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Ver productos1 Oct 1993 - 8min.
Si hay un poeta español vivo que tiene oído para la poesía, ése es José Hierro. Si hay un poeta español vivo que tiene claro lo que quiere decir, lo que ineludiblemente ha de decir, en cada uno de sus poemas, ese es José Hierro. Parece una tontería, pero hay muchísimos poetas, algunos de ellos de campanillas, que no saben lo que es un eneasílabo. Y otros tantos que empiezan a escribir porque están aburridos y son muy delicados y sensibles, y qué otra cosa pueden hacer, pero que ignoran por completo qué va a venir después de ese primer verso que las Musas regalan, porque su escritura es oscura, y la oscuridad en poesía no es más que defecto de expresión, como han dicho, entre otros, Lope de Vega y José Hierro.
En el tomo II (1837) del Semanario pintoresco español que dirigía don Ramón Mesonero Romanos figura una semblanza de Góngora en la que, textualmente, se dice: Entre los eminentes escritores que elevaron la poesía castellana a su más alto grado de esplendor, sobresale este vate singular, en quien vemos reunirse el gusto más delicado y la más lozana imaginación, y luego renunciar por sistema a tan nobles cualidades para fundar una secta literaria, irracional y extravagante, que por largos años hubo de dominar nuestro Parnaso.
Suscribo la opinión del anónimo autor de esas líneas, probablemente el propio Mesonero. Y a qué viene la cita. Pues a que entre tanta reivindicación gongorina -del Góngora de la secta literaria
, no del otro- como hubo a cuenta de su centenario, allá por 1927, y tanto gongorismo cifrado, hermético o culterano que ha tenido que padecer quien esto escribe, primero en sus propias carnes, allá por 1970, y luego en las de sus empecinados compañeros de generación, sine fine, uno agradece el gusto delicado y la lozana imaginación
de poetas como Hierro, a quien estoy seguro de que nunca se le ha pasado por la cabeza fundar ninguna secta irracional y extravagante
, como al autor de las Soledades.
José Hierro ha apostado por la auténtica poesía, la que no se interroga a sí misma, ni se plantea dudas metafísicas acerca de la intensa llanura del papel de hilo en blanco, ni se pregunta de dónde viene el canto ni adónde va la sangre de la pluma, sino que fluye como un chorro de vida, como un inagotable manantial por donde el mundo brota en verso para todos los hombres, en verso claro y verdadero.
Por José Hierro
Extraño título. Un título que puede considerarse propio del género bobo. Porque un texto es édito o es inédito, y entre ambas posibilidades no existe una intermedia. Pero explico -me justifico- que estas nueve poesías fueron escritas para un libro de bibliófilo: ya saben ustedes, esos libros muy caros, de tirada limitada, no concebidos para ser leídos, pues en ellos lo importante es la parte plástica, grabados originales en cualquiera de sus técnicas. En estos casos el texto no es más que el pariente pobre al que no se le presta la menor atención: sirve para llenar huecos. Hacen el mismo papel complementario, pero prescindible, que los pies de las fotos.
Estas poesías fueron escritas en 1978 para acompañar a otros tantos grabados del gran pintor de la Escuela de París, Francisco Bores, uno de los que -como Cossío, Viñes, etc.- buscaron por los años veinte, en la capital de Francia, aires propicios para su pintura, aires más propicios que los que soplaban por estos pagos. La mayoría de aquellos artistas, Bores entre ellos, no regresó a España, excepto, accidentalmente, como turista o expositor. Las planchas que son el arranque de estos versos obraban en poder de la hija del artista y no fueron estampadas -salvo, supongo, algunas pruebas de estado- hasta el citado año 1978. Representan desnudos femeninos y son, al parecer, consecuencia de visitas a algún prostíbulo. La verdad es que los desnudos son castos, y a uno le cuesta entender por qué la hija del artista tardó tantos años en dar a conocerlos, víctima de comprensibles -e incomprensibles- escrúpulos.
Estas poesías, acompañadoras de imágenes, han sido en mí bastante frecuentes. Pero nunca las he recogido en antologías o en mis poesías completas: de ahí lo de casi inéditas. Y la razón es ésta: yo distingo, para mi uso personal, la poesía que nos llega de adentro de la que nos llega de afuera. La primera es producto de la inspiración (del primer verso que nos dan los dioses, tras los que vendrán los que buscamos nosotros
), en tanto que la segunda es fruto de la fabricación inteligente. En la primera, el poema, conforme se escribe, nos va revelando lo que no sabíamos. En la segunda, escribimos un poema que ya nos sabíamos: traducimos unas imágenes que tenemos ante nuestros ojos. Y estas palabras actúan a la manera de una música de fondo que acompaña -sin pretender traducir a un arte del tiempo lo que pertenece a un arte del espacio- a las formas creadas por el artista plástico.
Estas poesías son casi inéditas porque, como ya dije, fueron compuestas para unos grabados de Bores. Creo que la edición constaba de doscientos ejemplares. Es decir, que estos poemillas no han sido leídos por doscientas personas. Es un fenómeno habitual en esta clase de publicaciones en las que el texto es un pretexto para las creaciones visuales. El Cántico Espiritual de San Juan se ve en una edición ilustrada por Sempere, y se lee en cualquier edición corriente.
Consciente de esto -y, además, consciente de que yo no soy, ni muchísimo menos, San Juan de La Cruz- cuando se me ha propuesto por algún editor mi colaboración para empresas editoriales de esta índole, lo primero que he preguntado es qué extensión debe tener cada poesía, pues, como ya he apuntado, el texto poético compone, con la estampa a la que sirve, un todo armonioso que es captado por los ojos (si luego es leído el poema, como si es analizado el grabado, miel sobre hojuelas). Es, por lo tanto, ésta una poesía de circunstancias (en un sentido más restringido del utilizado por Goethe, para quien toda poesía era de circunstancias), en la misma medida que un retrato pictórico es de circunstancias, aunque el genio del artista -Velázquez, Goya, etc.- lo convierta en una obra autónoma que no necesita ser cotejada con el modelo para comprobar su fidelidad.
Tampoco soy Velázquez o Goya. Por eso lamento que estas poesías no puedan ser vistas junto a los grabados de los que nacieron. Tal vez me amparo en el parecido -como los malos pintores- para excusar la calidad independiente de las poesías. No lo sé. En todo caso, ahí van estos ejercicios líricos.
La mano es la que recuerda.
Viaja a través de los años,
desemboca en el presente
siempre recordando.
Apunta, nerviosamente,
lo que vivía olvidado.
La mano de la memoria,
siempre rescatando.
Las fantasmales imágenes
se irán solidificando,
irán diciendo quién eran,
por qué regresaron.
Por qué eran carne de sueño,
puro material nostálgico.
La mano va excarcelándolas
de su limbo mágico.
El amor estaba escondido
como la almendra en la corteza.
Agazapado suavemente,
circulando cálidamente.
Y era preciso detenerlo,
paralizarlo, congelarlo,
desarraigarlo de su tránsito,
encadenarlo en líneas, ritmos,
darle bulto, darle reposo,
encerrarlo en unas figuras
que no sean hija ni madre,
sino materia del amor,
sino parpadeo de estrella
que no se extingue nunca. Llama
salvada de su acabamiento,
hecha presente para siempre.
Estábamos, estaban
sumidos en el tiempo.
Desvélalos, nostalgia.
Primavera, despiértalos.
Restituye, regresa
las sombras a su reino.
Dales vida. Recobren
la verdad que tuvieron.
Que el vino les pregunte
con su dorado acento
y que ellos le respondan
con palabras de fuego,
con palabras de sombra,
con sonido de viento,
con aroma de bosque
que calla su secreto.
Estatua. Diosa. Estatua de una diosa.
Detrás estaba el mar Mediterráneo.
Y había -quién se acuerda ya- viñedos,
olivos, mármoles.
Mas los azules se desvanecieron.
El mar azul -¿o era humo azul?- es plata,
es rosa seca. Mármoles, olivos,
sólo son bruma.
Ha aquí la estatua destronada, diosa
exiliada en un mundo que no es suyo.
Ha entrado silenciosamente. Mira,
por la ventana,
ese paisaje que la desconoce,
en el que el tiempo deja sus arrugas,
Se ha sentado en el lecho. Está escuchando:
alguien se acerca.
Alguien se acerca. O ya está aquí. Me mira.
Mira el sofá. Mira los cortinajes.
Alguien espera. Está detrás de mí.
Alguien me mira.
Inesperadamente, el huracán.
Convierte todo en curva, en arabesco.
Ha entrado el viento, el huracán. Desnuda,
me está mirando.
Me está mirando el huracán. Me asomo
al estanque, al espejo. Soy Narcisa
que se mira en el agua congelada,
cristal y azogue.
Alguien me mira. Alguien espera. El viento
amansa el agua del estanque. Pienso
en lo que pensará de mí la imagen
que me contempla.
Qué será de vosotras, Marta,
Azucena, Laura… Oleaje
de caderas, cabellos, pechos.
Oleaje tallado en humo,
vestido de melancolía,
de sonrisas hacia las playas
plateadas. Y el cielo aquél,
azul y frío, que enmarcaba
al Minotauro pensativo,
Marta, Azucena, qué habrá sido
de vosotras, cálida música
entre espejos y cortinajes.
Ahora sois ritmo, sois volutas
de humo, vedijas de las nubes,
ojos de niebla, donde un día
palpitaba la juventud.
El sol de octubre ciñe
al paisaje maduro.
Otorga a lo que vive
su plenitud de fruto.
El aire se hace oro,
se enjoya de susurros,
panal de los dulzores,
reino del ritmo puro,
melodía de flauta
que derrumba lo oscuro,
entra por la ventana,
dibuja desde el júbilo
seres con sosegada
vocación de desnudo,
criaturas del gozo
que llegan de otro mundo.
Un continente olvidado,
madera de la penumbra.
Tengo que restituirlo
a la luz que fue su cuna.
Ya no recuerdo cómo era,
de qué sustancia de luna.
No volví al reino perdido,
y no podré volver nunca.
Me sumo en la mar. Rescato
ráfagas de criaturas,
ráfagas de son humano,
criaturas de la lluvia,
ráfagas resucitadas,
infantilmente nocturnas.
Ráfagas, ráfagas, ráfagas
talladas en sombra pura.
Sólo materia de sombras,
criaturas de la noche,
nubes espectrales, seres
dolorosamente informes,
visiones o pesadillas
llegadas no sé de dónde,
ráfagas resucitadas,
que fueron mujeres y hombres,
que tuvieron carne y sueños
donde anidaban los soles
y ahora son sólo penumbra,
ríos de negros acordes,
tristezas desenterradas,
pesadillas o visiones,
llamando siempre a la puerta
de quienes no los conocen.