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Ver productos1 Sep 1991 - 14min.
Con la reciente biografía de Richard Ellman deFingal (Richard Ellman, Oscar Wilde, traducción de Néstor A. Míguez, Testimonio-Edhasa, Barcelona, 1990) se vuelve a recuperar un mito que vivió muy cercanamente a los personajes de la tragedia griega, a los que era tan aficio- nado Wilde, un mito moderno que ascendió a la cumbre literaria y artística para luego descender a los infiernos y sufrir el escarnio, el desprecio público y el ostracismo, y sólo por intentar llevar a la práctica su ideal hedonista y extremo de belleza tanto en la vida como en el arte.
Wilde tomó de Ruskin la tradición platónica de belleza equiparable a bondad, pero invirtió los términos en una trayectoria de ida y vuelta cuya única salvación se encontraría en el alma del individuo.
J. L. Borges dijo del escritor irlandés que casi siempre tenía razón, y eso también parecieron creerlo su propia familia y sus primeros profesores. Wilde, que había nacido en Dublín en octubre de 1854, era hijo de un prestigioso médico otorrino, Sir William Wilde, y de una extravagante nacionalista escocesa, Lady Jane Elgee, que se hacía llamar Francesca Wilde, al considerarse a sí misma heredera directa del poeta italiano Dante Alighieri. El excelente médico anticiparía la catástrofe wildeana cuando se sometió a un juicio por violación supuesta de una paciente: Mary Travers. Por otra parte, su madre, Lady Francesca, daría que hablar a causa de sus controversias políticas, sus poemas épicos y sus estridentes vestidos de noche. En esa atmósfera peculiar, Óscar y su hermano Willie, con quien siempre mantuvo unas pésimas relaciones, fueron educados en Portora, donde el futuro autor de El retrato de Dorian Gray, adolescente de notable impertinencia, destacaría en la traducción de clásicos griegos y latinos y acuñaría uno de sus primeros epigramas literarios: Como método el realismo es un completo fracaso. De Portora al Trinity College, el Eton irlandés, allí acabó de crecer (190 cms.), y entabló amistad con un profesor esteta pero increíblemente moralista, J. P. Mahaffy, y con otro profesor más liberal y menos doctrinario, Robert Tirrell. Con Mahaffy realizó un viaje por Italia, buscando sus primeros soportes referenciales en Florencia y en Guido Reni, acercamientos que luego desarrollaría en la década de los ochenta. Los poetas y pintores que despertaban su ininterés definían las futuras bases esteticistas: John Symonds, William Morris, los prerrafaelistas, y dos autores cruciales con los que trabaría amistad en Oxford: Walter Pater y John Ruskin.
Apoyado por sus padres y por las relaciones óptimas que éstos mantenían en Londres, el joven Óscar consigue una beca para la Universidad de Oxford, cuyo ingreso no resultaba fácil a la burguesía irlandesa. En Oxford comenzó a invadir los territorios que luego le enfrentarían al fango moralista victoriano: de un lado la belleza como máxima aspiración intelectual; de otro, la callada invitación a los arquetipos viriles de la sociedad griega, de sus obras, las salidas de tono y la insatisfacción ideológica teñida de sutil pero cruel ironía. Wilde crea su personaje a semejanza de los cánones que dicta desde el libro Renacimiento su profesor de historia antigua, Walter Pater; este libro le acompañaría a prisión como guía inequívoca de lo que había que hacer incluso en los momentos agónicos. En esta época universitaria comienza a vestir excéntricamente, es un centro de despropósitos, se forja una leyenda de conversador incansable, tiene reuniones masónicas en sus habitaciones privadas y se convierte en un obsesivo coleccionista de porcelana china; además, coquetea con el catolicismo de tal manera que llegaron a oídos de su padre estas inclinaciones romanas, y éste, agnóstico y darwinista, le escribió amenazando con privarle de su asignación y borrarle del testamento si se decidía a hacerse católico. Oscar se echó atrás.
El profesor y crítico de arte John Ruskin le ofrecería la necesaria arquitectura moral sin tener que comprometerse con una fe que le hubiera puesto límites. Wilde tomó de Ruskin la tradición platónica de belleza equiparable a bondad, pero invirtió los términos en una trayectoria de ida y vuelta cuya única salvación se encontraría en el alma del individuo. Jugaría. por tanto, con todos los materiales a su alcance, con la energía y el goce viril, con la perversidad y con el público en general3. Hesketh Pearson pone en boca del actor Beerbohm Tree las continuas interferencias tic Wilde en los montajes teatrales de sus obras4.
Corresponde a este mundo contrapuesto su afición a la poesía, de la mano del poeta romántico Keats, y, a la vez, su papel como hombre de acción entre cuyos logros se halló la construcción de una carretera comarcal en las cercanias a Oxford, siguiendo los patrones de su maestro Ruskin pero también dejándose acariciar por una suave brisa fabiana que luego desarrollaría en su ensayo El alma del hombre bajo el socialismo. En su último período de Oxford se inicia en la poesía con simples juegos formales, poemas de boato que cristalizarían en el poema Rávena, con el que consiguió el Premio Newdigate. Sigue persistiendo en la doble vida y contrae la sífilis de una prostituta que frecuentaba con otros compañeros de artes plásticas.
Dicen que dijo, al descender del buque que le traía de Inglaterra, y a las preguntas del aduanero sobre si tenía algo que declarar: «Nada, excepto mi genio».
Sobresaliente en traducción, platónico decidido, abandona Oxford y se instala en Londres gracias a la venta de sus propiedades en Bray, propiedades que su padre le había legado en un alarde de prodigalidad y de comprensión artística. Vive con el posteriormente malogrado pintor Frank Miles y frecuenta a la que sería durante unos años su musa: Lilly Lantry (otros dirían que era su amante). En esta época Wilde ama a las mujeres como causantes de estragos, cree en la perfección de la figura femenina y se vuelca al universo ficticio de la moda como vehículo de impulso estético, de acción artística espiritualizada entre bambalinas y polisones. Siguiendo sus propias pautas, viste como un Byron estrafalario, instaura el culto al lirio que opta por llevar en el ojal, diseña sus propios abrigos haciéndose famoso uno en forma de acordeón que escandalizó a la buena sociedad como si hubiera sido el dandy Brummell en la disoluta Regencia. Le atraía el alboroto, pero también el quietismo, y más allá de ambos una cualidad observada por Yeats: el goce de su propia espontaneidad.
La adoración que sintió por Sarah Bernhardt y por Ellen Terry, dos grandes trágicas, le llevan a escribir su primera obra de teatro. Vera o los nihilistas, en la que Wilde aboga, con un estilo cargante y carente de acción, por un socialismo aristocrático en la Rusia zarista: es un individualismo sensibilizado por los problemas sociales. «Amo a los oprimidos, pero odio a las multitudes».
Tras el relativo fracaso de la edición de sus poemas en la editorial de Bogue, en 1881, corriendo él mismo con los gastos de edición, y de los que la crítica destacó la lujosa encuadernación silenciando la calidad de los versos, Wilde se sintió herido en su amor propio. A esta mala recepción se unirían los ataques y caricaturas que semanalmente le dedicaba la revista satírica Punch: pensó abandonar Londres. Este anticlimax hacia el apóstol decadente llegó a su máximo cenit con la obra Patience, de Gilbert y Sullivan, corta pieza teatral en la que aparecía un personaje que imitaba, exagerando, las poses y el credo estético de Wilde. El pintor prerrafaelista Burne-Jones aseguró que había más ingenio en el dedo meñique del caricaturizado que en todo el lamentable cuerpo de Du Marier, el dibujante del Punch.
La deriva emocional que le produjeron las diatribas de la crítica le hizo adoptar una estrategia inteligente y, al serle ofrecida por una agencia teatral norteamericana una serie de conferencias para apoyar precisamente el estreno de la obra Patience en Estados Unidos, aceptó con previas garantías de que sus charlas tendrían un enorme eco social a través de la prensa.
El inicio de la vida secreta de Wilde coincide con la aparición de su mejor producción literaria: a mediados de los ochenta el autor ensaya en «El retrato de W. H.» lo que sería exaltación en Dorian Gray.
Dicen que dijo, al descender del buque que le traía de Inglaterra y a las preguntas del aduanero sobre si tenía algo que declarar: «Nada, excepto mi genio». Esta boutade simplifica la actitud del héroe estético en un paraje inhóspito; por ejemplo en Kansas City, cuando hablaba de Benvenuto Celini, una señora le preguntó por qué el artista al que citaba tan maravillosamente no le había acompañado en la gira. «Murió hace tiempo», respondió Wilde. «¿Quién le disparó?», le contestaron. Pero Wilde no se daba por aludido e hizo una visita al poeta Walt Whitman, al que admiraba, y a Henry James, al que detestó a partir de ese momento; en otro orden de cosas, negoció el estreno de su obra Vera, que sería representada al año siguiente en Nueva York.
De vuelta a Inglaterra escribe un drama teatral. La Duquesa de Padua, que no consigue que se represente, y sigue dictando conferencias por todo el país. Poco después decide contraer matrimonio con una mujer frágil. independiente y de delicada belleza: Constanza Lloyd. Su enemigo íntimo, el pintor Whistler, afirmó que Oscar quería ejercer de pequeño burgués y así agradar a un público más amplio y acallar rumores. El matrimonio tuvo dos hijos: Ciril y Vivian, y hacia 1889, poco antes de ta publicación de Dorian Gray, dejaron de amarse e incluso de verse; ahora bien, mantuvieron una relación profunda hasta el final, una relación de tipo intelectual que no disminuyó tras el escándalo.
El inicio de la vida secreta de Wilde coincide con la aparición de su mejor producción literaria: a mediados de los ochenta el autor ensaya en El retrato de W. ¡I. lo que sería exaltación en Dorian Gray. El retrato… es una ficción de otra ficción y prefigura los laberintos borgianos6. El tema gira en torno a la atracción de Shakespeare por el actor adolescente Will Hughes. Wilde juega con el fraude, la realidad y viejas teorías que habían sido sostenidas por cierta crítica literaria inglesa sobre las inclinaciones sexuales del más grande dramaturgo. Pero la reputación como autor le sobrevino a Wilde con la publicación de su colección de relatos El príncipe feliz y otros cuentos, en mayo de 1888, cuando él solo se había ocupado de poner por escrito las historias que contaba a sus dos hijos y a sus amigos. El príncipe feliz y Un gigante egoísta fueron saludados como una novedad gratificante en el panorama de la narrativa inglesa; no obstante, en la mente de Óscar se gestaba una novela cuya última causa se encontraba en las ramificaciones del decadentismo, la doble moral y oscuras trastientas: droga vía Thomas de Quincey, sexualidad desviada de la mano de la novela Contranatura, de Huysmans, éste es el significado del personaje de Dorian Gray.
Hans Mayer señala que en El retrato de Dorian Gray la aniquilación de Dorian no es sino un divertimento efectista, estético, nunca moralizador; en otra dirección, A. Burgess señala que Dorian expía sus pecados con su propia destrucción física, mientras el cuadro se mantiene. Su autor explicaría en el prefacio epigramático al libro que «no hay libros morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos». De ahí el esfuerzo de Wilde en el agotador capítulo XI, que puede parecer, a simple vista, una traducción al inglés de cualquier novela de Gautier. Wilde ocultó ante la crítica su propia tesis: «Hallward-aseguró es lo que pienso que yo soy, lord Henry lo que el mundo piensa de mí y Dorian lo que me hubiera gustado ser cuando era más joven». El libro apareció publicado en la revista Lippincott’s Magazine el 20 de junio de 1890, y se edita en forma de libro al año siguiente en la pequeña editorial Ward, Lock and Co. Autores franceses como Mallarmé, el joven Gide o Pierre Louys saludaron la obra como impresionante. En Gran Bretaña, Yeats, Bernard Shaw y su círculo personal la defendieron de los pacatos ataques de la prensa.
Con Dorian Gray… Wilde puso en acción las teorías que había estado defendiendo como esteta, y como crítico literario en el Pall Mall Gazette y en el Speaker, y así lo dio a entender en cartas persuasivas a los críticos suspicaces: lo que se ocultaba en Dorian Gray era casi lo mismo que se ocultaba en la otra vida wildeana.
En junio de 1891 había trabado amistad con el que seria el peor de sus discípulos: lord Alfred Douglas, hijo de un desequilibrado aristócrata, el marqués de Queensberry, conocido por sus continuas demandas y por su divorcio. Pronto, quizá demasiado pronto, Wilde se vio incluido en la vorágine familiar de disputas que mantenían padre e hijo, y este error de cálculo le llevaría a la ruina total y a la cárcel. Hugo von Hoffmannsthal mantiene en su biografía, Sebastian Melmoth, que la disciplina que Wilde aplicó a su obra no la aplicó a su vida privada. Wilde estaba empapado de «indisciplina trágica». Después de los fracasos de Vera y La Duquesa de Padita, Wilde no había vuelto a la dramaturgia; su retorno le hizo justicia y constituyó su más logrado éxito. El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia y La importancia de llamarse Ernesto, estrenadas en Londres con enorme afluencia de público y satisfacción de la crítica, combinan el humor con las extrañas genealogías de sus protagonistas: graves pecados son tratados como espuma blanca sin que nadie repare en ellos, sino más bien en la brillante colección de frases corrosivas hacia la hipócrita sociedad londinense. De 1891 a 1895, Wilde consiguió ser la máxima figura de las letras europeas. El mismo Principe de Gales pidió que se lo presentaran: «No conozco al señor Wilde, y no conocer al señor Wilde es no ser conocido». Sin embargo, Douglas y Queensberry descubrirían la prolepsis dramática de un artista.
En un alarde teórico irreprochable, Óscar Wilde escribe varios ensayos que serían la clave de su doctrina estética: La decadencia de la mentira, El crítico como artista, El alma del hombre bajo el socialismo y Pluma, lápiz y veneno, entre otros. Hay grandes frases que avalan la estructura justificativa de Dorian Gray. Y se embarca en otra obra de teatro que el censor real impide llevar a los escenarios, la soberbia Salomé, el más intenso rapto anticipatorio de la lucha amor y muerte: poesía pura.
Pero en 1895 los hechos se precipitaron: el autor irlandés, bajo la insana influencia de Alfred Douglas, demanda al marqués de Queensberry por difamación éste había dejado una nota ofensiva en su club. Sin lugar a dudas, era lo que el monstruoso Queensberry esperaba: compró testigos y probó ante el tribunal la desordenada vida de Wilde, sin implicar a su hijo, que se apresuró a huir a Francia. Desde ese momento, el artista se fascinó con su propia tragedia y fue, a su vez, arrestado y condenado, tras un juicio en el que se dijeron cosas abominables sobre la intimidad de una persona, cosas ciertas e inciertas. Wilde sufrió una dura condena de dos años de trabajos forzados, incluso dura respecto a los casos de aberraciones sexuales que entendían los tribunales de la época. Primero fue trasladado a la prisión de Pentoville y luego a Reading, donde el trato vejatorio que recibió puede escribirse en las hazañas más conseguidas por el sistema penitenciario inglés. Todo se derrumba a su alrededor: los amigos se esfuman «cualquiera puede simpatizar con los sufrimientos de un amigo, pero se necesita una naturaleza muy fina para simpatizar con su éxito; en este caso sólo inspiraba repugnancia, salvo en el siempre fiel Robert Ross, el pasional Frank Harris, Bernard Shaw, el matrimonio Leverson y algunas ayudas esporádicas. Lady Francesca Wilde, madre del poeta caído, muere en 1896; poco después, la sufrida Constanza Holland apellido que adoptó para pasar inadvertida-, que se había trasladado al continente con sus hijos, fallece a los cuarenta años. El nombre de Óscar Wilde es retirado de los teatros, borrado de las antologías: el esteticismo careció de chef de fille.
De 1891 a 1895, Wilde consiguió ser la máxima figura de las letras europeas. El mismo Príncipe de Gales pidió que se lo presentaran: «No conozco al señor Wilde, y no conocer al señor Wilde es no ser conocido». Sin embargo, Douglas y Queensberry descubrirían la prolepsis dramática de un artista.
Cumplida su condena, Óscar Wilde vagó por Europa: Berneval, un pueblecito de la costa, le acogió durante unos meses con el nombre de Sebastian Melmoth; allí intentó, sin conseguirlo, volver a la literatura: «Demasiado tarde; toda la energía que había en mí me la habían sacado a patadas». En Nápoles volvió a las andadas con el mediocre causante de su perdición, Alfred Douglas, hasta que el propio Wilde se dio cuenta de la mezquindad de su pernicioso amigo, rompiendo definitivamente. Por último, París, donde gracias a las limosnas diarias de los amigos pudo sobrevivir por encima de sus posibilidades, y a veces ni eso. Bebía ajenjo y se dejaba retratar por Toulouse-Lautrec en el Molino Rojo, después de que éste pasara meses intentándolo. Su visita a Roma le reconcilió con el catolicismo (verano de 1900).
Al fin, el 30 de noviembre de 1900, en una habitación del Hotel d’Alsace, fallece víctima de una grave infección de oído que le afectó el cerebro. Antes de su desaparición dejó dos perlas literarias de primer orden: De Profundis, una epístola excelsa, donde se mezcla el rencor con la aceptación de tan trágico destino, y el poema La Balada de la cárcel de Reading, el mejor poema de Wilde, inspirado en la ejecución de un soldado que había asesinado a su mujer por celos, y que fue ajusticiado estando el autor en Reading. Algunos versos de esta obra poética sirvieron de inscripción en el monumento funerario de Wilde por Epstein en el cementerio de Père Lachaise, en París:
«Y extrañas lágrimas llenarán por él / el jarro de la piedad ya roto antaño. / Porque quienes le lloren serán los parias / y los parias eternamente lloran».