La ruina de los museos de España

Afirmar que los museos públicos en España son entes llenos de problemas no es descubrir nada nuevo. Se suele culpar de ello a la escasa dotación presupuestaria que padecen, que, unida a su consecuencia más directa y grave, que es la falta de personal, cierra la vía de las soluciones, sea cual sea la voluntad, trabajo o imaginación puestas por las personas.

Como la excepción confirma la regla, puede decirse que la explicación no es válida para uno de estos museos nacionales, el Centro de Arte Reina Sofía. Su presupuesto se ha cifrado en cientos de millones, y cantidades aún superiores se han dedicado a reformas del edificio -una y otra vez concluidas e inauguradas y una y otra vez iniciadas de nuevo-; incluso ha disfrutado de privilegios de orden administrativo en sus adquisiciones, que no han precisado de informe de la Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico Español, a diferencia de los demás centros museísticos estatales. Ha gozado de abundante autonomía en sus disposiciones de la consignación presupuestaria, hasta el punto-es vox populi que, tras el cambio en la dirección acaecido hace unos pocos meses, la nueva responsable encontró agotada la asignación para adquisiciones de 1991 y parte de la que podía corresponderle para 1992. No obstante tan desfavorables condiciones, los años pasan sin que en su ingente espacio disponible se empiecen a exponer sus fondos, que son los del extinto Museo Español de Arte Contemporáneo y esas millonarias adquisiciones por ahora secretas para el público en general.

Cuestión económica

Pero conviene tomar de nuevo el hilo del asunto. Decíamos que los defectos de los actuales museos nacionales parecen tener un origen económico, según el sentir general de sus responsables, que compartimos. La política actual de museos se puede tildar de tacaña, al menos en puntos tan sensibles como los que tocan al personal y a sus adquisiciones. Probablemente no corresponda la mayor parte de culpa a las direcciones generales directamente competentes, sino a aquellas que adoptan las decisiones luego reflejadas en los Presupuestos Generales del Estado, a través de los cuales se advierte una nefasta tendencia al recorte de asignaciones para las actividades de tipo humanista y netamente espiritual en beneficio de desarrollos más pragmáticos, en áreas de conocimiento que tocan al bienestar material. Los museos no son sino un eslabón de esa cadena que es la cultura de las letras y las artes, tan devaluada en la estimación de nuestros gobernantes. Los problemas que a continuación vamos a comentar son inabordables mientras no se resuelva la cuestión económica de fondo. El esfuerzo personal podrá ayudar a paliarlos en pequeña medida, pero no se podrá llegar a una situación aceptable. Hacemos referencia a continuación a alguno de esos problemas que deben hallar respuesta cuanto antes.

La política actual de museos se puede tildar de tacaña, al menos en puntos tan sensibles como los que tocan al personal y a sus adquisiciones.

Para que un museo pueda desarrollar una labor fructífera es fundamental que disponga de un elenco cualificado y suficiente de conservadores. El Prado cuenta apenas con media docena, y su director se ve precisado a cumplir todo tipo de labores, ya que hasta el personal auxiliar es escaso. El aumentar las plantillas, tanto de técnicos como de auxiliares y en muchos museos, de subalternos es un gasto urgente y absolutamente necesario si queremos tener unos museos eficaces y que sigan planteamientos modernos en materia de atención al público y cumplimiento de objetivos diferentes de la mera exposición estática de piezas, y aun de esta misma. Son muchos los casos en que salas, pisos enteros o el mismo museo permanecen cerrados por no disponer de personal suficiente.

El incremento de plantillas debe completarse con una mejor preparación de los nuevos conservadores, la cual, creemos, sólo puede venir de la mano de una reforma del actual método de sus oposiciones, exigiendo especialización centrada en los cometidos peculiares de la plaza que en concreto haya de cubrir, sin pretensiones de saber universal; pedimos además desde aquí -porque han llegado a nuestro conocimiento muchos tristes casos que se ejerza un mayor control sobre posibles arbitrariedades de los examinantes. Sin olvidar que, si se ha de exigir una sabiduría empírica, se dé la oportunidad a los futuros aspirantes de entablar contacto con las obras de los museos y su conversación mediante unas prácticas, tan útiles a ambas partes.

Función cultural y docente

A nuestro entender, los museos estatales no cumplen el que debe ser el objetivo más importante de su actividad, que es la función cultural y docente, que debe evolucionar según las nuevas necesidades y deseos del público y los estudiosos. Las deficiencias que observamos en esta área del funcionamiento son muy graves.

Muchas piezas llegadas a los museos, y no sólo recientemente, no están fichadas, y la mayoría de las que lo están es de forma tan incompleta que su reconocimiento en la práctica resulta difícil.

La primera, crucial, es el conocimiento imperfecto de sus propios fondos. Ahora que el Estado exige a instituciones y particulares listas de sus bienes artísticos, se hace más visible la falta de inventarios recientes y exactos en la mayoría de los museos nacionales. Aunque el Prado ha hecho una meritoria gestión en este aspecto en los últimos años, no en todos los demás ha sido así. Muchas piezas llegadas a los museos, y no sólo recientemente, no están fichadas, y la mayoría de las que lo están es de forma tan incompleta que su reconocimiento en la práctica resulta difícil. No hablemos ya de las clasificaciones, plagadas de errores. El tratamiento automático de la información, que tanto simplificaría las tareas de inventario, brilla por su ausencia. La catalogación de los fondos, imprescindible para cualquier desarrollo científico, no está ni siquiera en proyectos para la mayoría de los centros. A este respecto, fue meritoria la labor realizada hace ya años por el Museo Arqueológico Nacional, que nos tememos se halle paralizada al presente. Desde luego, su ejemplo no cundió. Es ésta una tarea a emprender con urgencia y que debe confiarse a verdaderos especialistas. Su coste, por lo demás, es poco elevado, y su rentabilidad científica muy alta.

Consecuentemente, si los museos no tienen publicaciones que permitan un somero conocimiento de sus fondos, menos aún cabe esperar que dispongan de publicaciones, periódicas o no, relacionadas con ellos. Las dos revistas más conocidas editadas por museos nacionales son un buen ejemplo de decadencia. El Boletín del Museo del Prado no ha alcanzado los treinta números y lleva ya años sin aparecer. Mucho más reciente fue la aparición de un Boletín del Centro de Arte Reina Sofía, pero su carácter de divulgación informativa y su concepción periodística no tienen mucho que ver con la Historia del Arte entendida científicamente. ¿Y cuántos otros museos publican alguna revista en España?

Relacionada con la actividad científica está también la organización de cursos, conferencias, etc. Es poco lo que alcanzan a hacer los museos en ese terreno, y, por lo general, con carácter en exceso divulgativo, bajo la etiqueta de «popular». Exceptuando el Museo Arqueológico Nacional y algunas actividades aisladas de otros, ¿cabe establecer comparación con los de primer rango en USA, Gran Bretaña, Francia o Italia en tal aspecto? No es éste el momento de referirnos a las exposiciones, pues el tema requeriría un estudio y comentarios específicos. Tan sólo cabe señalar que la gran mayoría de nuestros museos no lleva a cabo exposición alguna, ni siquiera de sus propios fondos. Muy frecuentemente, no existe ni siquiera sitio adecuado para realizarla y se ven precisados a retirar sus fondos de exposición permanente para alojar en sus salas una exposición temporal.

Los museos disponen de insignificantes fondos para adquisiciones, y el Estado tampoco los prodiga a su instancia, cuando se propone la compra de un determinado objeto que presenta gran interés, según informe del director del mismo.

Los museos disponen de insignificantes fondos para adquisiciones, y el Estado tampoco los prodiga a su instancia, cuando se propone la compra de un determinado objeto que presenta gran interés, según informe del director del mismo. Más decisivo aún nos parece que apenas entren piezas procedentes de donaciones o legados. La política fiscal en este campo sigue siendo insuficiente y la conciencia cívica es nula, en cierta medida como respuesta al trato que la Administración da -todavía peor es el que se anuncia a los particulares que poseen o desean poseer bienes artísticos. No conocemos datos oficiales al respecto, pero, sin duda, no pueden compararse con los de cualquier museo francés, y, menos aún, norteamericano. En el Museo del Louvre, por ejemplo, en el quinquenio 1985-89 ingresaron, tan sólo en el departamento de objetos de arte, 136 piezas, de las que menos de un tercio fueron adquiridas a costa del Estado, mientras el resto procedía de donaciones y actos similares.

Las asociaciones de amigos de museos —al margen del importantísimo desarrollo de la del Museo del Prado, que, con todo, nos parece puede llegar a mucho— más sólo existen en unos pocos, lo que es un mal síntoma, que muestra también nuestro retraso, cada vez más acusado, respecto de los países europeos y de USA, en que el papel de estas fundaciones es decisivo.

Gestión empresarial

En definitiva, poco se puede esperar de unos museos sujetos a penurias económicas de todo tipo, cuya dotación insuficiente hace que sus responsables vean fracasar casi siempre cualquier iniciativa de respuesta a las exigencias del público. Ha llegado a pensarse que una gestión eficaz, de tipo empresarial, remediaría los males. El asunto, opinamos, no se resuelve tan simplemente. En efecto, un cierto grado de autonomía, que permitiera la organización de actividades de tipo empresarial, incluso la cesión a los museos del producto de la venta de sus entradas y publicaciones, de los derechos de reproducción de sus obras y difusión de ellas, promoción de asociaciones de amigos y otras iniciativas que no requieren siquiera demasiada imaginación podrían favorecer la disponibilidad de unos fondos extras. Pero conviene matizar en un doble sentido. La contribución económica del Estado, al menos en el momento actual, es imprescindible, pues los gastos siempre superarán los ingresos obtenidos por tales vías. Y, sobre todo, no creemos que quepa pensar en un museo como en una empresa, especialmente si es de propiedad pública. Estos museos, para cumplir bien su función, deben siempre dar más que recibir, y desde esta perspectiva resulta inadecuado pensar que la solución de los museos españoles está en poner a su frente a un gestor de corté empresarial. No conocemos ningún museo de importancia en ningún país del mundo que esté dirigido por alguien no especializado desde el punto de vista científico. Puede ser útil la presencia de un gestor, pero nos parece aberrante que el experto económico se convierta en director.

Lo conocemos ningún museo de importancia en ningún país del mundo que esté dirigido por alguien no especializado desde el punto de vista científico.

Por último, y aunque sea asunto ajeno ya al problema de fondo que hemos tratado, nos parece oportuno hacer mención de la extraña y discutible concepción subyacente, que se pone tantas veces de relieve en la práctica, de la divergencia entre universidad y museo. Desde su radicación en distintos ministerios —Educación y Ciencia y Cultura—, todo los separa. Parece dominar en el fondo la idea de que el personal científico de los museos es el único que debe tener conocimiento práctico de los objetos artísticos y los profesores universitarios sólo conocimientos teóricos que deben impartir a sus alumnos. Paradójicamente, los primeros investigan menos que los segundos, quizá por la labor administrativa a que muchas veces se ven abocados y la falta de tiempo, mientras los profesores se ven obligados a publicar siquiera sea porque se les exige para darles una plaza en propiedad.

Aunque, en el nivel personal, las buenas relaciones existen entre personal docente y de museos, desde el punto de vista normativo y de la práctica oficial son poco menos que compartimentos estancos. Especialmente dolorosa es esta separación en el punto de la enseñanza universitaria de la Historia del Arte, en que los alumnos son víctimas de un desenfoque que les aleja de la posibilidad de entrar en contacto directo con la obra de arte. Una aproximación de ambas esferas en los campos normativos y prácticos sería sumamente beneficiosa para todos.