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Ver productosEl reencuentro de un padre y una hija en un rodaje da pie a una de las grandes películas de cine sobre cine, que reflexiona sobre asuntos familiares y los límites del artista

31 Ago 2026 - 6min.
Avance
«Las películas avanzan como trenes en la noche», nos decía François Truffaut en La noche americana (1973), uno de los grandes títulos en los que el cine se ha mirado el ombligo, puede que el mayor autohomenaje del séptimo arte. «Algunas de las mejores películas están hechas por personas que trabajan juntas y se odian a rabiar», confesaba Kirk Douglas en Cautivos del mal (1952), otra obra maestra sobre el oficio de rodar películas, resuelta con un tono casi opuesto, mucho más descarnado.
El ser querido (2026), de Rodrigo Sorogoyen, navega entre la mirada nostálgica de Truffaut y el cinismo de Vincente Minelli. Tiene poco que ver con ellas, pero se mira en el mismo espejo. La comparación puede parecer exagerada. La película que protagonizan Victoria Luengo y Javier Bardem apenas acaba de echar a andar y es aventurado pensar que ya pueda codearse con las más grandes. Tampoco sabemos lo que dictarán unos premios tan caprichosos como los Oscar, donde se coronaron los títulos citados y, el año pasado, la noruega Valor sentimental, otra vuelta de tuerca a lo mismo. Para seguir sus pasos, la cinta española lo tiene todo en contra, salvo la fama americana de su protagonista masculino y la calidad de un cine emocionante y arriesgado, con un punto desmitificador.
Un matiz que aportan a los dos clásicos citados Sorogoyen e Isabel Peña, su guionista de siempre, es que para ellos el rodaje no es el fin último de la vida, más grande que ella misma, sino el escenario donde se desarrolla un drama cotidiano entre un padre y una hija. «Martínez y Emilia se cuentan sus relatos», nos dice el cineasta en sus notas de rodaje, «el relato sobre un pasado oscuro y lleno de excesos y el relato de un abandono».
«Todos lo hacemos, contamos relatos continuamente para explicarnos ante el mundo y ante nosotros. Me empecé a obsesionar con la idea de cómo contar el relato de unas personas que cuentan relatos a tantos niveles», añade en sus reflexiones. Sí, repite la misma palabra seis veces en tres frases y es una idea más fácil de exponer que de llevar a cabo, pero todos trabajan a una altura espectacular. Por eso y por muchas cosas difíciles de cuantificar, El ser querido es una obra excepcional, que necesita menos ser explicada que vista. Luego, solo hay que dejarse calar por la hondura de sus sentimientos. Como siempre, habrá quien no pueda.
Para no perder demasiado tiempo pensando en lo que se debe contar o no de la trama, nos remitiremos a la sinopsis oficial: «El aclamado director de cine Esteban Martínez (Javier Bardem) es una leyenda tanto por sus películas como por su pasado de violencia y excesos. Para su nuevo proyecto le ofrece un papel a su hija Emilia (Victoria Luengo), con el pretexto de ayudarla en su estancada carrera de actriz. La convivencia del rodaje dará lugar a una intimidad que no tenían desde hace años, pero también reavivará viejos dolores que nunca se curaron».
Hasta aquí, el argumento no parece demasiado complejo y a la hora de la verdad tampoco lo es, salvo por el entramado que lleva detrás y la forma de poner bajo los focos sentimientos universales. Otro de los grandes logros de la película es que experimenta de forma constante desde el punto de vista técnico, sin que la pirotecnia maree ni distraiga de lo esencial. El ser querido está rodada en color y en blanco y negro, en película digital, en vídeo y en fotoquímica, en formatos tan distintos como 65 mm, 35 mm, 16 mm y 8 mm, con ópticas muy distintas que se alternan de un modo en apariencia caprichoso, pero tan bien enhebrado que ni por esas nos despegamos de lo que importa.
Sorogoyen prueba todos los lápices de su estuche, alterna colores y texturas, pero consigue hacerlo de un modo tan natural que no solo no molesta, sino que, cuando el espectador repara en los cambios de estilo —y aquí es esencial un poco de colaboración—, le permite el juego y alaba su audacia, que nunca detiene la narración. Parece un truco de magia; habría que ver la película más veces para comprenderlo un poco mejor.
La coartada del genio
Los asuntos de familia y la paternidad no son los únicos que importan. El ser querido también cuestiona los derechos consuetudinarios del genio. ¿Es defendible e incluso necesario que los grandes artistas sean seres egoístas, insensibles a los sentimientos ajenos? ¿Podría Mozart haber creado su obra sin desviarse de la rectitud de Salieri? Quién sabe. Una ventaja de Sorogoyen respecto a otros cineastas de renombre es que no suelta discursos. Y cuando exhibe a su gran artista, tampoco nos obliga a pensar que habla de sí mismo o de algún amigo, ni bombardea al público con sus gustos y manías. No hace falta sentir filiación alguna por sus ideas para admirar sus recursos.

Esta libertad de pensamiento es una costumbre en su filmografía, donde aparte de sus películas destaca una serie de televisión apabullante, Antidisturbios, en la que ya trabajaba gran parte del equipo técnico y artístico de El ser querido. La miniserie de Movistar abordaba un asunto tan complejo como los desahucios, exponía el conflicto y desarrollaba sus tramas sin manipular al espectador, que tampoco podía acusarlo de no mojarse.
En El ser querido hay una escena en la que también fuerza a su público a vivir un carrusel de contradicciones, como para advertirle que no se apresure a extraer conclusiones. Sorogoyen rueda el rodaje de una película, una secuencia larguísima, que alterna drama y comedia liberadora. Dura 15 minutos y, si se exhibiera en forma de corto, sería otra obra maestra en sí mismo. «Es lo más raro y arriesgado que he hecho en toda mi carrera. También es la escena más difícil que he rodado nunca. Invertimos cinco días de rodaje y muchas, muchas semanas de montaje», desvela el cineasta madrileño.

Es justo en ese viaje a alguna parte donde confluye todo, la locura genial de la mezcla de formatos y el arrebato íntimo de los dos protagonistas, padre y director, actriz e hija, en papeles cuyas fronteras se diluyen, mientras permanecen sujetos a un escrutinio asfixiante de compañeros, cámara y público. Parece imposible no salir tocado de la experiencia.
Esto tampoco es una crítica de cine al uso y no hace falta comentar el impresionante trabajo del reparto. Es injusto aventurar nada, porque quedan películas por estrenar y se han visto ya algunas muy brillantes, pero parece imposible que Javier Bardem y Victoria Luengo no acaparen todos los premios que se les pongan por delante.
En lugar de ensalzar sus actuaciones, merece más la pena contar cómo fue su primer día de trabajo. Sorogoyen también experimenta con ellos todo lo que puede, como es natural, y lo hace desde su primera escena juntos. Pactó con los protagonistas que la rodarían el primer día de rodaje, antes de verse. No hubo ensayos previos, ni conversaciones, ni roturas de hielo. Rodaron en una sola toma, también muy larga, en un restaurante donde el equipo técnico estaba escondido. Fue un encuentro de hora y media, luego montado y resumido en 20 minutos gloriosos, que marcan el camino de lo que viene después. Es mucho.
Fotos: Manolo Pavón / Movistar Plus +