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Ver productos1 Sep 1990 - 5min.
En opinión del autor, a Cuba le ha llegado el momento del diálogo político, pese al rechazo que aún tiene la idea en algunos sectores poco flexibles del exilio y de la propia isla. No obstante, dicha discrepancia puede verse superada y, antes de finalizar el año, llegar a la mesa de debates con propuestas concretas para el desmantelamiento ordenado de un sistema que, tarde o temprano caerá, como ya ha ocurrido en Europa del Este.
El presidente Bush ha dicho que está deseoso de que le planteen estrategias novedosas para salir de Castro. Los soviéticos, en privado, han repetido más o menos el mismo mensaje. Para Moscú no tiene demasiado sentido continuar sosteniendo en órbita un satélite costoso y totalmente inservible en la era de la posguerra fría.
En La Habana el panorama tampoco es muy diferente. Se han cerrado simultáneamente todas las puertas de emergencia. No hay reservas de divisas. No hay créditos en Occidente, salvo algunas limosnas que España inexplicablemente otorga de vez en cuando. Ya ni siquiera hay esperanzas. Todo el aparato de poder se da cuenta de que el experimento socialista llegó a su fin. Sin subsidio soviético no hay forma humana de sostener el desastre económico que se avecina. En pocos meses los cubanos van a pasar de la penuria y la escasez al hambre pura y dura.
El problema pues, no es si Castro caerá, sino cuándo, cómo y hacia dónde. Es decir: es la hora de la política. Es el momento de crear laboriosamente los cauces para que el inevitable fin del comunismo en Cuba se produzca de forma ordenada y sin violencias innecesarias. Al fin y al cabo, los castristas en la isla probablemente alcancen el 20 por 100 de la población. Dos millones de cubanos, que tienen la llave de la armería, y a los que no se les puede acorralar.
Hay que sentarse con ellos a negociar el desmantelamiento del sistema con garantías para todas las partes. Asegurarles que no va a haber sangre, ni represalias, ni humillaciones. Sencillamente, en su momento habrá que dejar hablar a las urnas para que la sociedad busque un nuevo reordenamiento basado en las preferencias de los electores.
Pero antes de llegar a ese punto, gobierno y oposición tienen que participar en La Habana en el encuentro planteado por Gustavo Arcos, líder en Cuba de un heroico grupo para la Defensa de los Derechos Humanos. En esa reunión, abierta, sin temores, y con representantes del exilio presentes, deben decidirse las reglas del juego futuro.
¿Por qué Castro accedería a participar en una gestión de este tipo? ¿Por qué se suicidaría políticamente? Pues porque no tiene otra opción que llevar la crisis al terreno político y resignarse a una transición pacífica, como los franquistas hace 15 años o los comunistas húngaros hace pocos meses.
Todo lo demás es absolutamente inútil. Es una idiotez pensar que ciertas operaciones de maquillaje dentro de la estructura del partido podrían reflotar el sistema. El comunismo cubano era el apéndice contranatura de un animal mucho mayor que vivía en el Este. Pretender que sobreviva tras la muerte de la criatura que le daba vida es un absurdo casi risible. La verruga es también parte del cadáver.
Pero ¿qué ocurrirá si Castro se niega en redondo a debatir con sus adversarios y a dar inicio a la inevitable transición hacia la democracia? Pues algo bien sencillo: precipitará a la sociedad cubana en el caos, atomizará a sus partidarios en media docena de grupos y perderá los últimos vestigios de simpatías que todavía podían quedarle en el exterior.
Por supuesto, eso perjudica fatalmente los planes de la clase dirigente en la isla. Si algo han aprendido los comunistas es que hay vida civil más allá del totalitarismo, siempre y cuando el desguace del sistema se haga dentro de un orden racional y con un mínimo de sentido común.
Lo que Castro propone, en cambio, no sólo coloca en peligro los privilegios de la «nomenklatura», sino hasta arriesga la propia vida de los jerarcas y las de sus familiares. Porque ¿qué puede existir tras la bravuconada de «hundir la isla en el mar» antes que abandonar el comunismo? Sólo algún desenlace violento: el motín popular, el golpe militar, el pistoletazo palaciego, y la muy probable evolución hacia una guerra civil reñida entre facciones del ejército y de la Seguridad. ¿Es eso lo que los castristas quieren para Cuba o para ellos mismos y para sus familias? En medio de ese convulso escenario ¿quién tiene a salvo su cabeza o la cabeza de sus hijos? Pero más patético aún: ¿para qué todo ese inmenso y estúpido sacrificio?
A Cuba le ha llegado la hora delicada de la negociación política. A esto se oponen en la isla y en el exilio un pequeño grupo de personas poco flexibles y carentes de imaginación. Sin embargo, lo predecible es que ambas facciones a corto plazo acaben por entrar en razones o se resignen a ser marginadas del proceso negociador. Antes de que culmine el año en curso la oposición política cubana más acreditada internacionalmente, dentro y fuera del país, tendrá lista su oferta democratizadora. Y no irá sola a la mesa de debate. Tendrá tras ella la cóncava solidaridad de muchos gobiernos y de varias decenas de partidos políticos vinculados a la Democracia Cristiana, a la Internacional Liberal y a la Conservadora. Algo así como el 80 por 100 de las estructuras democráticas de Occidente respaldará su propuesta. Seguramente esa estrategia será aceptable para Washington y para Moscú, entre otras cosas, porque no se les va a pedir que sean parte de las negociaciones, sino avalistas y garantes de unos resultados convenientes para todos. Pero lo verdaderamente importante es que sea aceptable y aceptada por la casi totalidad de la sociedad cubana. Una sociedad fatigada por tres décadas de errores y horrores que hoy se cree capaz de encontrar su destino sin un baño de sangre.