Panorama del libro en España

Rafael Gómez López-Egea

El otoño y la primavera son dos momentos de intensa actividad editorial, que precede a las otras dos fases del año en que el público lee con mayor intensidad: el verano y el invierno. La temporada de primavera 1994 se presentaba con el morbo político del XXXIII Congreso del PSOE, azotado, según comentaristas y críticos, por el viento de la división y la rivalidad A. Guerra/F. González. Tal vez por eso madrugó la editorial Temas de Hoy, con el libro del periodista Raúl Heras La Guerra de las Rosas, al adelantarse casi un mes en la línea de salida de la carrera.

La Guerra de las Rosas, aparecido poco antes del comienzo del famoso XXXIII Congreso, trazó el decorado, presentó a los personajes y situó al Partido Socialista ante la crisis interna de la que luego hablaron con amplitud los medios informativos. Con un estilo directo, próximo a los reality show en versión política, por las páginas de Raúl Heras desfilaban los protagonistas de lo que hubiera podido ser tragedia y solo quedó en comedia.

La política y el poder

No solo González y Guerra, sino Benegas y Solchaga, Serra y Corcuera, Solana y Leguina, Bono y Lerma, Chaves y San Juan, junto a otros muchos nombres destacados en el PSOE, reviven en las páginas del libro sus diálogos chispeantes que, si no fueran textuales, serían al menos verosímiles. Quedan al descubierto las madejas de una trama enrevesada, en la que las luchas a muerte -muerte política, se entiende- se traban en torno al eje del poder máximo. Poder que encarna el indiscutible jefe carismático, de momento insustituible, Felipe González.

Aunque el autor utiliza un lenguaje literario, casi novelesco, la verdad es que el fondo egoísta, la ambición apasionada, la trampa y el disimulo, las oscuras maniobras descritas por Heras, dejan malparada no ya la moral del PSOE, sino su carencia de la ética más elemental.

Madrugador fue también el libro de Joaquín Leguina Los ríos desbordados (Plaza-Janés, 179 págs.) en claro intento de llevar a su molino renovador, las aguas guerristas que amenazaban con anegarle en el XXXIII Congreso del PSOE. De poco le sirvió el libro y el esfuerzo de escribirlo, porque fue excluido al final de puestos directivos influyentes, en beneficio de opositores más afortunados.

No es probable que los asistentes al XXXIII Congreso, leyeran con algún detenimiento el ensayo del Sr. Leguina, aunque, en todo caso, no les habría servido gran cosa. Los ríos desbordados no parecen haber recobrado el cauce, ni en el PSOE, ni en la política española, actualmente en una de las más graves crisis de los últimos cincuenta años. Y no será porque no lo haya intentado con buen ánimo el Sr. Leguina en su libro, que, pese a todo, produce el efecto contrario al pretendido. Los temas tratados: de política nacional, de economía, de crisis social, de partidos políticos y de corrupción, resultan, al final, mucho más confusos de lo que estaban al principio. Sería mucho pedir que en un ensayo tan breve resolviera el autor los problemas planteados, pero al menos podríamos esperar alguna idea aprovechable que contribuyera a corregir el desmadre que parece haberse adueñado de la política española en los últimos cinco años.

Azaña y Franco

Conmueve el Azaña camino del exilio, al encuentro con la muerte fuera de su país, España, al que dedicó lo mejor de sí mismo.

Dos biografías de personajes políticos desaparecidos tan dispares como Azaña y Franco, han acaparado la atención de la crítica y público, interesada por distintas razones en conocer detalles de su vida privada y en su papel de hombres de Estado. Federico Jiménez Losantos, el incisivo columnista político de ABC, ha logrado con su biografía La última salida de Azaña (Edit. Planeta) el premio Espejo de España para libros históricos. Varios aciertos, entre otros muchos, pueden señalarse en el trabajo de Jiménez Losantos. Ha evitado sumergirse en las polémicas y arriesgadas aguas de la reivindicación histórica, para mostrarnos al Azaña de los últimos tiempos. Unos tiempos dramáticos en los que, sobre el fondo de la Guerra Civil, la figura de don Manuel adquiere sus mejores dimensiones humanas, acredita sus cualidades de estadista, de intelectual y político enfrentado a una crisis de violencia y sangre que le desbordaba.

Escrito con estilo ágil y brillante, el libro nos introduce en el mundo del personaje a través de referencias ambientales de la época en las que Jiménez Losantos muestra capacidad evocadora, además de aportar los datos históricos necesarios. Conmueve el Azaña camino del exilio, al encuentro con la muerte fuera de su país, España, al que dedicó lo mejor de sí mismo, y sobre el que tuvo ideas integradoras, mucho más claras que las de tantos políticos actuales a los que se supone -en teoría- próximos a sus planteamientos políticos.

La otra biografía corresponde al historiador británico, experto al parecer en temas españoles, Paul Preston, titulada Franco, Caudillo de España. Pretende el autor una concienzuda, sistemática y elaborada desmitificación de la figura del Caudillo, hasta dejar reducida a cenizas la imagen de ser providencial creada por los servicios de propaganda de su régimen. Los propósitos de Preston, explícitos desde la Introducción, le obligan a forzar los hechos históricos de modo que prueben la crueldad, incapacidad militar, cortedad política, torpeza, ambición y falta de visión histórica del general Franco. Naturalmente, cualquier planteamiento es admisible, siempre que las tesis estén basadas en datos verificables más que en opiniones gratuitas o hechos citados de modo parcial.

Sobre la Guerra Civil española, Franco y su Régimen, existen ya tal cantidad de estudios, biografías y Memorias, que solo es posible rebatir o superar aportando datos nuevos con fundamento suficiente. Para desmitificar a Franco no basta acusarle de todo tipo de malvadas intenciones y actividades torpes, sino que es necesario probarlas con algo más que palabras. Uno de los errores de Preston ha sido el farragoso análisis condenatorio, lo que le ha llevado, huyendo de la necesaria síntesis, a un libro que supera las mil páginas, cuya lectura se hace fatigosa, contradictoria y reiterativa. Todo lo contrario de lo realizado por el historiador norteamericano Stanley G. Payne en su esclarecedora biografía titulada Franco: el perfil de la historia (Edit. Espasa-Calpe, 1992).

Panorama literario

Francisco Umbral, entre la literatura autobiográfica a la que parece dedicado últimamente, ha publicado, a finales del pasado 1993 su Madrid, 1940, relatos ambientados en esos años, con sus miserias acentuadas y visiones melancólicas que llegan a ser, por lo repetidas, cargantes. Siguen, a principios de 1994 sus, también biográficas Las palabras de la tribu (Planeta), en las que expone opiniones críticas sobre los autores y sus obras, referidas a escritores españoles e hispanoamericanos de finales del siglo XIX y primera mitad del XX.

Las impresiones de Umbral no responden a propósitos de crítica literaria, sino a sentimientos, afinidades o rechazos que podríamos llamar instintivos o viscerales. Se explican así la parcialidad, dureza y hasta crueldad de juicios vertidos contra autores que no le gustan, sin aceptar que esa razón no es suficiente para descalificarlos. El problema de Umbral reside en él mismo. No es capaz de salir de su propia realidad, de su propio mundo de fobias y filias, muy comprensibles ambas, pero insuficientes para respetar aquello que no conecte con sus aficiones y particulares criterios éticos, estéticos y sentimentales.

La novela Azul, premio Nadal, destaca por sus coloristas descripciones ambientales del mar y paisaje mediterráneos y la preocupación estilística reflejada en el lenguaje elaborado y rico.

Ya en el ámbito de la narrativa, señalar el premio Nadal concedido por la editorial Destino a la novela de Rosa Regás, Azul y que se sitúa pronto entre los libros más vendidos en lo que va de año. Este relato es una muestra de la falta de horizontes y de impulso en el que parece encontrarse desde hace tiempo la literatura española. Cuenta la autora un episodio de apariencia intrascendente, que transcurre entre el aburrimiento y la abulia hasta desembocar en situaciones dramáticas insospechadas y de gran violencia.

Sin embargo, tanto los protagonistas -dos parejas en un crucero por las islas griegas- como las situaciones -una avería del motor que los recluye en el tedio de un lugar semidesierto-, no resultan demasiado originales en su planteamiento y desenlace. Se aprecia, entre los aspectos más destacados, las coloristas descripciones ambientales del mar y paisaje mediterráneos y la preocupación estilística reflejada en el lenguaje elaborado y rico.

Entre capacidad fabuladora, realismo costumbrista e introspección psicológica de los personajes, Luis Landero construye en su novela Los caballeros de la Fortuna (Edit. Tusquets, 322 págs.), un relato notable ambientado en un pueblo de Extremadura, habitado por seres que luchan, en vano, por alcanzar sueños de felicidad. Una maestra en busca del amor, el viejo profesor jubilado y un pobre retrasado mental, son los protagonistas de una acción de apariencia anodina que cobra intensidad al introducirse en los sentimientos humanos de los personajes.

El reflejo anticlerical tan característico de algunos autores actuales, se muestra en el ridículo papel asignado al anciano y decrépito párroco del lugar, triste figura que acapara una fuerte carga negativa. Sin necesidad de tales recursos, ya muy gastados, nada hubiera perdido el relato de Landero que se sitúa por méritos propios en lugar destacado dentro del panorama literario español.

Camilo José Cela publica su última novela El asesinato del perdedor (Edit. Seix-Barral), tras varios años de pausa dedicados, tal vez, a la redacción de sus Memorias. Se observa una ligera recuperación estilística y mayor viveza narrativa, en perjuicio de la originalidad de obras anteriores. El asesinato del perdedor narra un triste episodio que fue en su día recogido por la prensa: el suicidio de un joven condenado y multado por escándalo público y desacato, acusado por el juez por besar a su novia en un bar.

Sobre este suceso, propio de la información sensacionalista, gira el peculiar mundo surrealista y absurdo de Cela, expresado aquí a través de su habitual y reconocida capacidad fabuladora. A fuer de honesto, el crítico debe advertir que la historia se lee con dificultad a pesar de lo sugestivo del estilo y a la riqueza del lenguaje.

No acaba de encontrar su rumbo la novelística española de las últimas generaciones. El magisterio de los mayores, -Cela, Gironella, Delibes, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Torrente Ballester- no ha sido recogido por los siguientes, que unas veces no han querido y otras no han podido llegar a sus mayores: léase Goytisolo, Marsé, Torbado, Vázquez Montalbán, Umbral, M. Vicent, Terenci Moix, etc. Queda la esperanza de los más jóvenes a los que será preciso facilitar los medios adecuados -premios literarios incluidos- para que su capacidad creativa se consolide en una realidad cultural tan necesitada de buena literatura.