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Ver productos1 Feb 1992 - 7min.
A los que hemos defendido un catalanismo integrador, ha producido honda pena ese desorbitado debate en torno al posible independentismo. Unas palabras del presidente de la Generalitat, no bien interpretadas, sobre Lituania; y otras del líder de Esquerra Republicana de Cataluña, en su habitual estilo, desencadenaron abundancia de comentarios en buena parte de la prensa. El presidente Pujol se sintió obligado a aclarar la verdadera significación de sus palabras y lo dijo de forma contundente: «La personalidad de Cataluña -dijo- halla en España su marco natural de desarrollo». Y, en la sesión parlamentaria de los días 25 y 26 de septiembre, añadió: «He manifestado muchas veces que no cuestiono la unidad de España. Hace más de cuarenta años que digo, escribo y actúo de una manera clara en este sentido».
Que existan unos grupúsculos que postulen actitudes independentistas no debería ser pretexto para ciertas reacciones histéricas, que pretenden presentarnos un panorama político español en plena desintegración.
Que existan unos grupúsculos que postulen actitudes independentistas no debería ser pretexto para ciertas reacciones histéricas, que pretenden presentarnos un panorama político español en plena desintegración. Ni se comprende que una de las mejores plumas del periodismo, en una hora poco lúcida, haya podido alinear a Pujol y a Arzallus con Artapalo. No es justo.
Me quiero referir a uno de los pequeños grupos políticos que, en Cataluña, intenta hacerse oír: la Esquerra Republicana. Sus actuales dirigentes han pretendido recoger la herencia de lo que fue esa agrupación en los tiempos de Macià y Companys.
Con gran sorpresa de todos los observadores, la «Esquerra» irrumpió en la vida catalana en las históricas elecciones del 12 de abril de 1931. Su triunfo contra todo pronóstico puso de relieve el carisma de Francesc Macià, que se había distinguido por su radicalismo. Con anterioridad había hecho aprobar, desde el exilio, la llamada Constitución de La Habana, para una Cataluña independiente, y había conducido y dirigido a unos jóvenes idealistas a un intento armado de ocupación del territorio catalán desde la población fronteriza de Prats de Molló.
Triunfador, Macià, el 14 de abril proclamó la República Autónoma Catalana, dentro de la República Federal Española.
Triunfador, Macià, el 14 de abril proclamó la República Autónoma Catalana, dentro de la República Federal Española, y, Companys el día 6 de octubre de 1934 proclamó el Estado Catalán en la República Federal Española. En los días de abril de 1931, bastó la visita a Barcelona de tres ministros del Gobierno Provisional de la República, dos de ellos catalanes, para que Macià abandonara su actitud y su «Esquerra» se convirtiera en una de las fuerzas que mayormente colaborarían con el Gobierno de la Segunda República Española. El Estatuto de Autonomía de 1932, elaborado en Núria y pasado por el tamiz de las Cortes, fue votado y defendido, por unanimidad, por la «Esquerra». No contiene la más ligera objeción a la unidad de España y ni siquiera figura, en su texto, alusión alguna a la Cataluña-Nacionalidad, como de una manera expresa se insertó en el Estatuto de 1979. Quiero, con ello, indicar que si el reducido grupo político que lidera Angel Colom se considera continuador de aquella «Esquerra» de Macià y Companys, su independentismo puede que no pase de pura retórica. La subversión de 8 de octubre de 1934, a pesar del retoricismo nacionalista de sus proclamas, la verdad es que surgió confusamente conectado con la subversión socialista-comunista de Asturias. En Cataluña, cabe recordarlo, se liquidó en una noche. No pasó de un simple episodio producido por la locura de un conseller, la debilidad de un presidente, y el seguimiento de unos jóvenes, trasunto de aquellos de Prats de Molló. El pueblo catalán se inhibió.
Si el reducido grupo político que lidera Angel Colom se considera continuador de aquella «Esquerra» de Macià y Companys, su independentismo puede que no pase de pura retórica.
Creo que se debería hacer un gran esfuerzo -en Cataluña y en el resto de España- para considerar el problema catalán con realismo. Llevamos, los pueblos peninsulares, 500 años de vida en común, con la lamentable excepción de Portugal. El brillante periodista y extraordinario escritor «Gaziel» pudo hablar de la «Península inacabada».
En los inicios del Renacimiento europeo, avatares diversos hundieron a Cataluña en una crisis que pudo ser irreversible. Su lengua, en el orden literario, fue relegada al olvido, su economía maltrecha. Las pestes frecuentes, por un lado, y la apertura hacia otro Continente y otros mares, desviaron las rutas tradicionales de riqueza. Y errores políticos la situaron al margen de toda posibilidad de participar en la proyección de un alto proyecto de política peninsular. Castilla lo intentó por su cuenta. Un político, Cambó, y un grupo de estudiosos que se hicieron en torno a la gran personalidad de Jaime Vicens Vives, torcieron el rumbo del historicismo romántico que circulaba por otras vertientes y advirtieron que los condicionamientos geográficos y los históricos obligaban a Cataluña a no dejar sola a Castilla en el magno ideal de proyección y vertebración de una gran política peninsular. ¿Puede ser ese proyecto de vida en común, todavía, el ideal para un catalanismo integrador?
Los 500 años de «Unidad» no pueden ser borrados fácilmente. Pero hay más. En los años de plenitud de los Condes-Reyes de Cataluña-Aragón, el sueño peninsular fue una constante.
Los 500 años de «Unidad» no pueden ser borrados fácilmente. Pero hay más. En los años de plenitud de los Condes-Reyes de Cataluña-Aragón, el sueño peninsular fue una constante. La unión con Aragón y la conquista de Valencia lo sancionan, y, asimismo, se refleja en textos básicos. El propio rey Jaime I en su «Crónica» expresa su deseo y el de los catalanes de conseguir el alto honor de salvar a España; y también el rio-Reinaxença- con la reivindicación de su lengua, y con el propósito de volver a alcanzar antiguas glorias y prestigio. Lluis Companys bien el cronista Ramón Muntaner dice que los reyes de España «eran de una carne y de una misma sangre». Idénticos criterios se hallan en las «Crónicas» de Desclot y de Pedro el Ceremonioso, y en los textos del famoso fraile gerundense Elximenis, que en su exaltación a Barcelona afirma que es más popular que «altra Ciutat d’Espanya».
La gran crisis histórica de Cataluña pudo superarse, curiosamente, después de la derrota catalana en la guerra de sucesión de 1714, Su renacimiento económico !a convirtió en pionera de la industrialización de España; a ello siguió el renacimiento literario —Reinaxenga— con la reivindicación de su lengua, y con el propósito de volver a alcanzar antiguas glorias y prestigio.
Y siguió el movimiento político que también obedecía a ese Renacimiento. Era inevitable. En la última década del mil ochocientos y primeros años de nuestro siglo, la corriente «renacentista» sumaba fuertes personalidades de todas las actividades de la vida catalana en una afirmación de la propia «identidad» como pueblo con personalidad acusada. Los había de todas las tendencias, lo que propició el movimiento de Solidaridad Catalana del año 1906. Ese «alçament» como lo denominó el poeta Joan Maragall, significó con respecto a Cataluña el propósito de alcanzar su plenitud y, para España, contribuir a un resurgimiento que la alineara con los pueblos más progresistas de Europa. Con razón se habló del «catalanismo regeneracionista».
Cabe la pregunta: ¿fue una equivocación que Cataluña decidiera unirse al común destino español? ¿No era el mejor camino a seguir, quizás el único posible? Otra cuestión es que se cometieran graves errores al hacerlo. Después de desvanecerse en la batalla de Muret -siglo XIII- el sueño de una Cataluña dominadora en las dos vertientes pirenaicas, no parece que hubiera otro camino que el de la integración peninsular.
En la hora actual ese planteamiento parece irreversible. Pero también deberían bajar decibelios las voces de los nostálgicos del centralismo-burocrático-estatista, que, según el jurista García de Enterría, «ha cumplido ya su tiempo y de que es menester intentar montar un sistema político más cercano a sus destinatarios». No es bueno el camino de las reticencias.
Están vigentes una Constitución española y unos Estatutos de Autonomía. Para Cataluña, su Estatuto no puede ser un simple instrumento de distribución de poder territorial. Es algo más. Ha acertado, en uno de sus recientes comentarios, Miguel Herrero de Miñón: lo que hay que resolver es «la construcción de personalidad jurídico-política allí donde existan hechos diferenciales». Se habla de un posible pacto autonómico. Es de desear que no se reincida en el error de julio de 1981. El pacto suscrito, entonces, por Calvo Sotelo y Felipe González fue la puerta que abrió paso a la «Loapa», que, si bien sufrió recortes en su paso por el Tribunal Constitucional, no ha dejado de ser un instrumento para laminar los Estatutos de Autonomía, los históricos principalmente.