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Kupchan, no obstante, no califica, como su compatriota Fareed Zakaria, el tiempo actual como un siglo posamericano, aunque comparta con este autor la necesidad del multilateralismo y la cooperación entre los Estados. En realidad, Kupchan se refiere a un mundo en el que no dominará ninguna gran potencia sobre las otras. Su perspectiva se aproxima al concierto de potencias para garantizar la paz y seguridad globales, tal y como sucedió en la Europa posterior a las guerras napoleónicas.

Su libro es un ejemplo de la preocupación de encontrar puntos de referencia que sirvan de guía en un mundo complejo, que ha ido dejando de lado las falsas ilusiones de la posguerra fría, cuandos muchos creyeron en que una única superpotencia impulsaría en todo el globo la democracia y la economía de mercado. Las reacciones inmediatamente posteriores al 11-S también han originado una profunda frustración, pues las guerras de Afganistán e Irak fueron concebidas con el propósito de crear «cabezas de puente» democráticas, que serían fieles aliados en un mundo musulmán del que habían surgido toda clase de extremismos y terrorismo. Pero la retirada americana de estos países no lleva aparejada, sin embargo, la estabilidad que Washington hubiera deseado. Por si fuera poco, la crisis económica y financiera, sobrevenida en 2008, ha aumentado las incertidumbres sobre el destino del mundo occidental, donde no se ha cerrado por completo la brecha de los desencuentros entre Europa y EEUU, aunque estos no sean tan marcados como en la primera Administración de George W. Bush. En esta prospectiva sobre el siglo XXI, Charles A. Kupchan es sumamente pragmático y realista, en contraste con los difundidos trabajos de George Friedman, el director ejecutivo de Stratfor, empresa privada americana en servicios de inteligencia. Los análisis de uno de sus últimos libros, Los próximos cien años (Ed. Destino), recurren con frecuencia a los ejemplos históricos, al igual que Kupchan, pero sus conclusiones son radicalmente diferentes, pues Friedman predice que el siglo XXI será un siglo americano, en el que habrá guerras con países que sentirán envidia, miedo y deseo de resistencia a sus pretensiones. No obstante, el resultado final será la victoria de una nación a la que Friedman sigue considerando joven.

El fin de las potencias hegemónicas y las alternativas a la democracia occidental

kupchan.jpgToda obra de prospectiva se apoya en amplios fundamentos históricos, que sirven para entender la realidad actual y futura, si bien los hechos no se repiten necesariamente. El triunfo de Occidente empezó con la época de los descubrimientos, aunque alcanzó su cénit en la era de los imperialismos coloniales, si bien Gran Bretaña ya había construido las bases de su supremacía en el siglo XVIII. Sin embargo, la Pax Britannica se iría diluyendo, cuando otras potencias como EEUU, Alemania y Japón irrumpieron en el escenario mundial a lo largo del siglo XX. El proceso descolonizador de la posguerra hizo el resto, aunque Londres, consciente de sus debilidades, había fomentado desde hacía largo tiempo una relación privilegiada con Washington. En cambio, los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial parecieron ser el preludio de una Pax Americana, si bien no acabó de serlo por la confrontación bipolar planetaria. Por el contrario, el derrumbamiento de la URSS proporcionó el marco perfecto para la hegemonía americana, aunque los acontecimientos pronto demostraron que solo había sido un periodo de gracia. Actualmente EEUU no ha perdido la corona de la supremacía en lo económico y en lo militar, pero la aparición de potencias emergentes, en particular China, permiten adivinar que no será de modo prolongado. El autor, que hace hincapié en los ejemplos históricos, no deja de llamar la atención de que el declive económico tiene, tarde o temprano, su repercusión en el poder militar, lo que es aplicable a la relación entre EEUU y China. ¿No sucedió, otro tanto, hace más de un siglo, cuando la primacía económica de Gran Bretaña fue desafiada por EEUU y Alemania?

Kupchan no tiene reparos en afirmar en que la modernización en el siglo XXI no significa necesariamente la aceptación de los sistemas políticos y los valores occidentales. Quienes consideran que hay otras formas de construir la modernidad, como son los casos de China y otras potencias emergentes, ofrecen modelos autoritarios alternativos, con capacidad de influencia más allá de sus fronteras, capaces de desmentir la norma no escrita de que el desarrollo económico trae consigo la democratización. Es lo que han dicho muchos historiadores y analistas, que se limitan a trasponer a las nuevas realidades geopolíticas el recuerdo del ascenso de una burguesía que influyó en el despegue de Occidente. Este optimismo de raíces kantianas, en el que se vislumbra un mundo poblado por democracias que no se hacen la guerra entre sí, es contemplado con escepticismo por Kupchan, que hace la interesante aportación, en uno de los capítulos de su libro, de pasar detallada revista a las alternativas al modelo occidental en las distintas áreas geopolíticas. En otras épocas, los actuales países emergentes no plantearían ningún modelo alternativo, explícito o implícito, pero la globalización hace que estén presentes en la economía y la política mundiales. Si EEUU ha alimentado expectativas no satisfechas, se debe a ese ingenuo optimismo de la inmediata posguerra fría, que soñaba con la victoria universal de la democracia universal y el capitalismo. En realidad, lo que ha triunfado es el capitalismo e incluso, en algunos casos, la democracia, aunque no necesariamente liberal ni anclada en los valores occidentales. Es evidente que Kupchan nos está diciendo que se equivocó Fukuyama y está dando la razón, aunque no sea por entero, a Huntington y su «choque de civilizaciones». Modernización no equivale a occidentalización, y esto es algo que algunos historiadores saben muy bien desde la época de Pedro el Grande, modernizador de Rusia y gobernante con puño de hierro.

Las autocracias del siglo XXI

El autor distingue tres sistemas autocráticos: la autocracia comunitaria, la autocracia paternalista y la autocracia tribal, que corresponden respectivamente a China, Rusia y las monarquías petroleras del Golfo.

En China, la democracia liberal se contrapone a las tradiciones culturales basadas en una compleja burocracia y en el principio de jerarquización, a lo que hay que añadir el legado del confucianismo, perseguido en la época de Mao y rehabilitado en el actual régimen nacional-comunista. La gran estrategia del PCCh ha sido, a partir de la presidencia de Jiang Zemin, integrar a los empresarios en la estructura política. No solo los miembros del partido controlan la mayoría de las grandes empresas sino que también están presentes en las empresas privadas. Al mismo tiempo, el régimen ha mimado a los intelectuales, especialmente a profesores y estudiantes universitarios, y ha fomentado una gran expansión de las universidades. Si a esto añadimos el interés del Estado por el desarrollo de las tecnologías y grandes infraestructuras, comprenderemos que el poder chino vende a su pueblo la idea de que están velando por su bienestar. La evidencia de que millones de chinos han salido de la pobreza y disfrutan de libertades económicas no contribuye a la aparición en China de una clase media democrática. No obstante, estas realidades no pueden ocultar algunas de las debilidades del sistema chino: violación de los derechos humanos, una tecnología que no suele tener gran calidad y que copia modelos foráneos, la corrupción, la degradación medioambiental, los acusados contrastes socioeconómicos entre el interior del país y las zonas costeras… Con todo, Kupchan presta algún crédito a quienes opinan que China seguirá el mismo camino de Taiwán y Corea del Sur. El autoritarismo de estos regímenes cedió ante las exigencias de democracia de una floreciente clase media. En nuestra opinión, no resultará tan sencilla esta evolución, pues tanto el Partido como el Ejército son estructuras mucho más consolidadas y menos permeables. En realidad, el único punto débil de todos los regímenes autoritarios es que sus ciudadanos vean reducido su bienestar material, un detonante para posibles estallidos sociales.

Rusia representa, en cambio, la autocracia paternalista, con amplias raíces en las etapas zarista y soviética. Su resurgimiento como gran potencia está relacionado con sus inmensos recursos energéticos, mucho más persuasivos en la era global que unos armamentos que pronto pueden quedarse obsoletos. No escapa, sin embargo, a la maldición del petróleo, su principal activo y debilidad, que le ha hecho descuidar las inversiones en infraestructuras y tecnologías, además de seguir teniendo una economía no demasiado abierta al exterior. En este contexto, la clase media rusa dista mucho de ser una esperanza para la democratización, pues en buena parte procede de la burocracia y las grandes empresas. Por lo demás, apenas un 25% de los rusos se identifica con la democracia occidental. El orgullo patriótico y la estabilidad son mucho más apreciados. Esto puede explicar el retroceso de la libertad en los últimos años no solamente en Rusia sino en la gran mayoría de las repúblicas exsoviéticas. Kupchan coincide, en parte, en sus análisis con Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional en la Administración Carter, en que Occidente debe buscar el acercamiento a Rusia, e incluso fomentar su ingreso en la OTAN. Ambos autores consideran que Moscú puede hacer de árbitro en el nuevo orden internacional. En realidad, es lo que ha intentado hacer la presidencia de Obama desde sus inicios, aunque a lo mejor ha pecado de ingenuidad en sus relaciones con Medvedev. Con todo, no vemos a Rusia en la Alianza Atlántica no solo porque los gobernantes rusos no demuestren interés sino porque su ingreso, en las actuales condiciones políticas, no solo no sería un valor añadido sino que también cuestionaría la propia esencia de una organización que lleva reinventándose desde hace dos décadas.

La autocracia tribal está representada por las monarquías petroleras del Golfo, cuya fuerza reside en la dependencia energética de Occidente. Como en el caso de China, su legitimidad deriva de las expectativas económicas de su población, pero sus puntos débiles se refieren la situación de los jóvenes y de las mujeres. Los grados de conservadurismo varían de un país a otro, siendo Qatar y Kuwait los más «liberales» en contraste con Arabia Saudí y los Emiratos. Las relaciones de clan siguen siendo fuertes aunque en algunos países haya nacido una clase media que se identifica con la autocracia garante de la estabilidad. Su principal desencuentro con EEUU surgió con la invasión de Irak, aunque la violencia en este país es ahora la coartada perfecta para que los autócratas recuerden a sus pueblos los riesgos de introducir en la región una democracia de corte occidental. Washington se ha acomodado al statu quo porque necesita que las monarquías del Golfo sirvan de contrapeso a Irán, sin olvidar tampoco los intereses energéticos y la necesidad de bases militares en un Oriente Medio en que el papel americano es cada vez más cuestionado.

Las tres autocracias estudiadas por Kupchan se sienten seguras de su potencial económico y no ve ningún aliciente en la democracia occidental, que podría poner en peligro su estabilidad interna. Pero Occidente no lo tiene mejor en otras áreas geopolíticas. La Primavera Árabe puede traer más democracia, pero al mismo tiempo crecerá la fuerza del islamismo, lo que supondrá un retroceso de los valores occidentales. Tampoco en África ha triunfado la democratización, tras la guerra fría, pues lo que se puso en práctica fue, en realidad, el multipartidismo que, en no pocas ocasiones, sirvió para legitimar a los autócratas en el poder, que, por cierto, tienen con la presencia de China en el continente a un aliado que no relaciona la cooperación económica con el respeto de los derechos humanos. Respecto a América Latina, el populismo ha surgido del desencanto de la democratización de los ochenta. Por su cultura y tradiciones políticas, la región debería haber sido una prolongación de Occidente, pero está lejos de serlo desde el momento en que muchos dirigentes se identifican con la combativa ideología del tercermundismo. Es cierto que puede haber mucha carga retórica en esta actitud, mas lo preocupante es que en las encuestas esté muy extendida la idea de que el régimen más legítimo es aquel que cambia las condiciones de vida de la población, lo que no necesariamente coincide con la democracia.

El triunfo del pragmatismo en política exterior

Del libro de Kupchan se saca la conclusión de que las democracias occidentales no vivirán sus mejores momentos en el siglo XXI, pues muchos Estados quieren construir la modernidad a su manera, de acuerdo con su cultura y tradiciones, y otros solo se plantean conservar su statu quo. Hay analistas y políticos que creen, sin embargo, en un Occidente ampliado gracias a una asociación con las de-mocracias emergentes como la India y Brasil. Pero el autor nos recuerda que los hechos demuestran que estas democracias defienden, ante todo, sus propios intereses regionales, y que sus vínculos con los países del Sur son mucho más fuertes que todas las consideraciones sobre la democracia. De hecho, suelen hablar más de la democratización de las relaciones internacionales que de la expansión de la democracia en el exterior. Coincidirían con el propio Putin en denunciar cualquier injerencia en la soberanía interna de los Estados. Por otro lado, aunque todas las potencias emergentes fueran democracias, no por ello desaparecerían las rivalidades geopolíticas.

¿Qué alternativa propone, entonces, Kupchan a EEUU? La de la cooperación con las potencias emergentes tanto a nivel bilateral como en los foros internacionales, sobre todo en asuntos económicos, medioambientales o de seguridad que supongan un desafío global. No son tiempos para una única superpotencia y es más importante ser líder que hegemón. Es una visión que hace de Washington un primus inter pares. Sin embargo, nos parece que la propuesta no es enteramente novedosa, pues el pragmatismo de Obama se identifica con ella. Pero, ¿hasta qué punto ese pragmatismo construirá unos cimientos sólidos en un mundo caracterizado por la volatibilidad de las situaciones? Lo realmente preocupante es que el siglo XXI, pese a la panoplia de organizaciones y foros internacionales, se pueda parecer al siglo XIX, la época de los equilibrios y los conciertos que fueron construidos sobre bases frágiles.


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