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G. Lukianoff, Freedom from Speech, Encounter Broadside, nº 39, New York 2014, 61 pp.
Aprovecha el autor también para señalar una distinción que sin duda nos será de utilidad en este blog. Lukianoff quiere separar la idea de ‘la libertad de expresión’ de la Primera Enmienda, es decir, del título de la Constitución de EEUU que asegura el derecho al free speech respecto de la intromisión del Estado, consagrando la libertad de prensa o de opinión política frente a la censura de quienes están en el gobierno. Considera Lukianoff que muchos problemas de ‘libertad de expresión’ no surgen por la censura que imponen los políticos, sino también los empleadores privados, capaces de echar a un trabajador por sus convicciones sin por eso actuar en absoluto contra la Primera Enmienda. Es decir, para Lukianoff el problema no es solamente jurídico, sino sobre todo cultural.
«Mientras que la Primera Enmienda protege la libertad de expresión y la libertad de prensa en la medida en que sus deberes se relacionan con el estado y el poder del estado, la ‘libertad de expresión’ es una idea mucho más amplia que incluye valores culturales adicionales. Estos valores traen consigo hábitos intelectuales sanos, como el de escuchar bien a la otra postura, reservar el juicio, tolerar las opiniones que nos ofenden o enfadan, creer que cualquiera tiene el derecho a sostener su propia opinión, y reconocer que incluso la gente que tiene puntos de vista que encontramos repugnantes podría estar (al menos parcialmente) en lo correcto. (…) La libertad de expresión como valor cultural será mi primer interés, no tanto la situación de la jurisprudencia sobre la Primera Enmienda» (pp. 5 y 6).
Nosotros, por nuestra parte, nos moveremos tanto en el contexto jurídico como en el filosófico y en el cultural.
l Eescándalo empezó en agosto de 2018, pero el texto con el análisis académico no hizo su aparición hasta octubre del mismo año. Los autores (James A. Lindsay, Peter Boghossian y Helen Pluckrose) exponían los resultados de un estudio en torno a lo que denominan Academic Grievance Studies, es decir, Estudios de Agravios Académicos (lo llamaremos AGS).
Su polémico artículo académico comienza con una ‘Introducción’ en la que justifican lo que han hecho. Consideran que «algo ha ido mal en la universidad, especialmente en algunas áreas dentro de las humanidades. Y es que la investigación académica que se preocupa, antes que por encontrar la verdad, de atender a las quejas sociales, se ha situado de manera firme, cuando no completamente dominante, dentro de esas especialidades, y sus estudiosos ejercitan cada vez una mayor intimidación (bullying) sobre estudiantes, directivos y los otros departamentos, para obligarles a unirse a sus visiones del mundo». Los causantes de este bullying serían los estudios culturales (cultural studies) o estudios de identidad (identity studies).
Proponen esta línea de investigación: explicar su metodología, describir el proceso por el que han desarrollado el proyecto, explicar por qué lo hicieron, si es un problema importante, los resultados del estudio y su discusión y, por último, plantearse qué debería venir después.
Los autores decidieron introducirse en una tribu muy concreta: la de la cultura académica ‘de izquierdas’
Los autores decidieron introducirse en una tribu muy concreta: la de la cultura académica ‘de izquierdas’ (es decir, la que sigue la metodología postmoderna de la sospecha), habituales en antropología, sociología, estudios identitarios (Latino Studies, African American Studies…) o de género.
Para eso, aprendieron y utilizaron el lenguaje, los modos de redacción y los temas de interés dentro de esas áreas del conocimiento. ¿Podían conseguirlo? Para saberlo bastaba con que sus artículos (papers) fueran aceptados por las revistas especializadas. Querían que la temática que iban a tratar –y el modo de hacerlo– fuera capaz de mostrar si realmente hay un problema.
«La idea era apoyarnos en lo que ofrece la literatura académica existente para conseguir que ideas ligeramente alocadas o depravadas fueran aceptables en los niveles más altos de respetabilidad intelectual de esas áreas. Por tanto, cada artículo comenzaba con algo absurdo o profundamente contrario a la ética (o las dos cosas) que pretendíamos llevar más lejos o aceptar como conclusión» decían. Querían mostrar si lo que producían no era conocimiento, sino sofística.
No se trata de una idea nueva. En 1996 Adam Sokal, profesor de Física en New York University, envió un artículo a la revista Social Text que se titulaba «Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity», que no era más que un galimatías de lenguaje posmoderno e infinitas citas de ‘autoridades’ de la Academic Left. Sokal se animó a realizar este ejercicio tras la lectura del libro Higher Superstition. ¿Ocurriría algo similar en nuestros días en otros campos de las ciencias naturales o de las ciencias sociales?
Algunas propuestas y resultados
Quizá la expresión ‘ideas ligeramente alocadas o depravadas’ que utilizan los autores de AGS esté algo fuera de lugar, dado el contenido de algunas de las propuestas que hicieron. Entre ellas estaban las siguientes:
1. La posibilidad de entrenar a los varones como hacemos con los perros para prevenir la cultura de la violación (Dog Park). Aceptado y publicado por la revista Gender, Place and Culture. Uno de los revisores lo aceptaba como uno de los artículos para el número especial por el 25 aniversario de la publicación
2. La de proponer que la obesidad sea una opción tan admirable como el culturismo en la pretensión de ‘construirse un cuerpo’ (Fat Bodybuilding). Aceptado y publicado por la revista Fat Studies
3. La de que uno de los varones del equipo (James Lindslay) redactara en apenas seis horas un texto sin tesis clara (Encuentros bajo la luna y el significado de ser hermanas: un retrato poético de una espiritualidad feminista vivida), para ver si alguna revista aceptaría ‘una tontería’ (sic) llena de divagaciones. Fue publicado sin pedir ningún tipo de revisión en el Journal of Poetry Therapy.
Animaban a castigar a los estudiantes varones blancos por la esclavitud histórica exigiéndoles que se sentaran en silencio en el suelo con cadenas durante la clase
4. El que Sexuality & Culture aceptara y publicara un estudio sobre la masturbación masculina anal usando juguetes eróticos como medio para superar el miedo a la homosexualidad y la transfobia.
5. En otro, animaban a «castigar a los estudiantes varones blancos por la esclavitud histórica exigiéndoles que se sentaran en silencio en el suelo con cadenas durante la clase, para que pudieran aprender del malestar». La idea gustó a los revisores. Así hasta un total de 20 propuestas diferentes.
El resultado de un año de trabajo fue:
– Se aceptaron 7 artículos, de los que 4 se publicaron online y 3 no fueron publicados porque antes salió a la luz el experimento.
– Otros 7 estaban bajo consideración, en fase de revisión, cuando terminó el estudio.
– Uno estaba en la primera fase de revisión.
– Seis fueron considerados defectuosos.
– Un artículo recibió especial reconocimiento (Dog Park).
Debe saberse que se considera que publicar 7 artículos a lo largo de 7 años en revistas presentes en los rankings académicos principales es mérito suficiente para lograr la tenure (contrato fijo en una universidad). Ellos tardaron una media de 13 días por artículo, y 7 de estos fueron admitidos en algunas de las principales revistas académicas de las áreas de las ciencias sociales que se citan como ‘referencia científica’ a la hora de justificar muchos proyectos de ley en los países occidentales.
Sus motivos: el constructivismo y la negación de la ciencia
¿Por qué lo hicieron? ¿Por ser «racistas, sexistas, intolerantes, misóginos, homofóbicos, transfóbicos, antropocéntricos, privilegiados, matones, de derechas, hombres blancos cis–heteros y no homosexuales» (como se preguntan retóricamente en AGS)?
Los tres autores aseguran que no. Sostienen que el problema que han estudiado es máximamente relevante porque tal y como se enfocan hoy estos campos de estudio (género, identidad, homosexualidad…) «no están dando continuidad al importante trabajo liberal de los movimientos por los derechos civiles. En cambio, lo corrompen».
«El centro del problema formalmente se llama constructivismo crítico, y sus investigadores principales se conocen con frecuencia como constructivistas radicales». La idea que defienden es que «todas las cosas que se aceptan como si tuvieran un fundamento en la realidad causada por la experiencia se cree que han sido creadas por intrigas intencionadas o no intencionadas de grupos de poder que buscan mantener ese poder sobre la gente marginada».
Como ejemplo de construcción social estarían las diferencias sexuales entre varón y mujer, la ‘medicina occidental’, las normas occidentales que consideran como éticamente superior su cultura o la consideración de la obesidad como una condición poco sana.
Es decir, el constructivismo radical considera que la ciencia objetiva (con sus datos, experimentos, necesidad de contrastar y verificar) no se encuentra más cerca de la verdad que otras opciones, sino que es fundamentalmente una imposición de la cultura machista y blanca occidental que en nombre de la razón, el rigor o la lógica ha expulsado del conocimiento y de la vida a la emoción, el solipsismo o la revelación.
El constructivismo no es un fenómeno nuevo. Se puede encontrar su genealogía en la filosofía postmoderna que surgió en torno al mayo del 68 (Foucault, Lyotard, Baudrillard, Derrida, etc.) que tuvo una influencia inmensa en los ámbitos de estudio citados. En el mundo anglo–sajón se habla de la Academic Left, un fenómeno que «parece representar una renuncia a la herencia más fuerte de la Ilustración», en el que «se corteja y proclama con orgullo la irracionalidad y el nihilismo», que busca un cambio político «que solo se puede lograr por medio de procesos revolucionarios consistentes en una revisión radical de las categorías culturales» (Gross, Levitt, 3).
Si se aplica esta metodología a la investigación científica se descubre (según Gross y Levitt) que se presentan a sí mismos como poseedores de una «especial autoridad moral que les resulta suficiente para garantizar la validez de sus críticas»; que «evitan el diálogo con cualquiera que trabaje como científico profesional»; y que si se les critica responden tratando de avergonzar a los representantes de «la decadente hegemonía de los varones blancos europeos» encontrando «fascismo, negacionismo» en ellos, sin importar lo que argumenten.
¿Cabe descalificar el saber científico con el argumento de que la ciencia es un constructo del paradigma patriarcal de dominio?
Pero, ¿cabe descalificar el saber científico con el argumento (no científico) de que la ciencia es un constructo del paradigma patriarcal de dominio y control? ¿Es toda la ciencia el resultado de un constructo generado por las costumbres sociales y el inconsciente? Y, si es así, ¿por qué no aplican el mismo grado de escepticismo a sus propias ‘investigaciones’?
Hoy en día quien se niega a aceptar el dominio del constructivismo suele ser rechazado por meros argumentos ad hominem. Entienden que defender la ‘objetividad científica’ es un modo de imposición ideológica típica del hetero–patriarcado occidental, y si queremos ser consecuentes debemos aceptar la existencia de múltiples ‘verdades’ relativas a la identidad de los que investiga, pues «el simple hecho de haber sido oprimido parece que de algún modo confiere una claridad de visión» que ninguno de los que pertenecen culturalmente al supuesto grupo de opresores puede tener (Gross, Levitt, 6).
De ese modo, los Gender Studies pertenecerían solo a personas que se identifiquen con las doctrinas de género; los African Studies a los descendientes de los africanos llevados a EEUU como esclavos; los Feminist Studies únicamente –tanto por capacidades epistémicas o de conocimiento como por posibilidad de ser admitidas en esos departamentos universitarios– a mujeres que se identifiquen con el ideal feminista. Otros candidatos se encontrarían incapacitados para cultivarlos.
La etiqueta de la neolengua con la que se tacha todo intento de entrar en los ismos de las nuevas ciencias es la de apropiación cultural. Así, si una poetisa trata de dar voz a un indígena canadiense, la única salida digna que le queda sería la de pedir disculpas por su atrevimiento (Kay). Algo similar ha ocurrido entre nosotros con las repetidas críticas de apropiación cultural que ha merecido el proyecto musical de la cantante Rosalía.
¿Hacia un autoritarismo pseudo–académico?
Esto, consideran Lindsay, Boghossian y Pluckrose, deviene al final en una forma de autoritarismo que impide la investigación científica (porque no hay nada objetivo que estudiar), la comunicación académica (porque unos investigadores no pueden tratar con otros si no pertenecen ni pueden pertenecer al grupo de los iniciados), y la superación del tribalismo.
La tribalización destruye no solo la posibilidad de la Academia, sino también la de la democracia. «Los americanos estaban formando tribus no solo en sus vecindarios, sino también en sus iglesias y grupos de voluntariado. (…) En todos los ámbitos de la sociedad la gente estaba creando relaciones nuevas y más homogéneas». De ese modo, «en la medida en que la gente oía sus creencias reflejadas y amplificadas, se volverían cada vez más extremistas en sus pensamientos» (Bishop, 6). Eso, que Bishop aplica a la política, cabe verlo también en el ‘partisanismo académico’ y en el aumento exponencial de amenazas y miedos como únicos y últimos medios de argumentación desde ciertos ámbitos universitarios (Lukianoff, Haidt, 125–141).
«Vivimos en un gigantesco bucle que se retroalimenta, escuchando nuestros propios pensamientos sobre qué es lo correcto y lo incorrecto que vuelven una y otra vez a nosotros en los programas que vemos en la televisión, los periódicos y libros que leemos, los blogs que visitamos en la red, las prédicas que escuchamos y los vecinos con los que vivimos» (Bishop, 39).
Se termina en el ‘cumplimiento de la auto–profecía’, es decir, justo lo contrario de lo que busca el conocimiento científico (superación de prejuicios, universalidad, apertura al diálogo). «Las opiniones de la gente se ven profundamente afectadas por los grupos, a causa de nociones de prestigio y por las opiniones de la mayoría. (…) Y estamos habituados a encontrar evidencias que confirman nuestras concepciones previas» (Bishop, 63).
El constructivismo predica la muerte por inanición del pensamiento crítico
Si, por sistema, se tacha como inadecuado el diálogo con ‘los otros’ (por ejemplo, porque sus posiciones se califican como discurso de odio), ¿no se está cercenando lo que define a la investigación? El constructivismo predica la muerte por inanición del pensamiento crítico. Por eso no puede quejarse cuando se lo califica como imposición ideológica: si no hay espacio para el razonamiento, solo cabe el abuso de poder («aquel que no esté con nosotros debe ser expulsado del discurso público»).
Si se desarrolla un islote de conocimiento (la Academic Left) en el que no hay espacio para el pensamiento crítico, quienes lo cultiven -afirman los autores- se parecerán a ‘vendedores de aceite de serpiente’, es decir, a esos charlatanes que iban de pueblo en pueblo por las aldeas del Lejano Oeste vendiendo remedios que nada curaban, sacando el dinero a los ilusos aldeanos.
El autoritarismo aparece también porque ese campo del saber gana respetabilidad gracias al sistema de la revisión de pares (peer–review). El problema, dada la tribalización de los departamentos, es que los que juzgan esos trabajos participan de los mismos prejuicios y se financian de los mismos fondos. Si esos pares solo pueden ser otros miembros de corte ideológico similar, el sistema de revisión está viciado: los miembros de la misma tribu comparten los mismos prejuicios y por lo tanto están dispuestos a aceptar solo lo que ratifique sus propias convicciones: a los heréticos se les expulsa de la ciudad, o se les condena a beber la cicuta.
De ese modo, se convierten en «el patrón oro de la producción de conocimiento» revistas elevadas a la condición de excelencia por sus correligionarios, y por su presencia en clasificaciones y rankings que se alimentan de estadísticas de citas pero no de juicios acerca del valor del conocimiento que contienen los artículos. Y esos conceptos se filtran (e imponen) en la cultura ordinaria, convirtiendo así a una academia dedicada a la sofística y no a la verdad en estándar social. «El constructivismo crítico ha corrompido las revistas de investigación». Y eso –plantean Lindsay, Boghossian y Pluckrose– exige una reparación.
¿Qué hacer?: la crítica al constructivismo
¿Qué hacer ahora? Esta pregunta, que responde al epígrafe final del artículo sobre los Academic Grievance Studies acepta varias respuestas. Los tres autores primero, ven un problema en cómo se investigan temas tan importantes como raza, género, sexualidad o sociedad. Los consideran tópicos suficientemente serios como para acercarse a ellos con rigor y tratando de minimizar las influencias ideológicas (justo lo que han descubierto que faltaba en el análisis a los fake papers que enviaron a las revistas del sector). De otro modo «se hunde la confianza en el sistema universitario». «En la medida en que los resultados sobre estos temas se aparten más y más de la realidad, irá aumentando la posibilidad de que su investigación (y docencia) dañe a aquellos que se supone que tienen que ayudar».
Además, esas corrupciones parecen arraigadas en múltiples campos de las ciencias sociales, que se conducen hacia una polarización cada vez más tóxica que falsifica «el activismo por causas tan importantes como las mujeres o de las minorías sexuales» porque acaban promoviendo la oposición reaccionaria de la derecha.
¿Qué recomiendan? Que las grandes universidades revisen esas áreas de estudio (de género, raza, teoría post–colonial…) para separar grano de paja, es decir, «disciplinas que producen conocimientos y auténticos académicos de aquellas que generan sofística constructivista». Por su parte, los tres investigadores consideran que deben seguir adelante con su tarea crítica y empujar a las universidades a promover una producción de conocimiento que no sea partisana (tribal).
¿Es todo conocimiento una quimera o hay conocimientos objetivos?
¿Hay otros modos de criticar el constructivismo académico? Boghossian, uno de los autores del artículo del que hemos partido, publicó en 2006 El miedo al conocimiento. En él define el constructivismo (el conocimiento es algo socialmente construido) y el problema de fondo al que apunta (la relación entre mente y realidad). Centra su crítica en la obra de Richard Rorty (EEUU, 1931–2007), autor que proponía disolver los problemas en vez de resolverlos. Sostiene Rorty: «No hay una forma de ser del mundo que sea independiente de la descripción que se haga de él». Para el constructivismo «la ciencia solo es un sistema entre otros de creencias» y «existen muchas formas radicalmente distintas, pero ‘igualmente válidas’, de conocer el mundo, de las cuales la ciencia es solo una».
Con ejemplos de Boghossian ¿deberíamos, por tanto, conceder el mismo valor a los resultados de la arqueología que al creacionismo de la tribu zuñi? ¿No hacerlo podría interpretarse como colonialismo intelectual de Occidente sobre el resto del mundo? ¿No habría que dejar espacio para la epistemología feminista, la física africana o a las propiedades curativas contra el cáncer de esófago que ofrecen la quiropraxia, la reflexología, el shiatsu o la aromaterapia? ¿Es la mente la que hace la realidad? ¿Es todo conocimiento una quimera producida por mediaciones sociales o prejuicios de clase y sexistas, o hay conocimientos objetivos?
¿La verdad matemática del teorema de Pitágoras varía porque lo enuncie ahora una estudiante de bachillerato en Valladolid?
Boghossian señala cómo el constructivismo «se propone poner al descubierto un constructo allí donde no se sospechaba su existencia, donde algo constitutivamente social estaba siendo disfrazado como natural». Pero, ¿la verdad matemática del teorema de Pitágoras varía porque lo enuncie ahora una estudiante de bachillerato en Valladolid o hace cuatro siglos un estudiante de Port Royal? ¿Y el hecho de que el planeta Tierra tenga solo una luna?, ¿o de que los primeros habitantes de América provinieran de Asia? Eso no depende del contexto cultural del hablante, sino de la realidad del hecho. No es lo mismo que la Tierra tenga una o dos o ninguna luna.
La defensa del conocimiento por parte de Boghossian se extiende a lo largo de las páginas de su libro. La dificultad de lo evidente es que no se puede demostrar, sino a lo sumo decir, pues lo evidente es justo la base de toda demostración, lo evidente ‘está dado’ como punto de partida del conocimiento. Esto aparece ya en el Libro IV de la Metafísica de Aristóteles, uno de los textos fundamentales del filósofo griego en su refutación a los sofistas, esto es, a los constructivistas de aquel entonces. En ese texto Aristóteles se enfrenta al constructivismo sofista por medio de argumentos pragmáticos, y sirviéndose también de una demostración teórica.
La argumentación teórica coincide con lo que acaba de señalar Boghossian: en el momento en que se sostiene algo (por ejemplo, que todo el conocimiento es una construcción) no se puede defender también, a la vez, bajo el mismo aspecto, lo contrario. En consecuencia, se le está dando un valor de verdad objetivo a la afirmación realizada. Si esto no fuera así, aparte de la imposición violenta, no habría argumentos contra el machismo, la violencia de género o el racismo, pues al otro le bastaría con sostener que en su tradición/raza/género lo ‘normativo’ es el trato vejatorio a la mujer o al diferente, y que no hay más que hablar.
Se podría plantear al constructivista el mismo juego que al escéptico: pedirle que señale su compromiso con la afirmación que hace. Si lo que dice es verdadero, entonces su afirmación no es fruto de una construcción social, sino que refleja el ser de las cosas («Solo existe lo construido; toda afirmación/ciencia/principio moral son fruto de una construcción cultural»). Pero si hay un ser de las cosas (es decir, una dimensión por encima del artificio cultural humano) entonces el contenido de lo que dice es falso o meramente retórico. Si para evitar este problema circular el interpelado defiende que lo que dice es falso, podremos entonces suponer que su contrario es verdadero, y que por tanto no todo conocimiento es fruto de una construcción. «Al destruir el razonamiento, se somete al razonamiento. Además, el que concede esto, ya ha reconocido que hay algo verdadero sin demostración» (Aristóteles, Metafísica, 1006a 25–29).
Aristóteles sostuvo que al escéptico la única posibilidad que le queda es la de actuar como una planta
Aristóteles sostuvo que al escéptico la única posibilidad que le queda es la de actuar como una planta. Al auténtico escéptico (al pretendido constructivista radical) solo le cabe quedarse fuera del discurso humano pues este solo funciona si se acepta una evidencia que no depende de ninguna construcción: el principio de no contradicción. Si alguien trata de eliminar este principio de su conversación, y más todavía de la tarea de investigación en la universidad, solo podrá generar ruidos desarticulados, debería permanecer por siempre callado. «Temo que no nos libraremos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática», anunció con pesar Nietzsche.
¿No están de acuerdo los constructivistas en que es mejor no ser machista que serlo?, ¿promover a la mujer que no hacerlo?, ¿promover la igualdad que no promoverla? Entonces, ¿cómo es que quieren defender que todo conocimiento es un constructo y depende del punto de vista? Si es un constructo, ¿por qué se decantan por unas de estas opciones y en cambio condenan las contrarias? ¿No son todas igualmente validas e inválidas a un mismo tiempo? Pero si todo vale y no vale, ¿para qué existen las universidades o la investigación si no hay nada que encontrar y tachamos toda pretensión de haber encontrado (la ciencia objetiva, la verdad) como un ejemplo ideológico de imposición cultural?
¿Aceptaremos un puente, o un edificio, diseñado por un ingeniero o arquitecto que prefiere realizar el cálculo de estructuras sirviéndose de corazonadas?, ¿o le exigiremos algo llamado ‘rigor objetivo’, incluso con la amenaza de consecuencias penales si yerra? ¿Y nos dará lo mismo que nos trate un tumor un médico o un chamán? ¿Y tendremos que tratar –como exige la ley en Canadá– con el pronombre she a una ‘mujer’ que tiene cáncer de próstata, o con el pronombre he a un ‘hombre’ que tiene carcinoma de ovario?
Construir o no construir, creer o no creer, to be or not to be, esa es la cuestión que el experimento realizado por James A. Lindsay, Peter Boghossian y Helen Pluckrose propone a la universidad actual.
Posdata
El artículo AGS se publicó en octubre de 2018. Inmediatamente después del revuelo, la Portland State University inició un proceso de sanción contra Peter Boghossian (el único de los tres autores de AGS con un puesto fijo en alguna universidad) para investigar si había incurrido en conductas inadecuadas para la investigación. Le acusaron de haber faltado a la ética al inventar datos para los artículos. Y también de no avisar a los revisores de los mismos de que estaban siendo investigados en la calidad de su trabajo.
En efecto, los datos eran fabricados (y ridículos): en Dog Park afirman haber revisado los genitales de 10.000 perros antes de hablar con sus dueños, ¡y la revista que lo publicó lo escogió como uno de los mejores artículos de sus 25 años de vida! ¿Si hubieran realmente revisado los 10.000 genitales Dog Park hubiera sido más ético? ¿O lo poco ético es que eso se admita como investigación? ¿Y cómo realizar una investigación sobre la calidad de las revisiones de artículos en las revistas académicas si se avisa antes a los revisores que con esos artículos se les está evaluando? Eso imposibilitaría el estudio. ¿Está la Portland State University utilizando la ética como arma de castigo?
Para leer más
Aristóteles, Metafísica, Libro IV, Ed. V. García Yebra, Gredos, Madrid 1970,
Bishop, The Big Short. Why the Clustering of Like-Minded America Is Tearing Us Apart, Mariner Books, 2009.
Boghossian, El miedo al conocimiento. Contra el relativismo y el constructivismo, Alianza Editorial, Madrid 2012.
R. Gross, N. Levitt, Higher Superstition. The Academic Left and its Quarrels with Science, The John Hopkins UP, Baltimore and London, 1994, 1998.
Kay, «When Censorship Is Crowdsourced», en Quilette, September 2018, https://quillette.com/2018/09/09/when-censorship-is-crowdsourced/.
A. Lindsay, H. Pluckrose, «Academic Freedom or Social Justice: What Kind of University is Portland State?», en Areo, January 5th, 2019, https://areomagazine.com/2019/01/05/academic-freedom-or-social-justice-what-kind-of-university-is-portland-state/
A. Lindsay, P. Boghossian y H. Pluckrose, «Academic Grievance Studies and the Corruption of Scholarship», Areo, October 2nd, 2018, https://areomagazine.com/2018/10/02/academic-grievance-studies-and-the-corruption-of-scholarship/.
Lukianoff, J. Haidt, «The Polarization Cycle», en The Coddling of the American Mind, Penguin Press, NY, 2018.
Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos, Folio, Barcelona 2007.
Rorty, Truth and Progress. Philosophical Papers, Volume 3, Cambridge UP, 1998.
Sokal, «A Physicist Experiments with Cultural Studies», en Lingua Franca, June 1996.
Sokal, «Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity», https://physics.nyu.edu/sokal/transgress_v2/transgress_v2_singlefile.html
El congreso «El humor y la literatura» se celebró recientemente en la Fundación Caballero Bonald en Jerez de la Frontera. Y participaron numerosos escritores de prestigio como los poetas Felipe Benítez Reyes, Benjamín Prado y Juan Bonilla, los novelistas Eduardo Mendicutti, Elvira Lindo, Rafael Reig y Antonio Orejudo, los periodistas Antonio Lucas o Juan José Téllez y o los profesores Ana María Freire o Javier Huerta Calvo, entre otros.
Las relaciones entre el humor y la literatura son un clásico, y en Nueva Revista ya hemos hablado de ellas. En este congreso, se profundizó aún más, con destacadas aportaciones de los ponentes. Aunque, naturalmente, el congreso estuvo repleto de anécdotas divertidas y los asistentes nos reímos como corresponde. De muestra, un botón. Benjamín Prado contó que un anciano Antonio Buero Vallejo fue a un entierro acompañado de Antonio Gala. A la salida, el cordobés le preguntó: «Y a estas alturas, Buero, ¿te compensa volver a casa?» Gala contaba que Buero Vallejo lo miró secamente sin un rictus ni un comentario. Benjamín Prado tuvo ocasión de preguntarle mucho después que le pareció la broma y Buero contestó: «Me sentó mal, muy mal y, sobre todo, lo que peor me sentó fue que no se me hubiese ocurrido a mí». Escritores: genio y figura, hasta, ejem, la sepultura.
Sin embargo, el interés del congreso fue más sistemático y triple. Hubo una dimensión filosófica, que aparecía como un estribillo en unas conferencias y otras y que se preguntaba qué es el humor. Desde una óptica más literaria, surgió la pregunta acerca del papel que el humor juega en la literatura. Y por último, la dimensión política se trenzó con las dos anteriores y aparecía y reaparecía periódicamente en unas intervenciones y otras la preocupación por la persistente censura y el cerco que lo políticamente correcto está estrechando sobre el humor también en la literatura.
TERCIO FILOSOFICO: ¿QUÉ ES EL HUMOR?
Oportunamente, en la conferencia inaugural, Elvira Lindo consideró el humor un destino: «Vives prisionera de tu simpatía, yo daba lástima de lo alegre que era». Se describió como una escritora que tiene sin remedio «la inocencia como característica, aunque la ironía como oficio». Benjamín Prado también se remitió a los orígenes, aunque de vuelta: «El humor es aquello que nos mantiene en la infancia».
Para Antonio Orejudo, «intentar definir el humor es una de las definiciones del humor». Lo considera «una emoción, como el miedo», donde define más la comparación que la definición, si se piensa. Añadió que el humor es uno de los signos de la inteligencia del escritor, junto con la claridad expositiva y la bondad.
La superioridad para Hegel estriba en el orgullo de saber que hemos sido capaces de captar la broma
Con todo, Orejudo se atrevió a la más sistemática teorización del humor del congreso. Tenía en quien inspirarse, porque apenas ha habido gran filósofo que se haya resistido a escribir en serio sobre asunto. Para el escritor todas las tesis pueden agruparse en tres teorías principales:
1) Teoría de la superioridad, defendida por Platón en el Filebo o por Aristóteles cuando anota en su Poética que en la comedia los personajes salen peor de lo que son. La superioridad para Hegel estriba en el orgullo de saber que hemos sido capaces de captar la broma. Hobbes, Bergson, Baudelaire…, también se muestran partidarios de esta teoría. Incluso cuando nos reímos de nosotros mismos, apuntó un atento Orejudo, estamos desdoblándonos y viendo con superioridad al tonto que a menudo somos.
2) Teoría de la liberación. Es la más freudiana. El humor es la válvula de escape como de una olla a presión, que resopla o silba, por el tabú del que nos deshacemos. Se ve muy claro en el humor negro, en el verde y en el marrón, pero no explica otros tipos de humor.
3) Teoría de la desobediencia o de la incongruencia, que explica mucho mejor los juegos de palabras, las situaciones absurdas y la ironía o la paradoja en cuanto todos nos sitúan ante lo inesperado. Lo interesante de esta teoría —que según el novelista cubre un campo mucho mayor de sentidos del humor— es que subraya el carácter combativo, tanto de ataque como de defensa del humor frente a todo lo establecido e impuesto.
TERCIO LITERARIO: ¿POR QUÉ EL HUMOR?
La constante presencia del humor en la tradición literaria española nos lleva a preguntarnos, además y en base de lo que sea en sí mismo, qué función cumple en el arte. Para Felipe Benítez Reyes actúa como «el conservante de la literatura». Juan Bonilla lo ve ejemplificado en las vanguardias, de las que lo que mejor ha resistido ha sido, con diferencia, su lado humorístico. Para Eduardo Mendicutti el humor es una actitud vital, una forma de estar en el mundo, por encima de teorías tan distintas y tan interesantes todas.
Rafael Reig parte del hecho de que en el arte hay una circulación con la vida, una espiral ascendente. Lo explicó confesando que le gustan mucho las películas basadas en hechos reales, pero todavía más los hechos reales basados en películas o en novelas o en obras de ficción. Le interesa el mecanismo por el que la creación influye en la vida cotidiana. El Quijote que imita a Amadís sería el ejemplo culmen. Reig sostiene que el humor facilita esa circulación.
Entre otras cosas, porque nos concede la visión estereoscópica que permite ver con tres dimensiones. En el mundo físico esa visión surge de tener nuestros dos ojos dispuestos en paralelo; en la literatura depende de la visión que otorgan a la vez la compasión y el humor. Sólo con ellas dos captamos nosotros la hondura de todo.
Rafael Reig destacó la función defensiva que ejerce el humor, que desarma el insulto y la indiferencia. En esa misma línea, Orejudo comentó que el humor había sido su oportunidad para ligar de joven y es la explicación de la adolescente sarcástica que fue Elvira Lindo. Eduardo Mendicutti se sumó al concepto: el humor es una forma de defensa, un manual de resistencia, un modo de ajustar cuentas e, incluso, un paradójico velo de pudor. Por eso mostró su preocupación de que, incluso obras que escribió hace no tanto tiempo, ya no podrían escribirse hoy o con demasiados problemas y presiones añadidas.
TERCIO POLITICO: ¿CÓMO EL HUMOR?
Si un tema pesó en el ambiente festivo del congreso, fue la del humor amenazado por los vientos de lo políticamente correcto y la facilidad de todos los colectivos por sentirse ofendidos.
Javier Huerta lanzó la alarma al comparar la paradójica libertad que tenía el humor en el Siglo de Oro con lo constreñido que está en nuestro mundo
El profesor Javier Huerta Calvo lanzó la alarma al comparar la paradójica libertad que tenía el humor en el rígido Siglo de Oro con lo constreñido que está en nuestro mundo líquido, fluido y tan satisfecho de tanta libertad. Notó que «la única religión de la que nos podemos burlar ahora es la católica». Confesó cierta nostalgia del siglo de Oro, aunque se corriese el riesgo de ir a la cárcel, porque ahora se están perdiendo parcelas enormes de libertad. El teatro actual tiene «obras profundamente aburridas. La gente no se sale porque es muy educada». A la vez, «cada vez es más difícil explicar literatura clásica».
El índice de los libros prohibidos fue invención de la Iglesia, pero hay muchos temas que en el Siglo de Oro «se hablaban con más libertad que nosotros». Puso inquietantes ejemplos como la dificultad de estrenar sin censura clásicos Fuenteovejuna o Tres sombreros de copa. Alabó, no obstante, la libertad creadora de Albert Boadella, entre los mayores, y de Álvaro Tato, entre los jóvenes.
Ya Elvira Lindo, que había abierto el congreso, abrió este tema, que terminó funcionando como el hilo rojo que cosía casi todas las intervenciones. Manolito Gafotas es un pícaro sin hambre, pero ni con la cobertura de esa tradición parece suficientemente correcto ni en España ni, mucho menos, en el extranjero. Desgranó hilarantes (y preocupantes) anécdotas de reservas, prohibiciones y sugerencias de correcciones a lo largo y ancho del mundo. En Francia les inquietó que Manolito duerma con su abuelo; en los países nórdicos, el maltrato físico de la madre; en Irán, que Orejones salga del armario; en USA, que Manolito esté contento con su mote o que le dé galletas Oreo a su perro, lo que les parece maltrato animal… Denunció Lindo, en suma, «el fanatismo y la cerrazón que puede dominar a los supuestos defensores de la infancia»
Ofreció un detalle muy significativo, además. ¿Por qué es un niño y no una niña, a pesar de los grandes retazos autobiográficos que la escritora ha volcado en su personaje? Elvira Lindo vio que a una niña no podría tratarla con tanta crudeza y tan poca «moraleja pedagógica» como se permitido tratar a su Manolito.
Antonio Orejudo arrancó su conferencia diciendo que el humor es un poco como el sexo, que todo el mundo presume de él, pero contra el que sigue existiendo «un prejuicio sordo». A todos nos gusta en la vitrina, pero, en cuanto se va acercando a los asuntos sagrados o delicados, nos inquieta. En estos tiempos puritanos, diagnostica, se está dando un paso más y nos deslizamos de la ofensa a la denuncia del humor, incluso por la vía penal. Esa denuncia olvida que «la mayor pena que existe para un chiste malo es que no haga gracia».
Mendicutti explica que «España es un país muy dotado para el humor, pero poco dotado para que se rían de nadie». Juan Bonilla expuso que el humor necesita de un contexto como del comer y que, si éste no respeta el humor, el humor no funciona. Por eso, la presión social de estos tiempos es tan peligrosa. El problema más grave, sin embargo, radica en que la estrechez mediática se transforma en autocensura, mucho más difícil de burlar en cuanto que el burlador tiene que burlarse a sí mismo. Mendicutti admitió que, hoy por hoy, no podría escribir sus famosos artículos de La Susi.
La contestación es el coraje. Pero un valor cívico y literario que, en vez de apretar las mandíbulas, las suelte en una sonora carcajada. La risa es el acto de rebeldía más insolente de nuestra época. El congreso dejó claro que el humor no es un tema menor, sino la última trinchera de la libertad de expresión. Un tema, por tanto, que concierne especialmente a la literatura actual.
“Poder y dinero” muestra la importancia que otorga el Papa Francisco a la economía y a las finanzas en la vida de los hombres. Es una recopilación razonada de lo que Bergoglio ha dicho y escrito acerca de este asunto durante lo que lleva de pontificado.

Michele Zanzucchi: Poder y dinero. La justicia social según Bergoglio. Editorial Ciudad Nueva, 2018.
Francisco defiende que el pecado social existe y que las estructuras de pecado son una realidad vigente en la globalización financiera mundial y en la supuesta liberalización de algunos mercados. También apunta que la economía debe plantearse el objetivo e incentivo de la gratuidad. Véase a este respecto también Martin Schlag: “Contra la idolatría del dinero”.
Prólogo (Francisco, Papa)
Siglas Introducción
EL PODER DE LA ECONOMÍA Y DE LAS FINANZAS
Cultura del descarte Globalización Un cambio necesario Cambiar las estructuras de pecado Nuevas formas de pobreza Los emigrantes, los pobres del siglo XXI Aún hay hambre en el mundo Un deber de justicia La opción preferencial por los pobres Ideología capitalista Tierra, casa, trabajo Progreso y desarrollo Periferias El poder en la economía Pacto y contrato
TRABAJO Y RENTAS
La dignidad del trabajo Hay que defender el trabajo Pero el trabajo no lo es todo Por una cultura del trabajo El problema de las rentas Amos sin rostro La democracia en economía El gran mal de la corrupción El bien común y el bien total La propiedad privada cuestionada
EMPRESARIOS Y TRABAJADORES
Los profetas de hoy Empresarios que lloran El ciclo de los empresarios Especuladores y mercenarios El papel de los sindicatos para el bien común A veces no se comprende al sindicato
CAPITALISMO Y TÉCNICA
La mezcla de poderes El dominio de la técnica Tecnología y poder Un uso correcto de la potencia El poder del conocimiento científico Tecnocracia Fragmentación del saber ¿Capitalistas y comunistas? Rivalidad y meritocracia
EL ÍDOLO-DINERO
Mammona El ídolo El dinero corrompe El poder es más fuerte que el dinero La guerra y las armas El comercio de armas La crítica marxista Teologías que invitan a la justicia
¿QUÉ HACER?
La profundidad de la vida No hay una fórmula mágica La fuerza de los pobres Signos de los tiempos Un nuevo estilo de vida Solidaridad, o sea, restitución El germen de la comunión La diversidad cultural El respeto de la creación Razón y misericordia Nuevas generaciones
BIENAVENTURADOS LOS POBRES
Cultura del encuentro En la familia Fraternidad, justicia y fidelidad Cultura del cuidado y civilización del amor Instituciones internacionales Misión de la política Dichosos los pobres
Los 16 principales documentos de Francisco sobre poder, dinero y justicia social
A lo largo de la historia, la herejía constituye una de las formas de libertad, ya que su característica principal es que el hombre se refugia en su consciencia frente a los dictados del poder. Antonio Pau, autor de este hermoso ensayo titulado Herejes, describe la herejía como un refugio necesario en épocas de pensamiento único. Pau intuye con acierto que las lindes entre las ideas son porosas y que, por eso mismo, no sólo las herejías resultan peligrosas para la ideología dominante -ensanchando el espacio de la libertad-, sino que además la propia doctrina necesita ser confrontada para poder clarificarse. «Se trata –escribe– de una constatación histórica: la fe se fue perfilando a golpe de herejía».

Muy resumidamente, en el libro se esboza, con un estilo diáfano, la biografía de veintidós heterodoxos que arriesgaron la vida por sus ideas. Herejes tiene, por tanto, algo de invitación a la lectura y de reconocimiento de unos hombres y mujeres que se atrevieron a cruzar determinadas fronteras en nombre de unas ideas.
Pau concluye que no sólo las herejías resultan peligrosas para la ideología dominante, sino que además la propia doctrina necesita ser confrontada para poder clarificarse
El primero de estos herejes fue Marción de Sínope, un transportista naval que vivió en el siglo II d. C. No se ha conservado ninguno de sus escritos, aunque sí el entramado de su pensamiento. En su predicación descartó que el Dios del Antiguo Testamento pudiera ser el mismo Padre amoroso que predicó Jesucristo. Pensó pues que había dos dioses: uno malvado, que creó la materia y otro bondadoso, que es el Señor del alma y el espíritu. «La vitalidad y pujanza del marcionismo –comenta Pau– hizo que la Iglesia de Roma se apresurara a configurar el contenido del Nuevo Testamento, a formular el credo o Símbolo de los Apóstoles, a valorar las cartas de san Pablo y a desvincularse del judaísmo».
El segundo de los heresiarcas seleccionados es Valentín el Gnóstico, del siglo II, de quien tampoco ha quedado ninguna obra. Antonio Pau lo caracteriza como un existencialista avant la lettre, un buen filósofo fascinado por el abismo y la libertad. Distinguió entre tres tipos de hombres: los hylicos, los psíquicos y los pneumáticos, según predominara en ellos el materialismo, el temor metafísico o el equilibrio espiritual. Su mitología personal, sin embargo, era poco cristiana y anunciaba un mundo de pureza reservado para unos pocos. Muchas herejías posteriores –como la de los cátaros– beben de su inspiración.
El tercero es Apolinar de Laodicea, condenado en el siglo IV por el concilio de Constantinopla. Muy poco se sabe de su vida, pero sí de las ideas que defendían sus seguidores. La clave aquí reside en la negación de la doble naturaleza –divina y humana– de Jesucristo, de quien aceptan únicamente la primera. «Cristo –observa Pau, ilustrando las ideas del pensador griego– adoptó la apariencia de hombre, pero solo la apariencia, en ningún caso su espíritu y mente». A pesar de la condena conciliar, Apolinar no se retractó. Su desobediencia le costó el destierro.
El cuarto es Joviniano, un monje del siglo IV al cual san Jerónimo tildó de “Epicuro de la cristiandad” por defender que no había más virtud en el celibato que en el matrimonio y que comer moderadamente no era menos virtuoso que el ayuno estricto. ¿Por qué privarse de los bienes de la Tierra, si al Cielo pueden llegar todos por igual? Roma lo excomulgó en el año 393.
Pau percibe en Pelagio un precursor de modernidad, del humanismo que se abre paso en su reivindicación de la autonomía humana
El quinto caso elegido reviste una especial importancia por su actualidad; se trata de Pelagio. Era un hombre culto, amable, optimista. Su herejía consistía en negar el pecado original y en defender a ultranza la voluntad. Podemos prescindir de la gracia, venía a decir, porque nuestra propia razón y nuestra fortaleza son suficientes para discernir el bien del mal. Pau percibe en este hereje un precursor de modernidad, del humanismo que se abre paso en su reivindicación de la autonomía humana. San Agustín, más pesimista, fue su gran rival teológico. Las diferencias entre ambos iluminan la disputa. «Pelagio –leemos– fue un hombre de una pieza, con lo bueno y con lo malo que eso puede llevar consigo. Su conducta moral fue siempre la misma. Su firme voluntad le mantuvo siempre a salvo. Agustín conocía todas las bajezas y luego las mayores alturas. Por su propia experiencia, Agustín confió poco en el hombre, en su naturaleza y en sus fuerzas. Para el santo de Hipona, el libre albedrío es poco fiable; solo la gracia es firme».
El sexto de los herejes, Vigilancio, se enfrentó a san Jerónimo en Belén de Judá. Frente a su época, intuyó que había algo especialmente perverso en la veneración de los santos y de las reliquias: un exceso que respondía menos al cristianismo original que a la superstición popular. Antecesor de Lutero, lo cierto es que la Iglesia nunca lo condenó oficialmente, a pesar de que san Jerónimo le había tildado de “monstruo que habría que desterrar a los confines de las Tierra”.
Ya en el siglo XII, Pedro Valdo, fundador de una corriente de espiritualidad itinerante que todavía hoy perdura –el movimiento valdense–, invitaba a sus discípulos a una pobreza radical. El obispo de Lyon los acusó de contar con mujeres predicadoras y de negar la autoridad de la Iglesia. Fue convocada una cruzada contra ellos y se vieron obligados a refugiarse en los valles alpinos. Milagrosamente sobrevivieron. Con el tiempo negarían el Purgatorio, las indulgencias, la jerarquía eclesial y el culto a los santos. En 2015, el papa Francisco los visitó en Turín y les pidió perdón en nombre de la Iglesia católica. «En nombre del Señor Jesucristo –les dijo– perdonadnos».
Amaury de Bène es el octavo de los apóstatas seleccionados. Fue condenado después de su muerte, desenterrado su cuerpo y sus cenizas esparcidas. Su pecado fue doble: creer en el panteísmo y creer que al final de los tiempos tendría lugar una reconciliación universal, de modo que el Infierno desaparecería.
¿Fue hereje o no Arnau de Vilanova, el noveno de nuestros hombres? No lo sabemos. «Lo que se ha llamado la cuestión arnaldiana –sostiene Antonio Pau– ha consistido, a lo largo de los siglos, en desbrozar el grano de la paja, las obras que escribió Vilanova de las obras que, escritas por otros, le han atribuido». A medio camino entre médico de prestigio, astrólogo medieval, alquimista y teólogo, se sitúa en la frontera misma de la herejía.
Fray Dulcino de Novara y sus mil quinientos seguidores se refugiaron en una fortaleza, donde fueron masacrados a causa de su defensa extrema de la pobreza evangélica
El italiano fray Dulcino de Novara amó a la bella Margherita, pero su condena no fue por ese amor sino por sus ideas. Defendía una Iglesia sin propiedades ni autoridad y una igualdad absoluta entre todos los hombres. Él y sus mil quinientos seguidores se refugiaron en una fortaleza situada en el monte Rubello, donde fueron masacrados a causa de su defensa extrema de la pobreza evangélica.
Una figura fundamental entre las escogidas por Antonio Pau, es el místico dominico Maestro Eckhart. En 1329, el papa Juan XXII lo declaró hereje con la bula In agro dominico. El cardenal Ratzinger, sin embargo, nada encontró en su obra impropio de la fe católica. Eckhart ha sido uno de los grandes místicos de todos los tiempos, además de un enorme poeta que ejerció una profunda influencia en los románticos alemanes y, ya en el XX, en Rainer Maria Rilke. «Para Eckhart –explica Pau–, el hombre es como una puerta que se abre hacia dos lados. Los grandes símbolos de la obra de Rilke –la ventana, el umbral, el espejo, la balanza– tienen siempre dos lados, son el eje de dos realidades continuas, solo tenuemente separadas».
El siguiente ejemplo nos sitúa en la España inquisitorial y la persecución que sufrieron los conversos acusados de judaizar. Es el caso de fray Diego de Marchena, fraile jerónimo que ocultó su origen judío al ingresar en la orden. Aquí la herejía no es tanto el fruto de unas ideas, sino de su propia sangre, convertida en culpable. Brutalmente torturado, confesó que nunca había sido bautizado, de modo que quedaba paradójicamente fuera de la jurisdicción inquisitorial. Tuvo tiempo aún de bautizarse y entonces, ya sí, ser declarado “un verdadero hereje”. Ardió poco después en la hoguera.
Isabel de la Cruz fue una costurera toledana del siglo XVI, una mujer culta que leía la Biblia y a Erasmo. Defendió una espiritualidad fundada en el recogimiento: había que acallar las pasiones y la mente para dejarse llenar por Dios. Fue denunciada y condenada. Permaneció diez años en prisión y confiscaron su casa. Cuando salió finalmente de la cárcel, “llevó una vida miserable y errante” de la que poco sabemos.
Los sucesores del decimocuarto hereje han llegado hasta hoy. Menno Simons fue un sacerdote católico que en 1536 renunció públicamente a su ministerio. Predicaba el bautismo de los adultos (y no de niños) y la lectura de la Biblia en lengua vulgar; negaba la separación entre laicos y consagrados, además de defender un pacifismo radical. Iglesias cristianas actuales como los menonitas son herederos directos de las predicaciones de este hombre, que fue perseguido por católicos y protestantes a la vez.
La muerte cruel de Miguel Servet en Ginebra, a manos de Calvino, provocó una de las grandes polémicas sobre la libertad de conciencia que han tenido lugar en Europa
Miguel Servet, el decimoquinto de los mencionados en el libro, fue perseguido también por católicos y reformados. Se le acusó de negar la Trinidad. Para el aragonés, sólo el Padre es Dios y Cristo, por su condición de Hijo, ni es ni puede ser eterno. Su muerte cruel en Ginebra, a manos de Calvino, provocó una de las grandes polémicas sobre la libertad de conciencia que han tenido lugar en Europa.
Tras Servet, la atención de Antonio Pau se fija en la figura del teólogo italiano Fausto Socino, quien en el siglo XVI defendió un racionalismo religioso extremo que dejaba de lado el misterio de la fe. Socino rechazó «el misterio de la Trinidad, y rechazó que Cristo naciera misteriosamente de la Virgen María y que fuera a la vez Dios y Hombre, que la comunión fuera un sacramento y no una mera conmemoración». Forzado por las persecuciones religiosas, terminó sus días como fugitivo en Polonia.
El siguiente inconformista, Andreas Karlstadt, contemporáneo de Lutero, fue también sospechoso para todos. Perteneció al extraño movimiento de los abecedarianos, una secta cristiana que defendía que los hombres debían regresar a un estadio de vida casi animal, lo cual incluía obviamente no saber leer y, por tanto, desconocer el abecedario.
El zapatero Jakob Böhme, místico de Silesia, tuvo enorme influencia sobre el Romanticismo alemán y, en concreto, sobre la obra del gran poeta Novalis
Otra figura crucial en la historia de la cultura es el zapatero Jakob Böhme, el místico de Silesia. Su influencia sobre el Romanticismo alemán y, en concreto, sobre la obra del gran poeta Novalis fue enorme. Defensor del pluralismo religioso, Böhme podría pasar por relativista, dualista, gnóstico o panteísta. Es probable que ninguna de estas etiquetas sea apropiada del todo. Entendía que la luz necesita sombra para emerger y que sólo en Cristo hallan reconciliación todos los contrarios. «Vio en la naturaleza –explica Pau– una doble presencia de Dios, la presencia invisible de su ser espiritual y la presencia visible de una creación que había emanado de él, y era, por tanto, también Dios mismo».
El caso del siguiente hereje, Antonio de Rojas, responde a una tentación no del todo ajena a nuestra época. La finalidad de su tratado Vida del espíritu, publicado en 1628, era facilitar la contemplación de Dios a través de un método libre de esfuerzo. ¿Es posible llegar a tan altas cimas sin una ascesis dura, persiguiendo lo que llamaba “atajos”? La respuesta del sacerdote español era afirmativa: “Te has de quedar sin pensar, sin discurrir, sin saber: como si te hubieras muerto”. La nada, en definitiva, como alternativa espiritual. Fue condenado.
La personalidad de María Jesús de Ágreda, monja visionaria y consejera del rey Felipe IV –a quien asesoraba a través de sus cartas–, tiene un interés menor en el contexto de la cultura universal, aunque no en el de nuestra historia: es el caso singular de una monja que fue declarada Venerable por la Iglesia a su muerte y que, poco después, su obra pasó a figurar en el Índice de libros prohibidos.
Mayor recorrido tiene la figura de Miguel de Molinos, autor de una conocidísima Guía espiritual. Las dos acusaciones principales contra el padre Molinos se sustancian en su recomendación del silencio y del desapego conducidos al extremo. “El silencio lleva a la aniquilación y a la nada”, dijo, “y el desapego puede conducir al olvido de Dios”. Pero, como observa Antonio Pau, estas proposiciones se pueden entender en un sentido favorable o desfavorable. Hoy tendemos a leer a Molinos como un maestro de la espiritualidad mística. La inquisición romana, en cambio, hizo la lectura opuesta y lo condenó a la cárcel.
Finalmente, el último de los herejes mencionados es una mujer: la inglesa Janet Horne, a quien se acusó de brujería. La mayoría de ejecuciones por tal motivo se dieron en el norte de Europa y en los países protestantes. ¿Fueron técnicamente herejes? No parece, aunque se las culpase de adorar al demonio y de practicar las artes oscuras.
Se diría que no hay escapatoria a la libertad. Este breve ensayo de Antonio Pau nos muestra tanto el horror de la Historia como la importancia de no desligar la conciencia del deber. De la lectura de este libro salimos, sin duda, más sabios.
Patrick Deneen: ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Madrid, Rialp, 2018
Según el liberalismo, las oportunidades para la libertad surgen mejor allí donde hay un gobierno limitado dedicado a “asegurar derechos”, con un sistema de economía de mercado libre que dé especial valor a la iniciativa personal y a la ambición. Su legitimidad política proviene de la creencia en un “contrato social” original, que podían suscribir los que vinieran después, ratificado continuamente por elecciones libres y limpias de sus representantes. Así reinarían un gobierno limitado pero efectivo, el imperio de la ley, la independencia del sistema judicial, funcionarios públicos responsables y elecciones libres y limpias.
Sin embargo, subraya Deneen, hoy aproximadamente el setenta por ciento de los estadounidenses creen que su país se mueve en la dirección equivocada, y la mitad del país que los mejores días de los Estados Unidos quedaron atrás. La mayoría piensa que sus hijos no prosperarán tanto como ellos y pocos tendrán mejores oportunidades que las generaciones anteriores.
Reina un profundo cinismo hacia la política y hacia los políticos, hacia las elites políticas y hacia las elites económicas. Las elecciones, que antes se veían como la ocasión orquestada para renovar la legitimidad a la democracia liberal, parecen ahora una evidencia más de una sistema apañado.
No pocos, razona Deneen, comparan nuestros tiempos con los últimos años del Imperio romano, y proponen una retirada a lo que podrían denominarse «nuevas comunidades benedictinas», como al comienzo de la Edad Media. Los signos de los tiempos apuntan a lo mucho equivocado y que no funciona en la sociedad norteamericana. Ante nuestros ojos se derrumba la República.
Cada una de las promesas de los arquitectos y creadores del liberalismo se han hecho añicos. El Estado liberal expande su control a cada uno de los aspectos de la vida mientras que los ciudadanos miran al Gobierno como un poder distante e incontrolable, impotente solo al proyecto de la globalización.
Lo anterior son ideas tomadas de la Introducción y del Prefacio de este ensayo, igual que lo que sigue, pero a continuación se resume la tesis que servirá de hilo conductor al resto del libro.
Más de 600 personas han pedido la destitución de John Finnis, profesor emérito de Derecho y Filosofía del Derecho en Oxford, por los puntos de vista en materia sexual que ha defendido en seminarios obligatorios para postgraduados de la carrera de Derecho, según publica The Oxford Student. Subraya la petición que Finnis “posee un largo historial de puntos de vista extremadamente discriminatorios contra muchos grupos desfavorecidos. Es conocido -se afirma- por ser particularmente homófobo y transfóbico. Incluso ha aconsejado al Gobierno de los Estados Unidos que no provea de protección legal a los LGTB que sufran discriminación”.
Los autores de la petición señalan un pasaje de sus Ensayos completos en el que Finnis afirma que la conducta homosexual “nunca es una elección humana aceptable ni forma de vida”; es “destructiva para el carácter humano y para las relaciones” porque “trata las capacidades sexuales humanas de una manera que es profundamente hostil al autoentendimiento de aquellos miembros que están dispuestos a comprometerse en un matrimonio real”. El ensayo en cuestión de donde se entresacan las frases fue publicado en 2011, aunque la primera edición es de 1994.
En el mencionado estudio, según The Oxford Student, también se puede leer: “Igual que un debilucho cobarde que nunca intentaría matar a nadie, y sin embargo aprueba deliberadamente los asesinatos de personas inocentes en una masacre terrorista, tiene una voluntad que viola el bien de la vida, una persona de inclinación homosexual exclusiva e irreversible viola el bien del matrimonio al consentir (y aprobar deliberadamente) actos sexuales no maritales como la masturbación solitaria”.
El ensayo de 1994 se titula Ley, moralidad y orientación sexual. Otro razonamiento de Finnis que allí se ofrece es el siguiente:
“La cópula de los humanos con los animales se repudia porque trata la satisfacción y la actividad sexual humana como algo apropiadamente buscado (al igual que la cópula entre los animales), divorciado de la expresión de un bien común inteligible. Así se trata la vida corporal humana en una de sus actividades más intensas como simplemente animal. El acoplamiento genital deliberado de personas del mismo sexo se repudia por una razón similar.»
El profesor Finnis ha comunicado a The Oxford Student:

La petición exige que Finnis sea retirado de la enseñanza por el hecho de que «la universidad es un lugar para centrarse en la educación, no para ser forzado a hacer campaña o donde se sea enseñado por profesores que han promovido el odio hacia los estudiantes a los que dan clase.»
La petición también solicita que la Universidad de Oxford «aclare su posición oficial sobre los profesores que han expresado opiniones discriminatorias y se han comportado de manera discriminatoria, especialmente aquellos que han demostrado un odio y una intolerancia evidentes». El documento sobre Política de igualdad y política de acoso, se argumenta, es inadecuado porque no brinda «orientación sobre cómo tratar con los profesores que se dirigen a las personas desfavorecidas de manera más general (por ejemplo, a través de su trabajo publicado)”.
Alex Benn, un estudiante de Derecho en Oxford, y uno de los autores de la petición, ha declarado a The Oxford Student: «John Finnis ha desarrollado una carrera en la demonización. Sus llamados «argumentos» sobre las personas desfavorecidas son odiosos, por no mencionar que están ampliamente desacreditados. Su posición en Oxford pasa por alto sus décadas de promoción de la discriminación y, en particular, su papel activo en el empeoramiento de la vida de las personas LGTBI. Mientras tanto, la Facultad de Derecho, con su silencio, se contenta con darle su sello de aprobación.”
Benn añade:
Concluye Benn así: “No existe una política específica sobre los profesores (o similares) que promueven la discriminación con su obra y en la comunidad entendida en sentido más amplio. Comencé esta campaña no solo para abordar el caso de Finnis en Oxford, sino también para que Oxford tome una decisión sobre si apoya o no apoya la igualdad”.
Al respecto la institución oxoniense ha manifestado:
Recientemente, el Parlamento británico ha debatido sobre la libertad de expresión en las universidades. El resultado de sus investigaciones se puede consultar aquí:
«Este libro no es una historia de las ideas, sino un viaje por la reflexión moral y política. Su meta no consiste en mostrar quién ha influido en quién en la historia del pensamiento político, sino invitar a los lectores a que sometan sus propios puntos de vista sobre la justicia a examen crítico, a que determinen qué piensan y por qué lo piensan» (Michael J. Sandel: Justicia. ¿Hacemos lo que debemos? Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2011 (la versión original en inglés, Justice, es de 2009)).
En Justicia, Sandel examina su papel en nuestras vidas y en la sociedad. Según él, la filosofía ayuda a entender la política, la religión, la moral y nuestras propias convicciones, y muestra que las cuestiones más importantes que afrontamos como ciudadanos pueden someterse a un debate racional. Justicia repasa los conceptos que subyacen en las controversias políticas y morales de la actualidad.
Hacer lo que es debido es el título del primer capítulo de Justicia, que sirve a Sandel como introducción a su ensayo. A continuación extractamos algunos de los aspectos más relevantes de este capítulo para dar una idea de lo que supone la obra.
En el verano de 2004, el huracán Charley salía con toda su violencia del golfo de México para acabar en el Atlántico, y de paso asolaba Florida. He aquí un aspecto de la escabechina que provoca un fenómeno como ese:
«Florida tiene una ley que prohíbe las subidas especulativas de precios. Tras el huracán, la oficina del fiscal general recibió más de dos mil quejas. Algunas llegaron a los tribunales, y con éxito. Un establecimiento de la cadena hotelera Days Inn, en West Palm Beach, tuvo que abonar 70.000 dólares en multas y en devoluciones a clientes a los que había cobrado de más».
A partir de un suceso bien conocido, Sandel empieza el análisis.
«Los filósofos y teólogos medievales creían que el intercambio de productos debía estar regido por «el precio justo», determinado por la tradición o el valor intrínseco de las cosas… «En cambio… en una economía de mercado los precios vienen dados por la oferta y la demanda. No existe un «precio justo»».
A favor de la economía de mercado sin restricciones:
Por ejemplo, el economista Thomas Sowell: no hay precios más «especiales» o «equitativos» que «otros precios» que las circunstancias de mercado, incluidas las creadas por un huracán, pueden propiciar».
Y Jeff Jacoby: «No es abusivo cobrar tanto como el mercado pueda soportar. No es codicioso o desaprensivo. Así es como se asignan los bienes y servicios en una sociedad libre».
En contra de la economía de mercado sin restricciones:
Por ejemplo, el fiscal general Crist: «Cuando hay una emergencia, el gobierno no puede quedarse a un lado mientras se les están cobrando precios desaforados a quienes huyen para salvar la vida o quieren, tras el huracán, cubrir las necesidades básicas de sus familias… Un comprador sujeto a coerción por una emergencia no tiene libertad. Forzosamente ha de adquirir lo que necesita, por ejemplo un alojamiento seguro».
Debate que plantea el autor:
-¿Está mal que los vendedores de bienes y servicios saquen partido de un desastre natural cobrando tanto como el mercado pueda soportar?
-Si está mal, ¿qué debería hacerse al respecto, si es que se debe hacer algo?
-¿Debe prohibir el Estado las subidas especulativas de precios incluso si, con ello, interfiere en la libertad de compradores y vendedores de cerrar los tratos que deseen?
«Si se presta suficiente atención al debate sobre los precios abusivos, se verá que los argumentos a favor y en contra de las leyes que los prohíben giran alrededor de tres ideas: maximizar el bienestar, respetar la libertad y promover la virtud«, subraya Sandel.
-Los mercados promueven el bienestar de la sociedad en su conjunto al ofrecer a los individuos incentivos para que trabajen mucho y suministren a los demás lo que quieren.
-Los mercados respetan la libertad individual; en vez de imponer un cierto valor a los bienes y servicios, dejan que las personas escojan por sí mismas el que le dan a lo que se intercambian.
-El bienestar de la sociedad en su conjunto no gana con que se cobren precios exorbitantes en tiempos difíciles.
-Todo cálculo del bienestar general ha de incluir las penalidades y el sufrimiento de quienes, por culpa de los precios demasiado altos, no puedan cubrir sus necesidades básicas durante una emergencia.
-En determinadas circunstancias el libre mercado no es libre de verdad. Un comprador sujeto a coerción no tiene libertad.
-La indignación contra quienes cobran precios abusivos no es solo una ira irreflexiva. Es ira contra la injusticia.
-La codicia es un vicio, una mala manera de ser, es especial cuando lleva a que no se tengan en cuenta los sufrimientos de los demás.
-Una sociedad donde se explota al prójimo para conseguir una ganancia económica en tiempos de crisis no es una buena sociedad.
Finalmente, recuerda los rasgos más importantes del concepto de justicia en la historia del pensamiento, según Aristóteles y según los “modernos”:
La justicia consiste en dar a cada uno lo que se merece. Para determinar quién merece qué, hemos de determinar qué virtudes son dignas de recibir honores y recompensas. No podemos hacernos una idea de cómo es una constitución justa sin haber reflexionado antes sobre la manera más deseable de vivir. La ley no puede ser neutral en lo que se refiere a las características de una vida buena.
Los principios de la justicia que definen nuestros derechos no deberían fundamentarse en ninguna concepción particular de la virtud o de cuál es la forma de vivir más deseable. Una sociedad buena respeta la libertad de cada uno de escoger su propia concepción de la vida buena.
Michael J. Sandel: «Justicia. ¿Hacemos lo que debemos?»