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Ver productos1 Abr 1992 - 8min.
Fue alguien tan sospechoso de ser parte interesada —y tan proclive a decir insospechables «boutades»— como Disraeli quien afirmó que si hay algo que no puede soportar ningún imperio es la inseguridad sobre su destino.
Las causas de la atonía general por la que atraviesa la sociedad americana tienden a identificarse con problemas de orden económico. Con creciente alarmismo se empieza a hablar de que la «recesión» podría dar paso a una más profunda y grave «depresión». Y en efecto, los datos, que revelan una tendencia no sólo coyuntural, están a la vista de todos.
Durante el período 1973-85 la tasa de crecimiento del producto interior bruto en Estados Unidos fue únicamente el 58% de la obtenida durante el período 1960-73. Una simple comparación de los ritmos de crecimiento del PIB, la productividad y las exportaciones de los USA con los de la RFA y Japón durante los años 1950 a 1987 muestran la pérdida tendencial de liderazgo comercial y económico estadounidense.
Más interesante que los síntomas de la hegemonía en regresión es observar las vacilaciones del alma americana allí donde se perfila el fin de su era.
Un dato resulta particularmente gráfico: mientras que el ahorro interno neto en porcentaje del ingreso interior disponible fue del 17% en Japón y del 12% en la RFA, durante el período 1980-87, en Estados Unidos apenas se superó la marca del 5%.
Tres publicaciones aparecidas en los últimos años han tenido un carácter casi sismográfico del despertar norteamericano a la dura realidad del fin de la hegemonía.
El famoso libro publicado en el año 1988 por el historiador británico Paul Kennedy, trasplantado a Princeton, produjo la primera voz de alarma entre la clase política americana, al introducir en el debate la perspectiva histórica de la decadencia relativa. Kennedy realizaba una afortunada analogía entre el declive de los grandes Imperios históricos, Roma, España, Francia y Gran Bretaña y lo que él interpretaba como progresivo declinar de los Estados Unidos, y concluía que el excesivo gasto militar desde el inicio de la guerra fría habría producido un creciente desequilibrio de la política económica cuyos efectos serían los dos grandes agujeros negros de la economía americana: el permanente recurso a la manipulación de la política monetaria y la aceleración en el crecimiento de los niveles del consumo, con sus perversas consecuencias para las tasas de inversión, productividad y, en definitiva, competitividad de la industria americana.
El decadentismo o «declinismo» versión Kennedy aparecía muy próximo a un determinismo histórico merced al cual los países acceden a la condición de gran potencia, se expanden globalmente y acaban perdiendo su posición hegemónica a causa de las excesivas exigencias de toda política imperial. A partir de la aparición de la obra de Kennedy, una abundante literatura, sobre todo económica, se encargaría de mostrar las consecuencias cuasiapocalípticas del elevado déficit americano y de los peligrosos niveles de endeudamiento de las empresas, de las instituciones financieras y del propio Gobierno.
Y en efecto, algo muy similar al apocalipsis debió ser lo que sintió la clase media americana el día que se enteró por los periódicos que su país era el primer deudor neto del globo. Esa noticia y la cascada de escándalos financieros que comenzó con la quiebra masiva del sistema de cajas de ahorro y préstamos —y que está a punto de alcanzar a algunos de los grandes bancos— popularizó gran parte de lo que Kennedy había intentado decir en un tono más académico.
Pocos meses antes del libro del historiador británico, otro libro que se convirtió rápidamente en un inesperado best-seller, The Closing of the American Mind, de Allam Bloom, había producido un terremoto similar entre los intelectuales y las revistas de pensamiento, aunque sólo en estos sectores. Un denso tratado sobre las no-virtudes del sistema educativo —y, por extensión, del sistema cultural— americano se convirtió de la noche a la mañana en lectura y comentario obligado. Con prólogo de uno de los mayores escritores norteamericanos de este siglo, Saul Bellow, el original libro de Bloom aparecía como portavoz de un clima de opinión crecientemente preocupado por el descenso del nivel educativo de las Universidades americanas, provocado principalmente, según su autor, por la destructora influencia de dos tradiciones culturales exógenas del alma americana, la filosofía alemana antirracionalista (y, en particular, el nietzscheanismo y heideggerianismo triunfantes en los departamentos de literatura y humanidades de los colleges americanos), y la definitiva institucionalización del igualitarismo y del sistema de cuotas en la selección del alumnado y del cuerpo docente de las Universidades.
Más sutil e ideológico que Kennedy, Bloom creía desvelar en la esencia misma de la cultura americana —en los principios básicos de pluralismo, apertura a otras culturas y razas, e igualitarismo— el germen de su propia autodestrucción. Bloom, discípulo del filósofo judío-americano de origen alemán Leo Strauss, llamaba a arrebato contra el progresivo estado de descomposición del alma americana —personificada en la incapacidad de los Estados Unidos de defenderse intelectualmente frente al «enemigo interior»— y recomendaba la lectura de los clásicos: ante el «overstretching» imperial, la vuelta a la edad de oro de las virtudes republicanas y la América culturalmente homogénea, el retorno a la utopía idílica de la América profunda.
Finalmente, el tercer aldabonazo en la conciencia de las élites norteamericanas fue el famoso artículo de Francis Fukuyama sobre «El fin de la historia» aparecido en la revista The National Interest en la primavera de 1989. Es cierto que Fukuyama introducía una cierta frescura en el aletargado ambiente intelectual de Washington, y que además lo hacía intentando dar un significado al desplome del enemigo exterior que había legitimado el desarrollo de la política americana durante cuarenta y cinco años. Frente a la parálisis inmediata que produjo en Washington el hundimiento del comunismo, Fukuyama llamaba la atención sobre el paralelismo, e incluso vecindad, de las dos filosofías de la historia que habían dado lugar al período conocido como «guerra fría» y sembraba la duda sobre las consecuencias —quizá no tan positivas— que para los Estados Unidos podía suponer el quedarse de repente sin justificación ideológica.
Desde la aparición de estas publicaciones, el debate entre «decadentistas» y «no-decadentistas» no ha hecho sino ampliarse, ramificarse, y producir todo tipo de matizaciones y «zonas grises». El libro de Paul Kennedy, que contaba en su favor con una tradición —no necesariamente marginal— de críticos del «complejo militar-industrial», con personalidades tan destacadas en sus filas como Galbraith, Gore Vidal y Noam Chomsky, o los politólogos John Gladdis y David Calleo, ha generado una literatura que destaca —apoyada, eso sí, en una infinidad de datos y tablas económicas, militares y sociológicas— el voluntarismo de la tesis decadentista, y aboga paradójicamente por un mayor voluntarismo, el de una regeneración de la tesis del «destino manifiesto», justificado ahora por la acuciante necesidad para un «mundo libre» de progresivas dimensiones planetarias de contar con el claro liderazgo de un poder hegemónico y estabilizador.
El libro de Bloom también tuvo sus continuadores, y el debate sobre la decadencia —siempre, relativa— de la educación superior en Norteamérica y de las ambiguas consecuencias de las reformas pro-igualitarias surgidas a partir del 68 y del movimiento de derechos civiles todavía no ha terminado. Sobre lo que existe, sin embargo, absoluta unanimidad, es sobre el bajísimo nivel de la enseñanza primaria y secundaria, generalmente reconocida como una de las principales causas de la pérdida de competitividad de la industria americana. Tampoco hay ninguna duda sobre la creciente marginación social y el nivel de deterioro del 20% de americanos que viven por debajo de los índices de pobreza.
Existe absoluta unanimidad sobre el bajísimo nivel de la enseñanza primaria y secundaria, generalmente reconocida como una de las principales causas de la pérdida de competitividad de la industria americana.
De la misma manera, la discusión generada por Fukuyama sobre el irrefrenable triunfo del liberalismo democrático en el mundo, y con él, de la paz en las relaciones internacionales, se ha visto puesto a prueba por una realidad obstinada en mostrar que las guerras, los nacionalismos violentos y el fanatismo religioso pueden llegar a convertirse en los signos distintivos de la post-historia.
El triunfo del capitalismo lleva necesariamente aparejado su universalización, y con ello su des-territorialización. Si algo ha caracterizado al espíritu americano ha sido el convencimiento de que el capital no conoce fronteras, de que un mundo sin trabas comerciales o económicas necesariamente favorecería la paz mundial. Cuando parece que se está muy cerca de conseguir la aceptación casi global de estos principios, los Estados Unidos empiezan a plantearse seriamente la necesidad de adoptar los criterios casi opuestos que gobiernan la economía de su principal opositor, el Japón. En un mundo verdaderamente sin fronteras para el libre flujo de capitales, bienes y servicios, no hay lugar para fronteras nacionales. De ahí la cuestión clave que surge ahora: ¿Quiénes son ellos? ¿Quiénes somos nosotros? Las vacilaciones del alma americana están también guiadas por esta duda sobre quiénes son los de enfrente, una vez que el «Imperio del mal» ha dejado de existir. ¿Cómo compaginar de nuevo el idealismo americano con una obstinada realidad que no hace más que acentuar la competencia entre naciones y bloques regionales?
Las vacilaciones del alma americana están también guiadas por esta duda sobre quiénes son los de enfrente, una vez que el «Imperio del mal» ha dejado de existir.
«La decadencia del Imperio americano» era el título de una película —canadiense, por más señas— de hace unos años que tuvo un relativo éxito. Varias parejas se dedicaban durante un fin de semana en el campo a sembrar sistemáticamente dudas sobre la solidez de sus respectivas relaciones y la fidelidad de su pareja. Los diálogos eran brillantes e ingeniosos, y la belleza de una de las mejores suites de Bach parecía inundar la pantalla desde el majestuoso inicio de la película. Al final, tras dos horas largas de sutil disquisición dirigida a cuestionar las bases de la convivencia, los principios del sistema, nada ocurre. Pasa el fin de semana transcurrido en común y todo vuelve a su orden anterior. Parece como si la aparente normalidad triunfase. Pero, a la salida, cualquier espectador intuye que ese estado de las cosas ya no es sino pasajero.
(Tasas promedio anuales)
| EE.UU. | RFA | Japón | |
|---|---|---|---|
| Producto interior bruto | |||
| 1913-1950 | 2,8 | 1,3 | 1,8 |
| 1950-1987 | 3,2 | 4,4 | 7,5 |
| PIB por trabajador/hora | |||
| 1913-1950 | 2,6 | 1,1 | 1,3 |
| 1950-1987 | 2,0 | 4,7 | 6,2 |
| Exportaciones | |||
| 1913-1950 | 2,2 | -2,8 | 2,0 |
| 1950-1987 | 5,2 | 9,3 | 12,4 |
Fuente: Economic Report of the President, Washington, 1989.
| 1960-1986 | 1980-1986 | |
|---|---|---|
| Estados Unidos | 6,9 | 4,8 |
| Japón | 18,6 | 15,6 |
| CEE | 12,0 | 8,4 |
| RFA | 12,3 | 8,3 |
| Reino Unido | 10,0 | 4,6 |
Fuente: OCDE.
(En porcentaje del ingreso disponible)
| 1975 | 1978 | 1980 | 1983 | 1984 | 1985 | 1986 | 1987 | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| EE.UU. | 9,4 | 7,3 | 7,3 | 5,5 | 6,3 | 4,5 | 4,2 | 3,3 |
| Japón | 22,8 | 20,8 | 17,9 | 16,3 | 16,0 | 16,0 | 16,6 | 16,8 |
| RFA | 15,1 | 12,0 | 12,8 | 10,9 | 11,4 | 11,4 | 12,2 | 12,4 |
Fuente: OCDE, Economic Outlook, 1988.