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20 Jul 1991 - 5 min.
Puestos a recomendar, recomendaré poesía. No se vende mucho y nadie hace negocio con ella, pero intensifica el ocio y ayuda, en el sentido más hondo, a vivir.
Un verdadero acontecimiento editorial es la publicación, por el Círculo de Lectores, de las obras completas de Octavio Paz. Ha salido el primer tomo, La casa de la presencia, poesía e historia, magníficamente editado. La totalidad constará de doce volúmenes de unas seiscientas páginas cada uno.
Este primero recoge los libros (y ensayos sueltos) que Paz ha dedicado al estudio del fenómeno poético; El arco y la lira, Los hijos del limo y La otra voz.
El primero es un libro fundamental en el que Paz estudia a la poesía en un intento de desentrañar su significado, su sentido. ¿Qué es la inspiración? ¿Qué es la prosa? ¿Qué significa revelación cuando hablamos de poesía? ¿Qué revela el poema?
El libro se cierra con un texto que es, a la vez, una exaltación de la poesía y una proclama de lo que debe ser; en este último sentido es una suerte de manifiesto. «Los signos en rotación» es uno de los capítulos mayores de esa defensa y exaltación de la poesía que los poetas han ido haciendo a lo largo de los siglos.
El libro que le sigue, Los hijos del limo, podría entenderse como una historia de la poesía moderna, desde el prerromanticismo al ocaso de las vanguardias, y, por fin, el último es un libro que recoge temas y obsesiones, con nuevas aportaciones y sugerencias.
Su título mismo es expresivo: la voz de la poesía es la otra voz, la siempre irreductible, la del mundo otro, el enterramiento de los espejos, la danza de la analogía. Su último capítulo, del cual toma título el libro, es una meditación sobre la suerte que corre nuestro tiempo y el posible lugar de la poesía en la historia. La casa de la presencia es una obra realmente única y extraña dentro de nuestra tradición crítica. Si entramos, tocaremos con los ojos y veremos con los dedos; da la sensación de que lo que allí ocurre está ocurriendo siempre.
Ediciones Prensa de la Ciudad ha editado el último libro de José Hierro, Agenda. No publicaba desde 1964, en que apareció Libro de las alucinaciones. ¿Por qué tan largo silencio? No se le puede reprochar; un poeta, ya lo decía Auden, lo es cuando está escribiendo el poema, después tal vez no vuelva a escribir más.
José Hierro ha seguido escribiendo, algo así como un poema por año. Fidelidad a la poesía, desdén por la producción.
Debemos agradecérselo en un momento en el que priman las toneladas de versos y cada poeta pretende (como en la halterofilia) levantar más kilos de poemas. Agenda contiene algunos de los mejores poemas de Hierro, como ese bellísimo «Lope. La noche. Marta», homenaje a un poeta que siempre ha tenido una beneficiosa presencia en su poesía.
Otro poeta auténtico, Claudio Rodríguez, ha publicado, después de quince años de silencio, un nuevo libro de poemas, Casi una leyenda (Tusquets). La poesía de Claudio Rodríguez ha ido creciendo sobre un mismo cuerpo. No se ha arriesgado hacia campos experimentales, y su alimento principal, aparte de cierta poesía francesa del siglo XIX y algo de la inglesa, tal vez Eliot, pero no de manera fundamental, ha sido, decía, la poesía española, desde la de tipo popular a la mística, el barroco y algunos autores de la generación del 27. Es una poesía que ronda siempre un espacio sagrado, ese que ahora es «casi una leyenda» al cual la poesía sólo se acerca. Más que el lenguaje, es la estructura del poema lo que se tensa tratando de hacernos vivir ese momento de umbral, ese «día / que nunca será mío y que está entrando / en mi subida hacia la oscuridad».
Luis Alberto de Cuenca ha reunido bajo el título Poesía, 1970-1989, Renacimiento, su producción poética hasta el presente. El libro recoge los siguientes poemarios: Los retratos, Elsinore, Scholia, La caja de plata y El otro sueño. De Cuenca viene de cierto aspecto de la poesía novísima, aquella que entiende el poema como un espacio tentacular, en contacto con una gran variedad de signos, remotos y cotidianos. Culturalismo, bien hacer poético e ironía. En este sentido último, es heredero de cierto Jaime Gil de Biedma: distanciamiento para que el poema se cumpla en sí mismo, no con la respiración asistida de quien cree que el yo es el fundamento del poema. Por otro lado, Luis Alberto de Cuenca recoge cierta poesía modernista de carácter urbano, predilección por ciertas estampas y retratos (Manuel Machado) y, algo que también venía de algunos novísimos, la inclusión del cine, el comic, la novela negra, etc., como tema o aspecto del poema. Ironía, juego, parodia, en ocasiones sentimentalidad rectificada por el humor, la poesía de Luis Alberto de Cuenca gana al poder ser leída en conjunto y nos muestra a un poeta que cada día se hace más indispensable.
Otros libros recientes de indudable interés son La llum, de Pere Gimferrer (Ediciones Península/Edicions 62); Antología, de Carlos Drummond de Andrade, traducción de Pablo del Barco; Hebras de sol, de Paul Celan, traducción de M.ª Fernández Palacios y Jaime Siles (ambos en Visor); Poemesipoemas, de Ramón Xirau, traducción de Andrés Sánchez Robayna (Ediciones Toledo, México 1991); La parte del habla, de Joseph Brodski, traducción de Amaya Lacaya y Ramón Buenaventura (Versal); República del Viento, de Aurelio Asiain (Visor).
No se puede decir que no haya poesía, tanto en nuestra producción propia como en la traducción, aspecto este último en el que estamos subiendo de calidad. No hay que olvidar, y se ha hecho demasiadas veces, que traducir es volver a crear. Los buenos traductores, sobre todo cuando se trata de textos verdaderamente creativos, son recreadores, o, como quiere Haroldo de Campos, trascreadores.