La aportación espiritual del Este. Juan Pablo II, con los jóvenes de la nueva Europa

Ignacio Aréchaga

El colapso del comunismo en la URSS ha sido la sacudida final para derribar los muros que durante decenios habían dividido a Europa por la fuerza. Juan Pablo II, que tanto ha hecho para que caigan estas barreras, había podido comprobar días antes en Czestochowa un signo palpable de este cambio. Allí celebró la Jornada Mundial de la Juventud junto a un millón y medio de jóvenes. Con la novedad de que por primera vez había una participación numerosa de jóvenes de Europa oriental: lituanos, rusos, bielorrusos, ucranianos, checoslovacos, búlgaros, rumanos… Su presencia demostraba que entre los pueblos que se han sacudido la ideología marxista se siente la necesidad de vivir la fe como un aspecto central de la libertad recuperada.

Juan Pablo II se congratuló con ellos de que «después del largo período de fronteras prácticamente insuperables, la Iglesia en Europa pueda ahora respirar libremente con sus dos pulmones», el Este y el Oeste. Pero no les ocultó que hay que emprender una difícil tarea de reconstrucción. La caída del marxismo en Europa oriental ha dejado en muchos jóvenes «la impresión de haber sido engañados». Mientras que en el Oeste también «gran parte de la juventud ha perdido los motivos por los que vale la pena vivir».

«¡Jóvenes del Este, por fin ha llegado vuestra hora! La Iglesia universal tiene necesidad de vuestro precioso testimonio cristiano, testimonio por el que ha sido pagado un precio a veces muy alto de sufrimiento».

Ante este panorama, el Papa lanzaba un reto a la juventud: «¡Jóvenes del Este, por fin ha llegado vuestra hora! La Iglesia universal tiene necesidad de vuestro precioso testimonio cristiano, testimonio por el que ha sido pagado un precio a veces muy alto de sufrimiento».

No deja de ser curioso que, en un momento en que todos hablan de qué ayuda se puede prestar a la Europa del Este, Juan Pablo II piense en el refuerzo espiritual que el Este podría aportar a la nueva Europa.

El Papa solicitó el empeño de los jóvenes del Este y del Oeste para que «la nueva Europa se apoye en el fundamento de aquellos valores espirituales que constituyen el núcleo más íntimo de su tradición cultural». Y señaló algunos objetivos concretos que es preciso promover: «La plena libertad religiosa, el respeto de la dimensión personalista del desarrollo, la tutela del derecho a la vida, la promoción de la familia, la valoración de la diversidad de las culturas, la salvaguardia del equilibrio ecológico».

El Papa reconoció que son «tareas inmensas». Pero la revolución que ha sufrido Europa del Este demuestra que el mundo cambia a veces más aprisa de lo que prevén los futurólogos.

Con iconos y sin Lenin

De hecho, a los pocos días de regresar a su país, los jóvenes procedentes de la Unión Soviética asistían al hundimiento súbito del montaje comunista. Un cambio que abre también nuevas perspectivas para la acción de la Iglesia allí.

Ya al día siguiente del intento de golpe de Estado, el Papa hacía un elogio de «la sincera voluntad y la alta inspiración» de Gorbachov, y expresaba la esperanza de que «el proceso iniciado por él no decaiga ahora». El Vaticano, que desde el inicio de la perestroika abrió un crédito de confianza a Gorbachov, tenía buenos motivos para apostar por el hombre cuyas reformas permitieron que ser creyente no fuera un delito en la URSS.

Los cambios se precipitaron a raíz de la histórica visita de Gorbachov a Juan Pablo II el 1 de diciembre de 1989. En marzo de 1990 se establecían relaciones diplomáticas entre el Vaticano y la URSS. En octubre del mismo año, con la nueva ley de libertad religiosa, la Iglesia dejaba de estar controlada por el Estado. Los cuatro millones de católicos ucranianos de rito bizantino —el núcleo más importante de católicos en la URSS—, que habían sido incorporados a la fuerza a la Iglesia ortodoxa en 1946, volvieron a tener existencia legal. Estos cambios permitieron que la Santa Sede reorganizara la jerarquía católica en los países bálticos y en Ucrania, y que nombrara nuevos obispos para atender a los católicos de Rusia, Bielorrusia y Kazastán.

La nueva situación de la URSS está tan llena de esperanzas como de incógnitas. Hasta el fracaso del golpe, la Santa Sede había tenido como único interlocutor al poder central. Ahora habrá que entenderse con las autoridades de las distintas repúblicas donde hay católicos, lo cual plantea una situación inédita. Ciertamente, el problema de la Iglesia católica ya no será el de la supervivencia como hace años. Pero deberá afrontar delicadas cuestiones en las que la religión se mezcla con conflictos nacionalistas y problemas ecuménicos.

En lo que respecta a los paises bálticos, la Santa Sede no ha esperado a que su separación de la URSS estuviera formalizada para saludar su indepenencia.

Países bálticos

En lo que respecta a los Países Bálticos, la Santa Sede no ha esperado a que su separación de la URSS estuviera formalizada para saludar su independencia. Con un telegrama a los primeros ministros de los tres países, el secretario de Estado vaticano ha confirmado el apoyo de la Santa Sede al reconocimiento de su soberanía y la disponibilidad a mantener relaciones diplomáticas. Hay que tener en cuenta que la Santa Sede nunca reconoció la anexión a la URSS de los territorios bálticos, y que la legación lituana ante el Vaticano siguió siempre abierta. En Ucrania la situación se complica a causa de la disputa con los ortodoxos por la recuperación de templos que eran de los católicos y que fueron entregados por el poder comunista a la Iglesia ortodoxa. Roma desea resolver este problema sin comprometer el diálogo ecuménico con los ortodoxos.

Tampoco han sentado bien a la jerarquía ortodoxa los nombramientos episcopales que ha hecho el Papa en territorios de la URSS. El patriarca de Moscú, Alexis II, afirmaba hace poco que Roma considera a la Unión Soviética como nueva tierra de misión, sin respetar la «zona de influencia» de los ortodoxos.

Por su parte, Juan Pablo II, en una carta a los obispos escrita el pasado mayo a propósito de las relaciones con los ortodoxos, mantenía que quienes participaron de los mismos sufrimientos no deben enfrentarse hoy, sino «mirar unidos el futuro que se abre con prometedores signos de esperanza». El aunar esfuerzos en la reevangelización podría ser así la oportunidad para avanzar hacia la plena unidad entre católicos y ortodoxos.