Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 Sep 1990 - 10min.
Es hacia 1560 cuando España viene a redondear su dimensión americana. Fue una operación increíblemente rápida y singular porque, junto a los esfuerzos materiales y a los desgastes físicos del empeño, supuso el trasvase a las nuevas tierras descubiertas y, sucesivamente, pobladas, de la civilización occidental que, una vez tomado asiento, cobra un renovado e insólito impulso para formar una cultura distinta y una civilización de cuño inédito, la Novo Hispánica, gracias al mestizaje global que se opera. El cimiento cultural de los actuales latinoamericanos proviene de esa fusión, de la síntesis lograda a lo largo de una «vividura» -como utilizaba Américo Castro- fecunda, aunque no exenta de amores y odios, venganzas, malos entendidos, asonadas y rebeldías, rencores y traiciones, resentimientos, desafecciones, abusos y errores.
En la elaboración de esa unidad cultural diferente, y, en cierta medida extraña para la época, la aportación andaluza -que también es mestiza- ocupa un lugar destacado, sin que con ello se reste valor a las proporcionadas por extremeños, cántabros, vascos, catalanes, canarios y astures. Las gentes de aquella España, una y múltiple, pusieron su granito de arena, con mayor o menor intensidad, en la colosal aventura: hasta el primer movimiento indigenista del continente, se construye por manos españolas (los p.p. Montesinos y de las Casas). Julián Marías mantiene la tesis de que la Andalucía arabizada fue un factor clave en la génesis y la figura de la España resultante. Por su parte, Claudio Sánchez Albornoz enseña que «si los musulmanes no hubieran puesto pie en España, nosotros no habríamos realizado el milagro de América». Estas afirmaciones que aparecían algo adormecidas, con el paso de los siglos recobran vida al aproximarse el año 1992: algo así como si Andalucía y los andaluces quisieran recuperar el tiempo perdido. Se hace verdad el verso del malagueño José Moreno Villa, redactado en el México del exilio de 1939:
«Ya estamos en la playa nueva. La misma arena, el mismo rizo acompasado de la dulce orilla, los mismos vagarosos pájaros de la otra».
Nueva Revista. 1ª serie. Núm. 7
Parece confirmarse que tos andaluces se mueven, que han vuelto al camina Desde hace pocos años, individuos, colectividades e instituciones se están sacudiendo de encima el conformismo secular y se han puesto a andar por las rutas de la actividad.
Parece confirmarse que los andaluces se mueven, que han vuelto al camino. Desde hace pocos años, individuos, colectividades e instituciones se están sacudiendo de encima el conformismo secular y se han puesto a andar por las rutas de la actividad, rutas que se extienden más allá de su demarcación geográfico-administrativa: están cruzando el Atlántico, como siglos ha lo hicieron. Andaluces -satisfechos de su bético-romano, árabe, bereber, judío y cristiano- y americanos nuevamente se aproximan, quizá regresan a un trabajo en común de mayor aliento, teniendo por meta la celebración del V Centenario. Muchos de los sueños andaluces son americanos y viceversa; como las coplas y los romances, son de ida y vuelta. Ciertamente, la historia se repite, para hacerse contemporaneidad y futuro. Pero es preciso lanzar la vista atrás para comprender el fenómeno en su cabal extensión, pues Andalucía es la extensión histórica de la «carrera de poniente» de las viejas navegaciones genovesas, venecianas y florentinas.
Donde se fraguan, definitivamente, las tareas del descubrimiento es en Andalucía; la primera capital americana tuvo asiento en Sevilla, -Puerta y puerto de América, la llama Francisco Morales Padrón-, lugar donde se levantó la Casa de Contratación en 1503 -pasaría a Cádiz en 1717-. También en Sevilla, en la vieja Lonja de Mercaderes se construyó el Archivo de Indias, que hoy guarda 150.000 fichas de emigrantes y más de 40.000 legajos, sabrosas reliquias microfilmadas gracias al mecenazgo privado, para los pacientes y apasionados buceadores de la aventura española en América. No extraña, pues, que Antonio Domínguez Ortiz, en relación con la contribución andaluza en América, afirme lo siguiente: «los andaluces, sostenidos por extremeños y canarios, configuraron la sociedad colonial durante un siglo largo, le dieron su arte, su lengua, sus costumbres y no sólo a los criollos, sino a la población de color».
A América no sólo llegaron andaluces de batalla, animales, capitales, barcos y productos agrarios, sino también alarifes, maestros canteros, religiosos del común, artistas y artesanos: la primera imprenta que se instala en el Nuevo Mundo, en 1539, procede del taller sevillano Cromberger Foster. Una parte importante del acervo cultural latinoamericano cuenta con origen andaluz: normas de heredamiento, técnicas agrícolas, el ritual del galanteo, la institución del compadrazgo, hermandades religiosas y cofradías, exvotos, devociones y romerías; y la misma imaginería procede de talleres andaluces (Diego López de Arenas, Pedro Laborio, Alonso Vázquez, etc.). Y la Universidad de Mareantes, sobre la base del Colegio de los Cómitres Sevillanos, se levantó, en 1569, por disposición de Felipe II, pensando siempre en que el sol no se ponía jamás en su Imperio, gracias al destino de la providencia.
Otros cualificados autores confirman y sostienen el «andalucismo» de la peripecia española inicial en la otra orilla. Así, Rafael Lapesa manifiesta que el andaluz hablado es decisivo para el primer estrato del español colonial, con las contribuciones lingüísticas del seseo, el abandono del «vosotros», el yeísmo, la distinción entre el dativo «le» y el acusativo «lo» y la «jota» con aspiración faríngea. Así, también, Ramón Menéndez Pidal -que comparte las tesis lingüísticas de Meyer Lübke-, López Estrada, Alvar y Bustos, en el sentido de que por Sevilla irradió hacia América no sólo el comercio sino, lo que es más importante, la cultura. El citado Menéndez Pidal profundiza en su planteamiento al afirmar que a partir de Andalucía se construye el imperio trasatlántico comercial y marítimo. Será una voz de la otra ribera, la del mexicano José Luis Martínez, la que admita el predominio lingüístico andaluz en el español hablado de América, especialmente en las zonas del Caribe y la costa oriental de la Nueva España. ¿No es más que una coincidencia que e! primer mapa de América se trazase en el Puerto de Santa María?
El trasvase andaluz a tierras americanas supone, además, que muchas ciudades repitan el nombre originario en la otra margen del Atlántico: Palos, Sevilla, Cádiz, Córdoba, Málaga, Jaén, Almonte, Alhambra, Almadén, Loja, Linares, Baeza, etcétera, por citar algunas. Junto a ello, reseñar que Alonso de Ojeda fundó la primera ciudad del continente sur, en 1520, con el nombre de Nuevo Córdoba —hoy, Cunamá, capital del Estado venezolano de Sucre—; que la costa oriental venezolana fue llamada Nueva Andalucía; y que el famoso e indomable río Grande fue bautizado por Coronado, en 1540, como río Guadalquivir, Las carabelas andaluzas o de la Armada, a rebosar de marineros habituados a varios mares, partieron de Sevilla, Cádiz, El Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda y Palos de la Frontera rumbo a la conquista de lo desconocido.
Entre 1493 y 1600, del total de los 54.881 emigrantes registrados, el 36,9 por 100 era andaluz; asi como, de las mujeres que cruzaron el océano, entre 1520 y 1579, cerca del 60 por 100 procedían, también, de Andalucía.
Pero, ¿cuáles fueron las razones por las que los andaluces viajaron al nuevo continente? Ramón Carande enuncia dos como fundamentales, si bien sin carácter exclusivo: el tirón de la conquista y el apego que sentían por la vida trashumante y las faenas pastoriles. Partiendo hacia la aventura americana, los andaluces de la época consideraban que las dos motivaciones se satisfacían plenamente (otra coincidencia histórica: en 1492 se editaba la primera gramática española, cuyo autor, Antonio de Nebrija, es andaluz).
Todos estos datos se confirman en el escueto terreno de las cifras. Nada mejor, en materia de población, que manejar los cuadros, ya clásicos, de Boyd-Bowman. De ellos espigamos las siguientes: entre 1493 y 1600, del total de los 54.881 emigrantes registrados, el 36,9 por 100 era andaluz; así como, de las mujeres que cruzaron el océano, entre 1520 y 1579, cerca del 60 por 100 procedían, también, de Andalucía. Nombres sonoros, como los de Bastidas, Belalcázar, Giménez de Quesada o Díaz de Solís, se emplean en la conquista con el marchamo andaluz. Y, asimismo, lo fueron otros muchos militares, mercaderes, marineros, factores y sirvientes que, anónimamente, colaboraron en levantar la sociedad americana. Es Francisco Solano quien ilumina la aportación andaluza de una luz administrativa y política al indicar que el 70 por 100 de los virreyes de La Nueva España fue andaluz y que, entre 1493 y 1540, de un total de 954 encomenderos, 183 eran andaluces.
El irlandés Francisco Burdett O’Connor se vio arrastrado por la personalidad de Bolívar y formando parte de la romántica Legión Británica se plantó en América. Combatió en las campañas de Colombia, Perú y Bolivia, para terminar fijando su residencia en la actual Bolivia, concretamente en Santa Ana, cercana a Tarija. Problemas de amores hicieron que el belicoso Burdett O’Connor acogiera en su casa a las hermanas Juana Manuela y Carmen Gorriti. Juana Manuela, en la pluma de Marta Mercader, define sus impresiones de la mansión que les recibe: «Casona baja, enjalbegada, con rejas y malvones al estilo andaluz, rodeada de vides y olivares y un rústico trapiche donde se arrastraban indios desarrapados, huraños». Es un cuadro del sur profundo español trasplantado al terruño boliviano.
Este relatillo extraído de una novela, no corresponde a la imaginación exclusiva de la autora reseñada, sino que testimonia un paisaje americano auténtico. El andaluz, en su aventura americana, llevó su palabra y sus piedras, o las ideas que tenía de cómo colocarlas y encalarlas. Así como en la arquitectura militar y civil en América se registran influencias góticas e italianas, en la arquitectura popular aparecen profusamente rasgos y trazos canarios, extremeños y, sobre todo, andaluces -fundamentalmente en el área del Caribe-. Como explica Ramón Gutiérrez «indicará a la vez la voluntad de continuar siendo España en América y, por aquello de la unidad, más España como síntesis, que simple operación sumatoria de regionalismos». Los mismos modos de concebir y proyectar la arquitectura revelan que la tradición de la casa romana pasó de Andalucía a las Antillas, pero se adapta a las propias variaciones que sufría en el sur español, afirma el autor citado. Las estrechas calles de La Habana recuerdan a las de Sevilla, las angostas escalinatas entre dos paredes de Santo Domingo son árabes de pura cepa y los artesonados y entramados de Cuba y Puerto Rico son mudéjares. El arquitecto norteamericano Palm confirma esta tesis. Personalmente me ha ocurrido que estando en una villa americana creía verme en una andaluza y viceversa. Lo andaluz -como el buen cante que va y viene- es ubicuo: perfuma, da luz y vida en las dos orillas del Atlántico. Es tanto percepción intuida como realidad presentida. O, como afirmó Juan Ramón Jiménez. «La Habana está en mi imaginación y mi anhelo andaluces, desde niño. Mucha Habana había en Moguer, en Huelva, en Cádiz, en Sevilla.»
Pero también en la emigración masiva de europeos que cruzó el Atlántico entre 1881 y 1920, de unos 30 millones de personas, se encontraba un gran contingente de andaluces: el anarquismo andaluz guarda estrecha vinculación con el movimiento obrero latinoamericano que comienza a fraguarse en esas épocas. Amén de agentes comerciales -de vino, aceite, corcho y minerales-, gentes andaluzas son las que crean centros de reunión y confraternidad- Círculo Andaluz, en Buenos Aires, que edita la revista Andalucía; Agrupación Andaluza, en Rosario; Unión Andaluza, en Santiago de Chile; y Centros Andaluces en Montevideo, La Habana y Nueva York. Del medio millón de españoles que, por esas fechas, pasan al extranjero, un 20 por 100 son andaluces.
Cristóbal Colón, en su primera carta, afirmó que «esto es como la primavera en Andalucía». A América se llevó el paisaje andaluz prendido en el alma. Y allí se afincó y desarrolló. Por eso, todos los intentos de quebrar o difuminar la presencia de Andalucía en el proceso histórico americano han fracasado. Cualitativa y cuantitativamente, la impronta andaluza continúa actuando de manera indeleble en la cultura de mestizaje formada a los pies de los Andes y en los labios del Caribe. Es algo que, con ocasión del V Centenario, debe, no sólo reconocerse, sino reavivarse.
Un marinero gaditano en tierra exiliada, de fatigado corazón grana y melena de romero blanco, cantará en el borde argentino: «Hoy el Paraná respira con aliento de azahares. Con el azahar me voy. No me detengáis». Al otro lado del mar, el andaluz no se siente solo ni perdido; es uno más de la estancia y las arboledas. Andalucía y América, entre olivares y guayabas, entre el beso y la palabra.