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1 Jul 1992 - 18min.
El gran público -«menos latín y más deporte»- sólo se acuerda de los Juegos olímpicos y del olimpismo en los anales bisiestos. La inconmensurable popularidad del deporte, en cambio, está presente en la vida de cada día. En realidad, olimpismo término lanzado a la circulación por Pierre de Coubertin en 1917- y deporte no se confunden. Aunque es cierto que no se puede concebir el olimpismo sin el deporte, ya resulta menos segura la afirmación inversa.
Claro que no es lo mismo Juegos olímpicos que Olimpiada(s). Y, sin embargo, la confusión es frecuente. «-Nos veremos en las Olimpiadas de Barcelona», «-Estoy seleccionado para las Olimpiadas». Una olimpiada es el cómputo cuadrienal entre Juegos Olímpicos. Así lo establecieron nuestros padres los griegos. Así se ha restablecido en la era moderna, desde 1896, y, por consiguiente, siempre en año bisiesto. El tiempo, bien lo sabemos como experiencia, ni se detiene ni retrocede. Por tanto, hemos llegado a la XXV Olimpiada; celebramos, en cambio, los XXII Juegos olímpicos en Barcelona, ya que tuvieron que suspenderse -causa belli- los de 1916, 1940 у 1944.
da desde el Olimpo. Si bien es verdad que Olimpia, el santuario, lugar donde se celebraron los Juegos Olímpicos desde ± 776 a. C., tuvo origen y su topónimo en la dedicación a Zeus Olímpico, Padre de los dioses, cuya sede tradicional, según la mitología griega, se encontraba en la montaña más alta de Grecia, el Olimpo.
La terminología olímpica saldría ganando si se observara la distinción indicada. Es cierto que los griegos no utilizaron la expresión equivalente a Juegos olímpicos, y Olimpiada tenía el doble uso cronológico y agonístico. Sí, en cambio los latinos que hablaron de ludi olympii. El mismo Coubertin ha utilizado en sus primeros tiempos Olympiade para designar los Juegos olímpicos. Más grosera es la relación entre olimpismo y el monte Olimpo. Hemos oído a un locutor de radio en trance informativo, hablar del fuego de la antorcha olímpica transportada desde el Olimpo. Si bien es verdad que Olimpia, el santuario, lugar donde se celebraron los Juegos Olímpicos desde ± 776 a. C., tuvo origen y su topónimo en la dedicación a Zeus Olímpico, Padre de los dioses, cuya sede tradicional, según la mitología griega, se encontraba en la montaña más alta de Grecia, el Olimpo.
El quehacer cotidiano del olimpismo, se llama deporte. Un atleta de alta competición se entrena todos los días, durante cuatro años, con la esperanza de ser seleccionado para los Juegos olímpicos, de estar en la condición física y psíquica óptima en el momento de la cita suprema. Es el homo competitivus, una minoría selecta que, durante unos años, vive por y para el deporte, y a él entrega su esfuerzo, su dedicación y su inteligencia. Pero la mayoría de los atletas no alcanzan este nivel olímpico. Si acaso, competiciones más modestas, nacionales, locales o internas. Simplemente, como dicen los ingleses Purely for the love of the game. Representan al homo ludens, el hombre que juega. «El hombre es hombre completo cuando juega», advertía Schiller, a finales del siglo XVIII. En nuestro tiempo, ha insistido sobre la esencia lúdica del ser humano ensayos tan perspicaces como los de Buytendijk (El juego y su significado, 1935) Huizinga (Homo ludens, 1938) y nuestro Ortega y Gasset (El Quijote en la escuela, 1920).
Este carácter lúdico, de juego, es, sin duda, una de las aportaciones más originales de nuestro tiempo al deporte, al olimpismo, lejos del carácter litúrgico, religioso que los griegos daban a las manifestaciones deportivas en sus santuarios.
Este carácter lúdico, de juego, es, sin duda, una de las aportaciones más originales de nuestro tiempo al deporte, al olimpismo, lejos del carácter litúrgico, religioso que los griegos daban a las manifestaciones deportivas en sus santuarios. No es simple casualidad que cada cuatro años se convoque a la juventud del mundo a los JUEGOS olímpicos. Y la expresión, traducida a las diversas lenguas, respeta fielmente la palabra JUEGO. El peligro mayor que amenaza a este espíritu de juego, de esfuerzo gratuito, de alegría de vivir, de habitar un cuerpo sano y pleno de vitalidad, que ha sido el ideal defendido siempre por el Movimiento olímpico, lo constituye el profesionalismo que cada vez invade más y más el deporte. «Hoy el amateurismo y el profesionalismo son dos pasos del mismo atleta» (Gilera, ABC, 15.2.88).
La competición, y los Juegos olímpicos como competición superlativa, son para el atleta como los exámenes para el estudiante. El atleta, el estudiante, apuran y afinan su preparación para conseguir los mejores resultados. La diferencia estriba, al menos en el caso de los universitarios españoles, en que éstos disponen de facilidades-inauditas en otros países- como los exámenes parciales liberatorios y seis oportunidades para aprobar la asignatura. La competición olímpica es irrepetible. En caso de malos resultados, hay que esperar, si ello es factible, hasta cuatro años más tarde. Por eso, alguna vez se ha discutido si tiene mayor valor conseguir un «record» del mundo o un título de campeón olímpico. Porque para conseguir este último, hace falta llegar en estado de gracia al momento único. Claro que para conseguir la mejor marca mundial, hace falta ser el mejor de todos los tiempos.
La voluntad de superación y la preparación técnica, cada vez más depurada, consiguen resultados inimaginables hace pocos años.
Sin duda, el inmenso prestigio de un título de campeón olímpico estimula el progreso en la preparación técnica del deportista. La fabulosa evolución de los resultados deportivos de estos últimos tiempos son el mejor testimonio. Y la progresión es imparable ¿Cuánto tiempo hace que se habla del límite de las posibilidades humanas? La voluntad de superación y la preparación técnica, cada vez más depurada, consiguen resultados inimaginables hace pocos años. Claro que detrás de cada plusmarca, de cada título importante de campeón, es fácil imaginar muchas horas de entrenamiento exigente y la asistencia de un buen entrenador, de un médico especializado e, incluso, hoy, de un psicólogo.
Otro aspecto importante del programa de preparación del deportista de alta competición, es el de la dedicación, el tiempo que el joven deportista dedica al entrenamiento. Durante los años de juventud que consagra al deporte, se olvida generalmente de sus estudios o de su formación profesional. Y cuando el gran campeón deja de serlo, su situación social e incluso psíquica, pueden ser deplorables. La gloria es efímera y el olvido inevitable. Nuevos campeones provocan nuevas devociones en un ritmo de sustituciones ineluctable. Este riesgo de convertir al deportista en una máquina de producir «records», que se arrincona despiadadamente cuando deja de funcionar a la perfección, se ha deplorado insistentemente estos últimos tiempos. Ello no impide que los responsables de su preparación, con tal de conseguir brillantes resultados, sigan ofreciéndole medios de entrenamiento cada vez más completos y sofisticados. El riesgo evidente de deshumanización del atleta no entra en líneas de cuentas.
Esta sopa de letras constituye el caldo de cultivo del olimpismo y del deporte de nuestro tiempo. «El olimpismo se presenta como la conciencia del movimiento deportivo y su ideal moral», afirma Bernard Jeu en un ensayo de deducción general de las categorías deportivas, titulado De la verdadera naturaleza del deporte (De la vraie nature du sport, 1985, p. 25).
A las puertas del siglo XXI y de los cien años del Movimiento Olímpico, se puede apreciar con cierta perspectiva la función desempeñada por las principales organizaciones que intervienen en el deporte. Desde la célula más elemental -y fundamental- de la actividad deportiva constituida por el club, hasta el Comité Olímpico Internacional, pasando por las Federaciones Internacionales, los Comités Olímpicos Nacionales y las Federaciones Nacionales, toda una serie de organizaciones y de asociaciones se ocupan del deporte, aunque es evidente que de distinta manera. Sus objetivos no son siempre los mismos. En efecto, los Clubes y las Federaciones persiguen, fundamentalmente, los mejores resultados deportivos, marcas, clasificaciones, campeonatos, etc., y a este fin
dedican todos sus esfuerzos y todos sus medios. Raramente se plantean una reflexión sobre el fenómeno deportivo, cuál sea su significado profundo, su trascendencia, su auténtica moral. Solamente cuando se producen casos de violencia, de ‘doping’, de compra-venta escandalosa de deportistas, recuerdan que el verdadero deporte es algo más y mejor que las victorias y las plusmarcas o los campeonatos.
Claro que sin la labor día a día de los clubes y Federaciones la actividad deportiva sería hoy inconcebible. Constituyen una aportación, una contribución de nuestro tiempo al fenómeno desbordante del deporte. Los griegos no conocieron esta organización, tal vez porque no la necesitaron.
Pese a la mala imagen que a veces se exhibe de ciertos dirigentes deportivos, sin la colaboración desinteresada y generosa de tantos miles de voluntarios en todo el mundo, el deporte no podría desarrollar su programa de actividades. En un detenido estudio sobre la aportación de los colaboradores benévolos realizado en Francia, se pueden encontrar datos significativos al respecto. Sobre unos once millones de practicantes fichados por las distintas Federaciones y un millón de colaboradores voluntarios, la aportación de estos últimos suponía (año 1983) de veinte a treinta veces más que la del Estado francés al deporte (W. Andreff-J.F. Nys: Le dirigeant sportif bénévole, 1984, p. 20). Sería interesante hacer la misma indagación sobre la aportación de los dirigentes benévolos del deporte español. La importancia de este tipo de aportaciones permite, por otro lado, una mayor y mejor independencia y autonomía respecto a los poderes políticos, que tantas veces tratan de aprovecharse, con fines de cierta intención, de la inmensa popularidad del deporte. Así lo afirma, sin paliativos, analizando el caso francés, el Prof F. Alaphilippe: «La independencia del espacio deportivo se ha construido sobre la colaboración benévola de sus dirigentes» (Ibídem, p. 149).
Partiendo del principio de que ni en los países más ricos puede el Estado financiar totalmente las actividades deportivas, el deporte, afortunadamente, ha sabido encontrar otras vías para subvenir a sus necesidades económicas cada vez más onerosas. Nos referimos a los derechos por retransmisiones radio-televisivas y a los patrocinadores («sponsors»). Las sumas considerables que se obtienen por estas dos vías tienen un denominador común bien conocido: La publicidad.
El aumento vertiginoso de los derechos de retransmisión resulta ilustrativo. Algunos ejemplos:
Como es sabido, para Barcelona ’92 «se habla de más de 600 millones de dólares.
Este aumento espectacular de los derechos de retransmisión, se corresponde con el crecimiento no menos notable del número estimado de telespectadores:
Dada la importancia de estos ingresos, y en virtud de la regla 10 de la Carta olímpica, que dice: «Los Juegos olímpicos son propiedad exclusiva del Comité Olímpico Internacional, que posee todos los derechos sobre su organización, su utilización, su difusión y su reproducción por cualquier medio. El COI, puede conceder estos derechos». En consecuencia, el COI negocia su concesión de acuerdo con COJO (Comité de Organización de los Juegos Olímpicos; COOB, en el caso de Barcelona). Como las sumas en cuestión son considerables, el COI ha establecido (1988) el siguiente criterio de distribución:
Estos derechos de retransmisión cubren una parte importante de los gastos de organización. En los Angeles fue el 42%; en Seúl, el 50%.
Hace tiempo que las Federaciones reclamaban una mayor participación en los beneficios, apoyándose en un argumento de peso: la preparación técnica, cada vez más costosa, de los atletas, verdaderos protagonistas de los Juegos olímpicos, es responsabilidad suya a lo largo de los cuatro años de cada Olimpiada. Así como la elaboración y aplicación de los Reglamentos relativos a su deporte y la organización de las respectivas competiciones en el marco de los Juegos olímpicos.
Claro que los gastos generales de los Juegos olímpicos están muy por encima de los ingresos por derechos de retransmisión. En el caso de Barcelona ’92, personas autorizadas han hablado de 700.000 millones de pts. El Estado, nos dicen, interviene con el 50% de las inversiones propiamente deportivas y con el 25% de las inversiones generales.
Si fuera acertada la etimología de la palabra «deporte» recogida por Ortega y Gasset -que no era filólogo-, deporte de puerto, ninguno mejor, a orillas del Mediterráneo, que Barcelona, para una meditación de urgencia sobre ciertas cuestiones inherentes a los Juegos olímpicos.
La convocatoria cada cuatro años para la gran Fiesta olímpica se ha erigido, a lo largo de casi un siglo, en el sueño de oro de cualquier deportista de alta competición. También en la manifestación deportiva superlativa para el espectador exigente y entendido (tal vez la única excepción serían los Campeonatos mundiales de Fútbol). Algunos deportes quedaban fuera de este planteamiento debido al principio, otrora intangible, del profesionalismo. Eran los casos tan conocidos del fútbol, del baloncesto y del tenis. En Barcelona ’92 ya no será obstáculo. Sólo el fútbol tendrá ciertos condicionamientos respecto a la edad de los participantes.
EI COI parece decidido a aplicar el principio ‘All nations, all games’. El aumento de Comités Olímpicos Nacionales como consecuencia del desmembramiento de la antigua Unión Soviética, los casos de Africa del Sur, de Namibia, de Croacia y Eslovenia y la presencia de ciertos países -Cuba, Corea del Norte, Etiopía, Madagascar y Seychelles- que declararon el boicot a los Juegos de Seúl, permitirá que los XXII Juegos de Barcelona superen ampliamente el número de países participantes, que se estima ya en 183 (Los Angeles, 141).
Cuestión más controvertida es la de los deportes que constituyen el programa olímpico. El ingenuo espectador que quisiera asistir cada día a todas las competiciones, tendría que poseer el don de ubicuidad. El programa olímpico ha sufrido numerosas modificaciones, en cuanto al número de deportes y la duración, desde Atenas 1896 (10 deportes en 10 días), hasta Barcelona 92, con 28 modalidades deportivas en 16 días, de las cuales, dos aparecen en el programa olímpico por primera vez: el badminton y el beisbol. Además, y por última vez, habrá tres deportes de demostración: hockey patines, pelota vasca y taekwondo. En cuanto a la duración, después de experiencias tan negativas como las de París 1900 y Amberes 1920 que prolongaron y diluyeron la atención de los espectadores a lo largo de cinco meses y medio, han prevalecido la duración 16-17 días, incluidas las ceremonias de inauguración y clausura.
A estas dos ceremonias se ha procurado dar especial importancia, Pierre de Coubertin ha insistido en ello en varias ocasiones: «El capítulo de las ceremonias es uno de los más importantes que hay que reglamentar. Por ellas, sobre todo, los Juegos olímpicos
deben diferenciarse de una simple serie de campeonatos mundiales (…) Por otra parte, conviene evitar que resulte un vano desfile y respetar estrictamente los límites del buen gusto y de la mesura» (Memorias olímpicas, 1931).
La especial liturgia de los Juegos olímpicos es lo que da un carácter diferenciador a esta gran manifestación deportiva. El desfile de los países participantes, con Grecia siempre a la cabeza y el organizador cerrando el desfile; la bandera con los cinco aros (desde Amberes 1920); la antorcha y la llama olímpica (desde Berlín 1936); el Juramento Olímpico; la suelta de palomas; la ceremonia protocolaria en honor de los vencedores, que no reciben más compensación que la muy emotiva de subir al triple podio, escuchar el himno de su país (el vencedor) y una simple medalla que ni siquiera es de metal precioso… Todo contribuye a crear una atmósfera especial que no se da en otras ocasiones deportivas. Las inolvidables ceremonias de inauguración y clausura de los últimos Juegos, Los Angeles 1984, Seúl 1988, Juegos de invierno de Albertville 1992, son buena prueba de la importancia que se le concede a este aspecto de los Juegos olímpiCOS.
Paralelamente a las competiciones deportivas, los Juegos olímpicos siempre se han preocupado de ofrecer manifestaciones artísticas y culturales de primera magnitud. Incluso se ha pensado en darles cierto carácter de competición, porque es cierto que estas manifestaciones han tenido siempre un eco mucho más modesto en los medios de comunicación, acaparados por los grandes resultados deportivos.
Al filo de cumplir cien años de vida, el Movimiento olímpico carece de una crónica conspicua que recoja desapasionadamente sus aciertos …y desaciertos. Muchas páginas se han escrito y se siguen escribiendo sobre una Institución que ha sabido encontrar respuesta adecuada a uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo: el deporte. Su envidiable personalidad despierta muchas envidias. Eso explica ciertas críticas a la Institución y a sus responsables.
El carácter de conciencia moral del deporte que el Movimiento olímpico ha asumido, su insistencia en los valores humanísticos que debe comportar la práctica deportiva, la diferencian y ponen por encima de cualquier otra Institución consagrada al deporte. No hay más que recordar los Principios fundamentales contenidos en la Carta Olímpica, los cientos de páginas escritas al respecto por Pierre de Coubertin y la copiosa bibliografía de los teorizantes actuales del olimpismo. El curioso lector que busque una primera información sobre el particular, hará bien en conocer los temas discutidos en los once Congresos olímpicos celebrados; o los cientos de Comunicaciones recogidas en las Actas de la Academia Olímpica Internacional desde 1961.
Las inolvidables ceremonias de inauguración y clausura de los últimos Juegos, Los Angeles 1984, Seul 1988, Juegos de invierno de Albertville 1992, son buena prueba de la importancia que se le concede a este aspecto de los Juegos olímpicos.
Esta Academia que funciona regularmente en verano, desde el año indicado, en el lugar sagrado de Olimpia, es una fundación conjunta del COI y del Comité Olímpico Griego. Responde al designio de mantener la quintaesencia de la ideología olímpica aplicada al deporte de nuestros días. Desde 1968, una serie de Academias Olímpicas Nacionales, la más antigua, la española, desarrollan en los respectivos países una actividad inspirada en los mismos fines de la Academia Olímpica Internacional.
Otro ejemplo de la preocupación del COI más allá de los Juegos olímpicos, es su labor pedagógica, de formación e información. Solidaridad Olímpica, una de sus principales Comisiones, ofrece durante todo el año a los Comités Olímpicos Nacionales que lo solicitan, Cursos de perfeccionamiento técnico dirigidos por los mejores especialistas. También ha puesto en marcha una Escuela Itinerante que imparte Cursos de orientación y de perfeccionamiento, al margen de la formación técnica, a los Dirigentes deportivos. Este programa, que alcanza a cientos de deportistas y de dirigentes, se desarrolla a lo largo de todo el año y en cualquier parte del mundo.
En estas breves notas hemos tratado de comentar, por razones de espacio de manera harto somera, algunas de las cuestiones que afectan intrínsecamente al ser y estar del Movimiento olímpico.
Dos palabras todavía sobre el porvenir de los Juegos. El éxito y el esplendor de los celebrados en las últimas Olimpiadas, hace que hoy nadie discuta el lugar preeminente que ocupan entre las manifestaciones de su género. Su amplísima difusión internacional, por no decir mundial, permite que el espíritu olímpico sirva, en muchos casos, de unión entre desunidos, de orientación para descarriados, de comunicación entre incomunicados. Con frecuencia se oye hablar de la nueva religión del deporte. Si todos los deportistas del mundo se dieran la mano…
Otra amenaza contra la que tienen que luchar los Juegos olímpicos, la constituye la creciente injerencia política y nacionalista. A este propósito conviene recordar que los Juegos son competiciones entre individuos y no entre naciones.
Pero los Juegos olímpicos sufren asechanzas que pueden atentar contra su espléndida realidad. Se han citado frecuentemente.
En cuanto al gigantismo alcanzado por los juegos, parece pedir una reforma o reducción del número de participantes, lo cual iría en contra del aumento normal de atletas, como consecuencia del crecimiento demográfico y del desarrollo mundial del deporte. En los Juegos de Moscú 1980 los participantes fueron 5.872; los organizadores de Barcelona han declarado las dificultades que tienen para acoger en la villa olímpica, prevista para 15.000 personas, a cerca de 20.000, entre participantes, entrenadores y jefes de misión. Para no ir contra una evolución normal que justifica este aumento, y no caer, sin embargo en el gigantismo, C. Fleuridas y R. Thomas (Los Juegos olímpicos, 1984) recogen algunas de las soluciones propuestas, que si no resultan plenamente satisfactorias, permitirían mejorar sensiblemente las condiciones de organización, difícilmente superables hoy día sin una aportación financiera considerable:
Hasta el momento, estas propuestas no han tenido éxito. La única que parece abrirse camino es la de previas eliminatorias continentales para ciertos deportes, lo que permitiría la participación de un mayor número de atletas y reduciría por tanto, la participación en la fase final. Pero las objeciones a esta propuesta han surgido en seguida. Todos quieren estar presentes en la gran fiesta del deporte y no quedar eliminados en una anodina competición continental.
Las consecuencias del gigantismo de los Juegos, tanto políticas como de complejidad organizativa y, sobre todo, económicas preocupa especialmente. Muchas ciudades ven esfumarse su ilusión de ser sede de unos Juegos olímpicos por las graves y exigentes responsabilidades que ello supone. El reciente caso de Atenas es el más flagrante; también se recuerda a este propósito, que Africa es el único continente que no ha organizado todavía unos Juegos olímpicos. Por eso en la última Sesión del COI, celebrada el pasado mes de febrero, se consideró que las ciudades que presentan sus candidaturas podrían hacerlo sobre unos presupuestos más ligeros y se adoptó un pliego de condiciones que los limita al mínimo. Estas instrucciones serán aplicables ya a las candidaturas de las ciudades que aspiran a la organización de los Juegos del año 2000: Berlín, Brasilia, Manchester, Milán, Pekin y Sydney.
A estos problemas de los Juegos Olímpicos, que aquí no hacemos más que suscitar por falta de espacio, hay que añadir la comercialización y el mercantilismo que han proliferado escandalosamente en estos últimos tiempos, al socaire de una avidez publicitaria que trata de aprovechar la insuperable tribuna de difusión que supone unos Juegos olímpicos.