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Ver productos1 Nov 1990 - 6min.
Lo primero de todo fue, como siempre, el agua. Una ciudad fundada por los megarenses en la orilla europea del Bósforo, dominando la entrada del Mar Negro. Por el agua se abren las principales vías del comercio. Del agua llegan los aqueos invasores que asedian la ciudad de Troya, no lejos de allí, siglos antes, en busca del honor perdido. Fue el agua quien logró que las discusiones teológicas convivieran, siglos después, entre otras cosas, con la horrible costumbre de vaciar los ojos de oponentes dinásticos y de búlgaros y con el secreto del Fuego Griego.
De manera que aquellos vigilantes del Mar Negro dominaban el agua, pero también un fuego muy extraño que hacían surgir del agua e incendiaba la escuadra enemiga. El que domina el agua y el fuego termina por dominarse a sí mismo y por sobrevivir a su propia ruina. Vaga durante más de 10 siglos por un mismo palacio de infinitos corredores y, eternizando sus apuestas en el Hipódromo, patrocina y persigue a la vez la misma herejía y soporta a la vez sobre sus hombros el peso abrumador de la cultura antigua y la soledad de la púrpura. Más sutiles que inteligentes, menos filósofos que eruditos, los bizantinos encontraron la fórmula para perpetuar una ficción que se oponía a la realidad inexorable de la Historia, y lo hicieron con una elegancia kitsch no exenta de cierto desparpajo, como si la no obediencia a las leyes históricas fuese un privilegio de su linaje.
En una colección de cromos que reuní de niño y que se titulaba Hombres de lucha, nunca logré clasificar al guerrero bizantino en las distintas tipologías bélicas que me ofrecía el álbum. Acaso sea ésa la fórmula secreta de Bizancio: su inclasificabilidad. Aquel rarísimo guerrero se parecía a todos sin renunciar a ser él mismo y era de tal manera todos que no se parecía a nadie. Pero, ¿quién era él en realidad? El que se multiplica en los espejos. El que recibe, guarda y transmite. El superviviente. El distinto.
Y ¿qué es Bizancio para mí? Como para todos los que nos vanagloriamos de acercarnos a la cultura bizantina con el temor reverencial propio del neófito, y no con el rigor inútil y aplomado del disecador de maravillas, Bizancio es para mí el de los tópicos que acaban siendo lo único verdadero-, aquéllos de los que me serví en Museo Bizantino (un poema de Elsinore, mi segundo libro de versos, publicado en Madrid en 1972), los mismos que coleccionó ese ex-Agustín de Foxá en Bizancio (un poema en alejandrinos que puede leerse, por ejemplo, en su Antología poética (1933-1948), publicada en Madrid por Editora Nacional en 1948, pp. 110-112): los mosaicos de Rávena, los aurigas (sus nombres repetidos en sueños por todas las mujeres de Constantinopla), los Verdes y los Azules (pioneros de la heráldica), el autócrata fiero postrado de hinojos ante un Pantocrátor aún más fiero, el pecho exuberante de la cortesana que será o fue el pecho ulceroso de la anacoreta egipcíaca, ese otro pecho núbil de doncella al que se adapta la armadura de un coloso, la vieja Roma y la nueva Urbe cristiana, las Doce Tablas y los Diez Mandamientos, Lucrecio y Moisés, el Capitolio y el Sinaí, la diadema imperial de la hija del domador de osos, un Apolo desnudo con corona de espinas, el cetro universal y la cruz de oro, la gangrena y el bálsamo, Platón y Pablo, el sexo de los ángeles, un Concilio de sombras que prolongó por espacio de un milenio las luces del Imperio Romano.
Las oportunidades que se le presentan al lector de literatura bizantina en el mercado editorial para saciar su apetito no son demasiadas. Hablaré de algunos libros asequibles en francés y en inglés, dejando para otro momento las obras bizantinas en castellano. La Société d’Édition <<<Les Belles Lettres>>> ofrece, en cuidadosas ediciones bilingües, algunos textos capitales. Ahí están los tres tomos (el cuarto y último es un «Index») de la Alexíada de Ana Comnena, los dos del Libro de las ceremonias de Constantino VII Porfirogénito, la Correspondencia de Nicéforo Gregoras, la novelita de Calímaco y Crisórroe y la recientemente completada Biblioteca del patriarca Focio. Los he ido reuniendo poco a poco. En el mismo estante estoy viendo la espléndida edición bilingüe de la epopeya de Digenes Akrites por John Mavrogordato (Oxford, 1956); la antología en griego, sin traducción inglesa, Medieval and Modern Greek Poetry (Oxford, 1951), de C. A. Trypanis, de la que he trasladado al español varios poemas que permanecen inéditos (excepto dos de Cristóforo de Mitilene que vieron la luz en la desaparecida revista La Moneda de Hierro, núm. 2, estío-otoño de 1979, p. 47); la magnífica traducción de la Alexíada llevada a cabo por E. R. A. Sewter (Penguin Classics, 1969), el editor de Greece & Rome, fallecido en 1976, a quien se debe otra soberbia versión inglesa de un autor bizantino, la de la Cronografía de Miguel Pselo, que intituló Fourteen Byzantine Rulers y publicó por vez primera en 1953 (tengo a la vista una reimpresión de 1979 en los mismos <<Classics>> de Penguin); otros libros que no estoy viendo, porque no están en el mismo estante, pero que sé que estarán en otra estantería que ahora es sólo penumbra y olvido, entre volúmenes ajenos a Bizancio. Lo cierto es que, sin recurrir al oneroso auxilio de la erudición oficial ni a las periclitadas colecciones de textos bizantinos del siglo XIX, no le es fácil al lector que busca lecturas vivas encontrar demasiadas ediciones asequibles de la literatura de Bizancio fuera del cementerio de las bibliotecas, y ni siquiera dentro de ellas.
Todavía conservo una copia del contrato que firmé, en 1980, con Editora Nacional para introducir, traducir y anotar el texto más famoso de la literatura bizantina y una de las joyas de las letras fantásticas universales: La epopeya o cantar de Basilio Diyenís Acritas, compuesta en verso por un monje anónimo en el siglo X. En otra de estas «Fantasías bizantinas>>> explicaré por qué ni siquiera empecé a realizar esa tarea, aunque figurara anunciada en alguno de los catálogos de Editora. Con los ghost books (esos libros que se anuncian en los catálogos, pero que nunca llegan a publicarse) ocurre como con tantas otras cosas en la vida. Empleamos gran parte de nuestro tiempo soñando apariciones agradables, y lo que indefectiblemente llega es un traslado ministerial, el recibo mensual de la hipoteca o una infección hepática de pronóstico reservado.
En un libro muy interesante, Los poemas caballerescos y los libros de caballerías, Francisco de Paula Canalejas y Casas (1834-1883) se ocupa del poema de Diyenís (pp. 35-73 del volumen, publicado en Madrid por la Casa Editorial de Medina, sin fecha, pero hacia 1875). Precisamente en ese libro oí hablar por primera vez del cantar. Luego compré la edición de Mavrogordato y traduje algunos pasajes que, convenientemente enhebrados, formaron parte de mi libro Necesidad del mito (Barcelona, Planeta, 1976). Tampoco olvidé al héroe fronterizo en otro libro posterior, Museo (Barcelona, Antoni Bosch, 1978, pp. 91-98). Mucho antes, en 1972, había hablado con Gregorio de Andrés y con mi llorado maestro, Manuel Fernández-Galiano, de la posibilidad de elegir el Diyenís Acritas como tema de mi Memoria de Licenciatura. No fue así, y no me arrepiento de ello, pues lo pasé muy bien con los epigramas calimaqueos, pero se me antoja curioso recordar esta historia frustrada e interrupta de mis relaciones con Diyenís desde que leí el libro de Canalejas, hacia 1970, hasta que me enteré de la existencia de la versión castellana de Juan Valero Garrido, 10 años después. Pero eso es parte de otra historia que os contaré en otra ocasión.