular. Quizá volvamos ahora a una concentración de ese mismo orden de magnitud, en un aparente refuerzo de la tendencia a la distribución bipolar imperfecta de los apoyos electorales. La incógnita a ese respecto-dando por seguro un muy serio retroceso del CDS- es hasta qué punto van caer sobre IU los cascotes desprendidos no sólo del Muro de Berlín -cuyo efecto electoral no fue precisamente pequeño en Andalucía el año pasado, sino también del desenlace de la guerra del Golfo.

La madrugada del 3 al 4 de abril de 1979, la Calle Mayor y la Plaza de la Villa de Madrid se llenaron de banderas rojas tanto del PSOE como del PCE y de militantes emocionados de uno y otro partido que coreaban un eslogan: «PSOE, PCE, unidos a vencer».

En una elección hay aspectos que interesan a cada uno de los contendientes -las cuotas relativas de apoyo electoral y las posiciones de poder que aquéllas otorgan y otros aspectos «sistémicos» que interesan a todos. El principal, la participación. He aquí un termómetro sensible de la temperatura del cuerpo político, y me temo que los resultados van a obligar a echar mano de otros termómetros. O mucho me equivoco o aquello de que «por mayo era por mayo/ cuando hace la calor» va a ser esgrimido como justificante de una concurrencia a las urnas que según las encuestas hasta ahora realizadas podría situarse entre cinco y diez puntos por debajo del 70% que hace cuatro años se logró. Mal asunto. T. S. Eliot, el poeta que sabía que los meses tienen alma, no sóno nos recordó que abril es cruel, sino también que mayo es «depravado». Lo malo, si hay que echar mano de esa depravación, es que la hemos ritualizado en la última reforma electoral para los restos, ya que a partir de ahora todas las elecciones municipales se celebrarán el último domingo del mes de las flores.

En todo caso, viene bien ahora un poco de política. Si tienen razón quienes dan la vuelta al manoseado apotegma de Von Clausewitz para decir que en realidad la política es la continuación de la guerra por otros medios, ojalá que la política que se nos echa encima con la necesidad de acuerdos, transacciones, compromisos y componendas nos sirva al menos para salir de la crispación y el agobio en que la guerra nos había metido. Tal sería el modesto triunfo de su deseable regreso…