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Ver productosEl presidente Zedillo no ha sabido calcular que los grandes peligros que acechaban a su gobierno no provienen de la guerrilla izquierdista sino de la descomposición acelerada de su partido político, para el que la democracia ha acabado convirtiéndose en una vacía ceremonia electoral.
1 Abr 1995 - 5min.
Cuando el señor Ernesto Zedillo asumió la presidencia de México el mayor de sus problemas era el levantamiento de Chiapas. Unas pocas semanas más tarde la existencia de ese foco guerrillero instalado en la Sierra Lacandona ha perdido toda urgencia, convirtiéndose en una molestia lateral erradicable a medio plazo mediante la paciente labor de contrainsurgencia emprendida por el ejército mejicano a partir del 9 de febrero, fecha en que se anuncia el descubrimiento de arsenales y casas de seguridad pertenecientes al Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
¿Por qué el presidente Zedillo cambió la estrategia de su predecesor y lanzó una ofensiva militar contra los guerrilleros del subcomandante Marcos en lugar de continuar insistiendo en la vía de la negociación política? Tres parecen ser las razones que explican ese súbito cambio de estrategia. La primera es la presión de un gran sector de la sociedad que no veía con buenos ojos la quiebra de la seguridad jurídica y la abdicación de sus responsabilidades por parte del Estado mejicano. Tras algo más de un año de tensa tregua los rebeldes no se avenían a razones ni se sentaban a la mesa de negociaciones. Cambiaban camaleónicamente de discurso político, adaptándolo al auditorio, mientras día a día aumentaban su penetración en los medios de comunicación internacionales. Los zapatistas no querían ni paz ni guerra: pretendían crecer vegetativamente ante la parálisis del gobierno federal. Querían ganar por desmoralización y abandono del contrario.
La segunda explicación tiene que ver con la propia dinámica del conflicto. El año transcurrido desde el alzamiento de Chiapas, aun sin combates, no fue un periodo ocioso para el ejército. Pacientemente, los aviones de reconocimiento fueron fotografiando milimétricamente la zona, levantando mapas, reconociendo los caseríos y veredas, identificando movimientos de tropas, localizando buzones
de armas, formas de avituallamiento, clasificando amigos y enemigos. Simultáneamente, la inteligencia militar creó sus redes de información y desinformación, colocó sus escuchas, infiltró con sus agentes las filas del zapatismo y desarrolló una doctrina
de acercamiento y persuasión destinada a conquistar a una población civil absolutamente vital para conseguir el triunfo. ¿Los maestros para esa tarea? Sin duda, los mayores expertos en la zona de operaciones: el vecino ejército guatemalteco situado al otro lado de la raya fronteriza y con más de tres décadas de experiencia. A principios de 1995 el ejército mejicano estaba listo para recuperar todos los pueblos en poder de los guerrilleros y empujarlos hacia la selva.
La tercera razón de Zedillo era quizás la más arriesgada: desde mediados de enero el presidente, magnífico economista, sabía que la devaluación de la moneda era inevitable, como consecuencia, precisamente, de una inestabilidad política que provocaba la fuga de capitales y la compra masiva de dólares. Pese al aumento casi galopante de las exportaciones, las reservas se esfumaban. Una rápida victoria militar y el apresamiento del subcomandante Marcos harían recuperar la confianza en un gobierno estremecido por los escándalos, la corrupción secular del PRI y los asesinatos de Colosio y de José Francisco Ruiz Massieu.
Todo fue inútil. El presidente Zedillo no pudo o no supo calcular que los grandes peligros que acechaban a su gobierno no provenían de la guerrilla izquierdista sino de la descomposición acelerada de su propio partido político. El PRI se deshacía en medio de las querellas entre la vieja y la nueva guardia, entre los tecnócratas y los políticos de viejo discurso, entre los corruptos que veían al estado como un modo de enriquecerse y los que querían —como el mismo Zedillo— renovar el partido y adecentar la vida pública.
¿Por qué el PRI llegó al lamentable estado en que hoy se encuentra? Sin duda, porque fue perdiendo paulatinamente el sentido profundo de la democracia, un sistema cuyo elemento fundamental es la estrecha subordinación del gobierno al mandato y al escrutinio constante de la sociedad. Para el PRI la democracia acabó por ser una vacía ceremonia electoral en la que el pueblo refrendaba las decisiones de una pequeña minoría cada vez más alejada del corazón de la ciudadanía. La cúpula del PRI elegía los candidatos a un Congreso prácticamente inoperante, y el presidente saliente designaba a su sucesor sin contar con las preferencias de unos votantes que ni siquiera podían cuestionar la labor de gobierno porque reinaba la casi total impunidad.
¿Qué puede hacer Zedillo en el agónico sexenio que le queda, si una bala no se le cruza en el camino, circunstancia que —supongo— debe tener muy presente a juzgar por los síntomas que asoman? Naturalmente, el problema económico que afecta al país es muy serio, pero no podrá ser resuelto si antes no consigue revitalizar el sistema democrático y logra que los mejicanos se reconcilien con el gobierno y reconozcan a las instituciones del estado como un patrimonio propio del que deben sentirse orgullosos. Su gran tarea no consiste solamente en atrapar al tal Marcos y revalorizar el peso, sino en erradicar el cinismo de una población justamente descreída y emocionalmente alejada de las personas que la gobiernan. Esa enajenación, por utilizar la palabreja acuñada por Marx, es lo que pudre el sistema y le abre la puerta al resto de los males. Zedillo tiene que entender que la democracia no es sólo formalidad y apego a ciertas reglas, sino, ante todo, consiste en una transacción racional entre gobernantes y gobernados en la que el papel de la vigilancia, auditoría, crítica y censura debe recaer siempre del lado de los gobernados. Si Zedillo consigue el milagro de convertirse en el primero entre los servidores públicos, y si consigue que su gobierno acepte ese papel con humildad, acaso logre revivir el PRI. De lo contrario, le tocará la triste tarea de enterrarlo en medio del desprecio general del pueblo mejicano.