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Ver productos“Uno de los logros más importantes del pensamiento de los últimos años”, afirma Morey en la introducción a un trabajo que confiesa ha resultado complicado. Entre las fronteras de la gramaticalidad, entre la escritura aforística y el balbuceo sapiencial, Colli dialoga no siempre de una manera explícita con Nietzsche, Schopenhauer, Platón, Aristóteles y los filósofos arcaicos, en busca de la restitución del verbo oral. Una denuncia de la corrupción de la escritura, de la naturaleza perversa del logos escrito, tenía que ser puesta paradójicamente en los términos destructivos de un discurso abstracto y abstruso, sin mucha consideración por el lector.
La historia de la filosofía ha sido la historia de la creencia en una mentira: la afirmación de la razón como acontecimiento. La ausencia de talento y la frustración de los ideales políticos de algunos establecidos reforzó la autonomía de un discurso que había sido creado para el dominio del hombre sobre el hombre; la teoría, entonces, adquiere vida propia y domina a esas vidas menguadas y crédulas. La criatura del engaño: la ciencia. El error imperdonable es suponer que detrás del logos no hay nada y que él es el único dios. Colli profundiza en la crítica postmoderna al siglo de las luces y la lleva a la primera Ilustración. Fue Platón el que puso en comercio la idea de que la moral y la ciencia tienen el poder de superar el reino de las apariencias y, al mismo tiempo, hacer de él un mundo mejor. La razón agoniza desde entonces en la quietud de la muerte y vive de esa agonía. Descartes solo supuso el acentuamiento del carácter útil de la razón, la otra gran mentira de la que vive la civilización occidental.
A partir de la mentira iniciática, las blasfemias han sido continuas. La razón errabunda, inmersa en la abstracción y olvidada de la primera inmediatez, ha seguido creando soluciones abstractas para problemas abstractos: la creación del individuo como origen primero, la voluntad, la acción y la libertad, la validez de la representación del mundo real, la realidad de los universales, en un exceso de confianza en su poder. Considerar que el hombre puede descubrir secretos o revelar el misterio de su propio origen es algo que Colli califica de hecho aberrante y blasfemo.
Pero Colli quiere ir más allá de Nietzsche y de su antiplatonismo. El abismo dionisíaco fue dominado por Apolo con anterioridad. El olvido de la función alusiva de la razón tuvo como contraposición la imagen de ésta como si se tratara de un espejo, como si fuera una sustancia independiente. Pero el logos fue en su origen el “reflujo” de un juego y una violencia. Dioniso, mirándose a sí mismo en el espejo, lleva a la fragmentación de sí mismo y del todo, pero la totalidad, y también lo que llamamos vida, son una abstracción. Y la abstracción es el vértice contrapuesto a la inmediatez. En el origen es la inmediatez. El logos espurio puede hilar los acontecimientos bajo la categoría del ser, de lo necesario y de la conexión. Pero, considerado exclusivamente desde su carácter representativo, la razón se declara insuficiente. Colli desmenuza la aporía insoluble que Aristóteles supo “tapar” para continuar el proyecto ilustrado de Platón: el principio de no-contradicción no puede hacerse cargo de lo contingente; un objeto que es necesario resulta imposible, porque su ser y no ser quedan excluidos en tanto que contingentes. El concepto de expresión como paradigma interpretativo permite una visión más adecuada de los tiempos preapolíneos. Él, con tanto metafísico obvia toda distinción entre sujeto y objeto, todo concepto y toda palabra. El arte trata de recorrer el camino inverso a la expresión de la inmediatez. Si la Filosofía no conviene en un cambio de paradigma en la visión de sí misma -representación por expresión-, seguirá amortajándose con ilusiones metafísicas contra la apariencia.
Hablar con don Sixto Ríos García (Pelahustán, Toledo, 1913) es hacer un recorrido por lo que ha sido la matemática y la ciencia española durante buena parte de nuestro siglo. Especializado inicialmente en Análisis Matemático, con cuya denominación obtuvo en 1941 su primera cátedra para explicar Matemáticas Especiales a los químicos en Valencia, y luego en Valladolid, pasó después a su cátedra definitiva de Estadística Matemática y Cálculo de Probabilidades en Madrid, desde la que ha formado una relevante escuela. Académico de Número de la Real Academia de Ciencias desde 1961, ha sido igualmente profesor de la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos, ingeniero geógrafo, director de la Escuela de Estadística de la Universidad de Madrid y del Instituto de Investigación Operativa y Estadística del CSIC, miembro del International Statistical Institute, presidente de la Sociedad Española de i.o., Estadística e Informática. Como testigo, pues, de un largo discurrir de nuestra ciencia, bueno será pedirle una pequeña ilustración sobre ella y un relato de sus propias vivencias y de su pensamiento.
José Javier Etayo— Recientemente, los dos participamos en unas sesiones que el Instituto de Estudios Riojanos ha dedicado a algunos matemáticos nacidos en aquella tierra. A usted le correspondió estudiar la figura de D. Olegario Fernández Baños, su inmediato antecesor, si no me equivoco, en la cátedra madrileña y acaso también el primero que la desempeñó. Si es asi, ¿qué puede decirnos de estos primeros pasos de la Estadística en la universidad?
Sixto Ríos— Participé, en efecto, en el homenaje que el Instituto de Estudios Riojanos dedicó a D. Olegario, en el que me correspondió el estudio de sus actividades matemáticas. Los estudios estadísticos y económicos en España estuvieron durante muchos años acantonados en las Facultades de Derecho, pero por los años treinta todo el mundo reconocía que esto era un gran anacronismo. España había quedado al margen de la revolución probabilística (1800-1930) con toda su influencia en la Física, la Biología, las Ciencias Sociales, la Matemática…, y era hora ya de que entre 1931 y 1932 se diera el primer curso de Estadística Matemática en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid. Este honor correspondió a D. Esteban Terradas, que lo realizó simultáneamente con otro en la Facultad de Derecho. Ambos cursos tuvieron un contenido de nivel europeo; se explicaban los trabajos de Fisher, Finetti, Kolmogoroff, que estaban en aquel tiempo apareciendo en las revistas internacionales. Yo tuve la suerte de seguir estas lecciones cuando cursaba el cuarto de mi licenciatura en Exactas y recibir un estímulo en mi mente que duraría muchos años.
Al año siguiente (1932), D. Olegario fue el designado para explicar la Cátedra a la que opositó con notorio éxito en 1933 y en la que confirmó hasta su prematura muerte en 1946. D. Esteban Terradas no pensó en hacer esta oposición tras su experiencia negativa anterior en las oposiciones para la Cátedra de Ecuaciones Diferenciales (1932). La labor de D. Olegario en los trece años que ocupó la Cátedra de Estadística, simultáneamente con sus trabajos como director del Servicio de Estudios del Banco de España, se centró en orientar los estudios estadísticos más hacia las aplicaciones económicas concretas (análisis de datos, números, índices, series cronológicas) que a introducir las corrientes internacionales de su época hacia la modernización, universalización y matematización de esta disciplina, iniciadas en los trabajos de Kolmogoroff (1933), Cramer (1937).
J.E.— Vayamos a sus comienzos. Yo recuerdo haber leído un simpático comentario de la «Revista Matemática Hispano-Americana» donde le citaban a Vd. por haber resuelto, siendo aún un estudiante de bachillerato -«solucionista de calzón corto», le decían-, problemas que en ella se planteaban. ¿Quiere refrescarnos la memoria?
S.R.— Fue mi inolvidable y venerado profesor de Matemáticas del Instituto de San Isidro, D. Pedro Puig Adam quien, en 1927, propuso un día en clase un problema de los que se publicaban en la Revista Matemática Hispano-Americana para que lectores generalmente licenciados los resolvieran y publicaran, el que originó esta anécdota que Vd. me recuerda. Mi padre y D. Pedro fueron mis maestros de Matemáticas de la primera y segunda enseñanza. Ellos me enseñaron a diferenciar el papel de la intuición y el de la lógica en la solución de un problema. Sobre todo, me enseñaron un deporte que consiste en pasar más horas cada día inventando y resolviendo problemas. Además del interés que ello tiene en sí mismo, este deporte nos permite vivir ese tiempo fuera de la corriente que arrastra nuestras vidas, ayudando a despreciar las pequeñas pasiones y las malas rachas del comportamiento del mundo exterior con nosotros y recíprocamente.
Ángel Ramos— Vd. hizo la licenciatura en Exactas en la Universidad Central, en la que ya por aquellos años encontró algunos maestros importantes. ¿Qué recuerda como más característico de aquellos tiempos ?
S.R.— Cuando yo llegué a la Facultad en el año 1928, me encontré con un núcleo importante de profesores que en sus cursos reflejaban el nivel matemático de los textos europeos, especialmente alemanes, de la época. Por ejemplo, con Álvarez Ude, que era el mejor, seguíamos el Thieme, Severi, Enriques; en Análisis, con Barinaga, Bachiller, Terradas, los de Rey Pastor, Couran… En cambio, los cursos de doctorado eran pobres, salvo aquellas primicias que aportaba Rey Pastor casi todos los años durante su trimestre de estancia invernal en Madrid. Con este fascinante maestro pudimos aprender teoría de Galois, funciones determinantes, series divergentes, análisis funcional, etc. Sus aportaciones originales y los problemas abiertos que planteaba eran la antesala de futuras tesis. En alguna ocasión teníamos una semana de conferencias con un profesor extranjero como V. Volterra o Fantappié, pero este tipo de colaboración universitaria no caía en un campo suficientemente fertilizado y no solía fructificar.
Á.R.— ¿Tuvo algunos condiscípulos brillantes?
S.R.— En su discurso de apertura del curso 1932-33 de la Real Academia de Ciencias, dijo Rey Pastor: «Bachiller, Barinaga, Cámara, Orts, Pineda, San Juan y Torroja son los profesores españoles en quienes ponemos nuestras esperanzas de creación original, así como en los estudiantes Flores, Pi, Ríos, Santaló…». Fue una gran suerte tener como condiscípulo a Santaló, que pronto viajó a Hamburgo para hacer la tesis con Blaschke, siendo rápidamente conocido por sus investigaciones en Geometría Integral. Cuando estudiábamos ambos cuarto curso, se incorporó Flores, que tras su rechazo en el ingreso de Caminos, hizo una rápida y brillante licenciatura, pasando a doctorarse en Viena, donde trabajó con Menger y pronto aportó resultados notables en Topología. Creo que es una feliz coincidencia que por los años 1933 aparezcan publicaciones sucesivas de los «nietos del 98», como nos llama Laín, en revistas europeas del máximo rango, trabajos que pronto serían recogidos en las obras de Hurewicz, Doetsch, Blaschke, para darles entrada en el futuro en la comunidad matemática internacional.
J.E.— Parece que Vd. publicó, cuando tenía 19 años, un trabajo en los «Comptes Rendus» rectificando un teorema de Mandelbrojt. ¿Qué consecuencias tuvo?
S.R.— Leyendo un libro de Hadamard y Mandelbrojt, encontré un error en la demostración de un importante teorema del segundo autor, que me confirmó Rey Pastor. Mi polémica «juvenil» con ellos, en la que intervino el propio Hadamard, fue zanjada en mi favor por una recensión lapidaria de Bieberbach que decía: «Widerlegung einer Behauptung, die S. Mandelbrojt bewiesen zu haben glaubte». (Jahrbuch, 1933, pág. 230). Y por otra más larga y contundente de W. Bernstein.
J.E.— Continuó su especialización en teoría defunciones analíticas y trabajando en su tesis doctoral con Rey Pastor. ¿ Cuáles fueron los principales resultados?
S.R.— El tema de las tesis que me propuso Rey Pastor (sobre el que él no había anteriormente trabajado) fue la hiperconvergencia de las integrales de Laplace Stieltjes, como una continuación de los trabajos de Ostrowski en las series potenciales. En definitiva, se trataba de estudiar cómo una sucésión parcial de funciones puede engendrar prologación analítica para la función definida por la sucesión fundamental. Los teoremas principales de esta tesis fueron publicados en la Revista de la Academia de Ciencias (1936), recogidos después en el tratado de Doetsch (Berlín, 1950) y obtenidos nuevamente por Hirschmann.
Á.R.— ¿Cuáles fueron sus principales actividades docentes en los primeros años?
S.R.— Mis comienzos, a los 19 años, en el año 1932, fueron como ayudante gratuito de Análisis primero con D. José Barinaga. Tras este primer año de ayudante, pasé por oposición a Auxiliar temporal de Análisis cuarto en el año 1933 con el profesor Bachiller. Aún conservo el oficio del Decano, que un sábado de octubre de 1940 me encargaba que explicara a partir del lunes siguiente las cátedras de Análisis Funcional y Mecánica Celeste.
Esta anécdota, cuyos obstáculos superé con dificultad, prueba la situación de provisionalidad de todo en la vida universitaria de aquella época de la postguerra civil. Más tarde, en el 41, gané las oposiciones a la cátedra de Análisis Matemático de Valencia y pasé al año siguiente a Valladolid. En 1942, la Academia me concedió la cátedra de Matemáticas de la Fundación Conde de Cartagena por cinco años, después prorrogados, en los que expliqué una serie de cursos sobre Teoría de la Integral (citado por Kolmogoroff), Familias normales, Fundamentos del Cálculo de Probabilidades, Series de Fourier, que fueron publicados en años sucesivos en las Memorias de la Real Academia y reseñados elogiosamente por la crítica de revistas. Los cursos que di en las Facultades de Económicas, de Farmacia, Escuela de Ingenieros Aeronáuticos me implicaron en publicar libros adecuados a los alumnos. Y en 1948 accedí por oposición a la cátedra de Estadística Matemática de la Universidad de Madrid, que había quedado vacante por la defunción de D. Olegario Fernández Baños en 1946.
J.E.— Su actividad investigadora en Análisis siguió líneas bien definidas y puede decirse que le siguieron algunos discípulos. ¿ Quiere hablarnos de ello?
S.R.— Con las actividades investigadoras señaladas y los cursos de la Cátedra de la Fundación Conde de Cartagena, tuvimos un campo de trabajo en el que se hicieron tesis de buena calidad por algunos discípulos como Béjar, Iglesias, Castro Brzeicky, Royo…, y trabajaron otros como Vigil, Sanjuán, Salas, Cansado, Azorín, Tena y Blanco. Al pasar yo en 1948 a la Cátedra de Estadística, varios me siguieron y esta corriente de trabajos de Análisis se amortiguó a lo largo de los años siguientes.
Cuando estaba terminando mi tesis en 1936, apareció en la Colección Borel la monografía de W. Bernstein, que dejaba abiertos algunos difíciles problemas sobre las series de Dirichlet de densidad máxima infinita, cuya solución conseguimos y publicamos (Universidad de Oporto, 1942). Casi simultáneamente fueron tratados por Sirvint (Recueil Math de Moscou, 1943).
Otro tema importante en aquella época fue la posibilidad de génesis en las series de Dirichlet generales de ultraconvergencia por reordenación, que estudiamos a fondo y publicamos en una memoria de los Abhandlungen de Hamburgo (1943). Tal trabajo, que contenía además otros enfoques válidos para representación de funciones por series de polinomios y prolongación analítica por reordenación, fue el tema («Un teorema de Sixto Ríos») del Profesor Hadwiger en una conferencia en la Sociedad Matemática Suiza en 1946. Estos trabajos, que tienen sus antecedentes en Riemann (1867), P. Levy (1905), Steinitz (1909)…, se prolongan posteriormente en Erdös (1983) y Halperin (1986), como prueba de la supervivencia de los temas matemáticos profundos. Durante todo este tiempo participé en un buen número de Congresos internacionales, con mis investigaciones en curso, convencido de que era el mejor medio para mantener un nivel aceptable de nuestras enseñanzas e investigaciones, así como para incrementar los intercambios internacionales.
Á.R.— ¿Cómo se explica que tras tan fecunda trayectoria en Análisis pasara a dedicarse por entero a la Ciencia estadística?
S.R.— La posición que había conseguido con la Cátedra del Conde de Cartagena y mi incorporación administrativa a la estructura de investigación, que fue primero obtener una beca de estudiante del Seminario Matemático de la Junta para Ampliación de Estudios en 1931 y, sin interrupción (salvo en la Guerra Civil), continuada en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (primero en el Instituto Jorge Juan como profesor de Análisis y luego como director en el Instituto de i.o. y Estadística) explican que yo no quisiera retornar a la cátedra de Valladolid, en la que el horizonte era más modesto y las condiciones de trabajo peores. Por esto, al surgir por un hecho fortuito la posibilidad de acceder (aunque fuera tras nueva oposición, ya que antes fui rechazado en concurso) a la cátedra de Estadística, no dudé un minuto en tomar la decisión correspondiente. Por otra parte, este tipo de investigación en que se parte de una realidad, se construye un modelo y se sacan consecuencias no triviales, me resultaba más atractiva que el trabajo del matemático puro, más monótomo y barroco. Y también pensé desde el principio en la mayor influencia de la actividad del estadístico y del investigador operativo sobre el desarrollo científico y tecnológico del país, como demostraban los entonces recientes ejemplos de la Segunda Guerra Mundial (control de calidad, problemas de estrategia militar, programación de la producción…).
J.E.— ¿ Cuál es la síntesis de los resultados alcanzados por Vd. y sus discípulos durante su actividad dilatada en la Universidad Complutense y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas?
S.R.— Hoy, casi cincuenta años después de iniciar mi labor en la cátedra de Estadística Matemática de la Universidad de Madrid, contemplo satisfecho la dirección de tesis de veinticinco discípulos, hoy catedráticos de universidad o en relevantes puestos de la Administración y la Industria, la Medicina… y algunos centenares en centros estadísticos de España e Hispanoamérica o en universidades americanas o europeas. De las líneas de investigación de la primera época: extremos en las poblaciones finitas, estimadores suficientes, criterio de Ríos-Savage, Procesos de decisión en concurrencia, se pasó a problemas más en línea con la I.O., centrados en los fundamentos que son la programación matemática en el caso de certidumbre y la teoría de la decisión en el caso de incertidumbre, que han sido el núcleo central de nuestras investigaciones en los últimos veinticinco años. Estos resultados han contribuido a la creación de la Escuela de Estadística de la Universidad de Madrid (1952), del Instituto de Investigación Operativa y Estadística (1950), con la Revista Trabajos de Estadística e I.O., que actualmente se ha desintegrado en dos revistas filiales, TEST y TOP, que mantienen el nivel de aquélla en nuestro tiempo; la creación de la Escuela de Estadística en la Universidad Central de Venezuela (por encargo de la UNESCO), fundada por nosotros con la colaboración posterior de Azorín, Repiso y Camacho. Y, sobre todo, quiero señalar las nuevas escuelas de investigadores asociadas a estos centros. También hay que destacar la colaboración prestada por los seminarios desarrollados por eminentes profesores: Wold, Fréchet, Cramer, Mahalanobis… Asimismo, debemos señalar la publicación de doce libros míos y otros muchos de mis colaboradores, que vienen contribuyendo a una enseñanza de nivel progresivo en todos estos centros.
Á.R.— ¿Qué premios ha obtenido y cuáles le habría gustado obtener?
S.R.— Tras un acto de introspección nada fácil, yo diría que el premio que más alegría me produjo fue ser citado como «solucionista de calzón corto». Después obtuve otros como la Ayuda March de 1967 y varios de la Real Academia, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y sobre todo el Premio Nacional de Investigación Matemática que recibí de manos del Rey Juan Carlos i en 1977. Creo que es una lástima que este premio no se diera más que dos veces y que después haya desaparecido. Los descubrimientos en las ciencias experimentales llaman más la atención a la opinión pública que las invenciones matemáticas y de ahí que resulte raro que un matemático gane un premio en un concurso científico general.
Á.R.— ¿Es cierto que la comunidad internacional le considera «el padre de la Estadística y de la Investigación Operativa en España»?
S.R.— En el último Congreso Internacional de IMFORMS en Washington (agosto, 1996) se organizó una sesión entretenida de «batalla de preguntas». Una de esas preguntas, la 16, fue «who is called the father of O.R. (Operative Research) in Spain? Answer: Sixto Ríos (Spain)».
Á.R.— ¿Qué considera Vd. más importante, su labor como matemático puro o como investigador e impulsor de la ciencia estadística?
S.R.— Sin duda, mi dedicación a la Matemática pura se desarrolló durante un número de años muy inferior a los que he dedicado y aún dedico a la Ciencia de la Decisión. Por otra parte, mi formación previa de especialista en Análisis me fue útilísima y me facilitó el trabajo, al ser la teoría de funciones y el análisis funcional el «camino real» para llegar a la probabilidad. Todo esto, unido al cambio filosofico que iba experimentando el mundo científico en relación con las aplicaciones de la probabilidad, hicieron que mi labor en el segundo período fuera más profunda y dejara más huella que la del primer impulso de matémático puro.
Estoy especialmente satisfecho de la escuela de cientos de investigadores que hoy ocupan cátedras, dirigen centros de investigación y resuelven problemas prácticos en diversos niveles de la industria, la tecnología, la agricultura, la Administración… Además, sus resultados se publican en revistas internacionales del máximo nivel.
Siete cursos internacionales de I.O. patrocinados por la OEA y la UNESCO, creación de departamentos universitarios y Escuelas Universitarias de Estadística e I.O. en prácticamente todas las Universidades españolas. Todo este conjunto de instituciones y medios humanos nos dan una organización capaz de resolver problemas reales de distintos niveles.
Á.R.— Vd. ha organizado, junto con otros Académicos, un grupo de Análisis de Decisiones en la Real Academia de Ciencias. ¿Qué objetivos se han propuesto y cuáles han logrado?
S.R.— Aunque para el hombre de la calle la actividad de la Real Academia se reduce a los discursos anuales de apertura, más los de ingreso de nuevos académicos, alguna conferencia los miércoles y la realización del Vocabulario Científico, son muchas otras las actividades que hoy ocupan también su interés: tareas de orientación, dirección e integración de la producción científica española, especialmente la multidisciplinar, etc.
Como muestra de actividades posibles, un grupo de académicos (Maravall, García Barreno, Girón, Jiménez Guerra, Ríos) de distintas especialidades hemos constituido hace cuatro años un grupo de Análisis de Decisiones (G.A.D.) que inmediatamente sirvió de conexión con otros ya existentes o creados (Facultad de Informática de la U.P.M.), Hospital Gregorio Marañón (Instituto de Investigación Médica), Secretaría General Técnica del Ministerio de Defensa, Universidad de Málaga, Escuela de Ingenieros de Montes, Universidad Carlos III.
Con ellos a través de seminarios apropiados y de coloquios nacionales e internacionales celebrados en la Academia, hemos probado la posibilidad de una serie de actividades que han logrado mejorar la imagen que se tenía de la Academia por otra de organismo joven y eficaz en el desarrollo de tareas de investigación, consulta y coordinación.
Así, temas como la selección multicriterio de material apropiado al uso de nuestro ejército o el diseño de árboles de decisión más adecuados al tratamiento de la ictericia en recien nacidos, o la regulación del gasto del agua para diversos objetivos de nuestros embalses, han conducido a trabajos de equipos multidisciplinarios, con las consiguientes publicaciones en foros y revistas internacionales.
J.E.— Para terminar, le haré una pregunta, no sé si maliciosa o ingenua. Hace unos días, por teléfono, tuve que responder a una encuesta sobre el Japón, dándome a elegir entre una lista de contestaciones para cada pregunta. Hice lo que pude, naturalemente, pero me quedé descontento por no haber sido suficientemente fiel a lo que pensaba, tanto por la premura como por la delimitación de las respuestas. Como pienso que habrá otros en mi caso, pregunto: ¿qué crédito se puede conceder a los resultados de este tipo de encuestas?
S.R.— Es curioso. También a mí pretendieron hacerme tal encuesta y no dejé que me preguntaran, entre otras cosas porque no creía saber mucho del Japón. Pero respondo a su pregunta: los fundamentos probabilísticos de los métodos de muestreo estadístico son tan rigurosos como pueda ser el teorema de Pitágoras. El problema es que al aplicarlos pueden cometerse errores e incluso trampas que invaliden las consecuencias. Sin embargo, si son realizados por equipos de estadísticos y científicos, de forma ética y adecuada, se pueden convertir en una metodología, información y decisión fundamental para la técnica, la sociología, la Administración y la política.
El descubrimiento de este librito y, particularmente, la reforma de la Ley del Suelo que el autor patrocina, representó para mí un sentimiento ambivalente: satisfacción y decepción. Decepción porque parece como si el autor me hubiera leído el pensamiento y escrito lo que yo mismo hubiera querido escribir; satisfacción por ver como el autor ataca con claridad y valentía lo que hasta el presente ha sido, y seguramente sigue siendo, uno de los dogmas de la «modernidad jurídica»: la idea de que «el Plan», dirigido políticamente por Ayuntamientos y materialmente por tecnócratas, al margen del funcionamiento normal de la vida económica, es el único modo de hacer urbanismo.
Claro que si este dogma se pudiera circunscribir al ámbito de la pura técnica jurídica quizá el problema no daría lugar más que a unas pocas discusiones de jurisconsultos. Pero no es así. El urbanismo, tal y como fue concebido en el año 1956 con la primera Ley del Suelo, representa hoy para todos un problema de primera magnitud en el ámbito político, económico, social y, por supuesto, también jurídico.
¿Cuál es ese problema? Pues nada menos que, en una materia de la que depende el entorno en el que vivimos y una buena parte de la economía, como es la del urbanismo, rigen normas jurídicas que nos resultarían aberrantes en los demás sectores económicos o sociales, con efectos perniciosos que están a la vista.
El autor hace un diagnóstico clarividente señalando como origen de la «enfermedad» el círculo vicioso o espiral alcista que propicia la intervención administrativa. En efecto: la Ley del Suelo parte de los que llama «tres mitos»: que el suelo tiene un destino natural, que es el agrícola; que el suelo es por definición no urbanizable, salvo que la autoridad diga lo contrario, y que solo el acto administrativo puede cambiar el destino del suelo. Así pues, clasifica el suelo en «urbano», «urbanizable» y «no urbanizable», y condiciona la existencia de suelo urbano, el único en principio edificable, a que se aprueben por parte de la municipalidad, es decir, por el poder político, los planes correspondientes. En consecuencia, limita la oferta del suelo y, por aplicación de un principio económico inexorable, lo encarece.
Todavía peor, la ley favorece lo que estaba destinada a combatir: la especulación. La «raya» que distingue lo urbanizable de lo que no lo es la trazan técnicos en urbanismo al margen de las leyes del mercado y sobre unas previsiones de expansión que pueden ser o no acertadas, lo que produce la operación especulativa típica: comprar terreno rústico al lado de la raya para esperar su recalificación.
Pero no se puede culpar al que lo hace, pues dadas las reglas de juego vigentes es una conducta racional. Y también tiene sentido, «perverso, pero racional», como dice el autor, que ante esta especulación, la Administración, abandonando su papel regulador y tratando de sustituir coactivamente al propietario, se implique todavía más, «publificando» todo el proceso o -lo que es peor- mezclándose extrañamente en él con empresas públicas, o mixtas o con otras mezclas entre poder y dinero. Y que aumente los impuestos sobre las plusvalías, establezca subvenciones a las viviendas sociales (con obligaciones a los adquirentes cuyo cumplimiento se siente incapaz de imponer), controle los contratos de alquiler, y, en definitiva, asigne el suelo de forma nada eficiente, alejándolo cada vez más de la realidad económica. El Estado causa el defecto del mercado (la falta de oferta) y luego interviene agravándola aún más.
Las consecuencias económicas, físicas y jurídicas son desastrosas. Físicamente, es evidente que el urbanismo intervencionista no ha impedido el crecimiento anárquico y desordenado. En el aspecto económico, basta con este dato aportado por el autor: en 1990, el precio de la vivienda de la Comunidad de Madrid era 6,7 veces el ingreso anual de una familia media, mientras que en Francia es el 3,4 y en los Estados Unidos el 2,8.
Pero no solo es eso. Es que además estos «éxitos» se han logrado forzando -cuando no cercenando derechos constitucionales. En este último campo, la Ley 8/90 (última reforma de la Ley del Suelo) ha llevado hasta el último extremo el reforzamiento de los poderes de la Administración, por supuesto en detrimento del propietario, el cual es considerado culpable de la situación y, en principio, especulador nato. Para expiar sus culpas, su derecho de propiedad queda prácticamente vacío de contenido, hasta el punto de que, por poner un ejemplo, si realiza un edificio en un terreno de su propiedad sin la pertinente licencia, el edificio «no entra en su patrimonio». Lo cierto es que nuestra Constitución es deliberadamente ambigua en este y en otros puntos, permitiendo un desarrollo más o menos colectivista o liberalizador. No obstante, parece difícil que su artículo 33 pueda amparar una práctica eliminación del derecho de propiedad, que es lo que el predominio de un pensamiento colectivista en el Tribunal Constitucional ha permitido, propugnando una propiedad como «derecho debilitado», lo que implica que no es un derecho fundamental y que, por tanto, es el legislador ordinario el que debe determinar su régimen, con las consecuencias vistas. Señala Soriano que mientras prime esta «devaluación constitucional de la propiedad», la reconstrucción de este derecho estará en manos del legislador ordinario, y no de la Constitución.
¿Cómo cambiar la situación? El autor sitúa la cuestión urbanística en el ámbito, más amplio, de la confrontación entre los conceptos de intervención y liberalismo, y propugna decididamente la tesis de la desregulación. Se trataría de volver a la concepción según la cual la construcción de la ciudad es una labor principalmente privada en la que el sector público asume un papel de control subsidiario. Ello tiene dos ventajas: que no se producirían los actuales errores sistemáticos en las previsiones en demanda (y si se producen, los que los cometen desaparecerán) y que se produciría el aumento de la oferta al eliminar las restricciones impuestas por el planeamiento, lo que, unido a una mayor competencia en los agentes económicos, haría bajar previsiblemente los precios.
En definitiva -interpreto yo- se trataría de terminar con los tres monopolios de la Administración: el espacial, es decir, la distinción de suelos; el temporal, a saber, las prohibiciones de edificar, las súbitas imposiciones de plazos cuando sí se puede; y el de uso, que implica que hay que destinar la parcela al uso que el planificador, con más o menos acierto, haya decretado. Lo cual incita al privilegio a través de la recalificación, el convenio urbanístico en el que no hay más remedio que ceder para que te permitan construir y, finalmente, a la corrupción.
Claro que, entonces, la pregunta del millón es: ¿y después qué? ¿Vamos a asistir al nacimiento un urbanismo sin reglas en el que la rija la ley del más fuerte? Es evidente que de lo que se trata es de que la vivienda nos salga a todos más barata en una ciudad mejor y no de que unos cuantos se enriquezcan. Este es el eje sobre el que debe bascular toda reforma, sin el cual el remedio sería peor que la enfermedad. Es además el punto de fricción de un debate fuertemente ideologizado. Es de presumir que el autor conoce bien estos riesgos, pues fue ponente en la parte relativa al suelo en el informe del Tribunal de Defensa de la Competencia sobre Remedios Políticos que pueden favorecer la libre competencia en los servicios y atajar el daño causado por los monopolios.
La idea rectora debería ser, a su entender, «más normas y menos planes»: lo deseable sería que la Administración cambiara el signo de su actuación en el mercado; se trata de dejar de intervenir directamente para, a cambio, aumentar su papel de policía y de fomento. La idea, entiendo yo, sería que el propietario decidiera qué, cómo y cuándo edificar, pero dentro de las condiciones que marca la ley, como en los demás sectores de la economía.
No se trataría de eliminar la planificación, pero sí de sustituir el plan rígido y autoritario, definido por el poder público y susceptible de manipulación, por otro, presentado por la iniciativa privada, que cumpla escrupulosamente las reglas generales. La norma sería igual para todos, con lo cual se elimina el riesgo de la arbitrariedad y la incertidumbre que provoca la variabilidad del Plan que, recordemos, tiene rango de ley.
El cambio, hay que reconocerlo, no es fácil. Son muchos los intereses que se han creado alrededor del urbanismo, pues a su fin natural -la creación de la ciudad- se le han ido añadiendo otros que no le son propios, como la redistribución de la renta, la participación de la comunidad en las plusvalías o la financiación de los Ayuntamientos. Aumentar la libertad a cambio de una mayor exigencia de responsabilidad individual resulta difícil en un pueblo de mentalidad tradicionalmente colectivista acostumbrado a renunciar a su autonomía individual a cambio de poder exigirlo todo del Estado.
No obstante, algo se apunta. El Real-Decreto Ley 5/1996 de 7 de junio elimina la distinción entre suelo urbanizable programado y no programado (con la consiguiente repulsa: Anna-Alabart Vilà, «Retroceder 20 años por decreto-ley», El País, 24 de julio de 1996). Esperemos que éste produzca el aumento de la oferta deseado, y que vaya seguido de normas en la misma línea.
Toda obra científica expone unos conceptos y aclara unas ideas en la misma medida en que da lugar a un número creciente de nuevas preguntas. La ciencia consiste más en plantearse cuestiones distintas que en hallar soluciones. Dicho de otra manera: toda respuesta genera una gran diversidad de «otras» preguntas.
El presente libro está basado en las clases y seminarios realizados durante 25 años en el Institute of Science and Technology de la Universidad de Manchester. El profesor Cardwell se plantea las relaciones entre ciencia y tecnología. Ambas se deben mucho como es evidente: la tecnología busca transformar el mundo, mientras que la ciencia aspira a comprenderlo. En gran medida, la primera es una consecuencia de la ciencia y, sin embargo, nuestro autor hace una historia de la tecnología dejando al margen la ciencia.
Algunos historiadores, especialmente de la ciencia, han desdeñado la tecnología como obra de «tinkers», o sea mañosos, frente a «thinkers», es decir pensadores. Pero el autor pone un especial énfasis en recordar que no toda la tecnología tiene una deuda con la ciencia y que hoy, gracias a la importancia adquirida, goza de una autonomía parecida a la de la propia ciencia. También plantea el autor las relaciones entre la historia de la tecnología y la historia económica. No hay duda que hoy la tecnología constituye un factor económico de primera magnitud: las naciones más ricas del mundo son las que tienen una tecnología más desarrollada, y los historiadores de la economía han analizado largamente las consecuencias y las implicaciones sociales del desarrollo tecnológico. La importancia de la tecnología en el mundo contemporáneo da lugar a que la ciencia se encuentre ahora «más controlada socialmente de lo que nunca lo ha estado, en una medida que habría horrorizado, sin duda, a Lavoisier, Ampére, Faraday, Joule, Liebig, Clausius y otras personas destacadas del mundo científico de hace doscientos e, incluso, cien años». Las sociedades hacen, en cada momento histórico, una serie de preguntas a la ciencia, que reflejan determinadas inquietudes. Hoy, en líneas generales, esas preguntas hacen referencia a la creciente contaminación del planeta o a problemas relacionados con la energía. En el orden de las tecnologías médicas -que, conjuntamente con las biológicas y químicas, ocupan un lugar secundario en este libro, dedicado principalmente a las tecnologías físicas-, todas las cuestiones relacionadas con el cáncer y el SIDA ocupan un lugar especial.
El profesor Cardwell contempla la historia de la tecnología desde los primitivos hasta la actualidad, es decir, desde el hacha hasta el ordenador; menciona brevemente los logros de las civilizaciones china, india e islámica, y se centra en la toma de decisiones políticas. Analizaremos a continuación qué aspectos la evolución tecnológica desde los comienzos de la Edad Media europea. Precisamente la gran revolución científica del siglo XVII se vio posibilitada por un conjunto importante de inventos fundamentales que acompañaron el cambio notable en la concepción y actitud de la humanidad en relación con la naturaleza, que se sitúa en algún momento de la Alta Edad Media. En este contexto, Cardwell, que es inglés, hace, a nuestro juicio, una excesiva referencia a Inglaterra. Pero no hay que olvidar que este país fue el que experimentó con mayor intensidad las consecuencias de la primera Revolución Industrial. Además, otro inglés, Francis Bacon, fue el auténtico filósofo de la revolución industrial, el primero en comprender las posibilidades ilimitadas del hombre en la transformación y control de la naturaleza.
Llaman la atención las líneas dedicadas en el libro a Ortega y Gasset y a su discutible tesis según el cual la tecnología no evoluciona en respuesta a las necesidades de la vida, sino a sus demandas superfluas. Según Ortega, «los seres humanos no necesitan ni siquiera los instrumentos o medios más simples; durante grandes períodos han vivido sin cocinar los alimentos, sin agricultura y sin hachas de piedra, hasta decidirse a poseer tales objetos».
Normalmente, cualquier estudio de planificación lingüística suele provocar polémica y debate, y éste, subtitulado Informe sobre el español en el entorno multimedia, encargado a Fundesco por el Gabinete de la Presidencia del anterior gobierno socialista, no podía ser menos. El equipo de investigación está formado por ocho personas, dirigidas por el catedrático de Universidad Francisco Marcos Marín. El objetivo del trabajo es señalar las oportunidades y los riesgos del español en el nuevo entorno de la comunicación multimedia. En el informe se alude a distintas instituciones relacionadas con nuestro idioma, así como a diferentes sectores industriales, y se hacen una serie de observaciones para la toma de decisiones políticas. Analizaremos a continuación qué aspectos, a juicio de este lector, son los más destacables de este análisis.
Para empezar, es importante destacar que el informe está apoyado en numerosos datos. Como no pretende ser un estudio exhaustivo, no incluye todo lo que se ha hecho o se hace en España, pero sí una muestra muy significativa. Hay datos sobre proyectos y recursos generados en lo que se denominan «industrias de la lengua», así como sobre productos multimedia españoles, distinguiendo en ambos casos entre los realizados por instituciones públicas y los realizados por empresas privadas. Esta información, por sí sola, aporta una visión general de la situación española en este campo: el mercado multimedia es un sector en alza, pero que en este momento está acaparado por productos de fabricación o diseño extranjero que han sido adaptados al español. No quiere decir esto que no existan excelentes productos netamente nacionales (y por lo que respecta a la lengua, ya están en soporte electrónico dos de los diccionarios más importantes, el de la R.A.E. y el María Moliner), pero su desventaja frente a los de origen foráneo es evidente en algunos sectores como el de los videojuegos. El informe incluye también una extensa información sobre la prensa española en Internet y la producción audiovisual en español (radio, cine, televisión).
De los datos se puede inferir que hay un gran futuro para los productos multimedia en español. Este lector pudo comprobar en su estancia como investigador Fullbright en la New York University y en su participación en una Conferencia restringida sobre extracción de información (MUC-4), organizada por el Gobierno norteamericano, que el español –junto con el japonés- son las dos lenguas que más interesan a la comunidad científica, a la industria y al Gobierno de los Estados Unidos, por obvios intereses comerciales y sociales. Si pensamos solamente en el mercado de la traducción por ordenador o en el de los cursos de aprendizaje de español podremos imaginarnos el alcance económico. Debemos aprovechar el interés que despierta el español, pero es muy peligroso que nosotros no seamos capaces de realizar productos que satisfagan ese interés y al final lo hagan otros en nuestro lugar.
En contraste con este futuro halagüeño, el presente que nos muestra el informe consiste en una serie de inadecuaciones que pueden poner en peligro la rentabilidad económica de las industrias de la lengua española. En concreto, nos referimos a la falta de adecuación entre la formación universitaria y las necesidades industriales, y a la falta de iniciativa de las empresas españolas para desarrollar productos multimedia. Es bien conocido el desajuste y la escasa relación entre la Universidad y la empresa española. No menos conocido es el insuficiente interés por la «Investigación + Desarrollo»» en las empresas españolas, como se refleja en los datos sobre retomos de la Unión Europea. El informe propone que el Gobierno adopte una serie de medidas para mejorar esta situación: la reforma de los planes de estudio para crear especialidades que fusionen conocimientos en lingüística, informática y comunicación, y la ayuda a la industria multimedia española con incentivos a la creación y apoyo institucional efectivo a la presentación de proyectos en la UE. En varios lugares se refiere a la falta de continuidad de las acciones públicas, poniendo como ejemplo las desaparecidas Áreas de Industrias de la Lengua y Bibliotecas de la Sociedad Estatal Quinto Centenario.
Además de los datos actuales, el informe Fundesco incluye un estudio de prospectiva, el Estudio Delfos (en realidad un informe dentro del Informe) sobre las posibilidades de la lengua española en el futuro de las comunicaciones electrónicas. En él se exponen íntegramente los resultados de la encuesta a un grupo de expertos (cuyos nombres aparecen en un apéndice), lo que permite al lector sacar sus propias conclusiones, independientemente de las recopiladas por el equipo investigador. En este sentido, creemos que de los datos aportados se pueden extraer valoraciones que en gran parte coinciden con las conclusiones del informe, aunque en algunos casos este lector ha ido más allá.
El informe Delfos refleja que los expertos consultados tienen bastante desconfianza en la capacidad de las instituciones públicas actuales para regular las medidas especiales encaminadas a fortalecer la lengua española en el ámbito de las autopistas de la información. Lo que no alcanza a interpretar este lector es si esta desconfianza se debe a una situación coyuntura] -y por tanto posible de resolver-, o a un planteamiento genérico. Conviene recordar que la Internet surgió como una red para el intercambio de conocimiento entre universidades y centros de investigación, y que su espíritu original es el de la autorregulación, sin injerencias de ningún tipo. ¿No será que esa desconfianza está producida por el convencimiento de que serán los usuarios quienes decidirán qué productos comprar y en qué lenguas comunicarse?
Uno de los aspectos más novedosos del informe es la propuesta de creación de una Oficina de Coordinación de la Lengua Española. La justificación de este organismo se basa en la necesidad de que el Gobierno cuente con un centro asesor en materia lingüística para las nuevas tecnologías y en la asunción por parte del equipo investigador de que las instituciones antes mencionadas no reúnen las condiciones para esa función. Aquí hay que mencionar que la opinión de los expertos encuestados apoya esta asunción. Desafortunadamente, el texto es muy poco explícito acerca de dicha Oficina: sería básicamente un centro con un equipo especializado y mínimo que se encargaría de «informar y coordinar» toda la información referente al campo para que pueda ser consultada por cualquier entidad pública y privada, dejando las decisiones a los organismos pertinentes.
Para terminar, quiero destacar un aspecto que se menciona frecuentemente en el informe, pero que desgraciadamente no se desarrolla: el impacto de las nuevas tecnologías y la reforma de la enseñanza de lenguas en los distintos niveles educativos. La encuesta refleja la opinión generalizada de que los productos multimedia educativos transformarán y mejorarán la función de los profesores. Tanto alumnos como docentes tendrán que adaptarse a los nuevos medios y, por las implicaciones que esto conlleva, es del todo necesario que los organismos educativos competentes planifiquen las líneas generales de la utilización de la Internet y los programas educativos en la escuela. Creemos muy apropiado la elaboración de otro informe que aborde el tema.
En resumen, el informe sobre la situación de la lengua española en el contexto de las autopistas de la información no es destructivo ni pesimista, sino que expone los problemas para que se adopten soluciones.
En otoño de 1992 se desencadenó la crisis que precipitó el final del Sistema Monetario Europeo. Nuestros gobernantes de entonces, haciendo gala de la tan española trilogía de soberbia, ignorancia y frivolidad, decidieron «sostenella y no enmendalla» (a la peseta), y apostaron en contra de la tendencia general de los mercados. Las ventas masivas de divisas no bastaron para mantener la cotización de nuestra inflada moneda, y la operación se saldó con una masiva devaluación de la peseta y con unas pérdidas aproximadas de un billón de pesetas para el Banco de España. Las del Banco de Inglaterra, en defensa de la libra, fueron aún mayores.
Detrás de aquella colosal especulación que desencadenó el fin de nuestra particular pompa de jabón, hay un personaje que saltó a la notoriedad pública: George Soros. Escasamente conocido fuera de los medios financieros internacionales, Soros se convirtió en el «enemigo público número uno» de los bancos de reserva europeos. Sin embargo, como él mismo ha repetido en múltiples declaraciones, siempre ha operado dentro de las normas que permite el sistema; los fallos de éste no son imputables a él, sino al sistema mismo y a sus diseñadores.
El libro que comentamos es una recopilación de dos largas entrevistas hechas por Kristina Koenen, periodista del Frankfurter Allgemeine Zeitung, y por el financiero de la Banca Morgan Stanley, Byron Wien. En ellas se profundiza, de manera ágil y amena, en la biografía, opiniones y realizaciones de Soros, un carácter mucho más rico y atrayente de lo que en principio se pudiera pensar.
Judío húngaro, Soros vivió la ocupación nazi y aprendió de su padre el arte de la supervivencia en circunstancias críticas, algo que le sería sumamente útil en los avatares de los mercados financieros internacionales. Una vez emigrado a Londres, Soros entró en contacto con las enseñanzas de Karl Popper, y quedó especialmente prendado de la idea de «sociedad abierta». A este ideal ha consagrado sus fundaciones filantrópicas, comenzadas a principios de los años 80 tras unos contactos iniciales con movimientos de resistencia al comunismo, tales como «Solidaridad» en Polonia, o el movimiento «Carta 77» en Checoslovaquia. Actualmente, esas fundaciones se concentran fundamentalmente en los países del antiguo bloque soviético: Hungría, Rusia y Ucrania, entre otros. En ellos, su mecenazgo ha permitido la apertura, en 1991, de la «Central European University» de Budapest o la creación de la «International Science Foundation», dirigida a mantener a la comunidad científica rusa. El propósito subyacente de sus Fundaciones -de las que Soros habla como su realización más preciada- es precisamente ayudar a organizar la transición de «sociedades cerradas» a otras «abiertas», mediante la profundización en el modo de pensar crítico y en la organización de instituciones propias de un régimen de libertades.
Para Soros, la esencia de la «sociedad abierta» no radica meramente en la ausencia de intervención gubernamental. Más bien se trata de una estructura sumamente compleja que descansa en leyes e instituciones, y que requiere ciertos modos de pensar y determinados patrones de conducta. Precisamente, la misma sutileza de esos mecanismos hace que todo el sistema resulte natural, al regularse a sí mismo y, en consecuencia, a que los ciudadanos lo tomen por descontado. Soros insiste en que una de las principales fallas de la «sociedad abierta» es la falta de valores por los que la gente esté dispuesta a luchar. Es preciso llegar a una situación de supresión de libertades y derechos, a una «sociedad cerrada» en definitiva, para movilizar las energías del ciudadano. Sin embargo, una sociedad, al igual que una persona, necesita de creencias que le sirvan de guía, pues la racionalidad, orientada hacia fines meramente utilitaristas, no es suficiente. Soros cree que los neoliberales han sacralizado el valor del mercado, un mecanismo económico que a pesar de ser imperfecto resulta el mejor de los posibles, pues permite la corrección de errores gracias a los datos que el juego de la oferta y la demanda proporciona.
Junto a sus reflexiones sobre la «sociedad abierta», Soros propone toda una teoría de la inversión que ya había esbozado en un libro que pasó en el momento de su publicación sin mayor pena ni gloria: The Alchemy of Finance. Partiendo del concepto de falibilidad de Popper, Soros describe la conexión entre nuestras percepciones sobre los fenómenos y las repercusiones que éstas tienen sobre los mismos, lo que establece una relación reflexiva entre ambos. Se trata de una incursión en el terreno de la epistemología y de la teoría de la acción humana que, en su aplicación personal a la inversión financiera, se ha demostrado extraordinariamente fructífera. Baste recordar que mil dólares invertidos en 1969 en el «Quantum Fund», creado por Soros, serían unos dos millones en 1995, de haberse reinvertido los beneficios. El libro contiene una interesante descripción del ciclo especulativo e insiste en la importancia de percibir el punto de inflexión de las tendencias del mercado para «estar por delante de la curva». Precisamente a esta difícil habilidad atribuye Soros el éxito de sus operaciones en los mercados.
Como si no le bastara con esas facetas de financiero, filántropo y filósofo, Soros se define además como un «estadista sin Estado». Resulta interesante ver como un hombre que ha amasado una inmensa fortuna y, en conexión con ella, importantes relaciones personales, se siente un tanto frustrado por no poder participar de manera más influyente en la toma de decisiones sobre los grandes problemas internacionales. Soros nos obsequia con sus opiniones sobre el futuro de las Naciones Unidas, la guerra de Bosnia, la reforma de la OTAN o la evolución de la sociedad norteamericana, entre otros. Así, estima que Estados Unidos, líder del mundo libre y primera superpotencia durante la era de la «guerra fría», carece ahora de las palancas económicas y de la motivación interna necesarias para desempeñar ambos papeles. El actual sistema internacional, que Soros considera en progresiva descomposición, precisa numerosas intervenciones armadas (Somalia, Ruanda-Burundi, entre otras), que los Estados Unidos no están dispuestos a llevar a cabo por falta de voluntad política. Mientras tanto, la construcción europea se encuentra ahogada, estima él, en una jungla de reglamentaciones burocráticas y de falta del impulso político necesario, entre otras razones porque las dos potencias centrales, Alemania y Francia, miran una hacia el este y la otra hacia el sur. Puntos de vista éstos que son, indudablemente, dignos de ser considerados, por más que se vea en ellos el talante voluntarista de un hombre de negocios, acostumbrado a la ejecución inmediata de sus decisiones e impaciente ante la complejidad que reviste cualquier problema social, máxime si éste se enmarca en una dimensión internacional.
El propio Soros se define, con humor, como el estereotipo del judío plutocrático, bolchevique, sionista y conspirador mundial. Sin embargo, lo que queda tras la lectura de este interesante libro es la aproximación a la vida y al pensamiento de un destacado actor de nuestra época, de un hombre que, en definitiva, es algo más que un «bucanero de las finanzas», faceta que resulta ser la que menos le interesa, y por la que es conocido del gran público.
Walker Percy nació el 28 de mayo de 1916 en Birmingham, Alabama. Tuvo una dura primera infancia: su padre se suicidó y, poco después, en un accidente de tráfico, moría su madre. Fue adoptado por su tío William Alexander Percy, el autor de Lanterns on the Levee, las deliciosas memorias del propietario de una extensa plantación en el sur de los Estados Unidos. «Uncle» Will era un gentleman culto, honorable y en el buen sentido de la palabra bueno; vivía en Greenville, Mississippi, y allí se llevó a Walker y a sus dos hermanos. Con su pasión por la música y la literatura clásica y su ejemplo de escritor transmitió a su sobrino una educación que éste consideró siempre como «una deuda impagable».
Percy se licenció en Medicina en Columbia. Mientras hacía prácticas en un hospital neoyorquino enfermó de tuberculosis. Pasó una larga temporada en un sanatorio, durante la cual no se limitó pasiva y pacientemente a no fallecer, sino que decidió hacerse escritor, convertirse al catolicismo, casarse con Mary Bernice Townsend y trasladarse a vivir con ella a Covington, Louisiana. «Técnicamente hablando -escribirá— Covington es un no-lugar con una cierta relación a un lugar (Nueva Orleans), una relación que evita los horrores de estar totalmente situado, los de no estar situado en absoluto y los de estar mal situado».
Desde esa ideal nonplace, seis novelas y decenas de artículos le han situado en una plaza de lujo en la cultura norteamericana reciente. Miembro, entre otras, de la American Academy of Arts and Sciences, fue nombrado Jefferson Lecturer en 1989 por el prestigioso National Endowment for the Humanities (sucediendo a figuras de la talla de Lionel Trilling o Saul Bellow). Publicó en revistas tan distintas entre sí -en público e intereses ideológicos— como pueden serlo Esquire o The Journal of Philosophy, Harper’s o Thought, Commonweal o The Southern Review y la Vartisan Review o The New Scholasticism: todo un record para un escritor de convicciones, pero su indudable arte hace interesante su obra a públicos plurales hasta la disparidad. Pues Percy es un antimodelo para escritores complacientes.
Sus artículos se ocupan de temas variados: desde el presente y el pasado del Sur natal (New Orleans Mon Amour, The American War), hasta la ética (A View of Abortion, with Something to Offend Everybody) y la religión (The Holiness of the Ordinary), pasando por los que dan muestra de su conocimiento, serio y profundo, de la ciencia, la filosofía, el misterio del lenguaje y la literatura (Is a Theory of Man Possible?-, Naming and Being, The coming Crisis in Psichiatry, From Facts to Fiction). A su olfato literario se debe el descubrimiento de John Kennedy Toole (el autor de las fantásticas La conjura de los necios y La Biblia de Neón) y el redescubrimiento de A Canticle for Leibowitz de Walter M. Miller Jr. (una novela de ciencia ficción que no necesita de Independence Days o de inacabables coreografías de mulantes para, haciendo presente el futuro a base de convertir el presente en pasado, conseguir una perspectiva inédita sobre nuestro presente).
En 1975 publicó una colección de esos ensayos, escritos o leídos a lo largo de veinte años, The Message in the Bottle (de la que ha sido extraído el artículo que traducimos a continuación). Patrick Samway ha editado además, con el título de Signposts in a Strange Land, un volumen que recoge casi todos sus restantes trabajos. También de ese año 83 es Lost in the Cosmos. The Last Self Help- Book, una hilarante -y profunda— parodia de las supersticiones de la cultura moderna, de la desorientación del individuo a pesar de la todopoderosa ciencia («cómo es posible que sepamos más acerca de un planeta como Júpiter, que está a millones de años-luz, que de nuestro propio yo, teniendo en cuenta que nos pasamos la vida junto a él») y de su falso recetario de psicobasura para que el ciudadano sea feliz, se conozca, se «autorrealice» o adelgace.
Pero Percy fue, sobre todo, un novelista. Con su primera novela, The Moviegoer (1961), ganó el National Book Award de 1962. Le sucedieron, publicadas por la prestigiosa Farrar, Straus & Giroux, la aguda The Last Gentleman (1966), la sin duda alguna genial Love into Ruins. The Adventures of a Bad Catholic at a Time Near the End of the World (1971), la amarga y maestra Lancelot (1977), la más seria y larga The Second Coming (1980) y, por último, The Thanatos Syndrome (1987). Están traducidas al castellano la primera y la última: El cinéfilo (trad, de Javier Lacruz, Alfaguara, Madrid, 1990), y El síndrome de Tánatos (trad, de Jaime Collyer, Mondadori, Madrid, 1990). Grijalbo publicó Lancelot bajo el título «La confesión de Lancelot», pero la edición debe de estar agotada porque, lamentablemente, no hay quien la encuentre. Percy pertenece a la gran tradición de escritores americanos, muchos ellos de extracción sureña, la de los Faulkner, Flannery O’Connor, Eudora Welty, Carson McCullers o Salinger, y se ha alimentado además de las grandes figuras de la literatura centroeuropea. En filosofía estuvo cercano a Kierkegaard, al existencialismo de Camus y Sartre y, sobre todo, a Gabriel Marcel y a la semiótica de Charles Sanders Peirce (1839-1914). Su talento literario y su dominio en la elaboración artística del lenguaje ajeno (magistral en muchos personajes de Love into Ruins, por ejemplo, o en los «Diarios» de Sutter Vaugh en The Last Gentleman) evitan que sus historias se conviertan en argumentos filosóficos camuflados, sus personajes en soportes de teorías abstractas y sus novelas en lo que alguien ha llamado «novelas no novelescas».
Según él, su fe católica -que Percy caracterizó this side of grace y en su caso como «romana, artúrica, semítica y semiótica»- le concedió un ojo especial para la irreemplazable singularidad de cada individuo, para la importancia de lo ordinario y lo concreto en la vida («Whereas and in fact my problem is how to live one ordinary minute to the next on a Wednesday afternoon. Has not it been the case with all ‘religious people’?»: The last Gentleman); le dio efectivamente el sentido del matiz -el de la encarnación— para la mezcla entre lo material y lo espiritual en que la vida consiste. Como médico, tuvo un «ojo clínico» capaz de diagnosticar la falsedad y las poses literarias, y de penetrar en las complejidades de la vida humana (no hay un solo personaje plano en sus novelas; solo un ejemplo, de Love into Ruins, donde describe así un carácter: «There was a scoffing irish behaviorist, the sort whom irony is so plied up in irony, jokes so encrusted in jokes, winks and nudges and in-jokes so convoluted, that anticlericalism has become anti-anticlerical, gone so far out that it has come back in as clericism and comes down on the side of Rome where he started»).
Percy dispuso a sus personajes en un mundo que nos resulta reconocible aún, aunque hoy nuestra conciencia acerca de él haya perdido virulencia pesimista: el mundo en el que los ideales de la modernidad han sido desmentidos en parte por horrores como dos guerras mundiales, en el que la ciencia y la técnica tienen un estúpido y reductivo papel preponderante en la visión del mundo, en el que el cristianismo parece hundido en un fracaso moral, y en el que la propia palabra humana parece haber colapsado (como anota Binx Boiling en su diario: «Abraham vio los signos y creyó. Hoy el único signo es que todos los signos dan lo mismo»: The Moviegoer). Un mundo en crisis para el que hay esperanza, pero no grandes soluciones teóricas infalibles y definitivas. Percy parece apuntar al tipo de soluciones que tienen más que ver con tomar conciencia de la desesperación (de la falta de esperanza) e iniciar, como Binx Bolling o Bill Barrett, una «búsqueda» («la búsqueda es lo que cualquiera emprendería si no estuviese sumido en la rutina de su propia vida», dice en El cinéfilo) y no tanto con grandes panaceas moralistas en forma de grupos interdisciplinares de estudio del comportamiento o «proyectos para una ética mundial». Ese es el contexto de crisis y esperanza en el que Percy escribió sus «Notas para una novela acerca del fin del mundo», y también desde el que escribió sus novelas, que no se agotan en darle respuestas, sino que genialmente lo rebasan.
Solo un apunte más: aparte de todos sus méritos, me parece que los personajes de Percy han inaugurado un estilo de héroe (o antihéroe) contemporáneo que se desliza en una estela distinta a la del estereotipo más habitual, también en nuestras letras: muy por encima del tipo de argumentos y de personajes que parecen clonaciones literarias de Burroughs y Bukovski (pero muchos años más tarde que Burroughs y Bukovski), o repeticiones de Kerouac a base de sustituir la A-66, los moteles y la Ginger Ale por cerveza Cruzcampo y la carretera de Andalucía con su infinito yermo; más allá de historias Pulp sin el talento de Tarantino, en las páginas de Percy comparecen el drama y la comedia humanas con una mezcla de esperanza y desesperanza: Binx Bolling, Percival, Thomas More o Billingston Bill Barrett son conmovedores y divertidos aventureros metafísicos, Hamlets sureños, Principes Mischkin en pleno Central Park, «Idiotas» del Sur (Peter Handke, otro de los admiradores de Percy, tradujo con esa expresión al alemán The Last Gentleman). Percy ha creado una estirpe festiva de personajes autónomos y personalísimos, y cada uno de ellos es otro héroe de la novela postmoderna, distinto del plano y pseudotrágico antihéroe de serial.
Serio y divertido, deliciosa y elegantemente escéptico, esperanzadamente inteligente e indefinidamente susceptible de ser releído, Percy es un novelista que interpela; leyéndole, cada uno puede tener la misma sugestiva y casi personal impresión que tuvo Binx Bolling, el protagonista de El cinéfilo, de otro personaje de esa novela, un cierto Mr. Sartalamaccia: que a Walker Percy «le gustó hablarme del pasado y confabularse conmigo contra el futuro».
Murió en Covington, Louisiana, hace poco más de seis años, el 10 de mayo de 1990.
Una novela seria sobre la destrucción de los Estados Unidos y el fin del mundo cumpliría la misma función que una profecía al revés. El novelista escribiría sobre el fin venidero, con el propósito de advertir sobre los males del presente y poder evitar aquél. A pesar de que Dios no le haya elegido para que haga de profeta, tendría que fingir una cierta presciencia: si el novelista no creyera estar viendo algo que los demás no ven (o al menos algo a lo que no prestan mucha atención), estaría malgastando su tiempo escribiendo y la gente lo estaría perdiendo si le leyera.
Eso no quiere decir que él sea más sabio que sus lectores; al contrario: puede que su visión solo se distinga de la de los demás porque le aqueja una especie de aflicción, que le separa de ellos y le concede un punto de vista singular sobre lo que está ocurriendo, del mismo modo que un herido tiene una perspectiva de la batalla más clara que la de quienes continúan peleando.
Quizá el novelista se parezca, más que a un profeta, a un canario de aquellos que los mineros solían bajar consigo a las galerías para que les advirtiera a tiempo de la presencia de gas en el ambiente: si el pájaro se inquietaba, piaba lastimeramente y se desplomaba, los mineros entendían que había llegado el momento de escapar a la superficie y ponerse a reconsiderar las cosas.
Pero puede que sea necesario definir en primer lugar el tipo de novela y el tipo de novelista en los que estoy pensando.
I
Con la expresión «una novela sobre el fin del mundo» no me estoy refiriendo a una fantasía como las de Wells o a una de esas películas de ciencia ficción que pasan por la TV en la última sesión. La novela a la que me refiero no pretendería predecir la inminente devastación del mundo, y ni siquiera estaría interesada en las posibilidades de destrucción física, tan reales en nuestra época. (No se fijaría en cosas como, por ejemplo, que cada uno de los aproximadamente noventa submarinos nucleares norteamericanos lleva dieciséis misiles Polaris, cada uno de ellos con una capacidad destructiva igual a todas las bombas lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial). Al tipo de novelista al que me refiero le preocuparían otros signos. Signos que, interpretados correctamente, estarían anunciando otro tipo de peligros.
Y aquí es donde el novelista tiende a disentir del público en general. Porque mientras parece justo afirmar que la mayoría de la gente es optimista a la hora de hacer juicios o, mejor dicho, que su pesimismo se debe a razones específicas (del tipo: «si los estudiantes, los negros y los comunistas se portasen bien, las cosas no irían tan mal»), la percepción de lo que está pasando que tiene ese novelista parece apuntar a algo más radical, algo que no puede explicarse echando mano de simples males particulares como el racismo, Vietnam o la inflación. De modo que lo que hay que plantearse es si la mayoría de la gente está loca o si son más bien la mayor parte de los escritores serios quienes lo están. Dicho de forma más precisa: ¿se encuentra realmente la civilización secular, la ciudad de los hombres, en serio peligro, o es el novelista un burgués decadente, un residuo de una época anterior al que periódicamente le gusta adornarse y adornar a sus lectores con los anuncios de un desastre inminente?
Las signos son ambiguos: el novelista y el lector en general pueden coincidir sobre la realidad de la amenaza nuclear; pero cuando el novelista, aquí y ahora, comienza a comportarse como un hombre que se columpia al borde de un abismo o, aún peor, como uno que ya ha rebasado ese borde y ha caído en él, es frecuente que el lector se intranquilice; que se moleste, incluso: en una ocasión, una dama muy enfadada me paró por la calle para decirme que no le había gustado un libro que había escrito, pero que si daba lo mejor de mí mismo aún podría escribir una buena novela cristiana como El Cardenal, de Henry Morton Robinson, o incluso puede que como El Inclusero, del Cardenal Spellman.
¿Y qué hay del novelista? Permítanme definir el tipo de novelista en el que estoy pensando: no lo sitúo en una escala de méritos (no tiene por qué ser un buen novelista), lo pienso en los términos de los objetivos que desea alcanzar. El novelista del que hablo es un escritor con una preocupación explícita y última sobre la naturaleza del hombre y la naturaleza de la realidad en la que ese hombre se encuentra. En vez de construir una trama e inventar una serie de personajes en un mundo familiar para todos, ese novelista tiene tendencia a situar a un personaje extraño en medio de un lugar extraño, un lugar en el que las señales de orientación son enigmáticas, a pesar de lo cual su héroe se dispone a explorarlo. A ese novelista se le puede calificar de novelista «filosófico», «metafísico», «profético», «escatológico» o incluso de «religioso». Este término —»religioso»— lo uso aquí en su acepción original, que es como lo entiende el novelista: aludiendo a un vínculo radical que liga al hombre con la realidad y da sentido a su vida, o aludiendo a la ausencia de ese vínculo, que hace que su vida carezca de sentido.
En este tipo de novelista puede incluirse a escritores tan diversos como Dostoievski, Tolstoi, Camus, Sartre, Faulkner o Flannery O’Connor. Algunos podrán objetar que Sartre es ateo. Lo es, pero su ateísmo es «religioso» en el sentido que aquí se otorga a ese término: es un novelista que traiciona una convicción apasionada sobre la naturaleza del hombre, el mundo y la obligación del hombre en el mundo. Por las mismas razones excluiríamos sin prejuicios a la mayor parte de la novela inglesa: estoy deseoso de creer que Jane Austen y Samuel Richardson son mejores novelistas que Sartre y O’Connor, pero mientras los novelistas rusos del XIX estaban obsesionados con Dios y muchos de los existencialistas franceses lo están con su ausencia, el novelista inglés no está muy interesado en ninguna de esas dos cosas. Tradicionalmente, la novela inglesa se desarrolla en una sociedad tal y como todos la ven y la dan por garantizada. Si en esa sociedad destacan los vicarios y las parroquias, habrá vicarios y parroquias en la novela. Si no, no: tanto mejor para los vicarios y las parroquias.
¿Y qué hay de los novelistas americanos? Uno excluiría, y de nuevo sin prejuicios, a los que hacen crítica social y sátira cultural, como Steinbeck o Sinclair Lewis: los emigrantes de Oklahoma tenían demasiada hambre para tener «crisis de identidad», Dodsworth estaba demasiado interesado en Italia y en el dolce far niente para preocuparse de Dios o de la muerte de Dios. El tipo de novela contemporánea a la que me refiero trataría más bien de las secuelas, de lo que podría suceder después a esos personajes: ¿qué le ocurre a Dodsworth después de vivir feliz en Capri? ¿Qué pasa con los miles de habitantes del Midwest después de haberse instalado en la Riviera? ¿Qué ocurre con el Okie emigrado de Oklahoma que ha triunfado en Pomona y se pasa las horas viendo en la TV los shows de Art Linkleter? ¿Les va todo bien o están metidos en más problemas que cuando estaban en Main Street o en el desierto? Si es así, ¿cuál es la naturaleza de esos problemas?
Una pista de cuáles son las cosas que preocupan a los novelistas americanos es la queja constante de la crítica literaria británica. Una reseña inglesa de una reciente novela americana hablaba de la perenne disposición de los norteamericanos para la «megalomanía filosófica». Ciertamente: si las virtudes británicas residen en la pulcritud de estilo, la claridad y la concisión, el respeto por las formas y una innata turbación ante las «cuestiones profundas», entonces hay que admitir que entre los defectos de los novelistas americanos se encuentran la presunción, la grandilocuencia, la falta de formas, el exceso dionisíaco y una especie de «omnivoracidad» metafísica: las novelas americanas tienden a tratar sobre todas las cosas. Es más: al final, todo acaba en Dios, el hombre, el mundo. La frase más usada en las contraportadas de las últimas diez mil novelas americanas es «esta-novela- indaga-el-problema-del-mal-y-de-la-esencial-soledad-del-hombre»: como se ve, es una empresa de gran envergadura, pero el caso es que resulta normal que el novelista americano se sienta capaz de sacarla adelante. No cabe duda de que esa hipertrofia congénita de los apetitos del novelista es la causa de un gran número de pésimas novelas, especialmente en un momento como el nuestro, en el que —a diferencia de la Rusia del siglo XIX- el talento no se corresponde con la ambición.
II
Como los profetas de verdad, es decir, los hombres escogidos por Dios para comunicar algo urgente al resto de la humanidad, escasean hoy, el novelista puede realizar una función cuasiprofética: como en el caso del profeta, sus nuevas son, generalmente, malas noticias; además, a diferencia del profeta, cuya boca ha sido purificada con una brasa incandescente, es frecuente que el arte del novelista sea malo. Está convencido de que debería impresionar a sus lectores hablando de los novísimos —si no del Last Day of Gospel, sí del posible advenimiento de la destrucción, de la devastación de las ciudades, de los viñedos convertidos en páramos arrasados—. Al igual que el profeta, puede sentirse en profundo desacuerdo con sus compatriotas; a diferencia del profeta, sus compatriotas, por lo general, no le dan muerte: resulta más frecuente que le ignoren. O, si escribe libros lo suficientemente indecentes, entonces puede convertirse en un escritor de best sellers o incluso ser llevado al cine.
Lo que nos ocupa aquí es la discrepancia que hay entre el modo de ver las cosas de ese novelista y el modo de ver las cosas más común entre los habitantes de la ciudad secular, y el de los teólogos progresistas en particular. Aunque es importante advertir esa discrepancia, el novelista ha de tener mucho cuidado de no distorsionarla, especialmente en su propio beneficio, para no ser víctima de su seducción: nada llega a la gente con tanta facilidad como las sepulcrales proclamas de anticuados existencialistas de café y las de los neohippies, que declaran despreciar la sociedad y la tecnología de la civilización occidental al mismo tiempo que viven de los cheques que aquella les extiende, y que serían los primeros en acudir a que les pusieran una inyección de penicilina si tuviesen meningitis.
Pero, incluso después de haber tomado las precauciones oportunas, no se puede pasar por alto esa notable discrepancia: porque da la impresión de que los novelistas más serios (por no hablar de los poetas y los artistas), están desfasados respecto de sus iguales en otros ámbitos de la vida moderna, como los médicos, los abogados, los empresarios, los técnicos, los obreros y, hoy, los nuevos teólogos.
Es una vieja historia, la de los novelistas: la gente siempre pregunta:»¿por qué no escribe Vd. sobre cosas gratas y gente normal? ¿Por qué todo tiene que ser neurosis y violencia? Hay muchas cosas agradables en el mundo». El lector se ofende, pero se ofende aún más si uno contesta: «si, es cierto; de hecho parece que hoy hay más gente encantadora que nunca, pero de algún modo da la impresión de que a medida que el mundo se va haciendo más encantador también se hace más violento. La triunfante sociedad laica del mundo occidental, el mejor de todos los mundos posibles, ha liquidado más gente en la primera mitad de siglo de la que se había matado en el resto de la historia conocida. Aquellos que viajaron a Alemania antes de la última guerra informaron de que los alemanes eran la gente más encantadora del mundo». La gente se ofende aún más cuando oye cosas como estas.
III
Si uno realizara una encuesta Gallup a ciudadanos representativos de las megálopolis, las respuestas a la pregunta «cómo ve Vd. el futuro» serían parecidas a estas:
—Político liberal: «si utilizamos de forma constructiva la riqueza y energías de que disponemos, para proporcionar mayores oportunidades a todos los hombres, existe una esperanza sin limites para el bienestar humano».
—Político conservador: «si vencemos al comunismo y reavivamos la religión y el americanismo de otros tiempos, no tenemos de qué preocuparnos».
—Empresario: «los negocios en general van bien; la guerra no está afectando demasiado, pero los negros, los sindicatos y el gobierno podrían estropearlo todo».
—Trabajador: «este país lo que necesita es una jornada semanal de ocho horas y unos ingresos mínimos garantizados».
—Experto en Urbanismo y Población: «si pudiésemos solucionar los problemas internacionales y emplear el presupuesto anual en Educación y viviendas, podríamos tener un paraíso en la tierra».
Etc, etc…
Todos ellos tienen probablemente razón, y hay un contexto en el que es posible estar de acuerdo con cada una de esas respuestas. Pero imaginemos que se formulase la misma pregunta a un novelista que, digamos, nació y se educó en una comunidad en la que las necesidades humanas han alcanzado un alto índice de desarrollo; en la que, por supuesto, la vivienda, la educación y las instalaciones culturales y de recreo son de primera categoría; pensemos en sitios como Shaker Heights, Pasadena o Bronxville1 ¿Cómo contesta ese novelista a aquella pregunta? En primer lugar, si nació en uno de esos lugares es probable que lo haya abandonado. (Hay que hacer notar de paso que esas comunidades, junto con Harvard, Princeton, Yale, Bennington, Sarah Lawrence y Vassar2, han producido extraordinariamente pocos novelistas buenos últimamente, y que los buenos novelistas más recientes suelen proceder con mayor frecuencia de ciudades del sur de Georgia o de los barrios judíos de Nueva York y Chicago). En cualquier caso, ¿cómo respondería a la encuesta el novelista emigrado desde Shaker Heights? Me atrevo a decir que su respuesta sería algo así: algo va mal aquí; no me siento bien.
Es cierto todas las generalizaciones son peligrosas, y la más peligrosa de todas puede que sea hacer generalizaciones sobre novelistas, que forman un perverso grupo, ni siquiera se llevan bien unos con otros y, además, hoy hablan en una mezcolanza de lenguajes más confusa que nunca. Pero si hay un rasgo común a todos ellos, ya sean cristianos o ateos, blancos o negros, griegos o judíos, es el de un profundo desasosiego.
¿Resultaría excesivo afirmar que el novelista —y no el teólogo progresista— es uno de los pocos testigos que quedan de la doctrina del pecado original, de la inminencia de la catástrofe en pleno paraíso? En cualquier caso, si aceptamos que la discrepancia del novelista con el resto de la gente es un hecho —el hecho de que el artista americano serio no está de acuerdo con la manera de pensar del americano corriente—, nos enfrentamos a una sencilla alternativa: o bien estamos obligados a afirmar que el artista está equivocado y a decidir en qué sentido lo está (si se trata de un maníaco autocomplaciente, un excéntrico inofensivo, o del bufón de la corte de la cultura de quien todo el mundo espera que haga el tonto con salidas escandalosas por las que está bien pagado); o bien el novelista está intentando decirnos —en el confuso estilo órfico que le caracteriza algo que haríamos bien en escuchar. Y en ese caso es necesario especificar cuál es el motivo de su discrepancia y cuáles son las partes implicadas.
A uno le gusta elegir a los enemigos correctos y deshacerse de falsos aliados.
IV
Se puede afirmar desde el principio que la discrepancia no apunta en absoluto al viejo enfrentamiento entre el «artista marginado» y la sociedad tecnológica y mercantil dominante. Por una razón, y es que el novelista —incluso el novelista serio que no escribe libros «verdes»— jamás ha vivido mejor que hoy: los hombres de negocios (o mejor dicho, sus mujeres) son sus mejores clientes; las grandes Fundaciones se pelean por darle dinero; el gobierno de su país le concede premios en metálico. Hay otra razón, y es que esa imagen del artista como un marginado en una sociedad que le es hostil parece haberse convertido en el rasgo chic de aquellos escritores que no tienen otro signo visible de distinción: no hay nada más fácil que presentarse como una Cassandra hippie del tres al cuarto que proclama el acabóse en unos versos mal escritos.
Es la tosquedad de ese tipo de distinciones convencionales lo que hace difícil identificar el motivo de la discrepancia del novelista con el resto de la gente. Por ejemplo, el otro día recibí un formulario de un sociólogo que claramente se había confeccionado un listado de novelistas, y la primera pregunta del cuestionario decía algo así: «como novelista, ¿se siente Vd. alienado en la sociedad que le rodea?». Me negué a contestarla, porque cualquier respuesta por mi parte hubiera sido malinterpretada con toda seguridad. Un «sí» hubiera incluido ambigüedades varias. Un «sí» podría haber significado: «sí, encuentro repugnante todo el complejo urbano-tecnológico, por lo que me he apartado de él, me he ‘conectado’ y he ‘sintonizado'»3; otro «sí» hubiera podido significar:»sí, dado que soy cristiano y en consecuencia hasta cierto punto debo sentirme como un extranjero y un caminante en cualquier sociedad, así me siento en ésta, aunque considero que la sociedad democrática occidental es la mejor esperanza del hombre en la tierra»; otro «sí» hubiera querido decir: «Sí. Como John Bircher, estoy convencido de que el país se ha vuelto loco».
Las categorías del novelista no son las mismas que las del sociólogo, de modo que sus respuestas al cuestionario pueden ser perversas; en vez de responder, se dedica a cuestionar el cuestionario. Por ejemplo: ¿implica el cuestionario que el sociólogo no está alienado? Si el sociólogo ha conseguido situarse en una posición objetiva superior, ¿significa eso también que ha superado su condición mortal? Incluso si el sociólogo contestase «no, no me siento alienado» a su propio cuestionario, es posible que su respuesta, aún dada de buena fe, pudiera estar encubriendo la forma más extrema de alienación: piénsese en el tipo de alienación que Soren Kierkegaard tenía en mente cuando describió al pequeño Herr Professor que había metido el entero universo en su sistema científico sin caer en la cuenta de que lo que se le había quedado fuera era él mismo como subjetividad, y por tanto ya no podía seguir considerándose un individuo.
Si la vocación científica es la de clarificar y simplificar, pudiera parecer que la del novelista consiste en enturbiarlo y complicarlo todo, porque sabe que ni el cuestionario ideado con el mayor de los cuidados puede poner de manifiesto la relación del sociólogo consigo mismo; porque el novelista sabe que lo que siempre se queda fuera de toda formulación científica —incluso de la más rigurosa— es el individuo como tal. Y como el novelista se interesa siempre por individuos singulares (mientras que el científico se ocupa de ellos únicamente en orden a descubrir sus propiedades genéricas), es responsabilidad suya evitar caer en géneros y adentrarse en el misterio, en la paradoja, en el carácter abierto de cada existencia humana singular. Si es buen escritor, sabrá no hablar de su hombre de negocios como si fuera una especie de género: a Sinclair Lewis le fue muy útil inventarse a George Babbitt, pero no aprovecha nada a los malos novelistas crear a todos los hombres de negocios de los que escriben a imagen y semejanza de George Babbitt.
Veamos qué hombre de negocios interesaría al novelista «religioso», es decir, al novelista preocupado con cuestiones radicales como la identidad del hombre y su relación con Dios o con la ausencia de Dios. Ese novelista esbozaría a su personaje como un típico usuario habitual de los transportes públicos, un hombre que está, en cierto sentido, «perdido respecto de sí mismo». Es decir, que siente que algo ha ido muy mal en la rutina cotidiana de su trabajo, en la rutina de su oficina, en la vida ordinaria en su casa, en su visita dominical a la iglesia, en su trabajo como entrenador en la Liga juvenil. Incluso cuando todo marcha bien según todos los criterios objetivos, él sabe que no todo marcha bien. ¿Qué puede pasarle entonces? Por supuesto, puede optar por no tomar parte en lo que le ocurre, por abstenerse. Pero, gracias a Sinclair Lewis, sabemos lo que puede ocurrirle mejor de lo que lo sabía Sinclair Lewis. Ya no nos satisface que nuestro protagonista se evada y se escape a Capri buscando una vida cómoda: quizá porque somos más juiciosos frente a determinadas cuestiones, quizá simplemente porque Capri nos parece demasiado asequible. Aunque sería más fácil hoy escribir una novela satírica sobre algún hippie entrado en años que en su día se marginó del resto de la sociedad y ahora pugna por situarse en ella, el caso es que el novelista de hoy está más interesado en la catástrofe que en la vida entre los hippies. Aunque no posee certeza acerca de qué es lo que va mal, tiene el presentimiento de que el feliz ciudadano medio de las zonas residenciales corre el riesgo de una catástrofe, y de que, en cierto modo, necesita una catástrofe. Como Tomás Moro o San Francisco de Asís, el novelista del que estoy hablando se encuentra más a gusto cuando «nuestra buena hermana la Muerte» ronda por el vecindario. Y entonces, ¿qué hace que le suceda a su hombre de negocios? Que un día, cuando vuelve a su casa en el tren de las 17’15, sufra un grave ataque al corazón y le bajen en la misma estación que ha visto tantas veces sin verla. Cuando recupera la conciencia, se encuentra en un extraño hospital rodeado de desconocidos. Cuando intenta recordar qué ha ocurrido, se fija en su propia mano, que reposa sobre la colcha: es como si nunca la hubiera visto con anterioridad: se maravilla de su complejidad, de su belleza funcional. La mueve una y otra vez. ¿Qué está pasando? Lo que está sucediendo es una especie de revelación natural que recuerda las experiencias provocadas por las drogas psicodélicas. Es interesante resaltar que nuestro novelista «religioso», en dependencia de su «religión», entiende este tipo de revelación —para la que no hay otro nombre que el de revelación de la propia existencia— como un suceso que nos da ánimos o que nos repugna: recuérdese al Roquentin de Sartre tomando conciencia de su propia mano, que le parece una enorme y gruesa babosa con pelos rojos.
Cito estos ejemplos para mostrar el tipo de personaje, el tipo de situación, el tipo de acontecimiento que preocupa al novelista actual con más probabilidad que lo que podía esperarse que preocupara a Hemingway o a Sinclair Lewis. ¿No es razonable afirmar que, en cierto sentido, nuestro viajero enfermo «ha vuelto en sí»?
En qué sentido ha «vuelto en sí», y cómo afecta eso a sus relaciones familiares, a sus negocios, a su Iglesia, ése es, por supuesto, el argumento de la novela de la que estoy hablando.
V
A la vista de la triunfante y generalmente admirada transformación democrático-tecnológica de la sociedad, ¿de donde procede el radical desasosiego de nuestro novelista? ¿Puede acusársele, como ha acusado Harvey Cox a los existencialistas, de ser un anacronismo, un superviviente de las «personalidades cultas» del siglo XIX que, al no encontrar una audiencia comprensiva ni en el técnico ni en el consumidor, considera conveniente creer que el mundo se está yendo a hacer puñetas? ¿No debería el novelista imitar al teólogo progresista, que ha abrazado con gozo al mundo urbano y al ordenador?
Es obvio que el novelista cree que no: así, de improviso, no se me ocurre ningún novelista de primera fila que sea de alguna utilidad para la sociedad estadounidense «de éxito» (es decir, para los que pasan su vida en una próspera zona residencial de clase media-alta); que le sea de alguna utilidad en el mismo sentido en que Jane Austen lo era cuando celebraba una sociedad equivalente a la nuestra. Por el contrario: a lo que tiende ese novelista es a considerarse ajeno a esa sociedad.
El hecho curioso es que es el nuevo novelista —y no el teólogo progresista— quien juzga al mundo; es el novelista quien, a pesar de su conocida inclinación a la violencia, de su fetichismo de la libertad y de su aventurerismo sexual, pronuncia anatemas sobre la más permisiva de las sociedades, la misma que de hecho a él le permite todo.
¿Qué juicio le merece al novelista el teólogo progresista? Como uno de los argumentos principales de la novela americana desde Mark Twain ha sido la rebelión contra la civilización cristiana, podría esperarse que el novelista emancipado hiciera causa común con el teólogo emancipado. Lo cierto es —o así me lo parece a mí— que ni el novelista ni ninguna otra persona está muy interesada en ningún tipo de teólogos, y menos aún en los que defienden que Dios ha muerto. Los esfuerzos tenaces de estos últimos por bautizar ordenadores le recuerdan a uno a aquellos pastores liberales del siglo pasado, que se apostaban a las salidas de los laboratorios a esperar, dándole vueltas al sombrero, a que saliesen los científicos, para asegurarles que en realidad no existía conflicto alguno entre la ciencia y la religión. Al científico no podía importarle menos.
Con todo, el novelista contemporáneo está tan preocupado con la catástrofe como el teólogo ortodoxo con el pecado y la muerte. ¿Por qué? Puede que el novelista (que no es un crítico), sólo pueda responder en el ámbito de su propia visión del mundo. Según Toynbee, todas las cuestiones son en última instancia religiosas. Y por ello, la «religión» del novelista es algo relevante si está escribiendo una novela sobre cuestiones trascendentes. No importa demasiado que Margaret Mitchell fuera metodista o atea. Pero sí importa a qué son fieles Sartre, o Carnus, o Flannery O’Connor, porque ellos escriben sobre esa fidelidad.
Pues da la casualidad de que yo hablo en un contexto cristiano. O, lo que es lo mismo: yo no creo que mi vocación sea sermonear con la fe cristiana en una novela, pero da la casualidad de que mi visión del mundo está formada por una cierta creencia sobre la naturaleza y el destino del hombre que no puede dejar de ser central en ninguna novela
que yo escriba.
Esto de ser novelista y cristiano tiene hoy en día ciertas ventajas y ciertos inconvenientes: puesto que las novelas tratan sobre la gente y la gente vive en el tiempo y se mete en líos, probablemente constituye una ventaja estar suscrito a una visión del mundo como la cristiana, basada en la encarnación, la historia y las situaciones concretas, en vez de estarlo, por ejemplo, al budismo, que tiende a desvalorizar la singularidad de las personas, las cosas y los acontecimientos. Por lo que respecta a la confusión actual del hombre, ver al ser humano como alguien que es por naturaleza un exiliado, un ser errante, constituye probablemente una ventaja frente al modo de verlo propio de un behaviorista (como un «organismo» en un «medio»). A pesar del rechazo explícito del cristianismo por parte de Camus, su étranger tiene lazos de sangre con el homo viator de Santo Tomás de Aquino y Gabriel Marcel. Y si es cierto que vivimos momentos escatológicos, tiempos de grandes riesgos y de esperanza inconmensurable, de posible acabamiento y posible renovación, entonces sin duda el carácter profético-escatológico del cristianismo es especialmente apropiado a estos tiempos. Aunque también es cierto, como veremos ahora, que el novelista cristiano debe contar con desventajas específicas.
Pero, para volver a nuestra pregunta: ¿qué es eso que el novelista cree observar en el mundo occidental y le hace tener los presentimientos más oscuros al mismo tiempo que una excitación y una esperanza nada corrientes? Lo primero que observa es el gran fracaso del cristianismo en Occidente. Ese es un fracaso peculiar, y el novelista tiende a considerarlo de forma muy distinta a como lo hace, por ejemplo, el humanista científico: éste puede considerar con total franqueza que el cristianismo ortodoxo como tal es un anacronismo absurdo, mientras que el novelista, a decir verdad, se interesa mucho más por el humanista científico como persona que por la ciencia o la religión en abstracto. El novelista tampoco da demasiada importancia a esa denuncia habitual entre los cristianos de que los enemigos son el materialismo, el ateísmo y el comunismo: la cuestión de si lo que seguiría a una victoria total de nuestros anticomunistas más vociferantes supondría una mejora respecto del mundo actual con todos sus problemas, está, como poco, abierta.
No. Lo que el novelista observa o, mejor dicho, lo que siente, es una cierta cualidad de la conciencia postmoderna tal y como la descubre, tal y como la encarna en sus propios personajes. Lo que descubre, en sí mismo y en otra gente, es un nuevo tipo de individuo, en el que el potencial para la catástrofe y para la esperanza se ha intensificado repentinamente. Todo el mundo ha oído hablar de las nuevas armas, tan imponentes: pero nos resulta menos evidente la reordenación que se ha producido de las energías en la psique humana, en un grado comparable al progreso de aquellas. Las fuerzas psíquicas liberadas hoy en la conciencia postmoderna abren infinitas posibilidades tanto a la destrucción como a la liberación, tanto a una soledad absoluta como al redescubrimiento de la comunidad y de la reconciliación.
Por eso, el tema de la novela postmoderna es la historia de un tipo que está muy cerca del abismo. Cuando uno se para a pensarlo, ¡qué extraño resulta que el momento preciso en el que pisa el umbral de su nueva ciudad, después de haberse ganado a duras penas todo un alivio de los sufrimientos del pasado, casualmente coincide con el momento en el que su vida pierde todo su sentido! Es como alguien que hubiera picado su billete, llegado a su destino y bajado del tren… ¡y se encuentra con que entonces tiene que entregar también su pasaporte y convertirse en un vagabundo sin hogar!
La novela americana de los últimos años ha tratado temas tales como las vidas de personas arruinadas por males sociales, o las de reformadores que atacan esos males, o quizá el de la confusión de los americanos expatriados, o el de la gente del Sur que vive en regiones obsesionadas por los recuerdos. Pero el héroe de la novela postmoderna es un hombre que ha borrado sus recuerdos detestables, ha conquistado sus males actuales, y ahora se encuentra en la victoriosa civilización laica: su único problema es cómo convencerse de que no debe pegarse un tiro en la cabeza.
Los teólogos que defienden que Dios está muerto sin duda dicen la verdad cuando llaman la atención sobre la creciente falta de importancia de la religión tradicional. Los teólogos ortodoxos denuncian con idéntica legitimidad, aunque de forma mucho más monótona, que no existe conflicto alguno entre la doctrina cristiana y el método científico. Para el novelista, todas esas polémicas podrían estar pasando por alto el tertium quid en el que todas estas confrontaciones tienen lugar: la conciencia individual del hombre postmoderno.
Se están planteando las cuestiones equivocadamente. Pues la cuestión correcta no consiste en si Dios ha muerto o si ha sido sustituido por el complejo político-urbano. La cuestión no es si la Buena Nueva ha dejado de ser relevante, sino si es posible que el hombre esté atravesando una reestructuración tan tempestuosa de su conciencia que ya no le permite tomar en cuenta las Buenas Nuevas. Porque lo que ha tenido lugar no es simplemente una transformación tecnológica del mundo, sino algo psicológicamente más portentoso. Lo que ha ocurrido es que el profano ha sido «absorbido»: no por el método científico —cuyas credenciales aquél acepta como explicación para todos los ámbitos de la realidad— sino por el halo de magia que rodea a la ciencia. En la cultura laica de la sociedad científica no hay nada tan fácil como caer víctima de una seducción que le separa a uno mismo de uno mismo, dividiéndole en una «conciencia objetiva» transcendente, por una parte y, por la otra, en un ente consumista con una lista de «necesidades» que satisfacer. Esta bifurcación monstruosa del hombre en componentes angélicos y bestiales es la que hay que ponderar antes de erigir nuevas teologías contra las viejas: un hombre como ése no se haría cargo de Dios, del diablo o de los ángeles ni siquiera si estuviera ante ellos, porque que ya ha poblado el universo con sus propias jerarquías. Así que cuando el novelista escribe acerca de un hombre que «vuelve en sí» a través de algún catalizador como la catástrofe o el sufrimiento, puede estar ofreciendo un oscuro testimonio de una gran transformación de la conciencia y también de lo necesario que resulta reconquistarse a sí mismo: no como ángel ni tampoco como un organismo, sino como una criatura errabunda que se encuentra en algún punto intermedio entre esas dos.
Por ello, la cuestión definitiva es cuál es el final o el resultado histórico de esa falla que se está abriendo en la conciencia. ¿Qué será más relevante para el hombre del futuro, para el hombre que está «perdido» y que lo sabe? ¿la nueva teología política o la vieja teología renovada de la Buena Nueva? Lo más destacable de la teología progresista, además de sus compases pesimistas de marcha fúnebre, es la trivialidad de sus propuestas post mortem. En efecto: después de la polémica, cuando se piensa que ya se han aplanado los cimientos y limpiado los escombros, lo que aparece es poca cosa. ¿Qué hace el cristiano cuando su Dios está muerto y Su nombre eliminado? Pues se le propone que destine más tiempo al partido político de su elección o quizá que haga un esfuerzo mayor por ser cortés con las dependientas y los vendedores de zapatos. Al novelista «religioso» —ya sea Sartre u O’Connor- las optimistas propuestas de la nueva teología le parecen un conjunto de resoluciones aprobadas por una asociación de profesores y padres de alumnos.
El hombre que escribe una novela seria sobre el fin del mundo, es decir, sobre el fin de una era y el inicio de una nueva, no debe contar simplemente, como hizo Wells, con cambios en el entorno, sino con cambios en la conciencia humana que pueden ser igualmente radicales. ¿Será esa conciencia más religiosa o lo será menos? Después de todo, la idea del hombre como un ser que ha pasado de forma gradual de una fase religiosa de la historia a una era política es un presupuesto que está por investigar. Quizá resulte que la época moderna, que puede que tenga unos trescientos años y ya esté concluida, se conozca en el futuro como la Era Laica, que finalizó con las catástrofes del siglo XX.
VI
El contraste entre las visiones del mundo que tienen los moradores del viejo mundo moderno y las que tienen los que habitan en un mundo postmoderno puede esbozarse de forma novelística. Imaginemos a dos científicos del viejo mundo moderno, pongamos que dos físicos de Los Alamos durante los años 40. Salen del laboratorio un domingo por la mañana después de haber trabajado toda la noche y pasan por delante de una iglesia en su camino de regreso a casa. La puerta está abierta: Según pasan, oyen unas cuantas palabras del evangelio que se predica ese día. «Ven y sigúeme», o algo parecido. ¿Cómo responderían a esa llamada? ¿Qué se dirían el uno al otro? ¿Qué pueden hacer o decirse? Teniendo en cuenta el clima vigorizado de objetividad transcendente y camaradería que hubo en aquél momento de apogeo de la Física a principios de siglo, es difícil imaginar una propuesta que les pareciera más irrelevante que ese sermón estándar, cargado con toda la monotonía y el pesimismo tan característicos de la cristiandad en ese mismo momento histórico. Si de hecho se dijeron algo, desde luego no fue algo equiparable a un rechazo de la invocación»¡Ven!». Esa llamada solo es relevante para un hombre en ciertos apuros y ¿puede uno imaginarse a estos científicos en un apuro, como no fuera el de su Schadenjreudé 4 acerca de la invención del arma definitiva? Ellos hubieran percibido las palabras escuchadas a través de la puerta abierta como una manifestación de un cierto constructo cultural. El científico A pudo haberle dicho a B: «¿sabías que hay una secta local de Penitentes a menos de cinco millas de aquí que hace procesiones con látigos y cadenas antes de la Cuaresma?». Y uno no podría haberlos culpado por asistir a un espectáculo de ese tipo con el mismo ánimo con el que hubieran asistido a la «Danza del Maíz» en Tesuque, Nuevo México: y el hecho es que algunos de aquellos físicos de Los Alamos se convirtieron en etnólogos amateurs bastante aceptables.
Pero imaginemos ahora a un tercer científico, cincuenta años más tarde. Posiblemente se trate de un técnico. Supongamos que el mundo ni siquiera ha estallado (después de todo es demasiado fácil presentar un escenario en que el evangelio se predica a unos pocos desarrapados que viven entre ruinas). Lo que ha ocurrido más bien es que el alto nivel cultural de los físicos del siglo veinte ha sido sustituido hace mucho tiempo por el barrido rutinario propio de la física de partículas (y aquél ha quedado como un botánico de hoy en día que se marchara a la Antártida con la esperanza de encontrar algún liquen olvidado). Nuestro técnico está empleado en el Senior Citizens Compound de Santa Fe-Taos, y trabaja haciendo cálculos rutinarios de radiación en leche de vaca sintética.
Supongamos que el cisma y el aislamiento de la conciencia humana también ha avanzado deprisa, por lo que la humanidad se encuentra dividida en dos grupos: el de los consumidores, que lleva mucho tiempo anestesiado y perdido de sí mismo girando en los círculos del consumismo, y el de las conciencias objetivadas y desamparadas, o sea, los fantasmas humanos que vagan por la tierra como Ismael por el desierto. Este segundo, a diferencia del consumista, conoce su situación: es el hombre desesperado del que habló Kierkegaard, para quien todavía hay esperanza porque es consciente de su desesperación. Es la caricatura del hombre cartesiano contemporáneo, que ha objetivado el mundo y su cuerpo y se encuentra como el ángel a las puertas del Paraíso, expulsado de ambos. Todas las relaciones de las criaturas se desmoronan a su paso. Le basta con pronunciar una palabra —como «conseguir intersubjetividad», «relaciones interpersonales» o «conducta legítima»- y aquello que la palabra significa se desvanece.
Un hombre como ése abandona su laboratorio un día de trabajo sintiéndose más incorpóreo de lo habitual y pasa por delante de aquella misma iglesia, que ahora está en ruinas —tan arruinada por la monotonía de la vieja cristiandad como por las enloquecidas reformas de los teólogos progresistas—. De entre los escombros emerge
un extraño que le aborda. El extraño es un sujeto abatido, cansado, es un vagabundo: un sacerdote, digamos que alguien como el «pater whisky» de El Poder y la Gloria, de Graham Greene, que ha sido enviado como sustituto a un territorio hostil. Ese extraño se dirige al técnico:
—Tienes mal aspecto, amigo.
—Sí —responde el técnico, ceñudo—, pero estaré bien tan pronto llegue a casa y me tome la medicina, que es la mejor medicina del mundo para la «expansión-de-la-conciencia-estimulación-de-la-sociabilidad- y-auto-integración».
—Ven —dice el sacerdote—. Yo te daré una medicina que te integrará para siempre.
—¿Qué tipo de medicina es esa?
—Tómala y ya no volverás a necesitar ninguna otra… etc, etc.
Cómo responda el técnico es secundario. Lo que nos interesa son las formas de comunicación: es posible que en la puerta de esa iglesia en ruinas se esté produciendo un tipo de comunicación distinto del que se produjo cincuenta años antes.
VII
El novelista estadounidense y cristiano de hoy en día se enfrenta a un dilema muy particular. (Me refiero, por supuesto, al dilema relativo a su época, no a sus malestares, neurosis o fracasos personales, a los que está supeditado al menos en igual medida que sus buenos colegas paganos, aunque a veces pienso que lo está en mayor medida que ellos). Su dilema es que, aunque profesa una fe que le salva a él y al mundo —además de alimentar su arte—, también es verdad que el cristianismo, en cierto sentido, parece haber fracasado: su vocabulario se ha quedado anticuado.
Así que ese fracaso provoca problemas por partida doble a un hombre que es cristiano y cuyo oficio son las palabras. Las viejas palabras de gracia y salvación se han vuelto blandas como fichas de poker: se ha producido una cierta devaluación, como ocurre con una ficha de poker que ya ha sido cambiada por dinero. Incluso si uno se refiriera solo al ámbito cristiano sin considerar a los paganos, al ámbito de una cristiandad en la que todos son creyentes, casi seguiría dando la impresión de que cuando todo el mundo cree en Dios es como si todos empezasen el juego con una ficha, lo que equivale a empezarlo sin ninguna.
El novelista cristiano de hoy en día es como un hombre que encuentra un tesoro oculto en el desván de una casa antigua, pero escribe para gente que se ha mudado a las zonas residenciales y está harta de casas antiguas y de todo lo que haya en ellas.
El novelista cristiano es como un hambriento soldado sudista que encuentra un billete de cien dólares en las calles de Atlanta, y entonces descubre que todo el mundo es millonario y que el tendero no acepta el dinero.
El novelista cristiano es como un hombre que va a un lugar solitario y salvaje para descubrir la verdad en sí misma, y después de muchos sufrimientos y de penosas experiencias, encuentra allí a un apóstol que tiene poder para darle una gran noticia, y se la trasmite; él, el novelista, la cree, corre a la ciudad para contársela a sus compatriotas, y entonces descubre que ya ha sido difundida, que de hecho es el anuncio más emitido y fastidioso de la radio y la televisión, que es más frecuente incluso que el de Exxon, que de hecho daría lo mismo si gritase «¡Exxon! ¡Exxon!», porque nadie va a hacerle caso.
El novelista cristiano es como un hombre que encuentra un tesoro enterrado en un campo y va, vende cuanto tiene y compra aquel campo, y entonces descubre que el resto de la gente tiene el mismo tesoro en su campo y que, en cualquier caso, los valores inmobiliarios han subido tanto que los propietarios de los campos se han olvidado del tesoro y están deseando parcelar.
Y además de la devaluación del vocabulario, hay que contar con el notorio fracaso moral del cristianismo. Es significativo que ese fracaso, en los Estados Unidos, no se ha producido en el ámbito de la teología o en el de la metafísica (que preocupan a los existencialistas y a los teólogos progresistas y frente a los que los americanos siempre se han sentido indiferentes), sino más bien en el de la moral cotidiana, algo que les ha preocupado mucho desde el puritanismo. Los americanos se enorgullecen de hacer bien las cosas. No es chauvinismo pensar que es posible que lo hayan hecho mejor que ninguna otra gran potencia de la historia. Pero en un punto, aquél que más duele y en el que se necesitaba más caridad, no lo han hecho bien: los blancos han pecado contra los negros desde el principio, y siguen haciéndolo; inicialmente con crueldad y hoy con indiferencia, lo que puede ser aún más destructivo. Y han sido las Iglesias las que, lejos de luchar con justicia contra la inhumanidad natural del hombre frente a sus iguales, han santificado y perpetuado esa indiferencia. Para el novelista escatológico incluso empieza a parecer que en esa única falta puede haber consistido el trágico error de los organismos políticos. Y, al menos, considera su obligación comunicar a sus compatriotas que pueden morir por ello, para que lo eviten.
VIII
¿Qué puede hacer un novelista cristiano, que refleja en sí mismo (pues de lo contrario no sería un novelista) la sociedad que ve a su alrededor, y cuya única diferencia con los demás es que él tiene vocación de novelista? Con su suerte unida a la de una cristiandad desacreditada y con un vocabulario difunto como herencia… ¿cómo emprende su tarea de escribir? Haciendo lo único que puede hacer. Como el Stephen Daedalus de Joyce, invoca cualesquiera restos de astucia, destreza y maña que pueda reunir, sacándolos de las regiones más oscuras de su alma: el uso novelesco de la violencia, el sobresalto, la comedia, el insulto, o lo extraño son las herramientas de su trabajo diario. ¿Cómo podría ser, si no? ¿Cómo puede uno escribir sobre el bautismo como un acontecimiento de gran significación, si el bautismo ha sido ya aceptado por todo el mundo, pero como un rito tribal menor, casi menos importante que el hecho de llevar a los niños a ver a Papá Noel en los grandes almacenes? En una novela, Flannery O’Connor trasmitió la idea del bautismo por medio de una exageración, en la forma de una muerte violenta por asfixia. A la pregunta de por qué creaba personajes tan extraños, respondió que para los que están casi ciegos hay que hacer caricaturas muy toscas y sencillas.
Por todo ello, escribir una novela sobre el fin del mundo puede ser algo muy útil. Porque puede que sólo a través de la evocación de la catástrofe, la destrucción de todos los anuncios de Exxon y el retoñar de las vides en los bancos de las iglesias, pueda el novelista hacer un uso indirecto de la catástrofe, con el fin de que tanto su lector como él puedan «volver en sí».
Aclarar si la catástrofe recaerá sobre nosotros, o si la merecemos, o si aún queda sitio para la reconciliación y la renovación —nada de eso corresponde al novelista—
(Traducción de ‘Lucía Ortiz y Manuel Fontán del Junco)
NOTAS
1. Lugares de residencia de la alta sociedad norteamericana, con un elevado nivel de vida. (N. de los TT.)
2. Colleges o Universidades conocidos por su gran prestigio educativo y cultural. (N. de los TT.)
3. El autor alude a una frase de Timothy Leary («conéctate, sintoniza y olvídate»), muy popular durante los años setenta en EE.UU. (N. de los TT.)
4. «Alegrarse de las desgracias de los demás»: en alemán en el original inglés. (N. de los TT.)