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Ver productos1 Jul 1991 - 9 min.
Las últimas elecciones no han sido, efectivamente, unas elecciones de trámite. Sin haber producido ninguna falla en la orografía política, sí han constituido un seísmo, de los catalogados de baja intensidad según la escala de Mercalli, perfectamente perceptible.
Aunque las elecciones municipales y autonómicas no son una meta volante, tienen una finalidad específica y un significado propio, inevitablemente apuntan cambios y marcan tendencias.
Una mención introductoria obligada es a la abstención del 37,4% registrada en estas elecciones, que ha roto la norma que existía hasta ahora de participación creciente.
Siempre es arriesgado apuntar las causas de la abstención, pues no deja de ser un juicio de intenciones. Está claro que la meteorología no la justifica. Un domingo soleado no puede llevarse por delante veinte puntos de participación, que es el montante estimado que se ha añadido, en esta ocasión, a la abstención técnica, cifrada entre un 15% y un 20%.
Las movilizaciones convocadas por los sindicatos en la antevíspera de la votación pueden haber aportado un componente de abstención inducida al servir de recordatorio de la verdadera naturaleza de posibles destinatarios del voto. La doble jornada de reflexión sindical puede haber alejado de las urnas a quienes no tenían madurado todavía un voto alternativo, pero, aunque ha habido alguna declaración interesada en este sentido, no se puede determinar todavía el alcance de este fenómeno. De lo que no cabe, creo, ninguna duda es que el grueso de la abstención incorporada el 26 de mayo se debe al desengaño político.
Hecho este breve apunte, pasamos a hacer una valoración de cuál es la situación de los partidos de ámbito nacional en la sobremesa de las urnas.
Ha sido el que ha abonado, en exclusiva, la factura del banquete electoral. Gracias a él, los otros tres partidos han mejorado sus resultados. Para sintetizar, se puede decir que catástrofe electoral se escribe con «C» de CDS.
La práctica desaparición del CDS del mapa electoral venía precedida de la desaparición de la vida pública y de los medios de comunicación. No ha habido sorpresa para nadie, salvo para los responsables de este partido. Y es que negar la evidencia es exponerse a ser devorado por ella. La estrategia aplicada a partir de las últimas elecciones generales, que tenía como manifestación más visible la suavización de la actividad de oposición hasta hacerla imperceptible por la opinión pública, no podía conducir a otro resultado.

Pasar de la denuncia a la complacencia en la relación con el poder sin que, aparentemente, hubiera circunstancias que lo justificasen, tenía que tener un coste; y un coste muy elevado. El invento de un partido de poder sin poder no es un invento que pueda funcionar.
El CDS ha perdido la friolera de 1.180.461 votos de los 1.902.293 que obtuvo en 1987. Ha pasado de 5.952 concejales a 2.568, de 104 diputados autonómicos a 17, y se ha quedado fuera de las instituciones en nueve de las trece Comunidades Autónomas en las que se habían convocado elecciones.
Se abre ahora una larga jornada de reflexión para este partido, que podría acabar como el rosario de la aurora o con una vuelta a empezar de dudosos resultados.
¿Quiénes son los herederos del patrimonio del CDS? Contestar a esta pregunta con alguna garantía exigiría un estudio detallado que no estamos en este momento en condiciones de abordar. Pero como aproximación, aunque muy burda, podemos establecer la siguiente hipótesis: el voto perdido por el CDS se reparte, exclusivamente, entre los partidos que lo flanquean (PP y PSOE) y la abstención.
Los votos del CDS cubrirían así el aumento del PP y los votos que el PSOE cedería a IU, ya que suponemos que no hay trasvase de votos entre IU y CDS; lo que, evidentemente, no es cierto. Con toda seguridad ha habido antiguos votos del CDS que han ido a parar a IU, aunque no creo que este hecho se haya producido de forma masiva.
De acuerdo con esto, de 1.180.461 votos perdidos por el CDS, 622.763 irían a parar al PP y 366.099 al PSOE. El resto, 191.599, irían a la abstención. Redondeando, tendríamos que de cada 10 votos perdidos por el CDS, aproximadamente 5 han ido para el PP, 3 para el PSOE y 2 han ido a parar a la abstención, o que, de cada 3 votos emitidos por antiguos votantes del CDS, 2 han ido para el PP y 1 para el PSOE.
Ha tenido un resultado por encima de lo satisfactorio, más que por el aumento en votos y representantes elegidos en sus listas, por el momento en que se produce. IU, como el comepiedras, ha metabolizado los escombros del Muro.
IU ha obtenido 366.099 votos más en las elecciones municipales, que le han supuesto un aumento de 332 concejales, mientras que en las elecciones autonómicas ha pasado de tener 26 diputados a tener 45 (un 73% más).
Por otro lado, como dice Anguita, IU ha coloreado el mapa, si bien no del todo, y en algunos tramos muy tenuemente. Lo que sí es cierto es que IU ha accedido a salones de plenos no hollados hasta ahora por la planta de los comunistas. De las 13 Comunidades Autónomas donde se celebraban elecciones, irrumpe por primera vez en tres de ellas (Castilla-León, Castilla-La Mancha y Navarra) y sitúa más representantes en seis (Aragón, Asturias, Canarias, Extremadura, Madrid y Murcia). La misma tónica se observa con relación a las grandes ciudades.

IU se ha convertido, por otra parte, en el único partido bisagra tras la virtual desaparición del CDS, lo que le confiere un valor añadido que antes no tenía o tenía en mucha menor medida.
Las nuevas expectativas que se abren pueden, sin embargo, intensificar las tensiones y acentuar las contradicciones en un conglomerado político de componentes tan heterogéneos como es IU.
Sale de estas elecciones con una sensación ambivalente: de tranquilidad, porque todavía no está amenazado el poder que detenta y al que tanto aprecia, y de preocupación, porque se vislumbra, por primera vez en casi nueve años, la posibilidad real de que se configure una alternativa de poder a medio plazo.
El tiempo pasa, y aquel ficticio sucesor que, según el presidente del Gobierno, estaba todavía en COU, puede estar terminando, con aprovechamiento, los estudios superiores; y, lo que es peor, no es, en absoluto, ficticio.
De ahí que el entusiasmo de los socialistas por los resultados electorales haya sido más bien descriptible. No obstante, no cabe minimizar, después de doce años de poder municipal, el éxito socialista. El PSOE ha mantenido su cota de concejales (sólo ha perdido 337 con respecto a las anteriores elecciones) y ha aumentado su porcentaje de voto un 1,66%, aunque ha disminuido sus votos en 66.114.
Es la fuerza más votada en 9 de las 13 Comunidades Autónomas contempladas y ha aumentado en 28 diputados su cupo del 87.
Los socialistas, en estas elecciones, han tenido que emplearse a fondo: bajar a la calle, que ya no es lo que era, asumir compromisos que habían obviado en anteriores comicios y morderse la lengua en campaña más de lo que hubiesen deseado, porque las mayorías absolutas eran ya más esquivas.
El PSOE no ha podido salvar las mejores piezas de la vajilla: Madrid, Sevilla, Valencia…; ha comprobado con preocupación que el grito de ritual «¡que viene la derecha!» no tenía ya el poder terapéutico de otro tiempo y ha sufrido la decepción de que la oferta electoral de facilitar el acceso a la vivienda a la mitad de aquellos a los que proporcionó un puesto de trabajo en la legislatura del 82 no ha producido estragos en las zonas urbanas, a las que estaba destinada.
A partir del 26 de mayo, en virtud de esos misteriosos mecanismos del subconsciente colectivo que fijan la frontera entre las palabras, en ocasiones verdaderamente sutil, cuando se hace referencia al poder del PSOE se tiende a hablar de «primacía» en lugar de «hegemonía».
Obtiene 622.763 votos más que en las últimas elecciones municipales, aumentando en porcentaje de votos un 4,47%, y disminuye su representación municipal en 841 concejales.
Este dato, en apariencia negativo, refleja con nitidez el avance cualitativo del PP en estas elecciones. Si gana votos y pierde concejales es que se afianza en las zonas urbanas, donde la proporción de votos que se necesita para obtener concejales es mucho mayor que en las pequeñas y medianas localidades.

A partir de aquí caben dos hipótesis de trabajo: la defendida por el diario El País (28-5-91), de que el voto urbano es menos apetecible con vistas a unas elecciones generales, por ser menos rentable, ya que envía menos diputados al Congreso, o la de los que piensan que el voto urbano es mucho más difícil de conseguir, y que una vez logrado siempre es más factible incorporar el otro, el de las zonas rurales, más influenciable y menos exigente.
Personalmente me inclino por esta segunda valoración. El número de concejales global obtenido en unas elecciones no es, en mi opinión, un indicador de victoria válido, pues en realidad no se están sumando magnitudes homogéneas. No tiene la misma capacidad de influencia un concejal de un pueblo de 300 habitantes que un concejal de una gran ciudad. Con los 30 concejales obtenidos por el PP en Madrid se va a administrar a una población que supone el 7,8% de la población total española.
A igualdad de votos, una mayor proporción de voto urbano es, en mi opinión, una garantía de progresión electoral futura. Si observamos el cuadro n.º 4 veremos el salto gigante que el PP ha dado en estas elecciones en las grandes ciudades.
El PP ha sido el partido más votado en 21 capitales de provincia (en 6 de ellas ha obtenido mayoría absoluta) y en la ciudad de Melilla.
Ha sido también el partido más votado en cuatro Comunidades Autónomas: Madrid, Navarra, Castilla-León y Baleares; en las dos últimas ha obtenido mayoría absoluta.
Por otro lado, la diferencia porcentual entre el PP y el PSOE en estas elecciones ha sido de 13,19 puntos. En el 83 fue de 16,58 y en el 87 de 16. Es cierto que la diferencia es todavía grande para poder ser considerado en este momento el PP alternativa de poder, pero progreso es dirección y no velocidad, y creo que la dirección es buena.
Otros indicadores son más optimistas todavía. Así, el diferencial del PP con relación al PSOE en porcentaje de diputados autonómicos (ver cuadro n.º 3) ha pasado de 12,5 puntos en 1987 a estar en estas elecciones por debajo de los dos dígitos (9 puntos).
En esta reducción de distancias ha influido el no contabilizar ahora, aparte, los diputados de UM, por haber ido coaligada con el PP, y los de UPN, en virtud del acuerdo entre los dos partidos. Estos dos hechos son también positivos en cuanto a la configuración de una futura alternativa de poder.
El gran reto del PP ante el futuro es convencer al electorado de centro que resta, indispuesto con los socialistas, de la idoneidad de su proyecto (los tres pasos hacia el centro), sin que ello repercuta en el necesario equilibrio interno del partido.
El verdadero resultado de las elecciones municipales y autonómicas no se conocerá hasta que no se hayan constituido las corporaciones y parlamentos autonómicos y no hayan elegido a los respectivos alcaldes y presidentes autonómicos.
Cuando se escriben estas líneas, la tendencia detectada en varias formaciones políticas a considerar los pactos como material radiactivo es un síntoma inquietante, pues puede traer consigo una mayor inestabilidad en las instituciones. Pero no adelantemos acontecimientos; la palabra la tienen ahora los partidos, y muy especialmente los de ámbito nacional.
