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Ver productos1 Jul 1991 - 8min.
La economía española está experimentando una profunda transformación: intensa por su contenido y veloz por su concentración en el tiempo. Se trata de un proceso capaz de alterar no sólo la faz del sistema productivo, sino la fisonomía del conjunto de la sociedad, modificando el papel de los agentes económicos. Y lo más probable es que el cambio se intensifique en los años noventa.
La fuerza motriz que nos arrastra de modo incontenible es relativamente sencilla de identificar: la integración en la economía internacional. En efecto, la economía española ya no es sino un eslabón de la cadena constituida por los sistemas productivos de los países avanzados. Fuera de esa cadena no hay presente, y mucho menos futuro. El desarrollo económico de los pueblos está en función de su capacidad de estar presentes en el flujo internacional de bienes, servicios y capitales. Los ejemplos de los llamados <<dragones asiáticos», que ya están siendo relevados por la pujanza de otros países de la zona, contrasta con el fracaso del socialismo real o con las dificultades de la mayoría de las naciones de Hispanoamérica.
La integración de la economía española en el espacio mundial es un fenómeno relativamente reciente, que constituye una destacada novedad de nuestro tiempo. Pone punto y final a una larga etapa de aislamiento, responsable en buena medida de nuestro comparativamente menor desarrollo económico, así como de las peculiaridades perversas de nuestra estructura política, de nuestro entramado social y de nuestra baja capacidad de participar en la innovación científica y técnica característica de este fin de siglo.
Nuestro ingreso en la Comunidad Europea, en 1986, supuso el fin definitivo del aislamiento. Y lo importante es que las primeras consecuencias hayan sido más positivas que negativas, que el saldo arroje más luces que sombras. Una vez más, la experiencia de apertura al exterior ha resultado sumamente favorable, mejor de lo que los pronósticos disponibles permitían augurar.
En efecto, la economía española ya no es sino un eslabón de la cadena constituida por los sistemas productivos de los países avanzados. Fuera de esa cadena no hay presente, y mucho menos futuro.
La pertenencia a un ámbito superior, más amplio, es una circunstancia que imprime carácter. De ella se derivan importantes elementos que condicionan la organización de la economía, de la política y de la sociedad. Ignorarlos equivale a quedar al margen de las corrientes de progreso, a renunciar a un futuro lleno de esperanza, pero también plagado de riesgos, que en absoluto pueden desdeñarse.
La integración en la economía mundial equivale a la aplicación de una ley inexorable: la competencia. Este viejo axioma definidor del funcionamiento de los mercados ha cobrado un relieve formidable en la actualidad. Tanto es así que se ha convertido en la única forma de garantizar el bienestar colectivo, al que todos aspiran. De ahí la extendida moda de crear grandes áreas de libre comercio, en las que tanto los países desarrollados como los que se encuentran en vías de desarrollo depositan sus ansias de progreso.
La fuerza de la competencia es tal que los agentes económicos ven cómo sus actuaciones quedan a su servicio. Toda la vida económica debe mirar hacia la mejora de la capacidad de competir, pues de ello depende la ubicación física de las inversiones y la consiguiente creación de puestos de trabajo. A este respecto, los países compiten entre sí al igual que las regiones y las ciudades. El conjunto de la política económica debe orientarse hacia ese objetivo, como lo han de hacer las conductas de empresarios y trabajadores, de forma individual o a través de sus sindicatos.
El cambio de la economía española, en un sentido claramente modernizador, se produjo en los años sesenta y comienzos de los setenta: en poco más de tres lustros una estructura productiva todavía demasiado agrícola dejó paso a un modernizado tejido industrial y a un potente sector terciario. Con la tardanza habitual en nuestra historia, nos incorporábamos a un proceso de desarrollo que estaba llevando al sistema capitalista a conocer uno de los períodos de más fecundo crecimiento desde su nacimiento, dos siglos antes. Las dos claves que mejor explican el formidable despegue de la economía española fueron la aplicación de una cierta disciplina monetaria y la apertura al exterior.
El despegue de la inversión, que singularizó a aquellos años, produjo un auténtico «milagro» de modernización de la economía y del tejido social. Las migraciones de los sesenta fueron decisivas, al poner a los recursos humanos sobrantes de las actividades tradicionales a disposición de las nuevas, situadas en los enclaves tradicionales (Cataluña y País Vasco) y en los que surgían como nuevos polos de atracción, salpicando nuestra geografía. Asimismo, el buen momento atravesado por la economía europea facilitó la salida de cientos de miles de trabajadores españoles, que además de contribuir con su esfuerzo a la prosperidad de esos pueblos rindieron un gran servicio al crecimiento económico español a través de importantes volúmenes de remesas y de la descongestión | ción de récuperarse, una vez se dan las condel mercado de trabajo.
La crisis económica de la segunda mitad de los setenta fue especialmente dura, demostrando que el crecimiento anterior tenía serias debilidades intrínsecas, agravadas en buena medida por la transición política y sus incertidumbres y por la carencia de una política económica estabilizadora. El resultado fue un brusco frenazo del crecimiento, un vertiginoso incremento del desempleo, la intensa aceleración de la inflación y la aparición de un abultado déficit público, hasta cierto punto derivado de la apresurada implantación del Estado del bienestar en España.
Como no podía resultar de otro modo, la salida de la crisis fue larga y penosa. El duro ajuste económico que se practica desde finales de los setenta hasta mediados de los ochenta coloca a la economía en situación de récuperarse, una vez se dan las condiciones objetivas: flexibilización de los mercados (en especial del laboral), buena coyuntura internacional, caída del precio del petróleo combinado con el descenso del dólar y llegada masiva de inversión extranjera, animada por nuestro ingreso en la CEE, que también sirvió de acicate a la inversión interior.
El cambio experimentado por la economía española durante los años de expansión económica tiene aspectos positivos y otros que revelan la no superación de los defectos de fondo. Sin ánimo de exhaustividad, los elementos positivos más destacables serían los siguientes:
Hay sin embargo aspectos negativos del cambio, en el sentido de insuficiencias del mismo, que conviene identificar a efectos de proponer soluciones para el próximo futuro:
La economía española ha dado en estos últimos años un paso adelante, que sin embargo no puede calificarse como decisivo. Son demasiadas las resistencias internas que siguen oponiéndose a la auténtica transformación. Resistencias que tienen su origen en una política económica diseñada para actuar demasiado a corto plazo, en una actitud sindical que mezcla la defensa de los intereses de los trabajadores con un discurso político propio de los años sesenta y en la actitud de determinados sectores sociales no demasiado coherentes con el contexto que enmarca su acción. El cambio es una exigencia de la competencia internacional, y lo más correcto es plegarse a sus exigencias.