Sir Horace Walpole y el surrealismo

Luis Alberto de Cuenca

Hace unos meses, Julia Barella y yo fuimos convocados por nuestro querido amigo Leonardo de Arrizabalaga a una cena en honor de Édouard Roditi, un personaje de los que quedan pocos en el mundo. Experto en arte, consejero de coleccionistas y coleccionista él mismo, viajero impenitente, profesor a uno y otro lado del Atlántico, conversador infatigable, bibliómano y gran aficionado a la literatura fantástica, Roditi nos hizo pasar un rato muy divertido. Entre los comensales se encontraban, además, para redondear la velada, tipos tan estupendos como el pintor José Hernández y el filósofo Ignacio Gómez de Liaño. Se daba el caso de que Julia y yo acabábamos de comprar en París unos Contes hiéroglyphiques, traducción francesa de los Hieroglyphic Tales de Horace Walpole (1717-1797) llevada a cabo por el propio Roditi, que le había añadido una preciosa introducción titulada «Les excentricités de Horace Walpole» (se trata de la edición, publicada en París por José Corti en 1985). A petición nuestra, el traductor fue tan amable de dedicarnos el libro, enriqueciendo la dedicatoria con algunas referencias bibliográficas, posteriores —nos dijo— a la aparición del volumen. Fue el mejor colofón posible a la gratísima charla sobre literatura «gótica» inglesa del siglo XVIII, que mantuvimos con él a lo largo de la cena y en la sobremesa ulterior.

Compuestos en 1772 para divertir a la joven Caroline Campbell, sobrina de Lady Ailesbury, y para divertirse a sí mismo, los «Hieroglyphic Tales» se distinguen de las demás obras de Walpole en el protagonismo concedido a la fantasía.

Sir Horace Walpole, segundo Conde de Orford, hijo del ilustre Sir Robert Walpole, primer ministro británico de 1721 a 1742, hizo, al contrario que su padre, una carrera política bastante limitada. Sin embargo, nos dejó una numerosa correspondencia y un buen puñado de obras eruditas y literarias en las que se vertían ideas políticas y morales, en ocasiones, muy avanzadas para el entorno social del autor y para su época. Una bibliografía exhaustiva de todos los libros, folletos y artículos que salieron de su pluma, llenaría las páginas de un grueso tomo, sobre todo incluyendo y clasificando las cartas dirigidas a sus amigos, casi todos personas más o menos famosas (sólo de la correspondencia con Madame du Deffand, que recibía a Walpole en París en la intimidad, sentada incluso a veces en su retrete, se conservan más de tres mil epístolas cruzadas).

Narrador excepcional

A toda esta producción de carácter histórico, crítico, literario y autobiográfico hay que añadir la labor de Walpole como historiador del arte, donde se encuentra instalado, junto con WiIliam Beckford, entre los precursores ingleses deí llamado estilo «troubadour» o primer neogótico, que haría furor en la Francia romántica. La casa-castillo que Walpole se hizo construir a mediados de siglo en más originales de este estilo. Años más tarde, Beckford mandó a su vez levantar Fonthill Abbey, otro decorado ideal para novelas góticas hoy por desgracia desaparecido.

Del mismo modo que los Cuentos estrambóticos de Ros de Olano representan un singular paréntesis en nuestra literatura decimonónica, los Cuentos jeroglíficos de Walpole son unos relatos completamente excepcionales en las letras inglesas dieciochescas. Nos revelan, aún más que la inaugural novela gótica The Castle of Otranto, que Sir Horace no fue tan sólo uno de los narradores más geniales de su tiempo, sino también uno de los precursores del surrealismo y el verdadero inventor de la escritura automática tal y como la definieron y practicaron a partir de 1920 André Breton y Philippe Soupault. Este tipo de escritura es, sin embargo, en Walpole el fruto de un temperamento más proclive a lo absurdo que a lo sublime y, por lo tanto, más próximo a Benjamin Péret, entre los surrealistas franceses, que a Breton o Soupault. En un ejemplar de la edición príncipe de los Hieroglyphic Tales que Walpole conservaba en su biblioteca y que hoy se encuentra en la British Library, el autor escribió de su puño y letra lo siguiente: «El mérito de un cuento jeroglífico consiste en que ha sido escrito improvisadamente y sin ningún proyecto preconcebido».

Como precursor de la modernidad, Walpole no tiene precio, pues en carta a Lady Ossory acerca del «Lenguaje de los Colores», fechada el 4 de enero de 1781, reduce el alfabeto a los siete colores del arco iris, anunciando así el célebre «Sonnet des Voyelles de Rimbaud. Pues bien, la mayor parte de la crítica no ha prestado a Sir Horace la atención que merece como innovador y pionero casi profético de simbolismo y suriealismo.

Compuestos en 1771 para divertir a la joven Caroline Campbell, sobrina de Lady Ailesbury, y para divertirse a sí mismo, los Hieroglyphic Tales se distinguen de las demás obras de Walpole en el protagonismo concedido a la fantasía y al desarrollo de situaciones absurdas. Casi un siglo más tarde, Lewis Carroll escribiría Alice in Wonderland, otro libro para divertir a una niña, en el que se descubre el mismo rechazo de la realidad y del orden establecido que en los Cuentos de Walpole, como si se tratase en ambos casos de rendir homenaje a la imaginación turbulenta y anarquista de la infancia.

Ese rechazo de lo real se expresa a veces por medio de la burla: Walpole se mofa de la monarquía británica, de las querellas entre los teólogos, de los obispos anglicanos y hasta del Papa. También es curioso cómo en los Cuentos jeroglíficos, teóricamente compuestos para la diversión de una niña, aparezcan eunucos, concubinas y demás elementos orientalizantes que no pueden faltar en la literatura erótica dieciochesca. Sir Horace gozaba entre sus contemporáneos de una bien merecida reputación de libertino de ideas «avanzadas», influido por sus amigos y amigas parisienses, de quienes recibió ese espíritu lúdico y galante que reinaba en la Francia del Siglo de las Luces.

Triunfa la imaginación

Cuando Walpole se puso a escribir sus Hieroglyphic Tales había ya experimentado con éxito en The Castle of Otranto una técnica de escritura vertiginosa, en cuyo proceso la inteligencia crítica del autor apenas interviene. En el epílogo («Postface» en la traducción francesa de Roditi, pp. 101-102), nuestro autor se queja «del régimen monótono y anticuado de los cuentos y novelas que, confesándose obras de invención, dan muestras casi siempre de una gran falta de imaginación». Rapidez, pues, y fantasía: se diría que Walpole pensaba en el ritmo y en la capacidad fabuladora, que serán, dos siglos después, los rasgos esenciales del celuloide norteamericano. Y es que El castillo de Otranto es, además de una novela, un excelente guión cinematográfico.

También el inefable Marqués de Sade arremetería contra el realismo y la falta de imaginación de las novelas contemporáneas. Lo haría en su «Idée sur les Romans», pórtico introductorio a sus Crimes de l’Amour. Pero el Divino Marqués no consiguió jamás imprimir en sus relatos la vivacidad y la frescura que imprime Walpole en los suyos. Como autor de ficción, Sade es aburridísimo.

Los Hieroglyphic Tales recuperan la magia del romanzo caballeresco italiano, el abracada brante disparate de los Pulci, Boiardo, Ariosto y Tasso. Junto a ellos, Las Mil y Una Noches constituyen, como en casi toda la narrativa europea de la época, una presencia inevitable. Lo mismo que en el Vathek de William Beckford, en los Cuentos jeroglíficos de Walpole se funden goticismo y orientalismo.

Pese a haber sido escritos en 1772, los Hieroglyphic Tales no se publicaron hasta 1785, en las prensas domésticas de Strawberry Hill, limitándose la edición a siete ejemplares. En the Works of Horace Walpole, Earl of Orford, recopilación póstuma publicada en 1798 y en cinco volúmenes, los Tales se encuentran en el tomo IV. Hasta 1926 no aparecería otra edición exenta de la obra (Londres, Elkin Matthews), pero tuvo una circulación muy restringida. En 1982 apareció en Los Angeles (U.C.L.A.) una edición facsímil de la princeps, que es la que ha servido de base a la versión francesa de Édouard Roditi, así como a otra del mismo año llevada a cabo por René de Ceccaty (con el título de Contes hiéroglyphiques et autres bizarreries: Langres, Cafe-Clima Éditeur, 1985). Existe también una traducción alemana reciente (Rowohlt Verlag).

En la portada de la primera edición puede leerse, a modo de lema, la siguiente frase de Crébillon hijo, escritor francés muy admirado por Walpole: «Schah Baham no comprendía bien más que las cosas inverosímiles». Cuando se escribieron los Hieroglyphic Tales, la piedra de Rosetta aún no había sido descubierta y, por lo tanto, los jeroglíficos egipcios no habían sido aún descifrados. Walpole consideraba la escritura egipcia como una invención absurda e ininteligible. Desde esa perspectiva debemos entender el título de los Cuentos jeroglíficos, de los que dijo Madame du Deffand (en carta fechada el 3 de abril de 1772) que eran obra de un loco que deliraba. Entonces el surrealismo todavía no les gustaba a las señoras.