León XIV ilumina el camino de los cristianos

El papa recuerda cómo deben comportarse los cristianos en las dos ciudades de las que hablaba san Agustín, la terrenal y la celestial

El papa León XIV, durante una audiencia. © Edgar Beltrán, The Pillar, con licencia Creative Commons
El papa León XIV, durante una audiencia. © Edgar Beltrán, The Pillar, con licencia Creative Commons
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El 9 de enero de 2026, León XIV pronunció un discurso ante los miembros del cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede. El tradicional encuentro, celebrado en el aula de las Bendiciones, tenía por objeto felicitar el nuevo año, pero las palabras del papa fueron mucho más allá de lo que cabe esperar en un acto protocolario. «Es una ocasión tradicional», dijo, «pero para mí es una experiencia nueva, ya que fui llamado a pastorear el rebaño de Cristo hace solo unos meses».

El resultado, disponible en este enlace, es un texto fundamental para entender la visión del pontífice sobre la misión de la Iglesia en la política global y en la paz. El papa iluminó «el camino hacia la plena unidad visible de todos los cristianos» y explicó cuál debe ser su papel en «las dos ciudades» de las que hablaba san Agustín, la terrenal y la celestial. 

ArtÍculo

En su discurso, León XIV recordó a su antecesor, Francisco, se congratuló por los millones de peregrinos llegados para realizar su peregrinación jubilar durante el Año Santo y mostró «especial gratitud al pueblo de Roma», por su «gran paciencia y hospitalidad». Esto le dio pie para recordar a san Agustín y su De Civitate DeiLa ciudad de Dios, que escribió justo después del saqueo de Roma en el año 410 d. C. «Se trata de una de sus obras teológicas, filosóficas y literarias más influyentes», dijo, y recordó las palabras que le había dedicado Benedicto XVI, quien la calificó como «imponente y decisiva para el desarrollo del pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la historia». 

Roma cayó en manos de sus enemigos y el Dios cristiano y los apóstoles ya no podían proteger la ciudad. Agustín, explicó el papa —cuando no se dice lo contrario, todos los entrecomillados son suyos—, «interpreta los acontecimientos y la historia misma según el modelo de las dos ciudades». En primer lugar, está la ciudad de Dios, «que es eterna y se caracteriza por el amor incondicional de Dios (amor Dei), así como por el amor al prójimo, especialmente a los pobres». Luego está la ciudad terrenal, «que es una morada temporal donde los seres humanos viven hasta su muerte». En nuestros días, «esta última incluye todas las instituciones sociales y políticas, desde la familia hasta el Estado-nación y las organizaciones internacionales». Para Agustín, esta ciudad terrenal estaba personificada por el Imperio Romano y «se centra en el orgullo y el amor propio (amor sui), en la sed de poder y gloria mundanos que conduce a la destrucción».

El papel de los cristianos en «las dos ciudades»

«Según la visión de Agustín, las dos ciudades coexisten hasta el fin de los tiempos. Cada una tiene una dimensión externa e interna, ya que deben entenderse no solo a la luz de la forma externa en que se han construido a lo largo de la historia, sino también a través del prisma de las actitudes internas de cada ser humano hacia las realidades de la vida y los acontecimientos históricos. Desde esta perspectiva, cada uno de nosotros es protagonista y, por lo tanto, responsable de la historia», afirma León XIV.

Los cristianos, enfatiza Agustín y recuerda el papa, «están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrenal con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, su verdadera patria». Al mismo tiempo, «los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil».

«La Ciudad de Dios no propone un programa político», añade, pero «ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales relacionadas con la vida social y política, como la búsqueda de una convivencia más justa y pacífica entre los pueblos». Y como también advierte Agustín, hay «graves peligros para la vida política que entrañan las falsas representaciones de la historia, el nacionalismo excesivo y la distorsión del ideal del líder político».

En su alocución, León XIV dibujó algunos paralelismos «muy relevantes» entre la vida en el siglo V y el XXI: «Ahora, como entonces, nos encontramos en una era de movimientos migratorios generalizados; como entonces, vivimos en una época de profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y los paradigmas culturales; como entonces, no estamos, en la conocida expresión del papa Francisco, en una época de cambio, sino en un cambio de época». 

León XIV pide diálogo

En estos tiempos de guerra y «entusiasmo bélico», León XIV regresó una y otra vez al mensaje pacifista de san Agustín», recordó el verdadero papel de la ONU y llamó la atención sobre la importancia del derecho internacional humanitario. También alertó sobre la necesidad de dialogar, en unos tiempos en los que hasta las palabras parecen cada vez más endebles. «Redescubrir el significado de las palabras es quizás uno de los principales retos de nuestro tiempo. Cuando las palabras pierden su conexión con la realidad, y la realidad misma se vuelve discutible y, en última instancia, incomunicable».

«Hoy en día, el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan son cada vez más ambiguos. En las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes. Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Solo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos. Esto debería ocurrir en nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales».

«Del mismo modo, debería ocurrir en el contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este último pueda recuperar la fuerza precisa para desempeñar su papel de encuentro y mediación. Esto es realmente necesario para prevenir conflictos y garantizar que nadie se vea tentado a imponerse a los demás mediante la mentalidad de la fuerza, ya sea verbal, física o militar».

Libertad de expresión y objeción de conciencia

«También debemos señalar la paradoja de que este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la propia libertad de expresión. Sin embargo, si lo analizamos más detenidamente, ocurre lo contrario, ya que la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está anclado en la verdad. Es doloroso ver cómo, especialmente en Occidente, el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente. Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan».

«Desafortunadamente, esto tiene otras consecuencias que terminan restringiendo los derechos humanos fundamentales, empezando por la libertad de conciencia. En este sentido, la objeción de conciencia permite a las personas rechazar obligaciones legales o profesionales que entran en conflicto con principios morales, éticos o religiosos profundamente arraigados en sus vidas personales. Puede tratarse del rechazo al servicio militar en nombre de la no violencia, o del rechazo por parte de médicos y profesionales de la salud a participar en prácticas como el aborto o la eutanasia. La objeción de conciencia no es rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo».

«Una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social».

Libertad religiosa

De manera similar, señala el papa León, «la libertad religiosa corre el riesgo de verse restringida». «Como recordó Benedicto XVI, este es “el primero de todos los derechos humanos, porque expresa la realidad más fundamental de la persona”. Los datos más recientes muestran que las violaciones de la libertad religiosa están aumentando y que el 64 % de la población mundial sufre graves violaciones de este derecho».

El papa no solo defendió la libertad de culto para los cristianos, sino que incluyó a todas las comunidades religiosas, aunque «no se puede pasar por alto que la persecución de los cristianos sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más extendidas en la actualidad, que afecta a más de 380 millones de creyentes en todo el mundo». Asimismo, reiteró «el rechazo categórico de todas las formas de antisemitismo, que lamentablemente siguen sembrando odio y muerte», y destacó «la importancia de cultivar el diálogo judeocristiano, profundizando en nuestras raíces bíblicas comunes».

«En toda búsqueda religiosa sincera hay un reflejo del único Misterio divino que abarca toda la creación. En este sentido, pido a todas las naciones que garanticen la plena libertad de religión y culto a cada uno de sus ciudadanos».

Familia, minorías y desfavorecidos

León XIV también recordó «una forma sutil de discriminación religiosa contra los cristianos, que se está extendiendo incluso en países donde son mayoría, como en Europa o América». «Allí, a veces se les restringe su capacidad de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos, los refugiados y los migrantes, o promueven la familia».

Tampoco se puede pasar por alto, por ejemplo, «que cada migrante es una persona y, como tal, posee derechos inalienables que deben respetarse en todos los contextos. No todos los migrantes se desplazan por elección propia, sino que muchos se ven obligados a huir debido a la violencia, la persecución, los conflictos e incluso los efectos del cambio climático, como ocurre en diversas partes de África y Asia». «Las mismas consideraciones se aplican a los presos, que nunca pueden ser reducidos a los delitos que han cometido».

«Desde una perspectiva cristiana, los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien, «al llamarlos a la existencia por amor, los ha llamado al mismo tiempo al amor».1 Esta vocación se manifiesta de manera privilegiada y única dentro de la familia. Es en este contexto donde aprendemos a amar y desarrollamos la capacidad de servir a la vida, contribuyendo así al desarrollo de la sociedad y a la misión de la Iglesia».

León XIV también expresó su preocupación por el «dramático descenso de la natalidad» en muchos países y consideró «deplorable que se asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias». Criticó la subrogación y «falsas de compasión como la eutanasia».

«Las consideraciones mencionadas me llevan a creer que, en el contexto actual, estamos asistiendo a un auténtico “cortocircuito” de los derechos humanos. El derecho a la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad religiosa e incluso el derecho a la vida están siendo restringidos en nombre de otros pretendidos nuevos derechos, con el resultado de que el propio marco de los derechos humanos está perdiendo su vitalidad y dejando espacio para la fuerza y la opresión. Esto ocurre cuando cada derecho se vuelve autorreferencial y, especialmente, cuando se desconecta de la realidad, la naturaleza y la verdad».


En la imagen de arriba, el papa León XIV, durante una audiencia. © Edgar Beltrán, The Pillar, con licencia Creative Commons CC BY-SA 4.0

  1. San Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 11: AAS 74 (1982), 91. ↩︎