Robert Barron: «Cómo recuperar el alma de la universidad»

El teólogo propone el antídoto del humanismo cristiano frente al nihilismo de Marx, Nietzsche, Sartre y Foucault

Un aula de la universidad medieval. CC Wikimedia Commons
Nueva Revista

Robert Barron (Chicago, 1959). Filósofo, teólogo y obispo de la diócesis de Winona-Rochester desde 2022. Barron es el fundador de la organización Word on Fire y el creador de Catolicismo, una serie de televisión documental de gran éxito en los Estados Unidos.

Avance

La universidad contemporánea ha perdido el alma al desnaturalizar la educación como un medio para lograr dinero y estatus, transformar el aula en proveedora de servicios y al estudiante en consumidor, señala el obispo y filósofo Robert Barron. La universidad no surgió como una máquina de expedir acreditaciones, sino como «expresión institucional de una visión generosa del ser humano». Los pensadores medievales comprendían a la persona humana «como imago Dei, dotada de un poder intelectual y volitivo, y destinada al conocimiento y al amor trascendentes». Tampoco era una agrupación de disciplinas especializadas, sino «una comunidad de investigación orientada a la totalidad de la realidad, no solo a las artes y ciencias prácticas, sino también a las liberales, es decir, libres de las limitaciones utilitarias».

Lo que ha ahora se ha impuesto es una antropología nihilista que contradice aquella visión del hombre. La pérdida de confianza en la realidad y la bondad de la naturaleza humana —sostiene Barron—, es fruto del reduccionismo económico de Marx, la voluntad de poder de Nietzsche, el rechazo de Sartre a una esencia humana y el constructivismo social de Foucault.

El antídoto para esta distorsión de la universidad y las antropologías subyacentes es, según el autor, el humanismo aristotélico y cristiano, que sostiene que el ser humano posee una naturaleza que trasciende la supervivencia, el poder y la autoconstrucción. Toma como referencia al pensador alemán neo-escolástico Josef Pieper y su idea de que el hombre es capax universi, capaz de abarcar la totalidad de la realidad y de asombrarse ante un mundo vasto, bello e inteligible. Frente a Marx, Pieper insiste en que no somos esencialmente trabajadores; frente a Nietzsche, rechaza la reducción de la vida humana al poder de la autoafirmación; frente a Sartre y Foucault, afirma que la naturaleza humana no es producto de una autocreación ni un efecto del condicionamiento social. Considera al ser humano fundamentalmente bueno, capaz de la verdad y que se desenvuelve en un mundo que invita a la comprensión, la reverencia y el gozo. De esta manera, la universidad puede retomar la generosa antropología de la que surgió.

ArtÍculo

la pérdida de confianza pública, el aumento incesante de las matrículas y la intensificación de los debates sobre la libertad de expresión y académica son síntomas de la crisis de la universidad contemporánea, indica Robert Barron. Al considerar la educación como un medio para alcanzar la seguridad económica, el prestigio social y la autodefinición, la universidad se ha reciclado en proveedora de servicios, y el estudiante, en consumidor.

Cada vez más, «la universidad parece dudar de si los seres humanos están realmente orientados a la verdad, son capaces de una investigación desinteresada o pueden recibir significado en lugar de construirlo». En este clima, «la sospecha se convierte en una virtud académica, y la libertad, en un bien absoluto».

El autor nos recuerda que no era esa la naturaleza y los fines de la universidad. Esta no surgió como una máquina de expedir acreditaciones, sino como «la expresión institucional de una visión extraordinariamente generosa del ser humano. Los pensadores cristianos medievales comprendían a la persona humana como imago Dei y, como tal, dotada de un extraordinario poder intelectual y volitivo y destinada al conocimiento y al amor trascendentes».

El ser humano era —y es— «capax universi, capaz de abarcar la totalidad de la realidad, no solo sus partes útiles». Ser plenamente humano significaba poseer este interés radicalmente ilimitado por la totalidad del ser. En este sentido, la Universitas no pretendía ser una agrupación de disciplinas especializadas, unificadas por un campus y una burocracia administrativa, sino «una comunidad de investigación orientada a la totalidad de la realidad, no solo a las artes y ciencias prácticas, sino también a las liberales, es decir, libres de las limitaciones utilitarias».

En los últimos siglos todo eso ha cambiado: se ha impuesto en la elite académica una antropología pesimista que contradice la visión del hombre que sustenta la idea misma de la universidad. «Los cuatro representantes (y arquitectos)» de esta antropología pesimista son Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Jean-Paul Sartre y Michel Foucault. Cada uno de ellos articula una forma distintiva de sospecha o nihilismo omnipresente hoy en día en cátedras y aulas.

Karl Marx, el hombre reducido a homo faber

Para el filósofo alemán (1818-1883), el ser humano «no es capax universi […] sino homo faber, el creador que se moldea a sí mismo mediante el trabajo». Niega así la dimensión espiritual de la naturaleza humana. «Los hombres comienzan a distinguirse de los animales en cuanto empiezan a producir sus medios de subsistencia, un paso condicionado por su organización física» afirma Marx en La ideología alemana. «Es difícil imaginar una ruptura más radical con la tradición clásica de la antropología filosófica y teológica», apostilla Robert Barron.

Incluso el pensamiento se reduce a un momento dentro de la praxis, una expresión de las relaciones sociales y económicas más que a la revelación de un orden inteligible que las trascienda. «La naturaleza humana es la suma total de las relaciones sociales» llega a decir Marx. Por lo tanto, la filosofía, la teología, la estética y la teoría moral no son búsquedas desinteresadas de la verdad, la bondad y la belleza, sino superestructuras ideológicas que ocultan los sistemas a los que sirven. De ahí su aserto: «Las ideas dominantes de cada época son las ideas de la clase dominante».

Con esta visión reduccionista, los estudios humanísticos pierden su fundamentación, y la institución dedicada a la verdad desinteresada —la universidad— aparece «como un ornamento ideológico del orden económico que sustenta».

Nietzsche, la voluntad como fuente de significado

Friedrich Nietzsche (1844-1900) coincide con Marx en rechazar la dimensión espiritual del hombre, pero no lo define por su actividad productiva sino por «voluntad de poder, una fuerza dinámica que busca la autoexpresión y el dominio». El conocimiento ya no es «una cuestión de receptividad a lo que es, sino un acto de interpretación impulsado por el dinamismo autoafirmativo de la voluntad». «No hay hechos» —insiste Nietzsche— «solo interpretaciones», y la interpretación es una expresión de poder.

Su famosa declaración, «Dios ha muerto», marca el colapso del horizonte metafísico en el que el ser humano era entendido como participante en un cosmos dotado de significado. Una vez que la voluntad se eleva como la fuente última de significado, el universo ya no puede considerarse inteligible per se.

La visión antropológica de Nietzsche excluye los supuestos que hicieron posible la universidad: que el asombro humano ante el universo es real, y que el significado nos precede y se nos da. El asombro cede ante la autoafirmación, y la inteligibilidad suscita sospecha, dado que toda apelación al significado se interpreta como expresión de la voluntad de poder. «El amante de la sabiduría es desplazado por un intérprete mercenario, para quien el significado es una herramienta —o un arma—, y el homo contemplativus da paso al homo potens».

Sartre, pura autodeterminación

A pesar de su iconoclasia y de su hostilidad al realismo metafísico, Nietzsche sigue asumiendo una naturaleza humana que no es producto de la elección ni de la cultura. El que rompe con esta premisa es Jean-Paul Sartre (1905-1980).

Para él, no existe una naturaleza previa del que deriven la vida y el pensamiento humanos. El ser humano es pura indeterminación como explicita su lema: «La existencia precede a la esencia». Esto es, una persona primero existe y solo posteriormente se convierte en algo mediante actos de libre autodefinición. «El tipo de libertad incondicionada que Sartre defiende le exige negar cualquier esencia determinada que pueda limitarla. El ser humano es libre no solo para actuar como un ser de tal o cual tipo, sino que es libre incluso en lo que respecta a su propio ser».

La libertad sartreana se garantiza mediante la resistencia a las restricciones: las normas y las formas de orden heredadas se tratan con recelo, valorándose exclusivamente en la medida en que sirven a la auto invención. «Si la esencia se subordina a la existencia, también debe subordinarse la verdad, que ya no puede funcionar como norma rectora, al imponer exigencias al sujeto y limitar su libertad». En conclusión, la universidad «renuncia a su vocación de formar mentes orientadas hacia lo que es y se reconstituye en torno al imperativo de promover la autodeterminación».

Foucault, nada es fiable

También Michel Foucault (1926–1984) niega que el ser humano posea una naturaleza dada, de manera que el yo es una construcción, subproducto de fuerzas sociales e históricas cuya legitimidad es siempre cuestionable. Un yo así constituido jamás podrá estar libre de sospecha. Moldeados por regímenes de poder, ni la subjetividad humana ni su actividad intelectual pueden considerarse fiables en cuanto a la verdad. En consecuencia, tampoco es digna de confianza la academia que, según esa perspectiva, no es sino un instrumento de poder.

Se forma a los estudiantes para que aborden los textos, las tradiciones y las instituciones con una hermenéutica suspicaz, convencidos de que lo que se presenta como una búsqueda de la verdad es un intento de dominación. Todo ello supone cuestionar el sentido del aprendizaje y, por lo tanto, la razón de ser de la universidad.

Muchos de los rasgos de estos cuatro autores son reconocibles en los campus de Occidente: la desconfianza hacia la autoridad heredada, la incomodidad ante las afirmaciones sobre el significado y el valor objetivos, y la resistencia a cualquier apelación a una naturaleza humana compartida. Es el «wokeismo», que Barron considera «la manifestación cultural de la pérdida de confianza en la realidad y la bondad de la naturaleza humana que promovieron el reduccionismo económico de Marx, la voluntad de poder de Nietzsche, el rechazo de Sartre a una esencia humana y el constructivismo social de Foucault».

El antídoto para esta distorsión de la universidad y las antropologías subyacentes es, según el autor, el humanismo aristotélico y cristiano que sostiene que «el ser humano posee una naturaleza dada que trasciende la supervivencia, el poder y la autoconstrucción; una naturaleza capaz de asombro, receptiva al significado y abierta a la totalidad de la realidad». Y lo hace a través del pensador alemán Josef Pieper (1904–1997).

Primer paso: el acto de maravillarse

Este parte de la pregunta «¿por qué debería existir algo en lugar de nada?». Es el redescubrimiento de lo que él llama, «el acto filosófico»; es decir, «la capacidad de establecer relaciones con la totalidad de la realidad, con todas las cosas existentes», o «la capacidad de relacionarse con la totalidad del ser». Para ello, es preciso, previamente, «el acto de maravillarse». Pieper pone, entre otros, los ejemplos de Tomás de Aquino cuando dijo que el poeta y el filósofo están hermanados, porque «se preocupan por el asombro» y de Goethe que proclamó en un verso famoso: «Para mi sorpresa estoy aquí». Solo con una mirada contemplativa puede la mente volverse receptiva ante lo real, insiste Pieper; solo cuando el sujeto renuncia a su voluntad e interés propio y permite que el ser de las cosas se manifieste.

Las aves, por ejemplo, parecen incapaces de percibir un insecto inmóvil, porque no habitan el mundo en sí, sino un entorno selectivamente constituido, definido por la función y la necesidad. En cambio, el hombre es capax universi, capaz de abarcar la totalidad de la realidad y sus conexiones. Ante un mundo vasto, bello e inteligible, es capaz de asombrarse. El asombro no es para Pieper «un adorno de la vida intelectual, sino su origen natural».

Frente a Marx, Pieper insiste en «que no somos esencialmente trabajadores. Frente a Nietzsche, rechaza la reducción de la vida humana al poder de la autoafirmación. Frente a Sartre y Foucault, afirma que la naturaleza humana no es producto de una autocreación radical ni meramente un efecto del condicionamiento social».

Su visión se basa en una afirmación profundamente cristiana del ser humano como fundamentalmente bueno, capaz de la verdad y que se desenvuelve en un mundo que invita a la comprensión, la reverencia y el gozo. De esta manera, la universidad retoma la generosa antropología de la que surgió.

Pieper no refuta la antropología de la sospecha, sino que la vuelve superflua al recordarnos la verdad de lo que significa ser humano. De ahí que Barron afirme que «la renovación de la universidad no puede lograrse solo mediante la negación». Una actitud reaccionaria —advierte— «corre el riesgo de ceder los cimientos que pretende recuperar. Si la universidad se justifica únicamente como instrumento de guerra cultural, queda atrapada en la misma lógica utilitarista que ha erosionado sus bases». Lo dejó claro John Henry Newman: «No necesitamos discutir, no necesitamos probar; solo necesitamos definir».  

Universidad reorientada hacia la contemplación

Para recuperar esta visión, «la universidad debe reorientarse nuevamente hacia la contemplación» sostiene el autor. Los planes de estudio deben invitar a los estudiantes a reflexionar sobre las cuestiones fundamentales de la verdad, la bondad, la belleza y el sentido de la vida humana. Y «la teología y la metafísica deben recuperar el lugar que les corresponde en el conjunto del saber, pues sin ellas la universidad pierde la confianza en la inteligibilidad de su propia vocación».

La universidad debe dirigirse al estudiante con un lenguaje de esperanza, que no eluda la realidad del sufrimiento o la injusticia, pero que rechace la tentación de la desesperación. Una educación auténticamente humana afirma que «la verdad no es una mera construcción, […] y que el deseo de comprender no es una ingenuidad, sino el comienzo de la sabiduría», concluye el autor.


Esta entrada redactada por Nueva Revista sintetiza las ideas más importantes de una conferencia pronunciada por Robert Barron en el New College (Florida), el 13 de marzo de 2026. El texto completo, publicado por First Things, se puede consultar aquí y el vídeo de la conferencia aquí.

Imagen de cabecera: Curso de filosofía en París (finales del siglo XIV, de autor desconocido). Biblioteca municipal de Castres (Francia). El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.