La población española: del «Baby Boom» al envejecimiento

A comienzos del pasado mes de mayo, y organizadas por la Fundación para el Análisis y el Estudio de los Problemas Sociales, se celebraron en Ávila unas jornadas sobre la situación y perspectivas de la población española. Bajo la dirección de Rafael Puyol, un selecto grupo de especialistas españoles y franceses analizaron los últimos datos disponibles sobre la demografía europea y la evolución de los indicadores demográficos sobre la vitalidad, evolución y distribución territorial de nuestra población.

El panorama presentado difiere notablemente de la imagen que tópicamente ha caracterizado a la sociedad española hasta hace poco más de dos lustros: hemos pasado de una situación de fuerte natalidad a uno de los índices más preocupantes de fecundidad, de ser una población joven a no serlo en absoluto, y de ser un país de emigración a ser un país de acogida. Ante esto, no se sabe bien qué llama más la atención, si la brusquedad del cambio de modelo poblacional o la inercia con la que persisten estereotipos ya injustificables, y, lo que es aún más curioso, políticas de desincentivación de las que, inspiradas en aquellos, son ahora mismo muy poco recomendables, cuando no gravemente irresponsables.

En ausencia de otros factores —emigraciones, alargamiento de la vida, etc.— la población española habría empezado a disminuir a mediados de los ochenta y ha empezado, desde luego, a envejecer de modo realmente rápido y preocupante.

El índice de fecundidad, número medio de hijos por mujer, está situado por debajo de 1,3 en la actualidad, lo que nos coloca a la cabeza de los países de reducida fecundidad. Dado que el índice que permite la reposición de la población está por encima de los 2 puntos, nuestra natalidad es, en estos momentos, incapaz, por sí sola, de reponer las bajas de población causadas por la muerte. En ausencia de otros factores —emigraciones, alargamiento de la vida, etc.— la población española habría empezado a disminuir a mediados de los ochenta y ha empezado, desde luego, a envejecer de modo realmente rápido y preocupante.

Desciende la natalidad

El panorama demográfico español es especialmente átono en las regiones de la España interior, donde las emigraciones hacia la periferia y el crecimiento —sobre todo desde los años 50 hasta bien entrados los 70— de los núcleos urbanos, han dejado a los municipios rurales en una situación de escasez de población y con un porcentaje de personas viejas muy por encima de lo normal.

Según estimaciones de la OCDE, en los próximos cuarenta años, el envejecimiento demográfico provocará un aumento del 40% en los costes sanitarios y un crecimiento cercano al 80% en las cantidades necesarias para atender las prestaciones de jubilación. Pero no son sólo aspectos económicos los que están en juego, con ser estos importantes y preocupantes.

La imposibilidad del reemplazo generacional, amenaza nada teórica a medio plazo, plantea ya un futuro lleno de incógnitas: es verdad que no podemos hacer predicciones incontestables y que, como ha sucedido en los últimos años en Suecia, la natalidad podría recuperarse, sobre todo si, como allí, se adoptan políticas que lo favorezcan. Sin embargo, una condición previa para que todo ello pueda suceder es que la sociedad esté adecuadamente informada de cuál es nuestra situación, de manera que libremente se pueda decidir un incremento de la fecundidad capaz de invertir el brusco declive de la natalidad española.

Está bastante claro que el descenso de la natalidad se debe a que la población considera, en su conjunto, preferible una fecundidad moderada o baja que una más alta. Las razones por las que se llega a esa elección son más complejas, aunque, sin duda, figura entre ellas la impresión de que la baja natalidad es una buena respuesta a la escasez de empleo. Si se quiere crecer, es necesario cambiar esa imagen e imprescindible adoptar una serie de medidas que favorezcan a la familia con hijos en los ámbitos fiscal, educativo, social, etc. Pero nada de esto será posible sin que la población disponga de los datos del problema, sin que se derriben los tópicos que han fomentado políticas antinatalistas y se acabe con los abundantes residuos de supuesto progresismo a costa de la desnatalidad.

En la clausura de las Jornadas, José María Aznar, presidente de la Fundación para el Análisis y el Estudio de los Problemas Sociales, organizadora de la reunión, subrayó la importancia de una sensibilización social en relación con estos problemas que nos van a plantear retos inéditos en los próximos años.