Sueños del pasado

María Pilar de Cecilia

Título: Nubosidad variable.
Autor: Carmen Martín Gaite.
Editorial: Anagrama. Barcelona, 1992, 391 páginas.
Precio: 2.500 pesetas.


Tras unos meses de marzo y abril lluviosos e inestables, el mes de mayo trae a Madrid el estallido de la primavera que llega provocativa y radiante. Una mujer de mediana edad, ama de casa, madre de tres hijos mayores que ya viven por su cuenta y casada con un hombre que cree rejuvenecer al lado de una amante joven. Siente de pronto, con el cambio de clima «un tirón anacrónico hacia aventuras imposibles». La luz que entra por la ventana del dormitorio compartido con un marido dimisionario, vestido de ejecutivo y que, según palabras de la asistenta: se «da un flash a Mario Conde», le hace revivir sueños del pasado: el recuerdo de la amiga del colegio con la que se enemistó por culpa de un novio que lo fue de ambas y el despertar de su olvidada vocación de escritora, que abandonó treinta años atrás, al casarse.

En el mismo día en que comienza la acción, con el renacer interior, primaveral, de la protagonista, le ocurren dos cosas trascendentales: volverá a encontrar a su querida compañera de clase, ahora psiquiatra de renombre, y comenzará a escribir de nuevo, por consejo de ésta. La alegría del reencuentro hace que una y otra se dirijan cartas contándose lo que ha sido de su vida. Con el tiempo, las cartas dejan de enviarse y se convierten en una especie de monólogo solitario en el que las dos narradoras hacen balance de sus vidas y de sus desengaños. Las dos confiesan ante el papel la desilusión, el desconcierto y la fatiga que invade sus almas. Sin graves problemas materiales, sin dificultades de salud, pero con una tremenda falta de estabilidad afectiva, estas dos mujeres son el paradigma de la soledad, los desequilibrios y las carencias que afectan hoy en día a muchos seres humanos que proceden de un nivel cultural medio-alto y residen en una ciudad grande. La autora consigue dar coherencia psicológica a esas dos criaturas errabundas y desorientadas, inteligentes y vitales, casi agotadas en su lucha para hallar algo que ni siquiera saben qué es, pero que quizá, si no se trata ni del amor ni del éxito, sea la amistad fraternal.

Un mundo femenino

La trama argumental está bien planteada, como sabe hacerlo Carmen Martín Gaite, dentro de una atmósfera narrativa amena, de pequeños detalles sugestivos, impregnados de cálido sabor cotidiano: las goteras que producen las tuberías viejas, la comida que se quema, ese entrañable trasto que es el sillón de la abuela, el cuarto de baño regio, propio del nuevo rico ex «progre»; la joven asistenta que habla con lenguaje «cheli» y tiene pocas ganas de limpiar en serio. El universo doméstico de la protagonista-escritora, Sofía, está muy bien concebido en ese momento clave en que toda su monótona solidez ya no es suficiente para calmar la inquietud y el extrañamiento de una mujer sustituida, amortizada.

En cambio, la caótica trayectoria de la psiquiatra, Mariana, con un amante y paciente de preferencias homosexuales, puede parecer más original, pero en realidad, es mucho menos interesante como creación novelística. Y este desequilibrio es precisamente, la causa de que la obra no llegue a explotar del todo las posibilidades que su argumento encierra. Aunque la autora es una veterana, experta en diseñar caracteres femeninos, entre Sofía y Mariana hay desniveles insalvables que desequilibran el ritmo de la acción. Sofía es mucho más humana y verosímil, mientras que a Mariana le falta relieve, definición individualizada, y su historia personal resulta borrosa, construida a base de tópicos. El estilo, del mismo modo, oscila entre una expresividad muy fluida y la tendencia a las frases huecas, o las muy desgastadas por el uso. Da a veces la impresión de que la autora a ratos se ha desinteresado de la aventura vital de Sofía y de Mariana y luego se ha vuelto a identificar con ella, reavivando la comunicación entre creador y criatura, imprescindible para que ésta tenga existencia y movimiento.

Desigualdades aparte, la obra está bien escrita y su lectura descubre un sugestivo mundo de intimidades femeninas. En cambio, los personajes masculinos quedan desplazados a un lugar secundario, siempre con menos papel que las mujeres, no por casualidad sino deliberada y constantemente. El final, que no desenlace, puesto que no es sino un alto en el camino, indica que aparte de cierto desdén hacia el hombre, la obra carece de tesis de fondo. Es otro ejemplo más de narrativa post-moderna y «light», que no se compromete, que no construye nada duradero sino un «vivir al día», poco comprometido y ajeno a profundidades trascendentes que puedan suponer exigencias u obligaciones en conflicto con la propia comodidad.