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Ver productos1 Dic 1993 - 9min.
En estas fechas finales de 1993 la suerte del año editorial está echada. Y no ha sido un año brillante, salvo contadas y no siempre rentables, excepciones. Si alguien ha dicho, con razón, que los libros son un espejo de los problemas e inquietudes de la sociedad que los acoge, el horizonte que nos brinda nuestro país sorprende por su carácter deslavazado y falto de coherencia.
Ocurre, como en tantos otros ámbitos de la cultura, que no siempre la publicidad y los niveles de ventas de los libros coinciden con su auténtico valor. Pero, al mismo tiempo, tampoco faltan títulos de éxito comercial que ofrecen, además, reconocida calidad.
Un fenómeno significativo ha sido el acceso de un autor que parecía minoritario, como Antonio Gala, al dominio del gran público. Su lanzamiento definitivo coincide con la obtención del premio Planeta concedido a su muy notable relato “El manuscrito carmesí”, (Edit. Planeta) cuya crítica apareció en su momento en estas páginas de NUEVA REVISTA.
Bajo la estela del éxito, ha publicado Gala en 1993 otra novela “La pasión turca” (Edit. Planeta), además una selección de textos encuadrados bajo el título de “El Aguila bicéfala” (Edit. Espasa-Calpe) y otra recopilación de artículos de prensa titulada “Proas y troneras”, (Edit. Akal).
Todo parece indicar, pues, que Antonio Gala ha entrado plenamente en los circuitos comerciales de gran rentabilidad. Sin embargo, algunas precisiones sobre este singular autor son necesarias desde el punto de vista de la crítica. “La Pasión turca” se ha mantenido durante meses en el primer puesto de libros más vendidos.
Es novela impropia de un narrador de la talla y finura de Gala. Participa del género culebrón desarrollado como literatura industrial de consumo, pasiones eróticas y drogas incluidas. Todo lo contrario del estilo artesano, exquisito y manierista de este autor.
“El águila bicéfala”, es una selección de textos -teatro, poesía, prosa- extraídos de diversas obras de Gala y que se refieren al sentimiento amoroso tal como lo presenta este autor. El acierto en la selección de los fragmentos, realizada por la profesora Carmen Díaz Castañón, no impide la sensación de empalago temático, al acumular en breve espacio escritos diseminados a través de cientos de páginas.
Por otra parte, el concepto del amor como instinto, trasmitido por Gala, resulta a veces contradictorio y hasta confuso en sus expresiones. El último libro “Proas y troneras” presenta una serie de artículos de prensa aparecidos desde 1987 a 1992 en los diarios El Independiente y El Mundo. A través de ellos se siguen al compás de la ironía crítica, ciertos aspectos interesantes del acontecer cultural, social y político español.
Sin abandonar el ámbito literario, una obligada referencia a la novela de Arturo Pérez Reverte “El club Dumas” (Edit. Alfaguara), acogida favorablemente por la crítica y el gran público, hasta el punto de disputar a “La pasión turca” de Gala, los primeros puestos en cuanto a número de ejemplares vendidos.
Tardó Pérez Reverte en ser reconocido como novelista, pese a la calidad indudable de su obra “El maestro de esgrima” -llevada la cine- y avalada por la siguiente “La tabla de Flandes”, con la que alcanzó merecido prestigio.
El Club Dumas se mueve en las mismas coordenadas de las obras anteriores, en cuanto se refiere al hábil manejo de los elementos de misterio, intriga, asesinatos y ficción histórica, que el autor combina sin perder el buen ritmo narrativo.
No obstante, en esta ocasión, la capacidad imaginativa y fantástica de Pérez Reverte le lleva a complicar la trama de forma excesiva. Con eso, el relato pierde espontaneidad y soltura a medida que avanza, alargando las situaciones hasta dar la sensación de no acertar a resolverlas. Impulsado, quizá por motivos extraliterarios, introduce el ingrediente sexo en un episodio poco habitual en sus novelas anteriores.
La nostalgia de la izquierda, el dolor por la pérdida casi religiosa de unos valores incorporados a las más íntimas convicciones está latente en la última novela de Juan Marsé “El embrujo de Shangai” (Edit. Plaza-Janés).
Marsé, junto a Caballero Bonald, Jesús Fernández Santos, Antonio Ferres, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo, Luis Martín Santos, Daniel Sueiro, Armando López Salinas, Jesús López Pacheco y otros, formó parte del llamado “realismo social” de los -ya lejanos- años sesenta.
En aquellos autores latía el pulso de una juventud rebelde frente al sistema, que se decantaba hacia posiciones marxistas, socialistas y, en todo caso, izquierdistas. No hace falta decir que tales posiciones, reflejadas con mayor o menor disimulo en sus novelas -ojo a la censura- se fundamentaban mucho más en sentimientos que en doctrinas.
El tiempo ha pasado: el marxismo, el socialismo y el izquierdismo no son hoy lo que fueron ayer. Juan Marsé lo deja entrever, con amargura profunda, próxima al desengaño sentimental, en su Historia de Shangai.
No resulta fácil saber hasta qué punto es autobiográfico el relato, aunque parece que bastante. El autor nos sitúa con realismo dentro de la más triste posguerra española, en la Barcelona de los años cuarenta, incluyendo miseria, enfermedad y actividades del “maquis” en los Pirineos.
Peligros de melodrama aparte, Marsé logra combinar la peripecia personal del protagonista con la historia de la época y las ideas mucho más románticas que políticas. El desencanto de la izquierda es la tesis central del relato.
¿Dónde fueron las ilusiones de libertad, paz, prosperidad y justicia? ¿Qué se hizo de aquellos luchadores que arriesgaban sus vidas en el monte? ¿Dónde se refugian los ideales de una sociedad y de un hombre nuevos? Naturalmente, las respuestas son demasiado complejas para una simple crónica.
Sería suficiente recordar que las utopías radican en la imaginación y el sentimiento y por eso no suelen encajar fácilmente en la mucho más prosaica realidad.
Si del terreno literario nos trasladamos al campo de la actualidad política o histórica, es preciso reseñar que tras el libro de entrevistas a S.M. El rey don Juan Carlos, ya comentado en crónicas anteriores y la biografía de la reina doña Sofía, apareció un amplio estudio dedicado al príncipe de Asturias titulado: Así es el Príncipe (Edit. Rialp).
Los autores, los periodistas José Apezarena y Carmen Castilla han logrado combinar la información seria y bien elaborada con los detalles humanos que sirven para acercar la personalidad del príncipe al lector.
El estilo, sencillo y sin retóricas alambicadas, muestran las actividades, gustos y carácter del príncipe Felipe dentro de un hogar que, en la intimidad y fuera del protocolo, se desenvuelve como cualquier otra familia española. Destacan las fotografías a través de las cuales se siguen los momentos de mayor significación en la vida del futuro rey de España.
Desde hace unos meses, el ensayo del periodista Federico Jiménez Losantos titulado “La dictadura silenciosa” (Edit. Temas de Hoy) ha ocupado por derecho y merecimientos propios el primer lugar de la actualidad editorial política y polémica española.
Leí con creciente interés y atención el libro de Jiménez Losantos. Confieso que me he sentido identificado y en gran parte representado en casi todos los capítulos, que me parecen escritos con valentía, veracidad y honestidad.
Cualidades bien escasas hoy en medios informativos, políticos y sociales, atentos más a la aguja del poder que al poder de la razón. Ejerce Federico Jiménez Losantos una aguda crítica de la actual coyuntura histórica de España, de Norte Sur y de Este a Oeste, Autonomías, corrupciones y monopolios informativos incluidos.
No le duelen prendas y no respeta nada que le parezca digno de criticar, a la derecha y a la izquierda. Naturalmente, la supuesta izquierda encastillada en el poder, recibe las principales y certeras andanadas, como no podía ser menos.
Esa es la grandeza del periodismo responsable, puesto al servicio de la libertad de los ciudadanos y controlador de abusos cuando se presentan. Y, siguiendo el libro de Jiménez Losantos, tales abusos se presentan con harta frecuencia.
Tal como van los acontecimientos, viene a decir el ensayista, en España se han creado tales madejas de intereses económicos y políticos, tales falseamientos de la realidad social, y tan enormes despropósitos autonómicos que, de seguir así, podemos caer en una dictadura real. Dictadura que será tan silenciosa como se quiera, pero auténtica, de proporciones inimaginadas para la adormecida sociedad española de la última década.
Como era de esperar, el libro de Jiménez Losantos ha sido atacado o ignorado en determinados sectores informativos cercanos al poder. Es demasiado incómodo, atrevido y audaz lo que denuncia el autor en su obra. También son difíciles de rebatir sus argumentos, que parten de un discurso de origen liberal en todos los órdenes.
Sin embargo, los hechos son tozudos. Los miles de ejemplares vendidos y la difusión alcanzada por las tesis de Jiménez Losantos hablan por sí mismos y pregonan las razones que le asisten. En cualquier caso, hasta el momento, nadie ha recogido el guante para responder a las acusaciones del polémico columnista. Es posible que algunos prefieran guardar silencio. O tal vez no saben qué contestar.
El premio Planeta de novela 1993 ha sido concedido al novelista, intelectual y político peruano Mario Vargas Llosa por su obra Lituma en Los Andes (edit. Planeta, Barcelona, 1993. 314 págs.). Varios ingredientes se han combinado con acierto para hacer del hecho noticia de alcance nacional y también internacional.
El primero es la cuantía -creciente- del premio que ya anda por los cincuenta millones de pesetas, sin contar con Hacienda. El segundo, que Mario Vargas Llosa es muy conocido y estimado en España, donde ha encontrado calor, afecto y comprensión después de su frustrada incursión en la alta política de su país. Por último, el formidable aparato publicitario que la editorial Planeta maneja todos los años con singular maestría.
Queda sin embargo, al final y al margen de todas estas consideraciones, el hecho en sí, es decir, la novela “Lituma en los Andes” ganadora del premio que en definitiva es lo que importa.
Lituma es un personaje habitual en varios relatos anteriores de Vargas Llosa. En otras ocasiones, (como en “Los Jefes”, “La casa verde”, “¿Quién mató a Palomino Molero”, etc) había desempeñado papeles de cierto protagonismo, mayor o menor, según los casos. Es un policía perteneciente a la Guardia Civil peruana que ha sufrido avatares diversos, generalmente desgraciados, que le han llevado a la pérdida de mando y a lejanos destinos en zonas rurales o selváticas.
Ahora lo vemos de cabo del puesto en Naccos, una localidad sin importancia perdida en la alta sierra del Perú andino. A su alrededor, todo es ruina, miseria moral y física, rencores y odios soterrados en el alma de los indígenas, resignados unos, o rebeldes otros, como los afiliados a Sendero Luminoso. Encerrado en tal situación, el novelista prefiere transformarla caminando hacia la fantasía. De este modo acude a la creación de una nueva-vieja mitología que toma elementos de la griega clásica para transformarla en función de sus personajes, el cabo Lituma y su ayudante, el tabernero del pueblo Naccos/Naxos, Dionisio y su amante, Adriana-Ariadna.
Lo mitológico, soñado, se interfiere con la realidad abrumadora de la sierra peruana y rebaja la fantasía al terrero realista de unos hechos dramáticos. Mario Vargas Llosa ha logrado mantener la fidelidad a su estilo, a sus personajes y al mundo peruano que tan bien conoce, sin renunciar al esbozo de nuevos matices que muestran una evolución narrativa hacia lo más esencial del alma humana.
Quizá se perciban algunos episodios con exceso de truculencias que repugnan por los detalles innecesarios, como sucede con las escenas de amor entre personas avejentadas. El narrador ha querido acentuar así las miserias y no las grandezas de los mitos, ofreciendo además una visión sobrecogedora, que entone con la desolación general de las sierras del Perú.
El final un tanto conciliador no llega a suavizar los planteamientos de fondo, que siempre han movido la inspiración literaria de Vargas Llosa y han hecho de él uno de los escritores más fecundos de la narrativa en lengua española.