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Resulta presumible que, pasada la novedad del flamante gobierno populista empeñado durante el próximo verano en un trabajo que tendrá -por fuerza de las circunstancias como  expresión  y vehículo preferentes más el BOE que la tramitación parlamentaria  de leyes de gran calado, tanto la actualidad española como la internacional de la época estival se encuentre toda ella presidida por los resultados de las elecciones rusas de mediados de junio. Pues, en efecto, la coyuntura mundial dependerá en ancha medida en los meses veraniegos y en los últimos del calendario de 1996 del carácter de la presidencia del más extenso país de la tierra. Un triunfo de Yeltsin supondría una baza de suma trascendencia para el mantenimiento de Clinton en la Casa Blanca. De manera contraria, la llegada al Kremlin de Ziuganov impulsaría de modo  considerable  la  candidatura de Bob Dole a la presidencia norteamericana.

Sin dificultad mayor cabe imaginar las secuelas inmediatas de la victoria del pintoresco Yeltsin o de su oponente principal. Aunque la toma del poder por éste no implicaría el retomo  de los fantasmas del ayer -conforme se esgrime a veces por ciertos comentaristas apegados a la estridencia-, es claro que los comunistas reformados al frente del inmenso país provocarían de inmediato un calentamiento de la atmósfera internacional con el retorno a las políticas de rearme y disuasión nucleares. Los derroteros de la economía mundial volverían asimismo a encauzarse por viejos y estériles caminos, y el lenguaje y la práctica diplomáticos aumentarían en dureza y voltaje. La construcción europea, el conflicto arabe-israelí, el precario diálogo entre el Oriente musulmán y Occidente -y no se diga nada de la propia situación de los países radicados entre el Oder y el Donreflejarían de forma acusada la implantación en Rusia de las fuerzas dirigidas por un político pragmático y sereno, pero sin el carisma de líder y, por ende, sin capacidad probable para controlar la coalición de fuer zas por él pilotada y en la que son muy numerosos los sectores nostálgicos de una historia verdaderamente imperial en términos  políticos  y de influencia real.

De prolongarse en el Kremlin el mismo escenario que el establecido hace un lustro por el primer gobernante ruso elegido por la voluntad popular,  no sería acaso demasiado aventurado afirmar que las cosas seguirían igual… es decir, enmarcadas en el lento y bastante azaroso aprendizaje democrático del pueblo ruso, con frecuentes pero nunca insupera bles crisis y a la búsqueda de una cohesión social que  sustituya a la antigua, así como de un Estado plurinacional consolidado capaz de enfrentarse a los muchos desafíos que le deparará el inmediato futuro. Aunque la deriva nacionalista también se reforzaría con la permanencia de Yeltsin, no llegaría, sin embargo, al extremo de poner en peligro el modus vivendi que se ha alcanzado con esfuerzo en las relaciones entre Occidente y Rusia.

El involucionismo sería  suicida: al resolver momentáneamente, en el mejor de los supuestos, los problemas más llamativos de la crisis, no podría llevar a cabo, no obstante, la inesquivable transformación económica y social que reclama la coyuntura histórica al mayor país de la tierra. Un poder con más apoyo externo que interno, más voluntarista que constructivo, tampoco pisará con firmeza la senda que lleve a la formación de una Rusia a la altura de su legado histórico y del envidiable conjunto de elementos económicos, culturales, estratégicos y  políticos que encierra en su seno.

Es el momento, pues, del «hé roe», un héroe con vocación civilista, desde luego. Pero también de la colectividad    animosa,    dinámica, moldeadora de su propio destino.
Elecciones verdaderamente decisivas si no cruciales las que tendrán como marco un país que, sea cual fuere el veredicto de las urnas, no deberá sufrir ninguna cuarentena ni lazareto. Fomentar su aislamiento potenciaría la diferenciación que desean sus elementos más retrógrados. Lógicamente interesada por la marcha de sus problemas y el curso de sus preocupaciones, la opinión pública española tendría que ser consciente de que, como en otras horas climátericas de la historia, su porvenir se fragua también a miles de kilómetros, en uno de los centros de poder  de  este  fin  de  siglo. J.M.C.T.


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