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Ver productos1 Jul 1991 - 7min.
Sin necesidad de recurrir a ningún tipo de valoración cuantitativa —aunque la demoscopia venga luego en apoyo—, cabe una afirmación genérica: los españoles han venido teniendo una visión harto distorsionada de la realidad exterior. Incluso, un poco más allá, han solido practicar una olímpica ignorancia con respecto a lo que más allá de nuestras fronteras ocurría. Distorsión e ignorancia han contribuido, además, a configurar una defectuosa percepción de nuestro lugar en el mundo y a una no menos torcida enumeración y defensa de nuestros intereses. Parte todo ello de eso que alguien denominó «cortocircuito de la modernidad —española, por supuesto—. Tiene, desde luego, origen y explicación en los diversos aislamientos que el país viene sufriendo al menos desde 1898, y cuyas últimas consecuencias, conscientes o inconscientes, se han prolongado hasta bien mediada la década de los 80 de este siglo, transcurridos ya varios años de la llegada de los socialistas españoles al Gobierno.
Esa descripción constituye hoy casi un estereotipo. Y la referencia al «aislamiento» como método explicativo para determinadas carencias en el juicio que los españoles se hacen de la situación internacional tiene datos muy recientes: tan sólo hace unos meses, en plena guerra del Golfo, el Gobierno recurría a ella para justificar la tibia reacción de la opinión pública española ante el significado de los intereses en juego y de nuestro propio lugar en la contienda. Pero, como tantas otras veces en que al lugar común aislacionista se ha recurrido, el subrayado tenía de nuevo un perfil abstracto. Los españoles, parecía decir el Gobierno, se comportaban inadecuadamente como consecuencia de una estanqueidad nacional de la que, sin embargo, no se ofrecían perfiles concretos ni culpables corpóreos, más allá de una genérica y casi obligada referencia a la responsabilidad del franquismo en tal estado de cosas. Lo cual, como en tantas otras ocasiones, era evitar culpas propias y desconocer hitos significativos en la conformación de las voluntades de los españoles. Quienes, adelantando conclusiones, se parecen cada vez más al resto de los europeos en algunas cosas, entre las que cabe significativamente incluir la idea que se hacen del mundo que les rodea y de las relaciones que con él querrían mantener.
El análisis de los sentimientos de los españoles cuando estalla el conflicto en el Golfo Pérsico constituye un primer elemento de relativa homologación¹: un tercio de los encuestados consideraban el conflicto inevitable, mientras que un 65% pensaba que se podía haber evitado; el 63% culpaban de su estallido a Sadam Husein; un 80% creyeron, y bien, que la guerra sería corta; un 29% pensaban que España debería participar en el conflicto tal como lo hicieron otros países europeos, mientras que un 38% se inclinaba por un apoyo que no incluyera el combate. Unos días después, cuando la contienda alcanza su mayor incertidumbre, los datos que sigue ofreciendo la opinión pública mantienen su —relativa— razonabilidad: un 52% de los encuestados cree adecuada la participación de España en el conflicto —y era ya notorio el grado importante del apoyo logístico prestado a los Estados Unidos—, aunque un 70% estimara insuficiente la información proporcionada al respecto por el Gobierno español; un 81% de los españoles estimaba que la guerra afectaba mucho o bastante a nuestros intereses, aunque el 65% la estimara injusta; y en proporciones que oscilaban entre el 72% y el 86%, los españoles se mostraban de acuerdo en que la guerra debía servir para forzar a Irak al abandono de Kuwait, a destruir la capacidad iraquí de construir armas químicas, a rendir incondicionalmente Irak y a desalojar del poder a Sadam Husein.
Cuando el conflicto termina y los españoles son preguntados por sus consecuencias, las tendencias se confirman y amplifican —aun teniendo en cuenta el efecto euforizante de la victoria: el 62% de los españoles mantiene que nuestra participación ha sido la adecuada— era la primera incursión directa en un conflicto internacional que España hacía desde, al menos, 1898—; el apoyo «táctico» más que «logístico» prestado a los bombarderos B-52— cuyas misiones sobre Irak se habían iniciado en bastantes casos desde la base española de Morón— pareció «correcto» a un 68% de los encuestados, y un 33% opinaba que España había ganado algo —un 39% que seguía como antes— en la política internacional como consecuencia de la guerra³. Otras opiniones públicas europeas, con los correspondientes matices, claro está, han venido manifestándose de manera sensiblemente similar. ¿Estamos todavía tan aislados, o somos incluso ahora víctimas inconscientes de alejamientos de antaño? ¿Era la «ajeneidad» parte consustancial de nuestro ser nacional, o sólo consecuencia de ciertas circunstancias históricas, entre las que hay que incluir malformaciones, intereses o errores analíticos de personas y de grupos? Más bien lo segundo, claro. Ni siquiera en esto dejó de tener razón Shakespeare por aquello de la culpa «en nosotros mismos y no en las estrellas». Por más que ciertos gobernantes, de antes y de ahora, prefieran optar por la explicación mágica y cómoda: la que les permite evadir ciertas responsabilidades. Veamos.
En marzo de 1986⁴ un total del 34% de españoles decían estar entre «muy» y «bastante interesados» por la vida política internacional, frente a un total del 65% de los incluidos entre los «poco» y los «nada interesados» en esa vida. En noviembre de 1988 las mismas preguntas tienen respuestas radicalmente diferentes: la primera categoría, grados diversos de interés positivo en la vida internacional, se ha incrementado hasta un 48%, y la segunda clave, los del poco interés, quedan reducidos a un 49%⁵.
De forma paralela, los españoles parecen dispuestos a recuperar el tiempo perdido en un proceso acelerado de lo que se podría conocer como voluntad de pertenencia y participación. Los «eurobarómetros», mediciones demoscópicas regularmente realizadas por la Comisión de la CEE, vienen situando a los españoles en la cabeza, junto con franceses y luxemburgueses, de los ciudadanos de la Comunidad que se ven a sí mismos como europeos. No es difícil imaginar que en tan decidida autocalificación incide de manera grande el deseo de «ser como ellos», como los mejores, no desmerecer.
Como seguramente el mismo deseo impulsaba al 57% de los españoles que en 1976 era favorable a la entrada de España en la OTAN -patéticamente reducidos en septiembre de 1981 a un 13%, mientras que el 43% de los encuestados se manifestaba en contra⁶. ¿Estaban los españoles más aislados en 1981, seis años después de la muerte del dictador y cuatro después de la celebración de las primeras elecciones democráticas, que en 1976, apenas salidos de los cuarenta años de autoritarismo? ¿Dónde y cómo cabe aplicar la noción y los efectos del aislamiento? y ¿dónde y cómo aplicar otros efectos, los inmediatos, los que juegan desde el 76 al 81 y tienen como protagonistas a un Gobierno todavía indeciso sobre la proyección exterior española y a una oposición socialista ciegamente beligerante en contra de opciones, como la de la OTAN, que luego trabajosa y dolorosamente habría que recuperar?
Eran también aquellos los años en que, probablemente por las mismas razones, un 28% de los españoles pensaban que los Estados Unidos constituían una amenaza para la paz mundial, mientras que sólo un 15% pensaba lo mismo de la URSS -y un 36% repartían las culpas a «ambos por igual» en el caso de que la paz se viera alterada⁷-. Distorsiones contradictorias que sólo podían ser explicables en el contexto de un sarpullido post-dictatorial, que contenía todavía muchos de los elementos que el autócrata y su régimen habían contribuido a sembrar: demagogia tercermundista, interesada desconfianza frente a las democracias occidentales, irreflexiva alabanza del estatalismo, «quiero y no puedo» o «no están maduras» convertidos en pautas de la imposible acción internacional de un país apartado por culpa de su sistema político —y no por ninguna otra causa.
Cosas todavía quedan, latentes unas, visibles otras. Ese «antiamericanismo» todavía visceral, por ejemplo, que unas veces cobra relieves de barata cultura popular y otras surge apenas velado en manifestaciones no menos baratas de formaciones políticas de izquierda o extrema izquierda. Pero fácil es percibir que el círculo se está cerrando. Para bien. Allí donde los españoles adquieren una cabal idea de su lugar en el mundo, de los intereses y de los valores que en él comparten, de la coherencia con la que conviene distinguirse. Que bien puede seguir siendo ancho, el mundo. Pero ya no es ajeno.