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Martin Schlag (Nueva York, 1964) es doctor en Derecho por la Universidad de Viena y doctor en Teología por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma). Actualmente ejerce como catedrático de Pensamiento social católico en la University of St. Thomas (Minnesota, EE.UU.) y de profesor visitante en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma) y en el IESE (Barcelona). Es también consultor en el Vaticano del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz y autor de más de ochenta monografías. El pasado 28 de mayo estuvo en la sede de UNIR en Madrid y mantuvo con Nueva Revista esta conversación:

-Usted ha presentado la ponencia Cómo descubrir los principios de la justicia en la sociedad, en la economía y en la persona en un seminario que hemos celebrado hoy en UNIR. ¿Qué ideas destaca de ese trabajo?

-Benedicto XVI subrayó en un discurso que los obispos que le iban a ver a Roma de naciones no cristianas y en vías de desarrollo le decían que las gentes de sus países no tenían miedo a la fe cristiana, sino a una tecnología sin ética. Porque una tecnología sin ética, o una economía sin ética, se hace manipulación, se convierte en mero poder. ¿Cómo descubrir hoy los principios de la justicia en la actualidad? Yo pienso que se trata de descubrir los signos de los tiempos. Recuerdo una vez que estuve con el Papa Francisco en una reunión del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz. Empezó a leer su ponencia pero se veía que no tenía la cabeza en lo que decía. Al cabo de poco dejó el papel y sostuvo: “Es una vergüenza que hoy de nuevo hayan muerto trescientas personas ahogadas en el Mediterráneo.” Eso para él es un signo de los tiempos, contra el que hay que reaccionar y que nos ha de servir para descubrir lo que es justo. Son siempre temas muy complejos con múltiples causas.

-¿Hay un salario justo como fruto legítimo del trabajo? ¿Hay criterios justos para fijar el salario? ¿Se ha de garantizar la renta básica? ¿Qué hacemos con los “contrato basura”?

-El salario justo es un tema complicado porque no hay reglas matemáticas fáciles para calcular qué es un salario justo. Es una cantidad que se compone de varios elementos. Por una lado, se dice, tiene que ser un salario que permita la vida de la familia. Pero tiene que ser también equo, ha de haber proporción entre la contribución de la persona y la ganancia de la empresa, y además tiene que ser sostenible, para la supervivencia de la empresa. La idea de la renta básica, que todo ciudadano o incluso toda persona que reside legalmente en la nación reciba siempre un salario base, no me gusta porque me parece un viejo modelo insostenible para las finanzas públicas. Lo que sí puedo imaginarme es una especie de dividendo nacional si hay grandes reservas de riqueza natural, como ya ocurre en Alaska.

-¿Se puede hablar de verdad de derechos económicos en el ser humano? ¿Se le ha de garantizar que trabaje y la vivienda, por ejemplo?

-Sí, se puede y se debe hablar de derechos económicos. También se llaman derechos sociales. Los derechos humanos empezaron siendo derechos liberales o negativos, en el sentido de que tenían como fin limitar el poder del Estado. Por ejemplo: el derecho a la vida. Pero muy pronto se vio que decir a una persona que tiene derecho a la propiedad no sirve de nada si no tiene nada. Se empezó a hablar de derechos sociales, y de hecho en la Iglesia católica los derechos sociales fueron los primeros derechos que se aceptaron y defendieron: el derecho al trabajo, el derecho a la vivienda, el derecho a la salud, el derecho a la educación o a la familia. Pero se entiende enseguida que son derechos que difícilmente se pueden exigir. Porque ¿cómo puedo ir yo a un juez con “dame un trabajo” o “dame educación”? Más bien son derechos programáticos que obligan a la autoridad pública a esforzarse por conseguir esos fines. En alemán hay una expresión, típicamente complicada, para significar esto: Staatszielbestimmung, es decir determinación de un fin del Estado, y en ese sentido, sí, existen los derechos sociales, sobre todo en el plano moral.

Martin Schlag durante la entrevista. Foto: Javier Ruiz

-Hay diferencias de edad, de capacidades físicas, de aptitudes intelectuales, de aptitudes morales, por las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, por la distribución de riquezas. Los talentos no están repartidos por igual. ¿Qué supone en todo este contexto la lucha por la igualdad de género?

-Todos somos iguales en cuanto a la dignidad y a los derechos… Pero no somos iguales en cuanto a gustos, inclinaciones, talentos, lugar de nacimiento… Hay desigualdades pero todas sirven al bien común. Las desigualdades se justifican porque en el conjunto todos deberíamos estar mejor. En ese sentido, luchar contra la pobreza luchando contra las desigualdades empíricamente está comprobado que no funciona. El problema es la pobreza, es la miseria… Obviamente la desigualdad también crea una tensión social y se convierte en un problema cuando excluye a las personas de la participación democrática. La desigualdad de género se ha de considerar en este mismo marco. El bien común no es la suma de los bienes individuales: es el bien de participar y de compartir. Cada uno puede separar su trozo de tortilla de patata, irse a casa y comerlo allí. Pero compartir mesa crea el bien común de la amistad.

-El lucro no debiera ser la norma exclusiva ni el fin último de la actividad económica. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. ¿Pero no es esto en lo que se basan las empresas exitosas?

-El lucro es un indicador de la buena andadura de un negocio. Pero no puede ser el fin del trabajo de una empresa, que es la producción de bienes realmente buenos, de servicios que realmente sirven y de ganancia que es auténtico valor. Además, maximizar sin más la ganancia a largo plazo resulta una trampa. Hay una famosa anécdota del jefe de General Motors, que dijo en una entrevista: “El fin de General Motors no es producir coches, sino hacer dinero”. Había caído en la red del lucro. A partir de ese momento bajaron las ventas de los automóviles de General Motors, obviamente. Yo no compraría el coche fabricado por una empresa que no ama lo que produce sino que quiere aprovecharse de objeto interpuestos para enriquecerse.

-¿Cuáles son los mecanismos perversos que obstaculizan el desarrollo de los países menos avanzados? 

-Para mí el obstáculo mayor para los países en desarrollo es la corrupción y la falta de legalidad, la no observancia de lo que en inglés se llama rule of law. Hay muchísima gente muy buena, con espíritu empresarial, creatividad e inteligencia en todas partes. Una persona con espíritu empresarial no necesita de muchos incentivos porque tiene suficiente energía por sí misma. Lo que necesita es protección de esa energía. Protección de su dinero, protección de su propiedad. Esto es la clave para mí del desarrollo en los países: la rule of law, la legalidad y la lucha contra la corrupción. Un añadido sobre el sistema financiero, que es el sistema circulatorio de la economía: los escollos surgen cuando el sistema financiero, como la sangre, padece una intoxicación. Entonces todo el cuerpo padece. En la crisis de 2008 claramente se vio que el sistema estaba intoxicado, porque se había desligado la creación del dinero de la creación del valor real. Eso no funciona. Hay una famosa historia del emperador Vespasiano. Introdujo un impuesto sobre las letrinas. Su hijo Tito se lo reprochó. Vespasiano tomó unas monedas, las olfateó y le contestó: “Mira, no huelen”. Pero el dinero, sin trabajo, apesta. Cuando se desligan las finanzas de la economía real, de la productividad y del trabajo humano, algo falla.

-¿Condena la Iglesia el capitalismo liberal? ¿Pueden ser los católicos socialistas reales? 

-Como siempre, cuando se habla de liberalismo, socialismo, etc., el quid son las etiquetas, las palabras. ¿Qué hay detrás? ¿Qué sistema se tiene en mente? Para mí la respuesta mejor a esta pregunta sobre el capitalismo y el socialismo es la que dio el Papa Juan Pablo II, que vivió en ambos sistemas. Defendía un “buen capitalismo”, un sistema de mercado libre, de empresa creativa. Pero condenaba una economía de mercado sin leyes, sin cultura, sin religión… Siempre hay que descubrir el trasfondo, si realmente el bien común se halla en el centro de lo que hay detrás.

-¿Es la probidad de costumbres causa de prosperidad?

-La ética no es una salsa que se pueda poner a gusto sobre la comida; es parte integral de todo obrar humano. Si todos actuáramos moralmente bien, sí, el mundo estaría mucho mejor. Pero sabemos que somos seres imperfectos, en un mundo imperfecto, rodeados por otros seres humanos imperfectos. Por eso hacen falta también instituciones. Los fundadores de los Estados Unidos se dieron cuenta de que no bastaba la esperanza de que el “rey” fuera santo. A veces uno es un santo pero su hijo no. Hacen faltan también instituciones, división de poderes, democracia, control judicial, soberanía popular… No iría tan lejos como Kant. Defendía que el sistema estatal tendría que funcionar tan bien que sirviera incluso en una “república de diablos”. Eso es imposible. No se pueden obviar las virtudes individuales.

-La tecnología se ha canalizado de manera que si acaso trata de encontrar formas de hacernos trabajar más, denuncian muchos pensadores. ¿Qué opina?

-Se puede abusar de cualquier medicina. Pero nadie diría que el uso correcto de una buena medicina sea malo. Yo diría que la tecnología en principio es una bendición. Es algo muy bueno porque nos ayuda a vivir mejor, a tener más tiempo. Sin embargo, hay que examinar los lados negativos. De lo contrario nos podemos hacer esclavos de los instrumentos que nos deberían servir. Sé que mucha gente hoy en día tiene miedo a la tecnología disruptiva… a la inteligencia artificial. A corto y medio plazo puede haber cambios muy profundos en los tipos de trabajo y consecuentemente en el empleo. Pero a largo plazo nadie puede sustituir la compasión, el cariño… profesiones que requieran la relación humana. Por eso yo soy muy optimista en cuanto al futuro tecnológico.

-¿Cómo se puede superar el aburrimiento en el trabajo, lo que Marcuse llamó “la monotonía e injusticia de las condiciones de trabajo”,  “la pacífica subordinación de los obreros al sistema social del mundo burgués”?

-El trabajo, de hecho, es una realidad ambivalente. Para algunos es un ídolo, para otros es una carga, y poca gente tiene el trabajo que sueña. Yo pienso que en cualquier trabajo (exceptuado un trabajo degradante, de explotación) se puede encontrar un sentido trascendente de servicio, y descubrirlo día a día es el gran desafío para quien se quiera realizar en un trabajo humano.

-El Papa Leon XIII proclamó que una vez cubiertas las necesidades básicas de toda persona, el resto pertenece a los pobres. San Juan Crisóstomo animaba a quien tuviera dos camisas a dar una a quien no tuviera. ¿Qué le parece?

-En la tradición católica hay dos principios: el derecho a la propiedad privada y el destino universal de los bienes. El derecho a la propiedad privada es una clave para el desarrollo. Uno empieza a trabajar, a moverse, a sacrificarse, cuando puede esperar que los frutos de sus esfuerzos quedarán con él. Pero por otra parte el destino universal de los bienes significa que hay una hipoteca social sobre toda propiedad privada. No soy el dueño exclusivo de mis bienes si al lado hay otra persona que sufre. Hay que devolver a la sociedad y a los demás lo que uno ha podido ganar con la ayuda de todos. Porque vivimos en un mundo donde hay carreteras, donde hay casas, donde hay un sistema judicial, que no he hecho yo. Yo uso un internet que no he hecho yo, bebo aprovechándome de una tubería que no he levantado yo, y gracias a ello puedo trabajar y moverme, ganar dinero. Hay pues, también, el deber de devolver a los demás parte de lo que tengo.


 

Handbook of Catholic Social Teaching
A Guide for Christians in the World Today
Edited by Martin Schlag
The Catholic University of America Press, 2017


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Doctor en Periodismo (Universidad de Navarra). Licenciado en Ciencias Físicas (Universidad Complutense de Madrid). Corresponsal y periodista de ABC. Director de Comunicación del Ministerio de Educación. Ahora coordinador editorial de Nueva Revista.