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Ver productos22 Jul 2026 - 2min.
Avance
La profesora de inteligencia artificial y ética en la Universidad París-Sorbona Laurence Devillers reflexiona sobre IA y enseñanza en un artículo en Le Grand Continent. Empieza por distinguir entre educación y transmisión. La educación, que es una forma de transmisión, tiene interrupciones (ahora mismo, con las vacaciones veraniegas). La transmisión es más general y es un proceso continuo. Lo que vemos y escuchamos nos moldea, seamos conscientes de ello o no. Ya san Agustín se refirió a la contaminación por el espectáculo, un mecanismo cognitivo de sorprendente actualidad porque su lógica está presente en los asistentes conversacionales alimentados por modelos de IA generativa como Claude o ChatGPT, así como en las redes sociales. Por lo tanto, la cuestión ya no es solo qué debemos enseñar, sino qué nos enseña, sin que nos demos cuenta, todo lo que escuchamos y vemos; justo lo que hace la IA generativa, que nos moldea mediante la exposición repetida, sin pasar por nuestra deliberación consciente, a modo de un adiestramiento silencioso.
En la enseñanza, el uso de la IA sacude los cuatro pilares del aprendizaje: la atención, la participación activa, la revisión de los errores y la consolidación. Al externalizar el esfuerzo hacia la IA, el alumno puede desarrollar la competencia para utilizar esta herramienta sin desarrollar la propia competencia subyacente. Otro peligro de la IA es la manipulación emocional por medio de la simulación: si la simulación es suficientemente convincente puede provocar respuestas emocionales reales en el usuario; esto le parece a la autora un cambio antropológico.
La gran pregunta es cómo desarrollar un espíritu crítico ante una IA generativa que nunca se presenta como una limitación, sino más bien como un servicio, una sugerencia «personalizada» a la que vemos como un amigo, pero que modula constantemente lo que se nos ofrece pensar y que detecta nuestras emociones. ¿Cómo resistirse a algo que nunca te oprime abiertamente, pero que te acompaña? El espíritu crítico supone tener un punto de referencia, una alteridad con la que medirse, justo lo que falta en la IA, que nunca da órdenes explícitas ni se muestra como una instancia de poder. Así, el reto para la escuela del mañana consistirá en aprender a seguir siendo uno mismo en medio de una corriente que querría moldearnos insidiosamente.
Algunos países europeos ya están respondiendo a este problema con restricciones al uso de la IA en la escuela hasta ciertas edades o imponiendo la supervisión del profesor.
Artículo completo: Lo que la IA enseña (y no enseña) a los niños
https://legrandcontinent.eu/es/2026/07/19/lo-que-ia-ensena-y-no-a-los-ninos/
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