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La cultura política latinoamericana ha girado tradicionalmente en torno a la figura del caudillo. En nuestros libros de historia escasean emprendedores como Henry Ford, Thomas Edison o los hermanos Wright. El protagonista de nuestro imaginario siempre es una mezcla de cacique y profeta, nunca un innovador. Desde los días de la colonia española, el ánimo de superación personal y el afán de fortuna privada han sido satanizados en nuestro medio como expresiones de egoísmo sibarita.

Se han conjugado la rigidez de un conservadurismo reacio a la innovación, la retórica anticapitalista del marxismo, el militarismo más arcaico y un recurrente complejo de inferioridad disfrazado de exaltación nacionalista. Como bien señala Enrique Krauze, este cóctel ideológico ha producido el más variopinto catálogo de «redentores». Perón, Castro o Chávez, casi todos estos caudillos, han perpetuado estructuras institucionales anacrónicas en nombre de alguna clase de tribalismo reaccionario.

No obstante, esa nociva actitud está empezando a cambiar en algunos rincones del continente. Y necesitamos tomar conciencia de este proceso, para fomentarlo en aquellos lugares donde todavía no empieza, o para lograr que sea definitivo ahí donde ya ha llegado. ¿Dónde está ocurriendo esta transformación cultural? Donde se ha apostado por la libertad personal como mejor camino para alcanzar la prosperidad. En definitiva, se da ahí donde la figura del emprendedor desplaza a la del caudillo como protagonista del cambio.

Cuando se habla de «liberalización económica» no se refleja el lado humano del concepto que se busca abarcar con dicha frase. Más apropiado sería hablar de liberar el potencial creativo del emprendedor, ese personaje que mueve al mundo. El emprendedor, como bien decía Ludwig von Mises, es todo aquel que imagina un futuro posible, se impone una meta y aprovecha toda oportunidad que se presenta para lograrla. Da igual si su objetivo consiste en fundar un banco, poner un restaurante, componer una canción o escribir un libro. Lo importante es esa actitud de vigilancia constante ante su entorno para cultivar las coyunturas favorables que se presenten. Son ellos quienes nos abastecen diariamente de toda clase de bienes y servicios. Cada vez que nuestros redentores de turno han interferido en este proceso inventivo de intercambio —también conocido como «mercado»— mediante impuestos, censuras o trabas burocráticas, lo único que han logrado es entorpecerlo, y por tanto empobrecernos a todos.

Durante las últimas décadas, hemos empezado a liberarnos de los prejuicios contra el innovador privado. Chile, Perú, Colombia y Uruguay, por ejemplo, han llevado a cabo una rotunda liberalización económica acompañada de garantías institucionales básicas —seguridad jurídica, respeto a la propiedad privada y reglas básicas del mercado—. En los cuatro casos la inversión extranjera crece a un ritmo acelerado, la pobreza se reduce, el empleo sube en el sector privado y su prosperidad depende cada vez menos del Estado. De acuerdo al Banco Mundial, Perú consta hoy entre los lugares más hospitalarios del mundo para el capital privado, solo superado en la región por Chile, y seguido inmediatamente por Colombia.

Por otra parte, Chile y Uruguay se cuelan entre los primeros treinta lugares del Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation, mientras que Colombia y Perú lo hacen entre los primeros cincuenta. La derecha y la izquierda se alternan en sus gobiernos, pero se respeta la continuidad el modelo. El declive de la pobreza quizá no es todo lo rápido que se quiere, pero se sabe que la única solución efectiva es a largo plazo. Y lo que es más importante: en todos estos países, a diferencia de lo que sucede en la dictatorial China, la apertura económica se ha acompañado con la consolidación paulatina del Estado de derecho. Como apuntó Mario Vargas Llosa, esto se debe a que han comprendido que «el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo —inseparables a la corta o a la larga de la dictadura—, sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos».

Lamentablemente, el panorama es muy distinto en Ecuador, Bolivia, y especialmente Venezuela —la órbita del socialismo del siglo XXI—, donde se recorre la senda contraria. La inversión extranjera huye, el crecimiento del empleo está cada día más vinculado al sector público, el aparato estatal no hace más que engordar, la empresa privada se hace adicta al gasto fiscal y la escena sigue desarrollándose en torno al magnetismo popular del caudillo. Baja la pobreza y crecen sus economías en términos de PIB, pero lo mismo pasa en los demás países de la región. La diferencia está en que no se cimientan las bases de un desarrollo sólido. No es mera coincidencia que los principales indicadores internacionales coloquen a estos tres países en los puestos más bajos de calidad institucional, cordialidad con las inversiones y libertad empresarial. En este entorno, el emprendedor es concebido como una oveja que debe seguir los dictados del pastor; o al menos como un potencial peligro para la sociedad, que debe ser vigilado por una creciente red de agencias burocráticas. Este modelo mantiene la apariencia de viabilidad mientras el precio del petróleo lo permite, porque impera el cortoplacismo mesiánico.

El ideario del socialismo del siglo XXI adolece de eso que Friedrich A. Hayek denominó «arrogancia fatal»: la pretensión de poseer tanto la capacidad necesaria como la información requerida para manipular a nuestro gusto la inabarcable complejidad del mercado. Conciben a la sociedad como si fuera un tablero de ajedrez cuyas fichas pueden mover. Olvidan que se trata de personas en constante búsqueda de nuevas oportunidades para realizar sus propios proyectos de vidas, y que son ellas las encargadas de sacar adelante la economía.

Hay que reconocer, sin embargo, que nuestra debilidad por el estatismo no es solo atribuible a la obsesión controladora de la izquierda, sino también a los intereses mezquinos de una derecha mercantilista. Los «empresaurios» criollos han estado acostumbrados desde los días de los virreyes al «capitalismo castizo». Cuando la libertad conviene, adoptan un discurso encendidamente liberal; cuando no conviene, corren a los brazos del poder para solicitar protección —subsidios, privilegios, aranceles o contratos públicos—. En varias ocasiones incluso tocan las puertas de los reguladores para frustrar iniciativas legítimas de sus competidores. Todo lo cual ha contribuido también a la satanización de los verdaderos emprendedores y ha servido de coartada publicitaria a los enemigos de la iniciativa privada.

Todo esto que puede sonar a mera teoría, lo ratifica la experiencia todos los días en Ecuador. Muchos caudillos han pasado en estas décadas prometiendo alguna clase de paraíso en la tierra. Algunos hemos presenciado en primera fila los vaivenes de nuestra siempre vulnerable economía. No obstante, hemos podido ser testigos también del afán de superación de miles de personas que hacen frente a la adversidad con una creatividad sorprendente. Esto último da más motivos que nunca para la esperanza. Porque innovadores sobran. Lo que hace falta es liberar su potencial de las pesadas cargas que soportan.

Más aún, el dinamismo de los sectores informales en Ecuador es la prueba irrefutable de la capacidad inventiva de la gente. Millones de personas se desenvuelven en la informalidad precisamente para escapar de la asfixia burocrática y fiscal. Lo mismo que sucede en otros países como Perú, donde una historia de represión institucional ha causado profunda desconfianza entre la población de cara a las autoridades estatales. Lastimosamente, en el caso ecuatoriano, los distintos gobiernos solo han buscado integrarlos con subsidios y costosísimos programas diseñados por tecnócratas —nacionales o extranjeros— que solo fomentan el clientelismo e incrementan el gasto. Es verdad que todos necesitamos un primer punto de apoyo, alguien que crea en nosotros y nos brinde el capital necesario para salir adelante. Quizá el Estado sirva para dar ese empujón inicial en casos muy puntuales. Pero lo fundamental está en crear condiciones favorables al emprendimiento privado, que no perpetúen el paternalismo.

Pese a las leyendas negras sobre una supuesta «noche neoliberal» —principal muletilla retórica del socialismo andino—, la historia política ecuatoriana ha sido la de un Estado ahogando constantemente la iniciativa privada. Lo único que ha cambiado es la sofisticación de los argumentos empleados para seguir haciéndolo. Las intenciones de quienes patrocinan estas ideas siempre son buenas, pero sus teorías están inevitablemente equivocadas, y el resultado siempre es perverso. Nuestra economía nunca ha podido superar su adicción al petróleo. Durante los años setenta, nos vimos inmersos en el sinsentido de las políticas cepalinas de sustitución de las importaciones, que solo sirvió para recompensar la falta de competitividad de algunos empresarios locales. Nuestra moneda se depreció constantemente, hasta que vino la dolarización. Adquirimos por años deudas impagables para solventar la espiral demagógica del gasto público.

Por otra parte, no es verdad que durante los noventa hubiera grandes liberalizaciones. Hubo muchos proyectos de apertura, pero la mayoría se vieron frustrados por la demagogia partidista en el congreso nacional. Nuestros emprendedores quedaron rezagados, mientras los «empresaurios» se siguieron nutriendo del motín estatal y los favores del poder. Entre estos últimos, estuvieron varios banqueros que participaron de una orgía de fondos públicos, causando un estigma incluso a todo el sector.

Estas políticas estatistas han sido también promovidas por los supuestos organismos «neoliberales». Recuerdo un episodio de 1999, cuando ejercía como ministro del antiguo presidente, Jamil Mahuad. Estábamos con el laureado economista Jeffrey Sachs y un alto representante del Banco Mundial, dialogando sobre qué hacer con la deuda externa. Ellos querían declarar la moratoria a los deudores privados. Yo les decía que eso no era ético, y que si lo hacíamos también teníamos que actuar de la misma forma con los créditos de los organismos multilaterales. El agente del BM replicó que eso era inviable, lo cual me resultaba paradójico. Porque gran parte de esa deuda era consecuencia de políticas equivocadas que ellos nos habían recomendado, por no decir impuesto. Y el catálogo de casos que citar es interminable. Un día vinieron, por ejemplo, a decirnos que debíamos construir casas para los pobres y crear un Banco de Vivienda para construirlas. Nos dieron el dinero. Después regresaron a decir que dicha entidad no debía construir las casas sino solo financiarlas. Y nos proporcionaron un préstamo para desmantelar la estructura anterior y crear una nueva. Pero luego volvieron a señalarnos que todo esto debía ser responsabilidad del sector privado y no del Estado. Y nos facilitaron más créditos.

Terminé renunciando al poco tiempo. Ecuador viviría el siguiente año una de las crisis más hondas de su historia como producto de las malas decisiones que se tomaron, bajo la asesoría de supuestos gurús y tecnócratas internacionales. Mahuad fue derrocado. Los años que vinieron fueron de continua ruptura institucional.

Hoy es preocupante lo que está pasando. La llegada de Rafael Correa al poder significó un retoño se esperanza. Un joven economista, con experiencia académica y dotes de carisma, podía ser el elemento de liderazgo que sirviese para modernizar nuestro país. Sabíamos de sus simpatías con el tradicional socialismo latinoamericano. Pero, después de todo, ¿no había sido acaso un sociólogo marxista, Fernando Henrique Cardoso, el responsable de la apertura en Brasil? No obstante, el presidente Correa ha escogido un camino diferente, y hoy los resultados empiezan a aflorar (esto sin mencionar los ataques a la prensa y la creciente agresividad retórica hacia sus críticos). Sin duda se ha hecho mucha obra pública, hay más carreteras y centros sanitarios. Pero se ha olvidado que el motor de prosperidad real está en la libertad de emprender, y en el compromiso institucional que garantiza las condiciones para ello. Pregunten, si no, a los miles de jóvenes españoles que hoy disfrutan de la mejor red ferroviaria de Europa, pero no de futuro laboral. Gozaron por años de un Estado de bienestar que hoy parece inviable, porque durante los días de abundancia no se tomaron medidas apropiadas.

No necesitamos más héroes, ni redentores, ni líderes mesiánicos. Lo que América Latina necesita es liberar el potencial de sus emprendedores. El destino nos pertenece, pero debemos reclamarlo, todos, uno a uno.


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