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Ver productosEl cardenal Joseph Ratzinger sintetizó en un documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe, de 1998, los argumentos teológicos sobre la sucesión de Pedro y la autoridad del pontífice

26 de abril de 2026 - 10min.
Avance
La doctrina del primado del papa como autoridad suprema de la Iglesia se fundamenta en las mismas palabras de Jesucristo, que confió a Pedro esa misión singular, recogidas en los evangelios y Los hechos de los apóstoles. Desde los primeros siglos se entendió que este papel continuaba en sus sucesores, los obispos de Roma, y fue definido doctrinalmente en el Concilio Vaticano I y completado en el Vaticano II. El documento El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia (1998), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto era el cardenal Joseph Ratzinger, sintetiza los argumentos teológicos de esa doctrina.
El primado tiene como finalidad servir a la unidad de fe y comunión. El papa es principio visible de esa unidad, en armonía con los demás obispos, que también participan en el cuidado (episkopé) de la Iglesia. El romano pontífice ejerce dos funciones principales: magisterial, al transmitir fielmente la Palabra de Dios con asistencia del Espíritu Santo; y de gobierno, tomando decisiones para preservar la unidad. Sin embargo, no actúa arbitrariamente, sino en escucha y diálogo con la Iglesia.
El documento firmado por Ratzinger subraya que el papa no es un monarca absoluto, sino servidor de la voluntad de Dios. Su autoridad está limitada por la fe y la tradición. Por otro lado, la fragilidad personal de los papas no invalida su misión, sino que muestra el carácter sobrenatural de la Iglesia, que se sostiene por la acción del Espíritu Santo.
ArtÍculo
el primado (del latín primus, primero) del papa, doctrina que reconoce la autoridad suprema del obispo de Roma pertenece a la estructura permanente de la Iglesia y es la garantía de su unidad de fe. Lo sintetizó el cardenal Joseph Ratzinger en un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que era prefecto.
El texto, publicado en octubre de 1998, reflexionaba sobre «la singular importancia, incluso ecuménica» de la cuestión, recogiendo la invitación de Juan Pablo II, planteada en la encíclica Ut unum sint (Que sean uno 1995), para «encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva».
Estas son las ideas principales del documento, titulado El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia.
En la relación de los doce apóstoles que hacen tanto los evangelios de Mateo, Lucas y Marcos como los Hechos se subraya «primero Simón, llamado Pedro», significando expresamente su primacía. Lo dejó claro el mismo Jesucristo, cuyas palabras recoge el Evangelio de san Mateo (16: 18-19): «Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Ya en «las primeras comunidades cristianas, la imagen de Pedro quedó fijada como la del apóstol que, a pesar de su debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo en el primer lugar entre los Doce y llamado a desempeñar en la Iglesia una función propia y específica»
La Iglesia entendió que este papel no terminaba con la muerte de Pedro, sino que continuaba en sus sucesores, los demás papas. El hecho de que Pedro muriera en Roma refuerza la importancia de esta sede. De ahí la antigua expresión: «donde está Pedro, allí está la Iglesia (Ubi Petrus, ibi ergo Ecclesia)» subraya el documento.
El Concilio Vaticano I declaró los dogmas del primado del papa sobre la Iglesia universal y su infalibilidad cuando se pronuncia ex cathedra, mediante la constitución Pastor Aeternus (Pastor eterno 1870); y el Vaticano II reafirmó y completó tales enseñanzas en la constitución Lumen Gentium, (Luz de los pueblos 1964).
La razón de ser de cada papa, señala el documento firmado por Ratzinger, es servir, como sucesor de Pedro, a «la unidad de fe y de comunión que es necesaria para el cumplimiento de la misión salvífica de la Iglesia». El romano pontífice es «el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles», para lo cual tiene una gracia ministerial específica.
Esta función de primacía del obispo de Roma no se encuentra en oposición con la función de los demás obispos, «sino en una originaria y esencial armonía. También estos, sucesores de los apóstoles, son «vicarios y legados de Cristo» (Lumen gentium, n. 27). El obispo de Roma «pertenece a su colegio y ellos son sus hermanos en el ministerio». Ambas instituciones, el primado y el episcopado «recíprocamente vinculados e inseparables, son de institución divina». Si bien, «la colegialidad episcopal no se opone al ejercicio personal del Primado ni lo debe relativizar».
En este sentido, «todos los obispos son sujetos de la sollicitudo omnium ecclesiarum [el cuidado de todas las iglesias] en cuanto miembros del colegio episcopal que sucede al colegio de los apóstoles, del que formó parte también la extraordinaria figura de san Pablo». Esta dimensión universal de su episkopé (vigilancia) es inseparable de la dimensión particular relativa a los oficios que se les ha confiado.
En el caso del obispo de Roma, «la sollicitudo omnium ecclesiarum adquiere una fuerza particular porque va acompañada de la plena y suprema potestad en la Iglesia: una potestad verdaderamente episcopal, no sólo suprema, plena y universal, sino también inmediata, sobre todos, tanto pastores como los demás fieles». Por tanto, el ministerio del sucesor de Pedro «no es un servicio que llega a cada Iglesia particular desde fuera, sino que está inscrito en el corazón de cada Iglesia particular, en la que está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo» y, por eso, lleva en sí la apertura al ministerio de la unidad.
El documento distingue dos grandes funciones del papa: la magisterial y la de gobierno. La primera consiste en transmitir fielmente la Palabra de Dios. Lo cual implica un carisma: una asistencia especial del Espíritu Santo que supone también, «en ciertos casos, la prerrogativa de la infalibilidad». Como «todas las Iglesias están en comunión plena y visible, porque todos los pastores están en comunión con Pedro, y así en la unidad de Cristo», del mismo modo los obispos son testigos de la verdad divina y católica cuando enseñan en comunión con el romano pontífice.
La segunda función comporta «la facultad de realizar los actos de gobierno eclesiástico necesarios o convenientes para promover y defender la unidad de fe y de comunión; entre éstos hay que considerar, por ejemplo: dar el mandato para la ordenación de nuevos obispos, exigir de ellos la profesión de fe católica, y ayudar a todos a mantenerse en la fe profesada».
«Hay muchos otros modos posibles, —añade el documento— más o menos contingentes, de prestar este servicio a la unidad: promulgar leyes para toda la Iglesia, establecer estructuras pastorales al servicio de diversas iglesias particulares, dotar de fuerza vinculante a las decisiones de los concilios particulares, aprobar institutos religiosos supra-diocesanos», etc.
Debido al carácter supremo de la potestad del primado «no existe ninguna instancia a la que el romano pontífice deba responder jurídicamente del ejercicio del don recibido: prima sedes a nemine iudicatur». Eso no significa que el papa «tenga un poder absoluto». De hecho, debe escuchar «la voz de las Iglesias» —detalla el texto—, pues se trata de «una característica propia del ministerio de la unidad y también una consecuencia de la unidad del cuerpo episcopal y del sensus fidei de todo el pueblo de Dios». Ratzinger añade que «al escuchar la voz del Espíritu en las Iglesias, [el papa] busca la respuesta y la ofrece cuando y como lo considera oportuno».
El discernimiento sobre la congruencia entre la naturaleza del ministerio petrino y las modalidades eventuales de su ejercicio «ha de realizarse in ecclesia, o sea, bajo la asistencia del Espíritu Santo y en diálogo fraterno del papa con los demás obispos». Pero, sólo el papa (o el papa con el concilio ecuménico) tiene, como sucesor de Pedro, «la autoridad y la competencia para decir la última palabra sobre las modalidades de ejercicio de su ministerio pastoral en la Iglesia universal».
El papa no es un monarca, ni un presidente ni un coordinador, aclara Ratzinger. «El primado difiere en su esencia y en su ejercicio de los oficios de gobierno vigentes en las sociedades humanas: no es un oficio de coordinación o de presidencia, ni se reduce a un primado de honor, ni puede concebirse como una monarquía de tipo político».
De hecho, «desde Gregorio Magno [540-604] se llama el siervo de los siervos de Dios», de suerte que debe ser «el garante de la obediencia, de que la Iglesia no haga lo que quiera» explica Ratzinger en el libro de entrevistas Dios y el mundo, firmado por Peter Seewald, en el que comenta y amplía la doctrina sobre el primado.
Como los demás fieles, el romano pontífice «está subordinado a la palabra de Dios, a la fe católica, y es garante de la obediencia de la Iglesia» se afirma en el texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esto significa que no decide según su personal arbitrio, sino que «es portavoz de la voluntad del Señor, que habla al hombre en la Escritura vivida e interpretada por la Tradición; en otras palabras, la episkopé del primado tiene los límites que proceden de la ley divina y de la inviolable constitución divina de la Iglesia contenida en la Revelación».
Así pues, añade Ratzinger en Dios y el mundo, el pontífice no puede decir: «“La Iglesia soy yo”, o “La tradición soy yo”, sino al contrario: él está obligado a obedecer, encarna ese compromiso de la Iglesia».
Esa subordinación a la palabra de Dios, convierte al papa en «el dique de contención frente a la arbitrariedad». En la entrevista de Seewald, el cardenal Ratzinger pone el ejemplo del carácter indisoluble del matrimonio. «Ahora hay corrientes que afirman que el papa podría cambiarlo» pero, como subrayó Juan Pablo II, «el pontífice no puede hacer todo lo que quiere, sino que, por el contrario, debe inculcarnos siempre la obediencia, que en ese sentido tiene que continuar el gesto del lavatorio de pies».
De esta forma, el sucesor de Pedro es «la roca que, contra la arbitrariedad y el conformismo, garantiza una rigurosa fidelidad a la Palabra de Dios: de ahí se sigue también el carácter martirológico de su primado que implica el testimonio personal de la obediencia de la cruz». De hecho, una treintena de papas murieron mártires, sobre todo en los primeros siglos del cristianismo.
No cabe inferir de todo esto que el vicario de Cristo sea impecable. La historia y el papado —recordaba el prefecto para la Doctrina de la Fe— está llena de «errores humanos y faltas, incluso graves: Pedro mismo se reconocía pecador». Lo atestiguan diversos tratados de Historia de la Iglesia, como el de Eamon Duffy. Y tiene una expresión (eso sí puramente literaria) en Dante que, en su Divina comedia, sitúa en el infierno a tres pontífices.
Ratzinger matiza en el texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe que, lejos de ser una objeción, la fragilidad de los papas refuerza el carácter sobrenatural de la Iglesia: «Hombre débil, Pedro fue elegido como roca, precisamente para que quedara de manifiesto que la victoria es sólo de Cristo y no resultado de las fuerzas humanas».
La infalibilidad doctrinal del papa no presupone automáticamente ejemplaridad moral. Porque la autoridad conferida por Dios a su vicario no depende de su integridad personal ni de sus cualidades: «El Señor quiso llevar en vasijas frágiles su tesoro a través de los tiempos: así la fragilidad humana se ha convertido en signo de la verdad de las promesas divinas» apostilla Ratzinger en el documento.
En la entrevista con Peter Seewald refuerza esta idea, con una alusión a Voltaire que, en el siglo XVIII, sostenía que había llegado el momento de «que desapareciera ese Dalai Lama europeo y la humanidad se librase de él». Obviamente se equivocó. «Esto nos indica —afirma Ratzinger— que la supervivencia [de la Iglesia] no se debe a la eficiencia de esas personas, sino que ahí subyace otra fuerza. Precisamente la que se concedió a Pedro. Los poderes del infierno, de la muerte, no vencerán a la Iglesia».
Tener en cuenta estos puntos esenciales —concluye el documento— es útil para «evitar las recaídas, siempre posibles nuevamente, en las parcialidades y en las unilateralidades ya rechazadas por la Iglesia en el pasado (febronianismo, galicanismo, conciliarismo, etc.)» Corrientes que cuestionaban o pretendían limitar la autoridad del primado de Pedro.
¿Cuándo y cómo se logrará la anhelada meta de la unidad de todos los cristianos? se pregunta Ratzinger. Y se remite a las palabras de Juan Pablo II en Ut unum sint «¿Cómo alcanzarla? Con la esperanza en el Espíritu, que sabe alejar de nosotros los fantasmas del pasado y los recuerdos dolorosos de la separación; Él nos concede lucidez, fuerza y valor para dar los pasos necesarios, de modo que nuestro empeño sea cada vez más auténtico».
Imagen de cabecera: Detalle de «Entrega de las llaves a san Pedro» (1481-1482), Fresco de la Capilla Sixtina, en el Vaticano, de Pietro Perugino. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.