Recobrar las palabras

Jean-François Deniau

La delegación que había venido de la corte se inclinó delante de Confucio: Los niños no respetan ya a sus padres, ni los padres sus compromisos. Con las presas abandonadas, el río Amarillo se sale de su lecho e inunda las cosechas. Los campesinos hambrientos, se han comido las semillas para sobrevivir, y ya no pueden ni sembrar ni pagar los impuestos. Los gobernadores se guardan el dinero del Tesoro y los soldados, sin cobrar, saquean el Imperio. ¿Qué puede hacerse, maestro? Confucio responde: Un diccionario.

Para entenderse, primero hace falta escuchar, es decir, comprender. También en Francia. La confusión en el lenguaje refleja el desconcierto de las costumbres públicas; y la incertidumbre sobre el porvenir individual, arroja dudas sobre el papel y la existencia misma del país. ¿Quién va a ser el ángel bueno, esta vez occidental, que exclame: las palabras, las palabras: es lo único que cuenta. Todo lo demás es literatura…?

¿Cómo tener confianza en un régimen en el que la justicia, primer atributo de la soberanía y único ministerio con nombre de virtud, es cuestionada por los propios jueces que se inquietan por los agobios, los retrasos, los aplazamientos y los repetidos recursos procesales, hasta el punto que ya no se sabe quién es culpable ni quién es inocente, ni dónde está el bien ni dónde está el mal?

¿Cómo seguir creyendo en la misión de Francia cuando en la Europa central, en la URSS, en África, en el Líbano, ha parecido que renuncia a un mensaje claro y coherente sobre los derechos humanos, la independencia y la libertad, para favorecer el mero mantenimiento de los regímenes existentes y una especie de derecho de los burócratas para decidir la suerte de los pueblos?

¿Cómo amar, sostener, actuar, esperar, cuando los rechazos se multiplican tanto como los temores? Un complejo sistema administrativo y político ha permitido la inoculación de una enfermedad mortal a millares de personas que habían recibido transfusiones sanguíneas. Ya han muerto varios centenares. ¿Quiénes tomaron esas decisiones criminales? Silencio. ¿Cómo? Silencio. Peor aún: confusión. Declaraciones técnicas enrevesadas, acusaciones y contra-acusaciones elusivas. La ministra, mujer de gran distinción y encanto, se proclama responsable pero no culpable. ¿Qué significa esto? Las palabras han perdido el sentido. No hay respuestas.

Criptolenguajes políticos

La democracia es saber escuchar. Pero también saber explicar. En demasiadas ocasiones los miembros del gobierno creen que hacen bien utilizando el lenguaje de sus funcionarios y los latiguillos de la jerga de moda. Así se agranda la distancia entre el poder y los administrados, y el poder queda en un ellos misterioso, como si fuera de otra raza o de otro planeta. ¿Qué quiere decir el diferencial de inflación para una familia que ve la televisión mientras se pone la mesa para cenar o se acuesta a los niños? ¿Qué son la balanza de pagos, las nacionalizaciones, el Tercer Mundo? ¿Cuál puede ser, en medio de un ruido de platos, el efecto de las declaraciones del señor ministro cuando son intercambiables el ministro y el asunto y dice lo siguiente: Querido amigo, yo haría tres propuestas y dos observaciones. Ante todo, una vasta acción de sensibilización en el plano de la opinión pública. Después, la puesta en marcha a corto plazo de una amplia estructura de concertación. Finalmente, definir una política resueltamente voluntarista en lo que respecta señaladamente a la identificación de las oportunidades rentables…?1

Desde la torre de Babel, la situación no ha mejorado. En el seno de cada lengua nacional proliferan las expresiones bárbaras.

Desde la torre de Babel, la situación no ha mejorado. En el seno de cada lengua nacional proliferan las expresiones bárbaras. En 1981, se nombró ministro de Comunicaciones a Georges Fillioud. Hizo una declaración a la prensa para explicar sus funciones. Dijo textualmente: Si la información es lineal, la comunicación debe describirse como englobante, interactiva, dilatada y multidimensional. Tiene en cuenta el intercambio mensaje-respuesta y el conjunto de intercambios y su contexto. ¡Ay Señor!… Más tarde unos técnicos han inventado el habla verdadera y el habla sin tapujos, también con escaso éxito.

El rechazo de las explicaciones llanas y claras no es sólo una consecuencia de la intoxicación generada por la jerga. Se debe a un defecto más grave, el desprecio. Los que saben hablan para los que saben. Los ingenieros hablan para los ingenieros, los clérigos para los clérigos, los filósofos para los filósofos, los políticos para los políticos, los periodistas para los periodistas. Además, las palabras se gastan. Creer que se las puede renovar cambiándolas es añadir más confusión.

André Malraux contaba que tuvo el honor de pronunciar, en nombre del general De Gaulle, en Fort-Lamy, el discurso de la independencia del Chad. Se encontraba ante una multitud inmensa en la que quizá sólo unos pocos miles entendían el francés. Pero cada una de las palabras de su discurso, —de ello estaba seguro, lo sentía en la respiración de la gente—, era perfectamente comprendida por todos. El mensaje —la libertad en la amistad— era tan evidente, que la barrera de las lenguas había desaparecido. Y me recordaba que San Martín, el apóstol de los galos que ha dado su nombre a tantas localidades, no sabía cuatro palabras de latín y ni una sola de galo. Sólo hablaba el húngaro y el griego… Pero nuestro mundo esperaba la buena nueva. No se entiende bien más que lo que se espera.

Juan Pablo II ha dado un nuevo impulso a la presencia de la Iglesia en la sociedad utilizando palabras llanas y contundentes.

La Iglesia católica no se ha repuesto todavía de haber aparecido durante demasiado tiempo ligada a una concepción de la sociedad que postulaba el liberalismo en economía y el orden establecido en política. Aislada de la clase obrera, quiso recuperar su audiencia pretendiendo ser progresista, es decir, contestataria. Es una tarea que los sindicatos harán siempre mejor que ella. Por miedo a no ser de su tiempo, ha intentado a veces ponerse a la moda. No es fácil estar presente en este mundo creyendo resueltamente en el otro. El Papa Juan Pablo II ha dado un nuevo impulso, porque no ha dudado en utilizar palabras llanas y contundentes. Ha conseguido irritar y más que irritar. No es una casualidad que intentaran asesinarlo.

Durante su visita a Méjico el Papa había decidido visitar el santuario de Guadalupe. Allí es donde la Virgen se apareció al indio Juan Diego, arrastrando consigo la conversión de todo el país. Para el pueblo mejicano Guadalupe es, a la vez, Lourdes, Chartres, Reims y qué se yo qué más. A la jerarquía no le gusta demasiado el lado folclórico y apasionado de la peregrinación, las procesiones de rodillas, los petardos y el incienso. El Cardenal que da la bienvenida al Papa lee un discurso alambicado, que evita cuidadosamente citar las apariciones y atenúa toda referencia divina. El Papa escucha, se guarda en un bolsillo el discurso preparado por sus servicios, se adelanta hacia el micrófono, levanta los brazos y grita en español: Viva la Virgen de Guadalupe. Varias decenas de millones de mejicanos, felices. Algunos comentaristas, menos.

El antiguo comunismo, sin voz

¿Propaganda? ¿Teatro? Sí y no. Saber decir las palabras esperadas es más importante a veces que alinear divisiones blindadas. A la larga no ha ganado la contabilidad estaliniana. En la caída de los regímenes marxistas de Europa del Este, lo primero fue el rechazo de la desesperación por parte de los polacos, fundado en una resistencia que debía mucho a las estructuras de la Iglesia y a los mensajes de Juan Pablo II, el Papa polaco.

Sin modelo ya que proponer, el partido comunista se ha quedado sin voz. Había conservado, sin embargo, más o menos todo lo que la Iglesia dejó perder en Occidente, los ritos, el calor de la militancia, la entrega de los adeptos. Tenía su latín que era la palabrería marxista. Tenía santos y mártires que venerar. Tenía diablos que combatir. Tenía también su más allá, que traía la promesa de un mañana risueño para que la vida cotidiana fuese tolerable también aquí. Puede que todavía sea una fuerza. Ya no es una esperanza.

Se ha dicho que el mundo moderno está lleno de ideas cristianas que se han vuelto locas. Podríamos añadir: de palabras tergiversadas o que han perdido su sentido. El marxismo ya no es la teoría última que recobra e integra todas las explicaciones. Queda como una herramienta de trabajo, una entre otras muchas, siguiendo con ello la suerte de las teorías filosóficas, totalitarias todas, es decir, con pretensión de ser una explicación completa y definitiva. Tarde o temprano acaban ocupando un sitio útil en el taller del pensamiento. Una llave, no la llave. Ni Karl Marx ni Dios han muerto. El error era convertir a Carlos Marx en Dios Padre —cosa excesiva—; y a Dios en presidente de una asociación de consumidores con amigos en la CFDT2, lo que resulta inadecuado.

Tras el hundimiento de los regímenes soviéticos en Europa y en el mundo toda la gente se inquieta y se pregunta qué hacer. Para empezar, celebramos la victoria de una idea de libertad que es la nuestra, la de nuestro tipo de civilización y de democracia. Pensamos en todos los que murieron por millones, sacrificados y olvidados, luchando por un régimen en que se pudiera elegir la fe y la vida. Lamentamos que la preocupación por no hacer desesperar a Billancourt3 haya conducido a tantos intelectuales franceses a desesperar de la libertad.

Reflexionando sobre la larga experiencia del régimen comunista albanés, Ismail Kadaré me dijo una noche que el drama del sistema político leninista era que había establecido por primera vez en la historia, un poder sin ningún contrapoder, ni político, ni técnico, ni religioso, ni moral. En tiempo de los reyes, de los emperadores, de los tiranos, había por lo menos la moral popular de las fábulas y del folclore para recordarnos que los más poderosos acaban siempre por encontrar un amo, y que aquel, a quien las hadas han prometido todo, ve sus deseos volverse contra él. Y se estrella.

El rechazo a las libertades formales tachándolas de burguesas ha conducido a un retroceso de todas las libertades. Porque sin contrapoder, el poder se vuelve cada vez más loco. Sólo la libertad permite corregir los defectos de la libertad. Pero la libertad no resuelve todos los problemas. Es necesaria, pero no suficiente. Cuando se muere de hambre y de miedo hace falta una papeleta electoral, pero también hace falta algo más. La democracia se ha impuesto en España gracias al valor y a la inteligencia del rey, pero también porque una reforma económica había traído diez años antes un mínimo de prosperidad.

A diferencia de los americanos, los franceses no han leído nunca el Antiguo Testamento: por tanto no creen que el éxito y la riqueza sean signo de la bendición divina. (Es el escándalo de Job. ¿Si es piadoso, por qué es pobre?). Pero conocen a grandes rasgos el Nuevo Testamento aunque ya no lo practiquen: los hombres son libres e iguales. Si se olvida que eso es así delante de Dios, ya tenemos las bases para una guerra civil. En Francia, la lucha de clases se llama envidia. Cuidado con las palabras.

Más que el sexo o la voluntad de poder que habían postulado Freud, Jung o Adler, el sentimiento humano más generalizado y profundo es el miedo.

A falta de elaborar un diccionario, consultemos los que existen. Y en este mundo de verborrea, volvamos a las primeras acepciones del Littré4.

Unas palabras capitales

Libre: (de liber): que no se halla sometido a ningún señor.

Definición terrible. ¿Quién puede pretender que es libre? ¿Quién puede incluso esperarlo? Compongamos la lista de nuestros amos, existentes o posibles. No son únicamente el patrón o el jefe, el cónyuge o la familia. No solamente una clase, un partido, el Estado. No solamente los otros… Lo son también el hambre, la enfermedad, la miseria, la guerra, la edad, la soledad. También lo son la pasión insatisfecha, la esperanza decepcionada, la proximidad de la muerte. Esos son nuestros amos. Y más todavía, el miedo a todos ellos.

La libertad es el derecho a elegir. El derecho a elegir el colegio, el médico, el diputado y el gobierno. El periódico, el programa de televisión, el trabajo, el lugar de residencia, las vacaciones, los amigos. Además hace falta poder elegir. Es decir comparar. La democracia se entiende como una oferta de diferentes soluciones equilibradas (lo cual se traduce normalmente en alternancia).

Igual que en otros tiempos y lugares se formuló la doctrina de la revolución permanente, ahora hay que renovar la de la elección periódica: definiendo mejor lo que debe permanecer fijo y lo que puede cambiar; garantizando una especie de red de seguridad de primera necesidad, y ejerciendo la libertad más allá de ella, o mejor, por encima. Luego hay que querer elegir. Yo, no estoy tan seguro de que todos estén a favor de la libertad.

Si la ausencia de libertad es el miedo a un amo, la falta de amo también es miedo. Más que el sexo o la voluntad de poder que habían postulado Freud, Jung o Adler, el sentimiento humano más generalizado y profundo es el miedo a la noche, el miedo a la oscuridad, el miedo a estar solo en las tinieblas. Es algo nacido en las cavernas, transmitido por la sangre, vuelto a descubrir en todas las infancias y que sólo desaparece con la muerte. El sentimiento más profundo del hombre es el miedo… Pero ¿quién se atrevería a decir que la libertad es también el derecho a tener miedo?

El derecho a tener miedo y la posibilidad de protegerse contra el miedo. No me gustaba el nombre del proyecto de ley de Seguridad y libertad que dio lugar a tantos debates, puesto que la sécurité (o, como se decía en tiempos de Montesquieu, sûreté) es, evidentemente, la primera de las libertades. No tienen que oponerse ni complementarse la una a la otra. Son lo mismo. Tampoco me gusta el slogan americano ley y orden, porque si no son lo mismo, ¿qué es la ley y qué es el orden? No sólo tenemos miedo de la noche y de la muerte. Existe también el miedo a vivir. Todos somos los desterrados hijos de Eva, como se cantaba en la Salve Regina, soñando con un jardín perdido. Todos somos esclavos fugitivos que se esconden en la espesura, esperando que nos cojan de nuevo. Oímos a nuestras espaldas el chasquido de los látigos, el tintineo de las cadenas, el aliento de los perros. He dicho sus nombres: paro, dictadura, odio racial, miseria. Y no saber ya, ni dónde se está ni quién se es. La incertidumbre no ha sido nunca un componente de la felicidad. No. La libertad no es no tener amo, sino tan sólo elegir voluntariamente algunos de ellos, e intentar a nuestra vez dominarlos.

Progreso: Marcha hacia adelante.

En esta definición no hay ningún aspecto positivo. Es un movimiento en determinado sentido, nada más. El primer ejemplo del Littré incluso es espectacularmente negativo: el progreso de una inundación.

¿Cuál es el discurso, cuál el programa que no haga referencia al Progreso? ¿Quién se atrevería a estar en contra de él y renunciaría a hacerse aplaudir en los congresos con palabras como esa?

Pero, ¿y si el diccionario tuviera razón, y el profundo sentimiento popular no fuera tan diferente del del diccionario? ¿No estamos todos, en principio, a favor del progreso, pero inquietos por no poder saber de antemano si será bueno o nefasto?

Yo he vivido entre ciertos pueblos a los que se llama primitivos, porque son un poco más sutiles que nosotros. En su lengua, al contrario que en la nuestra, al pasado le llaman lo que está delante de uno. Como el pasado es conocido se le puede ver. No genera inquietud. Ellos, al revés que nosotros, dicen que el porvenir está a su espalda. Porque el futuro es lo que no se ve, lo que no se conoce y por tanto lo que se teme tanto como se espera.

Solidaridad: Término de jurisprudencia que se aplica a los deudores solidarios. Es decir, que de varios deudores cada uno puede verse obligado al pago total de la deuda. La solidaridad no se presume.

He aquí una definición muy precisa, incluida esa advertencia final. Sería necesario hacer la lista, no ya de los amos inevitables, ni de los que son tolerables como hicimos en el caso de la libertad, sino de las deudas que aceptaríamos pagar en caso de que fallaran los demás.

Mi bisabuelo, en la época de las grandes leyes sociales de Bismarck, las primeras de Europa, escribió en su periódico un editorial con el título La solidaridad matará la caridad. No tenía razón. La caridad puede ejercerse en muchos otros campos aparte del paro, la vejez y la enfermedad. Pero también tenía razón. La consecuencia de una solidaridad demasiado general, demasiado onerosa, aparecería enseguida: la negativa a pagar con olvido de todo deber colectivo. Y se volverá a inventar la verdadera mutualidad. La caridad se ejercerá en otras partes, con los niños del Sahara. Lejos, porque la palabra prójimo ni se utiliza ya, ni se comprende.

Tradición: Lo que uno transmite, el hecho de entregar.

Hace cuarenta años, acompañaba yo a mi hermano mayor en una visita electoral. Una granja de una pobreza bíblica, sin electricidad, con el suelo de tierra batida, en la que se cocina todavía en el hogar. El campesino, ya anciano, antiguo alcalde y ex-combatiente mutilado del 14-18, recordaba la imagen del soldado francés de aquella época con boina y un largo bigote galo. Después de conversar durante algunos minutos, estaba perfectamente claro que no le interesan las elecciones. Hicimos ademán de levantarnos, para no hacerle perder más el tiempo. El antiguo alcalde se levantó también, sacó una botella de licor de un armario y dijo: No se irán sin beber algo. Es la tradición. Y mi hermano le contestó: Es una excelente tradición.

Siempre me acordaré con admiración de ese viejo alcalde campesino, sin apenas estudios, que se volvió con estupefacción:

—¿Qué acaba de decir usted?

—Usted ha dicho: no vayan a irse sin beber algo, es la tradición. Yo solamente he añadido: que es una excelente tradición.

No, señor, nada de adjetivos con la tradición. Ni es buena ni es mala. Es la tradición. Nada de adjetivos, por favor.

—No, señor, nada de adjetivos con la tradición. Ni es buena ni es mala. Es la tradición. Nada de adjetivos, por favor.

Pensamientos, palabras, actos

Devolver el sentido a las palabras gastadas, ¡qué cambio en el discurso! ¡Qué tarea también para los que creen que en este fin de siglo y de milenio hay que definir de nuevo el papel de nuestra sociedad y de nuestro país! Me gustaría un programa político que no llevara consigo ningún ataque contra los adversarios, ninguna revisión constitucional, ningún texto suplementario, ni legislativo ni reglamentario. Nada de leyes, decretos y circulares. No. Solamente una lista de palabras que habría que respetar y hacer respetar.

Sin adjetivos. Y en singular. Las palabras nobles se degradan con el plural. Añadan es a bien y se convertirá en los bienes de un mercader. Si se añade a valor se pasa de la moral a la Bolsa. A honor, y de los principios se caerá en las condecoraciones. A derecho y se descenderán de la justicia a las reivindicaciones. Esperanza en plural es la espera de una herencia, que nos lleva de las moradas del espíritu a la antecámara del notario.

Después, bastaría con pasar a los hechos. Chesterton, que es un excelente escritor británico desconocido por los franceses, decía: Todo pensamiento que no se transforma en palabras es un mal pensamiento; toda palabra que no se transforma en acto es una mala palabra. Una máxima que choca con las más arraigadas costumbres políticas.

Los franceses son cualquier cosa menos lógicos y su sueño sería, sin duda, ser gobernados por conservadores que tuvieran intenciones progresistas o por militantes de izquierda que no creyeran ya en el programa socialista.

Una experiencia inolvidable

Hace unos años recibí una lección de lenguaje, de civilización y de moral que no estoy dispuesto a olvidar.

El gobierno francés había comprobado que durante las visitas oficiales de los jefes de Estado, el tiempo previsto para las entrevistas políticas era ridículamente corto. Como máximo una hora y media dos veces. Pero esas tres horas de hecho se reducían a la mitad por las exigencias de la interpretación. Cuando al fin, tras las usuales cortesías, los jefes de Estado se disponían a hablar de los verdaderos problemas, les interrumpían los dos jefes de protocolo, —que controlan los horarios de las celebridades y de los altos responsables con aire melifluo de personas importantes—, les recordaban que era la hora de ir a la Ópera a ver por decimoséptima vez el Lago de los cisnes, o de depositar un ramo de flores en el monumento a los mártires de la independencia.

En vista de ello, el presidente de la República, de acuerdo con el Primer ministro, había decidido que antes de una visita presidencial un miembro del gobierno, hiciera una especie de ensayo de la conversación para aislar los puntos principales, la quintaesencia. Trabajando así, se podría desbrozar el terreno, eliminar algunas falsas pistas y permitir que en la entrevista en la cumbre se fuera lo más rápidamente posible a lo esencial. No hubo problemas ni incidentes con una buena docena de jefes de Estado.

Salvo una vez. Estamos a finales de marzo de 1980. La URSS ha invadido Afganistán poco más de tres meses antes. Hago yo una visita al patrón de un Estado de Europa oriental, fiel satélite de la Unión Soviética, invitado a París por primera vez. Cuando ese presidente me pregunta cómo se organizarán las conversaciones, yo le explico que hay dos grandes capítulos: las cuestiones bilaterales, etc., y las cuestiones internacionales. Me dice: Empecemos por las internacionales. ¿De qué va a hablarme el presidente de la República francesa?.

Le respondo:

—De Afganistán.

Me mira como si yo fuera un marciano y me pregunta:

—¿Por qué?

Le explico con calma que es la primera vez después de la Segunda Guerra Mundial que el Ejército rojo abandona su territorio y franquea abierta y masivamente una frontera, para invadir un país vecino independiente, subdesarrollado y no alineado. Que las consecuencias son dramáticas para los afganos, pero también para toda la región que se pregunta con inquietud si la URSS ha decidido hacer saltar el Pakistán y llegar de una carrera a los cálidos mares del océano Índico y del Golfo Pérsico, el viejo sueño ruso. Incluso en Europa, la invasión de Afganistán ha tenido unas consecuencias graves, porque se ha quebrado la confianza y se ha interrumpido el proceso de distensión. En estas condiciones, es evidente que por parte nuestra, el asunto ha de figurar en el orden del día…

El jefe de Estado y primer secretario del partido comunista reflexiona un momento y me dice:

—Estamos a finales de marzo, yo voy a ir a París a principios de mayo. Entretanto, en Afganistán habrá sobrevenido el deshielo. Todos los que combaten contra nosotros (dice nosotros asimilándose a la Unión Soviética), habrán sido muertos. Pueden ustedes retirar el asunto del orden del día.

Yo le respondo con viveza que se equivoca, que es manifiesto que desconoce el país y a sus habitantes y que, al revés de lo que él afirma, no habrán matado a todos aunque se derritan las nieves. El asunto se mantendrá en el orden del día.

Eleva la voz y me dice: Pero es que hay que matarlos a todos, son unos bandidos. Levanto a mi vez el tono y le hago observar que, desgraciadamente, tengo edad suficiente para haber conocido la ocupación de mi país por las tropas nazis y que siento mucho comprobar que, con relación a la resistencia, las tropas de ocupación emplean en todas partes y en todo tiempo el mismo vocabulario.

Él se irrita y me pregunta si es que yo considero como resistentes a los Afganos que pelean contra el Ejército rojo. Le respondo: Resistentes y patriotas.

Entonces, me dice: Pues bien, se le matará también a usted.

Después me explica ampliamente una teoría en vigor en el Kremlin, que los especialistas llamaban el enfoque cubano. Para reconciliar la teoría marxista con la comprobación de que no han sido los países más industrializados los que han dado origen al comunismo, sino que éste ha surgido en países menos industrializados gracias a la presencia del Ejército rojo o a algún golpe de fuerza militar, Castro propuso una especie de rodeo intelectual tratando de justificar a Carlos Marx. Las sociedades liberales iban a estallar, no directa sino indirectamente, a causa de su incapacidad para dominar sus relaciones con un Tercer Mundo inestable. Al no contar con materias primas, los países capitalistas se verían ante el dilema de continuar explotando al Tercer Mundo provocando violentas revoluciones, o de ayudarlo a desarrollarse económicamente. Esto conduciría al aumento de la competencia industrial y agrícola en las propias economías occidentales, acelerando su ruina.

Ahí está —me dijo ese jefe de Estado—, la Unión Soviética, que tiene por sí sola todo tipo de materias primas en su territorio, que es la única que ha integrado perfectamente a las regiones en vías de desarrollo en el interior de la Unión y que ha arreglado de manera definitiva el problema de las nacionalidades. Nosotros les combatiremos a ustedes donde queramos, como queramos, cuando queramos.

Yo pensé que ya había escuchado bastante y me fui. Al poner la mano sobre el picaporte de la puerta, me llama y me dice:

—Me he equivocado.

Me detengo, pensando que se ha visto asaltado por un remordimiento o al menos por una duda. Él me dice:

El que habla de libertad ha de afrontar riesgos y sacrificios personales en nombre de esa palabra. Una civilización que no cree en sus palabras está muerta.

—Me he equivocado, señor Deniau, al decir que se le matará a usted también. No vale la pena. Usted ya está muerto. Porque en Occidente ya no creen en las palabras que usted emplea. Habla de libertad, de fraternidad. ¿Quién de los que en los discursos hablan de libertad está realmente dispuesto a sacar las consecuencias, a correr riesgos, a hacer sacrificios personales en nombre de esa palabra que ha utilizado? Ustedes no creen en sus propias palabras. Una civilización que no cree en sus palabras está muerta. Inútil mataros.

Ese jefe de Estado ha desaparecido, su régimen se ha hundido. Pero yo no he olvidado la lección. Después de esta conversación, yo trato con pasión de decir lo que creo y de hacer lo que digo.

Notas

  1. Todo el párrafo es una sátira o caricatura del ininteligible lenguaje de los políticos. (Lo que Amando de Miguel ha llamado el politiqués, que también existe en Francia). Culmina en la expresión créneaux (aspilleras o troneras de un castillo) porteurs (en politiqués, fecundos, que tienen rendimiento…).
  2. Confederación sindical francesa de origen cristiano.
  3. Distrito obrero de las proximidades de París.
  4. Diccionario básico de la lengua francesa.