La lucha por la libertad

Juan Pablo de Villanueva

1989 quedará inscrito en los anales de la historia contemporánea como un año sustancialmente revolucionario, en el curso del cual se han sucedido una serie de hechos políticos de incuestionable trascendencia.

La lucha por la libertad

Un sucinto índice nos da idea cierta de la magnitud de los hechos acaecidos: desde la elección de un primer ministro católico en Polonia, pasando por la matanza de la Plaza de Tiananmen en Pekín, la caída de Honnecker y de su sucesor Egon Krenz en la República Democrática Alemana -con la apertura de la Puerta de Brandenburgo, símbolo de la división germana-; el cambio desencadenado en Hungría, Checoslovaquia y Bulgaria; el trágico fin de la familia Ceaucescu en Rumanía; la derrota del candidato pinochetista en Chile; y la intervención militar de los Estados Unidos en Panamá, etcétera.

Por tanto, se puede decir sin exageración que ya nada será igual a partir de ahora, cualquiera sea el rumbo de unos procesos inconclusos e indiscutiblemente delicados como los que se desarrollan en el Este. El panorama internacional ha sufrido un giro completo, y aunque, de momento, el protagonismo se centra en los países de la Europa Oriental, no cabe duda de que todo el Viejo Continente resulta afectado por el derrumbe del sistema totalitario marxista-leninista, establecido por los ejércitos soviéticos en el fragor de la II Guerra Mundial y de la inmediata post-guerra.

A la vista de la extraordinaria sacudida experimentada por regímenes supuestamente monolíticos e indestructibles, puede que la opinión pública reaccione con una mezcla de asombro e incredulidad. Pero, en rigor, no habría de quedarse boquiabierta -pues edificios más sólidos se han desplomado con estrépito a lo largo de los siglos-, no sólo por una consideración elemental de la inexorabilidad de la historia, sino también por la propia naturaleza de unos regímenes infrahumanos, verdaderas «dictaduras sobre el proletariado», radicalmente contrarios a los derechos fundamentales de la persona humana, cuya fuerza bruta constituye a la postre su debilidad intrínseca.

Los propios comunistas ilustrados se dieron cuenta en su tiempo de las quiebras del tinglado, aunque una propaganda planetaria, con la complicidad de numerosos medios de comunicación independientes, haya puesto sordina a las denuncias de quienes conocían al monstruo… porque habían vivido en sus entrañas. De suerte que cuando Kruschev, en el XX Congreso del PCUS (1956), denunció las atrocidades del régimen comunista bajo el largo período de Stalin -a quien Kruschev, por otra parte, sirvió dócilmente-, los círculos intelectuales de la izquierda en Occidente afirmaron que no sabían nada de semejantes crímenes, condenándolos, como no podía ser menos, «enérgicamente». Al respecto, después del resonante discurso de Kruschev, el gran poeta chileno Pablo Neruda, autor de una bochornosa Oda a Stalin, y Premio Stalin por la Paz y la Amistad, le dijo a Louis Aragon, su colega y correligionario comunista francés: «Nos han desmontado del caballo», confidencia que refiere Octavio Paz en su libro Sombra de Obras (Editorial Seix Barral, Barcelona, 1983).

Pues bien; ahora, ante el gran estallido y, sobre todo, ante las atrocidades de la tiranía de Ceaucescu, los mismos círculos de la izquierda -aunque lo sean de la llamada «izquierda festiva»- alegan su total ignorancia. En Francia el debate es muy vivo sobre este particular y afecta a algunas figuras del centroderecha. Por el contrario, en España se han silenciado de forma harto llamativa las visitas de tantos personajes -el general Díez Alegría, en 1974; Carrillo, en numerosas ocasiones; y Felipe González, en 1977, acompañado de Guerra, Galeote, etc.- al «conducator», puesto como ejemplo de un comunismo/socialismo reformista, moderado e independiente de Moscú, y los propios honores a Ceaucescu, invitado oficialmente en nuestro país por los Gobiernos democráticos. En esta misma línea de complacencias con los prototipos de unos regímenes abyectos, cabe recordar también el reciente doctorado «Honoris Causa» concedido por la Universidad Complutense a Honecker, y la medalla del Senado impuesta a Fidel Castro…

Dos modelos opuestos

En todo caso, merece resaltar el común denominador que caracteriza a esta saga de acontecimientos mundiales: la lucha por las libertades públicas, el pluralismo y la democracia, que paulatinamente se impone en las sociedades más desarrolladas del mundo, aunque aún no es el sistema predominante.

En efecto, existen dos modelos opuestos para resolver en una sociedad las legítimas discrepancias políticas. El primero consiste en imponer por la fuerza las propias opiniones. El segundo es el respeto estricto de las reglas del pluralismo democrático, en función de las cuales corresponde a los ciudadanos elegir a quienes deben representarlos durante un período de tiempo limitado. Por supuesto, ambos sistemas polares tienen una realización práctica llena de graduaciones y matices.

Pero cambiar de un sistema a otro sin violencia es harto difícil. En una dirección -de la democracia al totalitarismo, como en el caso nazi- es casi irrepetible. En la opuesta, tampoco resulta fácil, como lo muestran los ejemplos históricos más recientes que acabamos de vivir. La revolución aún no ha sabido desprenderse de su ganga que es la fuerza.

En Chile estamos viviendo el típico proceso de recuperación de la democracia, saliendo de una dictadura militar de derechas. Es un experimento que cuenta con unos cuantos antecedentes históricos. Pinochet se ha querido reservar una cierta vigilancia de las fuerzas armadas sobre el proceso político. Algo que, mutatis mutandis, sucedió en Portugal y en España, y que lógicamente durará poco, menos de lo que querría el dictador sudamericano.

La intervención norteamericana en Panamá, con el derrocamiento por la fuerza del dictador Noriega, que se había resistido a aceptar el veredicto de las urnas amparado en el Ejército, también tiene precedentes conocidos. Lo anómalo del caso es la intervención extranjera, que desvirtúa en sí misma la grandeza del cambio perseguido, ya que el fin no justifica los medios.

La novedad mayor está en los sucesos de los países del Este de Europa, porque no hay precedente de que un país comunista deje de serlo pacíficamente para evolucionar hacia el sistema democrático. El experimento polaco, que ha contagiado por simpatía a otros procesos de liberalización como el húngaro, checo, búlgaro, alemán, etc., no se entiende sin comprender lo que está cambiando en la Unión Soviética, y en el mundo comunista en general. Rumanía pudo acabar en un paso atrás como el de la China tras los sucesos de la Plaza de Tiananmen. Pero en Bucarest triunfó la revolución y el tirano ha sido ejecutado. Veremos si finalmente se abre camino la democracia.

El caso ruso

El caso polaco nos muestra que un país sometido a la dictadura comunista por la fuerza de una potencia extranjera puede liberarse, consiguiendo la democracia cuando cesa la presión militar extranjera. Porque la sociedad polaca no ha sido nunca voluntariamente comunista. Lo mismo se podría decir del resto de los países satelizados por la Unión Soviética tras la II Guerra Mundial.

El caso ruso es distinto, porque allí no existe propiamente ninguna tradición democrática, excepto la muy corta inmediatamente anterior a la Revolución de octubre. Y desde entonces hasta la «perestroika» su historia ha consistido en dar vida a un proyecto totalitario con pretensiones expansionistas: el régimen de la dictadura del proletariado, presuntamente encarnado por el partido comunista (PCUS). No creo que Gorbachov haya pensado jamás en un auténtico sistema democrático para la Unión Soviética.