El Plan de Convergencia y la teoría del cubo de basura

Francisco Cabrillo

La curiosa terminología de los economistas ha ganado un nuevo término: convergencia. No hace mucho era la competitividad la palabra estrella. Ahora, con unos objetivos muy similares, se nos dice que, en vez de prepararnos para competir, hemos de hacerlo para converger. Lo curioso es que por convergencia no todo el mundo parece entender lo mismo. Para el ciudadano medio español, converger con los alemanes o con los franceses significa, esencialmente, llegar a alcanzar niveles de vida semejantes a los existentes en sus países; y por eso no acaba de entender por qué, para lograr la famosa convergencia, se aplican medidas de austeridad que parecen indicarle que, al menos a corto plazo, la creación de empleo va a ser más escasa, los créditos van a resultarle más caros y, en pocas palabras, va a resultarle bastante difícil notar una mejora en su nivel de vida.

Desde el gobierno, naturalmente, se entiende una cosa muy diferente por convergencia. De lo que realmente se trata es de lograr una situación de equilibrio monetario y financiero que permita la incorporación de España a la fase final de la unión monetaria europea; para lo cual es precisa, desde luego, esa política de contención de la inflación, de estabilización del tipo de cambio, de reducción de tipos de interés y de déficit público, que los acuerdos de Maastricht imponen.

La gran pregunta

Varios de los requisitos establecidos en Maastricht —aunque no todos— son simplemente objetivos a perseguir por cualquier política económica razonable y, por tanto, convenientes en sí mismos, al margen de que sean o no precisos para la unión monetaria. ¿Quién puede negar, por ejemplo, que es bueno que baje la inflación, que disminuya el volumen de deuda o que se reduzca el déficit público?

La pregunta relevante es, entonces, por qué se considera preciso acudir a toda la parafernalia de la unión monetaria europea para justificar unas medidas que deberían aplicarse en todo caso. La cuestión es más compleja de lo que pueda parecer a primera vista; y para darle respuesta no basta la teoría económica en el sentido estricto. Hay que observar también los procesos de toma de decisiones en una economía moderna y las formas que los políticos utilizan para convencer a sus electores de la bondad de las recetas que aplican en cada caso.

Hace ya algunos años, el profesor Roland Vaubel bautizó con el nombre de «teoría del cubo de basura» un interesante modelo explicativo de las relaciones hoy existentes entre la política económica interna de cada país y los condicionamientos que para ésta suponen las relaciones económicas internacionales. La teoría afirma, en esencia, que muchos gobiernos tienden a utilizar las relaciones económicas internacionales de sus países en su propio beneficio, quitándose de encima responsabilidades molestas o impopulares que echan sobre los hombros poco concretos de la organización internacional de turno.

El profesor Roland Vaubel bautizó con el nombre de «teoría del cubo de basura» un interesante modelo explicativo de las relaciones hoy existentes entre la política económica interna de cada país y los condicionamientos que para ésta suponen las relaciones económicas internacionales.

Las relaciones exteriores resultan cada día más útiles para los políticos en el poder. Baste pensar en lo que para cualquiera de ellos supone de propaganda y de prestigio personal relacionarse con líderes mundiales, salir en la prensa fotografiado a su lado y aparecer ante sus electores como una figura de prestigio internacional. Pero, además de obtener estos beneficios, los políticos tienden con mucha frecuencia a utilizar las organizaciones internacionales como chivo expiatorio cuando hacen algo que realmente creen que debe ser llevado a cabo, y que, al mismo tiempo, resulta impopular. En otras palabras, estas organizaciones se convierten en auténticos cubos de basura donde se echan las medidas de política que son necesarias, pero no rentables desde el punto de vista electoral. Y no creo equivocarme si afirmo que bastante de esto hay en el desarrollo y la presentación de nuestro plan de convergencia.

Estrategia

No se trata de una estrategia nueva, desde luego. Los presidentes de muchos países en vías de desarrollo la han venido utilizando desde hace mucho tiempo cada vez que eran precisas medidas de saneamiento económico y se pedía ayuda al Fondo Monetario Internacional, institución que, además de aportar recursos, se convertía en seguida en el malo de la historia. Pero parece que el método se generaliza y no sería sorprendente que las decisiones de la Comunidad Económica Europea fueran utilizadas en el mismo sentido de forma creciente en el próximo futuro.

La causa de todo esto es, en mi opinión, doble. Por una parte, hay que buscarla en la tibieza mostrada durante largo tiempo por muchos gobiernos a la hora de aplicar medidas estabilizadoras que, a corto plazo, pudieran tener efectos perjudiciales sobre el crecimiento económico y el empleo y, en consecuencia, influir sobre las decisiones de voto de los electores. Por otra, en ese internacionalismo ingenuo que existe en algunos países, entre ellos el nuestro, con respecto a la Comunidad Económica Europea, que hace que resulte más aceptable una medida cuando es tomada por acuerdo del Consejo en Bruselas que cuando es adoptada por uno de los gobiernos que integran dicho Consejo.

No es malo, sin duda, que exista un plan de convergencia; y resultan encomiables cuantos esfuerzos se hagan para reducir la inflación y el déficit público. Pero sería aún mejor si se dijera claramente a los ciudadanos españoles que una medida de política económica no es preferible por el hecho de que haya sido decidida por una organización internacional. Y que, con o sin unión monetaria, hay que intentar lograr una economía eficiente y competitiva. Al final, lo entenderían y todos saldríamos ganando.