Artesanos de la palabra

Wenceslao Castañares

Título: «La construcción del texto».
Autor: Luis Núñez Ladevéze.
Editorial: Eudema Universidad, Madrid, 1991, 255 páginas.


Texto: tejido. Como en otros muchos casos de anónimos geniales, ignoramos el nombre del inventor de la feliz metáfora que hace de lo que decimos un tejido más o menos hábilmente urdido. Todos somos, pues, según él poiētaiartifices o artesanos de esa sutil materia que es la palabra. Aristóteles, el más excelente tejedor de definiciones, advirtió en esta capacidad, la propiedad distintiva de la sociabilidad humana. Llevando hasta sus últimas consecuencias este principio básico de la Política, ni los animales (que son menos que el hombre), ni los dioses (que están por encima de él), poseerían, estrictamente hablando, este admirable regalo con el que la naturaleza tuvo a bien dotar a los hombres.

Si esto fuera así, es posible que tuviéramos una explicación que hiciera más comprensible el destino que estaba reservado al texto. El texto no pertenece en exclusiva a ninguna de las ciencias humanas, sino que es un objeto tan interdisciplinar que parece encontrarse en el punto de confluencia de todas ellas. Quienes de él se ocupan, independientemente de cuál sea su origen, han de poseer un pasaporte que les permita traspasar fronteras que no por ser sutiles resultan inútiles. No se les exime por ello de la identificación, aunque haya que considerar el cumplimiento de esta norma más como muestra de buena educación que como un deber.

En su obra, Luis Núñez Ladevéze se somete de buen grado a estos imperativos que se derivan de la naturaleza del objeto de su estudio. Desde el primer momento el lector es informado que son la Teoría General de la Acción y la Lingüística los puntos de referencia para un discurso que pretende explicar eso que suele denominarse la «función textual». La Lingüística le suministra los principios y los conceptos que pudieran considerarse fundamentales, pero no se convierte por ello en el límite de su mirada. Existe desde el principio la firme decisión de abrirse hacia otros horizontes de inspiración filosófica y epistemológica, con la intención de hacer visibles los lazos por los que el lenguaje aparece como instrumento de la acción social. La justificación última de esta perspectiva se encuentra en la declaración de principios que el autor hace en la introducción: la Lingüística, más que una ciencia autónoma, es una rama de una ciencia más amplia que se ocupa de la acción social. Se esboza así una perspectiva que, según nos confiesa de forma casi privada en una nota, podría entenderse como su personal interpretación del intento de unificación de las ciencias de la conducta.

El lector encontrará además otras declaraciones explícitas sobre la identidad de los principios que inspiran toda la obra. Esta identidad se define en primer lugar por el reconocimiento expreso de una filiación. El funcionalismo, especialmente en la interpretación que de él hace E. Coseriu —al que se reconoce como maestro— es fuente de constante inspiración. En segundo lugar, por el rechazo global de los «filósofos del lenguaje», desde Frege hasta Quine. Este impulso polémico contra los filósofos adscritos a la orientación lógico-lingüística, es una constante que anima la obra de principio a fin, adquiriendo de esta forma un papel tan determinante como su filiación. En medio de ambos, aceptándola unas veces, rechazándola otras, la teoría generativista de N. Chomsky.

La noción de signo

En esta explicitación de las señas de identidad puede apreciarse ya el eco de una voz, la de F. de Saussure, que se alza sobre cualesquiera otras a la hora de establecer lo que puede considerarse el principio fundamental sobre el que se apoyará gran parte del discurso: la noción de signo. El signo lingüístico, entendido como «unión solidaria» de significante y significado, es como un pivote sobre el que gira el autor para dar respuesta a los problemas planteados. En él se escudará para combatir denodadamente los errores en los que, en su opinión, han caído reiteradamente los filósofos del lenguaje. Apoyándose en él construirá las reflexiones más originales.

Son varias las cuestiones que merecen ser destacadas, pero quizá pudieran resumirse en la definición del ámbito y naturaleza de lo lingüístico, como contrapunto de lo que es propio del texto, y en el intento de explicación de cómo es posible el paso del conocimiento de la lengua a la acción creativa por la que se da nacimiento a los textos.

La lengua es una representación ideal y abstracta, un sistema virtual que se actualiza en la realización social que cada hablante lleva a cabo en los textos y actos de habla. Un elemento especialmente paradigmático de las propiedades de lo lingüístico es el signo. El significado de un signo es, como todo el sistema, virtual; necesita de la actualización que se lleva a cabo en el texto. Sólo cuando, actualizado en el texto, adquiere un determinado sentido, puede el signo denotar la realidad extralingüística.

La lengua es una representación ideal y abstracta, un sistema virtual que se actualiza en la realización social que cada hablante lleva a cabo en los textos y actos de habla

De ahí que, en sentido estricto, la significación haya de ser considerada como algo que pertenece a la naturaleza del signo, mientras que la «designación» o «denotación» de los objetos es algo que los hablantes hacen al usar el signo. El error más grave de los filósofos del lenguaje ha consistido, según nuestro autor, en su incapacidad para advertir la independencia entre significación y denotación.

Actividad creativa

El texto es, pues, el proceso en el que se desarrollan o actualizan las unidades léxicas que en el sistema de la lengua sólo son virtuales. El nexo entre la virtualidad de la lengua y la actualidad de lo textual es la capacidad creativa del hablante. Esta actividad del productor de textos se aproxima a la del artista. Por ello es definida como la actividad poiética o artesanal de un artifex que se propone, a través de la realización del texto, determinados fines. Cómo se lleva a cabo o cuáles son las reglas que gobiernan esta actividad es algo difícil de establecer porque, aunque aparenta ser un mecanismo, en ningún caso refleja el engranaje de su propia elaboración. Sin embargo es posible afirmar que, contrariamente a lo que han pretendido los lógicos, no obedece a las reglas de la inferencia deductiva.

Para mostrar cómo se lleva a cabo esta actividad poiética o creativa, el autor examina tres manifestaciones textuales: la cita indirecta, la sinonimia y la definición. En todas ellas puede advertirse que no estamos ante casos de equivalencia lógica sino ante manifestaciones de la actividad poiética del hablante. Por esta razón resulta más fácil una explicación de estos fenómenos desde la concepción del filósofo americano Ch. S. Peirce que desde la perspectiva de los lógicos. Para Peirce el significado de un signo es su desarrollo en otro signo. Un desarrollo que, sin traicionar el signo primigenio, tiene en cuenta tanto el texto en que debe incrustarse como la situación a la que debe adecuarse. Partiendo de esta base, esos tres fenómenos adquieren una complejidad que frecuentemente pasa inadvertida, pero que una vez puesta de manifiesto, paradójicamente, les hace más comprensibles.

En definitiva, estamos ante una obra que aborda cuestiones complejas ante las que el lector no especializado puede sufrir una cierta estupefacción. Pero dado que, como advierte el autor, los distintos capítulos poseen autonomía, esta sensación será menor si, en lugar de comenzar la lectura por el principio, aborda en primer lugar los cinco últimos capítulos y vuelve posteriormente sobre los primeros. El lector familiarizado con las cuestiones abordadas, sobre todo si no es tan declaradamente funcionalista, encontrará ocasión para confrontar sus propias posiciones con puntos de vista que están sólidamente fundamentados.