Tres mundos: Cataluña, España, Europa

Marcelino Moreta

Con ese enunciado, José Ferrater Mora nos ofreció uno de sus magníficos ensayos. Creo que no es inactual recordarlo. Cataluña, geográficamente, es un espacio peninsular que, con otros espacios igualmente peninsulares, constituimos una unidad política: España. Y, juntos también, caminamos hacia la Europa cuya unidad tratamos de construir.

España ha efectuado a partir de la llamada «transición política» un giro trascendente. Hemos pasado del secular Estado centralista al Estado de las Autonomías, en cuyo proceso Cataluña ha luchado en todo lo que va de siglo. Con razón se ha hablado del «catalanismo regeneracionista».

La cuestión catalana, todavía

¿Por qué la cuestión catalana sigue siendo problema? Había una convicción generalizada de que, con el reconocimiento de su autonomía política y consiguiente autogobierno, el viejo contencioso quedaría definitivamente encauzado. El hecho de que los criterios descentralizadores fueran asumidos por la casi totalidad de las fuerzas políticas y deseados por el resto de los territorios españoles, hasta llegar a diecisiete el número de Comunidades Autónomas constituidas, reforzaba aquella convicción.

El Título VIII de la Constitución de 1978 y los diversos Estatutos que sucesivamente se aprobaron establecieron un sistema de «competencias» con las cuales se perseguía, aparte del reconocimiento de la singularidad de las diversas nacionalidades y regiones, la perfecta armonía de las respectivas Administraciones y la aproximación y potenciación de la relación Administración-administrados. Habrá quedado bastante claro que las comunidades históricas, adelantadas del nuevo orden constitucional, serían al tiempo un estimulante para que las no históricas pudieran alcanzar progresivamente los mismos niveles autonómicos. Posiblemente no por mala voluntad en el debate constitucional, todos los grupos políticos se manifestaron abiertos a la apertura de los nuevos horizontes, sino tal vez por ciertos atavismos que con frecuencia fluyen en el alma de los hombres y de los pueblos, se han producido resistencias que, bien a través de resoluciones administrativas o -y lo que es más de lamentar- a través de decisiones del Tribunal Constitucional, han vuelto a aflorar esa tendencia próxima al centralismo burocrático, que, sin desearlo, daña a Cataluña, a todas las Comunidades Autónomas y, a fin de cuentas, a España.

El histórico proceso catalán

Un proceso histórico con sólidas raíces no se puede objetar con frivolidad. El proceso político catalán, junto con el problema social, ha sido una de las fuerzas que con mayor constancia han luchado por una España que pudiera acercarse a la Europa de progreso. Las sólidas raíces del movimiento catalán hay que buscarlas en el complejo entramado de un renacimiento espiritual y económico. Después de la Guerra de Sucesión, los catalanes consideraron las con

La cuestión catalana, todavía

¿Por qué la cuestión catalana sigue siendo problema? Había una convicción generalizada de que, con el reconocimiento de su autonomía política y consiguiente autogobierno, el viejo contencioso quedaría definitivamente encauzado. El hecho de que los criterios descentralizadores fueran asumidos por la casi totalidad de las fuerzas políticas y deseados por el resto de los territorios españoles, hasta llegar a diecisiete el número de Comunidades Autónomas cons

secuencias, concentraron todos sus esfuerzos en la superación de sus dificultades y decidieron proyectarse hacia el futuro con buen ánimo y sin nostalgias. Remontaron su economía, iniciaron la industrialización del país y, a través de un gran movimiento cultural, generaron lo que conocemos por «Renaixença», que vio su plenitud ya avanzado el siglo XIX y principios del XX. En ese renacimiento, Cataluña que literariamente había enmudecido en los tres siglos anteriores, y su gran poeta Jacinto Verdaguer, pudieron ofrecer, en lengua catalana, con su Atlántida, la epopeya de la gran gesta española, y Juan Maragall, «el primer poeta español del siglo XX» según Dámaso Alonso, a través de su obra poética y de su prosa, pudo aportar, frente al pesimismo del 98, rayos de esperanza para todos los españoles. «Maragall, o la esperanza», ha podido escribir Pedro Laín Entralgo.

El proceso político catalán no ha sido un fenómeno esporádico que puede contemplarse con indiferencia, ni las figuras relevantes que lo expresaron en su recorrido -Balmes, Prim, Prat, Cambó fueron comprendidas por el montón de mediocridades que salvo excepciones como Cánovas, Canalejas, Maura, Azaña jalonaron la política contemporánea española.

Cataluña en la política general

Con respecto a la intervención catalana en la política general hubo en un tiempo enconada polémica. El «Catalunya endins» frente al «Catalunya enfora» se convirtieron en duros vocablos en torno a los cuales, en la década de los veinte, giró la política catalana. José Ferrater Mora, en el citado trabajo, aludió al tema con brillantez. «En un tiempo dice- hubo una consigna: el «Cataluña adentro», que, justamente, debía ser todo lo contrario de lo que algunos entendían. Este grito debía ser el complemento del «Cataluña afuera», porque este segundo grito, en su realidad, tiene sentido en función del primero. Ambos se corresponden, puesto que «intervenir en» es tanto como «contribuir a»; ¿cómo se va a contribuir, si se empieza por no tener nada o muy poco? Sólo se puede contribuir eficazmente si se posee una copiosa personalidad».

En el período republicano, años 1931-36, las izquierdas en Cataluña ejercieron la hegemonía sustituyendo a la «Lliga», que la había ejercido en períodos anteriores. Curiosamente, las izquierdas, que tanto habían combatido el intervencionismo camboniano, se convirtieron en partícipes convencidos de la colaboración. Cabe señalar que a esa actitud pudo contribuir la conducta de Manuel Azaña y de las fuerzas más influyentes, favorable a las aspiraciones catalanas, en contraste con la habilidad generalizada de los partidos políticos de los tiempos alfonsinos. Azaña comprendió la realidad catalana y creyó que lo oportuno era integrarla a un gran proyecto político español. En el intento de Estatuto de Autonomía del año 1919, los hombres de Estado que hubieran podido encauzar el tema no existían. Canalejas había sido asesinado y y Maura estaba retirado, envejecido y prácticamente abandonado por los suyos.

«Creo que, salvo actitudes de pequeños grupos radicales, nadie va a discutir la integración de Cataluña en un proyecto político español: todos, sin renunciar a la propia personalidad, unidos en el ideal de una Gran Europa»

Transición política

En la «transición» iniciada en 1975, la «cuestión catalana» se proyectó como uno de los temas primordiales. Los 40 años de silencios no la habían ahogado. Era una realidad que requería una solución, y así la entendieron en su casi totalidad los grupos políticos interesados en construir una eficaz democracia. En las reuniones en el Parador de Sau del «Comité de los 20», en el que tuve la suerte de participar, la solidaridad fue la nota dominante. Pudo producirse alguna discrepancia sobre algunos aspectos concretos del proyecto de Estatuto, pero a nadie se le ocurrió discutir la conveniencia del reconocimiento de una autonomía que respondiera a las reivindicaciones histórico-políticas del pueblo catalán.

Había conciencia plena de que el centralismo absorbente había quedado obsoleto. No había conseguido unir a los pueblos de España en un proyecto ambicioso de vida en común y hacer que las diversas nacionalidades y regiones se convirtieran, según frase feliz de Ortega y Gasset, en «potencias de hispanidad». Estado y sociedad no debían aparecer divorciados, enfrentados, sino comprometidos en un proyecto que nos alineara con los pueblos libres y progresistas de Europa. El historiador Melchor Fernández Almagro ha dejado escrito: «No justipreciará en todas sus manifestaciones el fenómeno regionalista quien no acierte a distinguir entre las formas urbanas y europeas que caracterizan el caso catalán».

Sigo con Ferrater Mora. Cataluña-España-Europa. Creo que, salvo actitudes de pequeños grupos radicales, nadie va a discutir la integración de Cataluña en un proyecto político español: todos, sin renunciar a la propia personalidad, unidos en el ideal de una Gran Europa. Sería un error la no comprensión de que la unificación europea no puede significar la desnaturalización de la personalidad que caracteriza e identifica los diversos territorios integrados en los Estados-nación que constituirán esa Europa del futuro. Cataluña, tradicionalmente abierta al exterior, ha afirmado siempre su voluntad europeísta. Históricamente liberal, podrá contribuir en la lucha común contra los estatalismos que intentaron ahogar, en décadas pasadas, la libertad de los hombres y de los pueblos.

Los intentos que se detectan en algunas vertientes de los diversos poderes, el administrativo y el judicial particularmente, de descafeinar las Autonomías, no advierten que pueden ser considerados como residuos estatificadores reñidos con el rumbo de los pueblos libres. No se debe impedir que Cataluña y todas las Comunidades Autónomas que forman el arco constitucional español participen en la constitución del nuevo orden europeo como auténticas «fuerzas de hispanidad».