Petros eni: Pedro está aquí

En la basílica vaticana

José Manuel Pozo Municio

Hace ahora cuarenta años, en enero de 1952, L’Osservatore Romano publicaba una fotografía de un graffito (inscripción hecha sobre un muro con un punzón o estilete) extraído de las excavaciones que se habían llevado a cabo en la Sottocripta de la Basílica Vaticana entre 1939 y 1949; en él eran visibles dos palabras escritas en griego: Petros eni, esto es: Pedro está aquí; aquel graffito despertó la curiosidad profesional de la profesora Margherita Guarducci, especialista en epigrafía griega de la Universidad de Roma, la cual solicitó del entonces Papa Pío XII el permiso necesario para acceder a la Necrópolis Vaticana, con el fin de estudiar otros posibles graffiti que pudieran haber en ella.

Pudo visitar por vez primera las excavaciones en mayo de ese año, con lo que la profesora Guarducci daba inicio a una verdadera aventura que le llevaría a darse cuenta, tras once años de trabajo, de que, sin pretenderlo expresamente, había encontrado los restos del Apóstol San Pedro.

A ella corresponderá para siempre el mérito de haberlos identificado; como a Constantino, el emperador romano, el de habernos hecho un legado tan valioso gracias a sus geniales disposiciones, y a Pío XII el innegable de haberse atrevido a acometer la empresa de aquellas excavaciones, en plena guerra mundial, corriendo el riesgo que entrañaba no encontrar ni la tumba ni los huesos.

Porque lo cierto es que la tumba ha estado ilocalizada u oculta durante muchos siglos; lo que no impedía que, mantenida por tradición, se tuviese la seguridad de que los muros de la Basílica de San Pedro envolvían el lugar en el que el primer Papa había sido enterrado después de sufrir el martirio. Pero no había certeza acerca de cuál era o había sido ese lugar, ni mucho menos de si se conservaban o no las reliquias.

Alguno quizá considere que también han desaparecido muchas otras tumbas y restos gloriosos del pasado, y que éste que mencionamos es un hecho arqueológico más, de especial relevancia sólo para los católicos. Pues bien, se equivoca; ya que es precisamente al hecho de que esa tumba haya existido en Roma (y de hecho siga existiendo) a lo que debe su subsistencia, en gran medida, esa ciudad. Cierto es que suelen ser pocos los visitantes que, en la obligada selección de las cosas que van a tener tiempo de ver en la Ciudad Eterna, eligen entre éstas la tumba del Apóstol Pedro.

Y, sin embargo, es precisamente a la existencia de esa tumba a la que debemos agradecer que aún podamos admirar tantas maravillas de la Roma clásica y, sobre todo, tantas otras obras de arte, de arquitectura y de urbanismo, que han configurado, desde los remotos tiempos del Imperio hasta hoy, el que es, sin duda alguna, el mayor legado cultural e histórico del Orbe.

Ya que si la ciudad de Roma no sucumbió para siempre con el Imperio Romano de Occidente, siendo así que llegó a tener tan sólo 50.000 habitantes del millón que tuvo en su esplendor, se debió, indudablemente, a la presencia en Roma del Primado de la Iglesia Católica. Si no, hubiese corrido la misma suerte que otras grandes capitales de imperios y reinos: Atenas, Micenas, Alejandría, Cartago,…; nos quedarían ruinas de su pasado (pocas, pues quince siglos es tiempo de sobra para expoliar y sepultar cualquier ruina) y poco más. Su salvación fue que los Papas siguiesen residiendo en Roma, lo cual a su vez es consecuencia directa del hecho de que Pedro haya sido enterrado en su suelo como primer obispo de Roma, y de que su sucesor como tal haya estado, desde entonces, consecuentemente, al frente de la Iglesia. Hasta el punto de que hay quien sostiene que las peregrinaciones de extranjeros para rezar ante la tumba del Apóstol llegaron a ser, en el siglo VII, el hecho más relevante para la ciudad. Y es a los Papas del Renacimiento y del Barroco a quienes hay que agradecer el aspecto que hoy ofrece la Ciudad Eterna en sus calles y edificios; todo lo cual habla de la importancia del hecho que estamos considerando.

Siendo Papa Pío XII, en 1939, hubieron de llevarse a cabo, en la Cripta de los Papas, ciertos sondeos para determinar si el suelo podría soportar el pesadísimo sarcófago destinado a contener los restos del Papa Pío XI, que acababa de morir, y que había manifestado su deseo de ser enterrado lo más cerca posible de la Confesión de San Pedro. Fue así como, al excavar en el suelo de esa Cripta vino a la luz la cornisa superior de remate de un panteón familiar romano del siglo II; de este modo casual se descubrió la presencia de la Necrópolis Vaticana, 7 metros por debajo del suelo de la nave central de la Basílica.

El hallazgo permitió pensar en la posibilidad de encontrar en ella la tumba de San Pedro, cuya situación exacta se desconocía. Y Pío XII, valientemente, decide que se inicien los trabajos, a fin de arrojar sobre el misterio que envolvía a aquella toda la luz que la ciencia pudiese aportar. Y a través de la calle de la Necrópolis recién descubierta, se logró llegar, en efecto, hasta la tumba de Pedro, pudiendo anunciarlo públicamente Pío XII la víspera de Navidad del año 1950. Con lo que concluyó la primera fase de las excavaciones. Pero acerca del paradero de los huesos no se pudo decir apenas nada. Será necesario esperar dieciocho años más, hasta que, como fruto de las investigaciones de la profesora Guarducci, el Papa Pablo VI pueda anunciar, el 26 de junio de 1968, que los huesos de San Pedro también han sido localizados.

La historia de las excavaciones es apasionante, tiene algo de novelesco, y está plagada de hechos incomprensibles desde el punto de vista de lo que se espera que deba suceder o haya sucedido; y esos mismos avatares confirman la autenticidad del hallazgo. Esos descubrimientos realizados, y los datos documentales de que disponemos de las épocas en las que se sucedieron los distintos hechos que afectan a su historia y evolución, permiten hoy en día reconstruirlas con bastante aproximación.

Muerte y sepultura de San Pedro

El Apóstol Pedro murió en Roma durante la persecución de que fue objeto la comunidad cristiana por parte de Nerón, y a la que se refieren tanto el historiador romano Tácito como el Papa San Clemente, que, al ser el tercer sucesor de Pedro, pudo presenciarla siendo aún joven.

La persecución tuvo lugar pocos meses después del incendio de Roma, sucedido en julio del año 64; ese año, el 13 de octubre, se cumplía el décimo aniversario de la subida al trono de Nerón, y es más que probable que fuese en los espectáculos públicos organizados para la ocasión cuando fuese martirizado Pedro, pues los romanos solían reservar, como diversión añadida para las grandes ocasiones, las ejecuciones crueles; así, según relata Tácito, en aquella ocasión los espectáculos duraron todo el día, iluminándose, ya anochecido, con antorchas humanas; muchos cristianos fueron pues quemados vivos; otros fueron desgarrados por fieras, crucificados,…; Pedro sabemos que murió en una cruz.

Por otra parte, también sabemos que, a consecuencia del incendio, sólo un circo había quedado hábil en Roma; y era precisamente el de Nerón, que estaba situado en los huertos o jardines vaticanos, paralelamente a la actual Basílica, en la zona que ahora ocupa el Aula Nervi; y de ahí, por ese cúmulo de circunstancias, que Pedro muriese crucificado precisamente en el Vaticano, en ese circo, lo que probablemente debió ocurrir la tarde-noche del 13 de octubre del año 64.

Terminada aquella barbarie, nada tiene de extraño que su cuerpo, bien reconocible en la cruz, pudiese ser enterrado; evidentemente, dada la situación, el enterramiento debía hacerse rápida y discretamente; lo cual —unido al deseo de enterrarle lo más cerca posible del lugar de su martirio— justifica el que fuese enterrado en tierra, justo al lado del Circo, en una incipiente necrópolis pagana allí existente, que es la que sacaron a la luz las excavaciones de 1939.

A nosotros nos puede sorprender que un circo —lugar de diversión y espectáculos— y una necrópolis estuviesen separados tan sólo por una calle —posiblemente la vía Cornelia— pero era un fenómeno nada extraño para los romanos; ya que de una parte los circos, por sus dimensiones, requerían para su construcción de grandes espacios libres y llanos que no era fácil encontrar dentro de la ciudad y sí en las afueras, y por otra los romanos eran muy aprensivos, y deseaban que sus muertos, sus antepasados, estuviesen siempre acompañados, no fueran a sentirse olvidados o aburridos y les acarreasen males desde ultratumba. Y por esta razón era muy frecuente construir los panteones familiares a la vera de los caminos de salida de las ciudades y otros lugares transitados.

Lo cierto es que unos cristianos depositan los restos de San Pedro allí, en la tierra, cubriendo después la tumba con seis tejas bipedales (de dos pies de longitud), formando un tejadillo sobre ella, siguiendo la costumbre romana para los enterramientos sencillos. Y allí estuvieron hasta el siglo IV, cuando Constantino construyó la primera basílica y convirtió la humilde tumba en un rico mausoleo. Pero antes, en los tres siglos transcurridos, ya había sufrido cambios.

Protección de la tumba

Los movimientos de tierra provocados por las lluvias así como por los sucesivos enterramientos y construcciones, van ocultando la tumba; lo cual, unido al deseo patente de ser enterrado cerca de ella, ponían en peligro su misma permanencia, conservación e identificación inequívoca.

Sea por esas u otras razones, el hecho es que, mediado el siglo II (hacia el año 150), se procede a levantar un muro que destaque su ubicación precisa y le sirva de protección; este muro se sitúa a la cabecera de la tumba y corre, casi perpendicularmente a ésta, de norte a sur; tiene unos 8 metros de largo, 2,45 de altura y sesenta centímetros de espesor. La cara del muro que mira hacia la tumba, esto es, hacia el este, estaba finamente revocada con mortero de color rojo oscuro (modo de hacer muy romano, que ha perdurado hasta nuestros días), razón por la cual los arqueólogos lo denominaron el muro rojo. Este muro, a la altura de la sepultura presenta un nicho, practicado para señalar su situación exacta y evitar pasar sobre ella. Además, apoyándose en el muro, se dispuso una mesa de travertino, que dividía el nicho horizontalmente, y que se sustentaba sobre dos columnillas talladas, de mármol blanco, una de las cuales (la situada al sur) aún sigue en su sitio; la otra se vino abajo en las excavaciones. El conjunto descrito, constituía lo que se ha dado en llamar el Trofeo de Gayo; trofeo, del griego tropaion, esto es, monumento conmemorativo de la victoria (de Pedro sobre sus enemigos), y de Gayo, en recuerdo de un eclesiástico romano del siglo II de ese nombre, que da cuenta, en una carta que ha llegado hasta nosotros, de la presencia del Trofeo de Pedro en el Vaticano.

La necrópolis seguía creciendo, así como la comunidad cristiana, y con ella debió crecer el número de los que acudían a venerar la Tumba del Apóstol; por ello, para proteger mejor el terreno de su tumba, y quizás para facilitar los actos de culto o devoción, se añadieron nuevas construcciones, de las que nos quedan dos pequeños muros, perpendiculares al muro rojo, situados uno a cada lado del Trofeo de Gayo; el de la derecha, de unos cuarenta centímetros de espesor, presenta una cara revocada también con mortero rojo, y desde finales del siglo III (hacia el año 290) aparece recubierto, casi por completo, de graffiti; estos graffiti hacen referencia a Cristo, a la Virgen, a Pedro y a la esperanza en la resurrección. Ese pequeño muro, que gracias a Constantino iba a jugar un papel decisivo en la conservación de las reliquias de Pedro, se conoce por la razón apuntada como muro de los graffiti (muro g).

Intervención de Constantino

Llegamos así al año 313; año en el que Constantino, tras su victoria sobre Majencio llevando la Cruz de Cristo como estandarte de su ejército, sella la paz con la Iglesia. Muy poco después, movido posiblemente por su madre, Santa Elena, decide honrar la memoria del Apóstol Pedro enriqueciendo su tumba; y lo hace de modo tan espléndido como genial, pues a él debemos, muy posiblemente el que, a pesar de haber sido saqueada la Basílica varias veces desde entonces (por cristianos y sarracenos), esos restos hayan llegado, incólumes, hasta nosotros.

Constantino quiere impedir que nadie nunca se lleve de aquel lugar los huesos de San Pedro, pero es a la vez consciente de que, de seguir en la tierra, acabarían por desaparecer los pocos que no se habían disuelto ya. Decide por tanto abrir un nicho en el espesor del muro g, que recubre interiormente de mármol, y en él, envueltos en una riquísima tela de púrpura y oro, deposita los huesos. En la pared del fondo del nicho (muro rojo) se encontraba el graffito con el nombre de Pedro (Petros Eni) que se desprendió durante las excavaciones.

Luego Constantino encierra el conjunto (el tramo central del muro rojo, el Trofeo de Gayo y el muro de los graffiti) dentro de un rico mausoleo de pórfido y mármol pavonazzeto, al que rodea con una balaustrada de bronce que adorna con ocho columnas marmóreas torneadas, magníficamente talladas, que había hecho traer de Grecia. Sobre el mausoleo, suspendida, lucía una espléndida lámpara de oro. Esto sucedía en torno al año 320. Después, hacia el año 322, el emperador, para completar la glorificación del Apóstol, inicia la construcción de una basílica en aquel mismo lugar.

Lo cual, por sí sólo es una prueba de que esa es la tumba de Pedro; ya que para poder llevar a cabo su propósito Constantino tendrá que sepultar la necrópolis, que seguía usándose; eso, que sólo se podía permitir la autoridad imperial, se hubiese podido evitar construyéndola treinta metros más al sur; pero no; tenía que ser allí precisamente, con su crucero sobre la vertical de aquel mausoleo, aunque para ello fuese necesario sacrificar la necrópolis. Como ésta se situaba en pendiente, sobre la ladera este de la pequeña colina, los arquitectos de Constantino tomaron la altura de la Tumba de San Pedro como referencia, cortando todo lo que sobresalía por encima, y rellenando de tierra lo situado por debajo hasta alcanzar su nivel preparando así una amplísima explanada para la Basílica. Se calcula que se moverían unos 40.000 metros cúbicos de tierra. Las obras duraron hasta mediados del siglo IV.

Después, en siglos posteriores, sobre el mausoleo constantiniano se añadieron, uno sobre otro, dos altares; primero el de Gregorio VII (590-604) —altar denominado Ad caput Petri— y sobre él el de Calixto II (1119-1124); con lo que el Mausoleo pasa a estar en el subsuelo de la Basílica, ya que con los altares se levanta también el pavimento de las naves. Lo cual se acentúa con la construcción de la nueva Basílica —la actual— entre 1506 y 1626, así como con las obras para el Baldaquino de Bernini, y la adición de un tercer altar a finales del siglo XVI (1594), atribuido a la voluntad de Clemente VIII. Y de este modo llegamos con grandes, lógicas, simplificaciones hasta nuestros días, desde la fosa en tierra del siglo I hasta el altar de Clemente VIII, que es el actual altar papal que se contempla bajo el Baldaquino de la Basílica.

Muchas cosas han pasado y cambiado en los casi diecinueve siglos transcurridos; sólo una cosa se ha mantenido invariable: la veneración por el Apóstol, transmitida de siglo en siglo con una impresionante continuidad.

Y para quienes opinan o han opinado que esa no podía ser la tumba del Apóstol San Pedro porque los cristianos la hubiesen rodeado de mayor honor y riqueza, ahí tienen la Basílica de San Pedro, el más grandioso mausoleo que hombre alguno ha tenido, ni tendrá, sobre la Tierra. Mausoleo que lleva, en el tambor de su cúpula, escrita, en latín, la razón de su existencia: Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Han pasado casi veinte siglos desde que se oyeron estas palabras por vez primera, y hemos de reconocer que ha merecido la pena esperar para verlo.