Pequeños relatos del Gran Faulkner

Manuel Fontán del Junco

Título: Estos trece
Autor: William Faulkner
Editorial: Hierbaola Ediciones
Pamplona 1994,
260 páginas. 2.000 pesetas


Esta pequeña e inteligentemente activa editorial, dedicada al relato corto, acaba de publicar como número 13 de su colección La letra pequeña, «Estos trece» (These 13), la primera recopilación de cuentos que Faulkner entregó a la imprenta, en 1931, poco antes de su consagración definitiva con Sanctuary. Tanto trece junto debe tener la virtud de anular la proverbial mala suerte de la cifra, porque este libro es una buena suerte, es una suerte de joya.

Paradójicamente, nunca llegó a imprimirse en nuestro país una traducción de estos cuentos, algunos de los cuales dieron a conocer a Faulkner a los lectores castellanos: «Todos los pilotos muertos» fue traducido en Revista de Occidente en 1993, “Aquel sol de atardecer» en la santanderina Proel (1946), «Septiembre seco» en la argentina Sur. Losada sí tradujo y editó todos reunidos en 1956. En España estaban desperdigados por los dos tomos de la edición de Cuentos completos de Seix Barral.

La edición de Hierbaola recupera la unidad originaria de estos cuentos -algunos personajes aparecen en varios, formando un universo de cuasinovela-, consiguiendo así mostrar el impacto que produjo en su autor el telón de fondo de la mayoría de ellos, el desastre de la Primera Guerra Mundial. Faulkner participó como aviador, según dice en una irónica y telegráfica autobiografía en tercera persona: «… Vino la guerra. Le gustó el uniforme británico. Se alistó a la comisión R.F.C. como piloto. Se estrelló. Costó 2.000 libras esterlinas al gobierno británico. Continuó como piloto. Se estrelló. Costó 2.000 libras esterlinas al gobierno británico. Desistió. Costó 84,30 dólares al gobierno británico. Dijo el Rey: Bien hecho. Regresó a Mississippi…»

Los relatos de tema bélico tienen debajo una frase de All the Deads Pilots. Son «…una serie de breves miradas en que, instantánea y sin profundidad ni perspectiva, estaba ahí a la vista el presagio y la amenaza de lo que podía soportar y llegar a ser la raza, en un instante entre oscuridad y oscuridad». La guerra era muchas cosas: el borrarse las identidades (Ad Astra empieza con la frase «No sé qué éramos… habíamos empezado como americanos… y aquel día, aquel anochecer, éramos incluso menos que eso»), el descubrimiento de que «cualquier hombre se mete ciegamente por error en el valor como quien tropieza y se cae dentro de un agujero de la calle», el desencuentro de los veteranos cuando se acaba una pelea que ha llegado a ser como su segunda piel (Victoria), la muerte por sorpresa (Grieta).

Los relatos forman un collage de episodios variados: las cartas que cruzan el soldado y su familia, la mezcla del compañerismo salvaje con el odio cordial, el olor a pólvora y la evasión en el alcohol (Ad Astra). Faulkner combina sitios -ciudades, puertos, bares, pistas, hangares, trincheras- y personas como piezas barajadas sin cesar; les hace hablar, los mueve, y al final, después de ese dibujo indirecto, le salen unos caracteres nunca sobreactuados o inverosímiles, tan verdaderos en su terror y en sus dramas que dan compasión y miedo… En Divorcio en Nápoles, por ejemplo, apenas si se dice algo en directo sobre George y Carl (nada del estilo de «X era enjuto, tímido…»), y sin embargo al final aparecen, por adición, retratados a la perfección.

Pero la guerra no es el único telón de fondo de los cuentos. Otros son, directamente, «relatos de mis paisanos», en los que aparece el Sur, corriente y misterioso a la vez. Unos son historias de gente desdichada (Una rosa para Emily) o feliz (Pelo), otros se ocupan de la relación entre blancos y negros (Aquel Sol de atardecer, Septiembre seco). Otros (Hojas Rojas, Un juez) muestran la sorprendente coexistencia de negros e indios: Choctaws propietarios de grandes plantaciones, afrancesados y tribales, una vida de horda y de costumbres feroces mezclada con los escarpines de raso y la cama metálica traídos de Memphis o Nueva Orleans, un indiaje mestizo que conversa indolentemente en cuclillas:

-Le daremos tiempo -dijeron-. Mañana no es más que otro nombre para hoy.

-Eso. Dejémosle que tenga tiempo.

-Eso. Mañana es hoy.

Sucesos calmadamente pavorosos llenan estas páginas. En Hojas Rojas, Faulkner empuja al lector poco a poco, sin prisa y sin estridencias, al terrible final del esclavo personal de «El Hombre», el jefe indio de una plantación, que ha muerto.

-Esta no es la primera vez -dijo Cesto-. Esto ocurrió cuando Doom, tu abuelo, yacía aguardando a la puerta de la tierra. Yació aguardando tres días, diciendo: «¿Dónde está mi negro?». Y tu padre Issetibbeha respondió: “Yo le encontraré. Descansa. Le traeré contigo para que puedas comenzar el viaje».

-Y ahora el negro de Issetibbeha ha huido. Su caballo y su perro le esperan, pero su negro ha huido.

-Eso -dijo Baya.

Encuentran al negro, que se entrega paciente al sacrificio. Éste, al final del cuento, nos es ahorrado: uno ya sabe del sufrimiento de la víctima, la descripción de su fin no es necesaria.

Los estremecedores collages de Faulkner son algo buscado: es su modo genial de contar aquello que resulta demasiado fuerte para «una alimentación constante», aquello que «puede conservarse y prolongarse sólo en el papel: una imagen, unas pocas palabras escritas que cualquier cerilla, una llama menuda e inocua que cualquier niño puede producir, es capaz de borrar en un instante. Un palito de una pulgada de madera mojada en azufre es más largo que la memoria o el dolor; una llama no mayor que una moneda de seis peniques es más feroz que el valor o la desesperación».

La edición está muy cuidada. Sólo hay una errata (la inevitable, y además no está en el texto, sino en la solapa del libro, qué solapa no tiene una mota). Presentación elegante, tipografía limpia y cómodamente legible. En cuanto a la traducción: basta con decir que es de José María Valverde. Todo se adecía a un libro que es otra de esas joyas literarias tan abundantes en los ambientes sureños.