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Ver productos1 Jul 1990 - 5min.
El consenso logrado por la propuesta de Mijail Gorbachov en Italia, días antes de la cumbre de Malta, para la convocatoria de una conferencia de jefes de Estado y de Gobierno de la CSCE, demostró al menos dos cosas: la necesidad de recuperar un proceso que en los últimos tiempos había tocado techo y la voluntad compartida por los 35 Estados participantes por potenciarlo y dotarlo de nuevos contenidos.
La cumbre extraordinaria de la CSCE, prevista para finales de año o comienzos del próximo, no está ni siquiera convocada oficialmente. Podría serlo próximamente, siempre y cuando las negociaciones sobre armas convencionales (CFE) que se desarrollan en Viena avancen a un ritmo regular.
Pero el principal problema que deberán afrontar los 35 países participantes no es obviamente formal sino político. El diseño de la CSCE, tal y como se entiende actualmente, precisa una reconversión profunda mediante acciones concertadas de desarrollo, actualización e institucionalización. Sin estos tres procesos coordinados y simultáneos, la línea de la distensión iniciada hace 18 años en Helsinki parece condenada a ser cada vez más tenue, pese a que el medio ambiente político en Europa ha mejorado considerablemente y el gran cambio en el Este debería potenciarla.
Tras la conclusión de la conferencia de seguimiento de Viena el año pasado, los diversos foros previstos en el mandato se han desarrollado sin contratiempos y según el calendario previsto. Los foros de Londres sobre información, París (sobre dimensión humana) y Sofía, sobre medio ambiente, han cumplido sin dificultades los objetivos para los que fueron programados.
No hay razón alguna para creer que los de Copenhague y Palma de Mallorca van a fracasar. Pero el cumplimiento del mandato de Viena y la celebración de todos los foros previstos hasta la reunión ordinaria de 1992 (incluido, naturalmente, el importantísimo de Moscú sobre derechos humanos) no servirán para revitalizar el proceso.
Nada de eso significa que los grandes principios consagrados en Helsinki estén obsoletos. El fomento de la confianza militar, el desarme, el reconocimiento de las fronteras, la mayor liberalización económica y social, la potenciación de las dimensiones humanas y los contactos siguen siendo principios básicos en el proceso de cooperación y seguridad compartida… El cambio en el Este y en la Unión Soviética ha venido, sin embargo, a trastocar no pocas situaciones y a plantear problemas nuevos, de carácter global, regional o vecinal. Entre los nuevos problemas están, naturalmente, los que plantea la reunificación alemana.
La CSCE, cada día con menos vigor, ha sido el principal foro multilateral para la promoción de la confianza y los contactos entre bloques y países. Se trata de un lugar de encuentro único, tanto en el terreno geopolítico como temático. Pero carece de estructuras permanentes, de referencias institucionales, incluso -como alguien ha escrito ya- de entidad. Ello exigirá en el futuro poner en marcha un proceso de institucionalización.
La cumbre extraordinaria prevista para finales de este año podría ofrecer la ocasión de iniciar este proceso de institucionalización que no será fácil tanto por los diversos proyectos presentados por los países miembros como por la complejidad de una estructura cuyos objetivos tal vez deban ser redefinidos.
Todos estos proyectos de institucionalización pueden reseñarse en una serie de propuestas. En primer lugar, la celebración de una reunión cumbre bianual de jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros. La primera de ellas sería la extraordinaria de este año. Otra reunión institucional, dos veces por año, debería ser de ministros de Exteriores: se trataría del embrión de un mecanismo consultivo. Para completar y legitimar las reuniones de jefes de Gobierno y ministros, habría que contar también con un organismo de carácter parlamentario donde estuvieran representadas las Cámaras o Asambleas democráticas de todos los países participantes. Por último, se ha sugerido también la creación de un «Centro de control de crisis y verificación de medidas de desarme» y de órganos funcionales para la armonización de telecomunicaciones, medio ambiente, derecho, etc.
Las propuestas de algunos países como Polonia y Checoslovaquia son ambiciosas y hoy por hoy no parece que logren apoyos generalizados. Polonia propone la creación de un «Consejo de Cooperación Europea» al socaire de la CSCE que podría ocuparse de todos los temas relacionados con el continente. Por su parte, Checoslovaquia sugiere la creación de una «Comisión Europea de Seguridad» que sustituiría en el futuro a las dos alianzas militares.
Queda poco tiempo para su convocatoria en primer lugar. Y se mantienen reticencias para su celebración por parte de algunos países (entre ellos, Estados Unidos en los últimos meses por los dos y la Unión Soviética) que desean condicionarla a la firma de los acuerdos sobre armas convencionales en Europa (CFE) y medidas de confianza y seguridad (CSBM). Ahora bien, en Viena asistimos en las últimas semanas a cierto «impasse» en el ritmo de las negociaciones.
Las reducciones en fuerzas aéreas y personal en Centroeuropa dificultan actualmente la consecución de un acuerdo y todo indica que sólo a través de un impulso político por parte de la Unión Soviética o una mayor flexibilidad por parte occidental puede salvar el bloqueo actual.
Si se superara el obstáculo de condicionar la celebración de la conferencia a un acuerdo en Viena (España es uno de los países que se opone a este condicionante), los países participantes deberían ponerse de acuerdo en un orden del día, por elemental que fuera. En la actualidad se parte de una evidencia: los grandes cambios producidos desde 1985 en el escenario europeo y sus repercusiones sobre los aspectos económicos, políticos, sociales y de seguridad y desde ahí cada uno expresa una serie de esperanzas o deseos, tomando como pretexto o argumento a la CSCE. Hay quienes creen, por ejemplo, que el carácter global (del Atlántico a Wladivostok) de la CSCE facilita la creación desde ella de un nuevo foro paneuropeo de seguridad en el que se encauzarían las negociaciones para la reducción de armamentos con participación de los países neutrales y no-alineados.
Pero todo cuanto antecede constituye apenas un modesto ejercicio de prospectiva a partir de las necesidades detectadas, las insuficiencias y las urgencias a las que el proceso iniciado en Helsinki se halla sometido.