Un papa en tiempos de guerra

El reiterado llamamiento a la paz de León XIV

León XIV con el presidente colombiano, Gustavo Petro, en mayo de 2025
León XIV con el presidente colombiano, Gustavo Petro, en mayo de 2025

Avance

En un mundo que parece inmerso en una «Tercera Guerra Mundial en pedazos», el nuevo papa León XIV no ha dejado de hacer llamamientos a la paz. Los hizo recién elegido y los ha seguido haciendo en distintos foros. Como ha señalado algún analista, «puede que el Vaticano no mande ejércitos, pero sí capta la atención». En momentos de transición, las miradas del mundo siguen dirigiéndose a la Iglesia; y «cuando la mayoría de los líderes políticos presentan la política global como una lucha por recursos y poder, normalmente resuelta por la fuerza, el papa se mantiene como una de las pocas voces que defienden consistentemente la paz». Para Paul Elie, el papa León parece dispuesto a continuar la tradición que dice: «Hay otro camino más allá del poder y la violencia; es el camino de la paz». 

ArtÍculo

Hace un año, recién elegido el nuevo papa, Paul Elie, investigador en Religión, Paz y Asuntos Internacionales en la Universidad de Georgetown, sostenía en una entrevista en la revista Civicus que León XIV, que emergía como un pontífice en tiempos de guerra, estaba preparado para ser un papa de la paz. Y señalaba que, en su primer discurso público, había utilizado la palabra paz o variaciones de ella diez veces. No era el único en referirse a ello. Christopher White, antiguo corresponsal vaticano del National Catholic Reporter y autor del libro Pope Leo XIV: Inside the Conclave and the Dawn of a New Papacy, afirmaba en otra entrevista cómo se había visto al nuevo papa «aprovechar fuertemente su plataforma para impulsar la paz, especialmente para poner fin a las guerras en Ucrania y Gaza». Y adelantaba algo que, visto menos de un año después, parece profético. «Creo —decía White— que está profundamente preocupado por una política migratoria estadounidense que considera una afrenta a la dignidad humana. Creo que quiere asegurarse de que la Iglesia Católica no sea cooptada en eso».

Unos meses después, el pasado enero, el papa se dirigió al cuerpo diplomático acreditado ante el Vaticano con un discurso salpicado de referencias a San Agustín y su La Ciudad de Dios. Sus palabras constituyeron, en efecto, dentro de un repaso a la situación mundial, una decidida defensa de la paz.

«Agustín subraya —dijo León XIV— que los cristianos están llamados por Dios a permanecer en la ciudad terrenal con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, su verdadera patria. Sin embargo, el cristiano, que vive en la ciudad terrenal, no es ajeno al mundo político y busca aplicar la ética cristiana, inspirada en las Escrituras, al gobierno civil». «La Ciudad de Dios —añadió— no propone un programa político, pero ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales de la vida social y política, como la búsqueda de una coexistencia más justa y pacífica entre los pueblos. Agustín también advierte de los graves peligros para la vida política que se derivan de las falsas representaciones de la historia, el nacionalismo excesivo y la distorsión del ideal del hombre de Estado».

Contra la «diplomacia de la fuerza»

En su discurso, el papa mostró su preocupación por la debilidad del multilateralismo y por la imposición de una «diplomacia de la fuerza». Reivindicó el «derecho internacional humanitario, cuyo respeto no puede depender de las circunstancias y los intereses militares y estratégicos», un derecho humanitario que es un compromiso contraído por los Estados para garantizar un mínimo de humanidad en los estragos de la guerra, y que siempre debe prevalecer sobre las veleidades de los beligerantes. «No se puede pasar por alto el hecho de que la destrucción de hospitales, infraestructuras energéticas, viviendas y lugares esenciales para la vida cotidiana constituye una grave violación del derecho internacional humanitario. La Santa Sede reafirma firmemente su condena de cualquier forma de implicación de civiles en operaciones militares y desea que la comunidad internacional recuerde que la protección del principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y del carácter sagrado de la vida siempre está por encima de cualquier interés nacional», añadió León XIV, que abogó también por reforzar el papel de las Naciones Unidas.

El papa reafirmó la petición de un alto el fuego en Ucrania y se refirió al «aumento de la violencia en Cisjordania contra la población civil palestina, que tiene derecho a vivir en paz en su propia tierra». Defendió la solución de los Estados en Tierra Santa como «la perspectiva institucional que responde a las legítimas aspiraciones de ambos pueblos». Recordó la dramática situación de Haití, la violencia que azota a la región africana de los Grandes Lagos, el vasto campo de batalla en que se ha convertido Sudán y la crisis humanitaria y de seguridad que afecta a Myanmar.

Más allá de los asuntos internacionales, el papa condenó las restricciones a los derechos fundamentales de la persona, empezando por la libertad de conciencia. En este terreno, la objeción de conciencia —que autoriza al individuo al rechazar obligaciones legales o profesionales que contradigan principios éticos o religiosos, como el servicio militar o la práctica del aborto o la eutanasia— «no es un acto de rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo». La libertad de conciencia, añadió, «establece un equilibrio entre el interés colectivo y la dignidad individual, subrayando que una sociedad auténticamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo los excesos autoritarios y favoreciendo un diálogo ético que enriquece el tejido social».

Brotes verdes de esperanza

El papa recordó la persecución a los cristianos en lugares como Bangladesh, el Sahel o Nigeria. Y dentro de la defensa constante de la dignidad inalienable de toda persona, recordó que los migrantes tienen «derechos inalienables que deben respetarse en todos los contextos».

León XIV concluyó sus palabras dirigidas al cuerpo diplomático señalando que «para ser auténticos, los procesos democráticos deben ir acompañados de la voluntad política de perseguir el bien común, reforzar la cohesión social y promover el desarrollo integral de toda persona». Y en medio de un mundo envuelto en conflictos, de «Tercera Guerra Mundial en pedazos», el papa no dejó de ver los brotes verdes de la esperanza. Recordó y puso como ejemplo los acuerdos de Dayton que, hace treinta años, pusieron fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina; la Declaración conjunta de paz entre Armenia y Azerbaiyán, firmada en agosto del año pasado; o el compromiso demostrado en los últimos años por las autoridades vietnamitas para mejorar las relaciones con la Santa Sede y las condiciones en las que opera la Iglesia en aquel país. «Todos ellos son gérmenes de paz que deben cultivarse», terminó León XIV.

En la entrevista citada al principio, Paul Elie se refería al poder de la autoridad moral del papa, como respuesta a la irónica y famosa pregunta de Stalin («¿Cuántas divisiones tiene el Papa?»). «Puede que el Vaticano no mande ejércitos, pero sí capta la atención. Cuando la mayoría de los líderes políticos presentan la política global como una lucha por recursos y poder, normalmente resuelta por la fuerza, el papa se mantiene como una de las pocas voces que defienden consistentemente la paz», dice Elie. Para este analista, el papa León parece dispuesto a continuar la tradición que dice: «Hay otro camino más allá del poder y la violencia; es el camino de la paz». En el funeral del papa Francisco, Paul Elie constató cómo las miradas del mundo siguen dirigiéndose a la Iglesia en momentos de transición.


Además de los enlaces incluidos en el artículo, el discurso del papa puede encontrarse aquí.

La autoría de la foto que ilustra el artículo es de Juan Diego Cano / Fotografía oficial de la Presidencia de Colombia. Es de dominio público. Licencia Creative Commons. Puede verse aquí.