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Ver productos1 Jul 1992 - 6min.
No resulta nada difícil conocer la estructura económica de un país analizando su balanza comercial, es decir, el comportamiento de sus importaciones y exportaciones de bienes. Con una metodología rigurosa, el Banco de España analiza, por primera vez, en su Informe anual —recientemente publicado— la evolución de nuestro comercio exterior por grupos de productos, quince en total. El texto que acompaña a los dos gráficos —frente a la CE y frente al Mundo— es, literalmente, el del Informe. Únicamente he suprimido algunas referencias, innecesarias para lo que pretendemos, y he subrayado unas pocas líneas. Sólo deseo llamar la atención sobre la importante pérdida de competitividad que se observa en los sectores españoles tradicionalmente competitivos y el grave deterioro del sector industrial. El año 1985 —en 1986 entra en vigor el Acuerdo con la CE— resulta ser el punto de inflexión. Sin duda, debíamos negociar un Acuerdo más favorable a España; pero, sin duda también, la política económica socialista tiene una gran cuota de responsabilidad en el deterioro industrial que se produce entre 1981 y 1991 y que, casi inevitablemente, continuará en los próximos años.
El proceso de apertura al exterior que siguió a la incorporación de la economía española en la Comunidad Económica Europea en 1986 originó una importante erosión del saldo comercial que afectó a todos los productos industriales (excluida la energía), no sólo frente a esta área geográfica, sino frente al total mundial.
Este deterioro tocó fondo en 1989, de forma que, en 1990 y 1991, el empeoramiento de los saldos comerciales se detuvo en la casi totalidad de las ramas productivas, y el desequilibrio comercial se estabilizó en los niveles alcanzados en 1989.
En los gráficos se han representado el déficit o el superávit comerciales por ramas productivas, expresándolos como porcentaje del comercio de cada rama —lo que se conoce como índices de ventaja comparativa revelada—. En estos gráficos se aprecia claramente el carácter generalizado del deterioro comercial entre 1985 y 1989, y su posterior estabilización. En el quinquenio posterior a la adhesión a la CE se produjo una pérdida de competitividad de la economía en su conjunto, medida tanto en términos de precios como en términos de costes.
Sin embargo, esta pérdida de competitividad fue mucho menos marcada en el caso de los sectores industriales —dada su necesidad de adaptar el ritmo de crecimiento de sus precios a los vigentes en los mercados internacionales— que en aquellos sectores más protegidos frente a la competencia exterior, que pudieron mantener diferenciales de precios elevados y ampliar sus márgenes de beneficio.
Por tanto, la erosión de los saldos comerciales de las ramas productivas industriales a partir de 1986 puede explicarse, no sólo por el propio crecimiento de la demanda final en ese período, sino también por una pérdida de competitividad entendida en un sentido más amplio que la medida por el diferencial de costes y precios, y que viene determinada por el diseño y la calidad del producto, la existencia de redes comerciales y servicios postventa, el dinamismo de la oferta y la capacidad para adaptarse a los cambios en la demanda.
El deterioro de los saldos comerciales registrado entre 1985 y 1989 fue generalizado.
El deterioro de los saldos comerciales registrado entre 1985 y 1989 fue generalizado. El empeoramiento afectó tanto a las ramas productivas que partían de una situación de déficit en los primeros años de la década de los ochenta —con una demanda más dinámica y más ligada a la inversión que al consumo— como a los sectores más tradicionales y con menor crecimiento potencial, ligados en mayor medida al consumo que a la inversión. Era en estos últimos sectores en los que se había asentado el mantenimiento del equilibrio del comercio exterior no energético en los primeros años ochenta, al presentar una ventaja comparativa basada, fundamentalmente, en un diferencial negativo del coste de la mano de obra.
En el primer grupo de sectores —los que se han caracterizado como más dinámicos— fue el tirón de la demanda interior y, en especial, de la demanda de inversión, la causa principal del crecimiento del déficit; sin embargo, en el segundo grupo, el agravamiento del déficit parece estar asociado en mayor medida a una pérdida de competitividad, entendida en su sentido más amplio.
La contención del empeoramiento de los saldos comerciales en 1990 y 1991 coincidió con la desaceleración del crecimiento de la demanda, y se tradujo en una mejora de los índices de ventaja comparativa para el conjunto de los sectores, en relación a 1989, tanto para el comercio con el total del mundo como con la CE. Fueron precisamente los sectores con mayor desventaja comparativa inicial los que más contribuyeron a la contención del déficit comercial. Por el contrario, los sectores que mostraban superávit al principio de la década pasada, y que pasaron a ser deficitarios tras la entrada en la CE, continuaron ampliando su desequilibrio comercial en los dos últimos años.
En 1991, sólo dos de los trece sectores industriales considerados presentaban ventaja comparativa: material de transporte y minerales y productos no metálicos, aunque dentro de algunos sectores deficitarios existen subsectores con superávit, como el de bebidas —dentro de alimentación— y el de artículos de piel, cuero y calzado —dentro de textil, vestido y calzado—. En general, sólo el material de transporte y las bebidas pueden considerarse productos con una demanda relativamente dinámica, y en ambos casos se ha registrado una notable penetración de capital extranjero, aunque sólo en el de material de transporte se ha perdido el superávit en 1991. Los otros sectores superavitarios son de demanda poco dinámica y mostraron aumentos de sus exportaciones muy por debajo de la media durante el año pasado.
El comportamiento del comercio por ramas productivas en el año 1991 refleja la evolución de la demanda nacional, sostenida por el dinamismo del consumo y afectada por la atonía de la formación bruta de capital. Así, las ramas más ligadas al consumo que a la inversión —como son el sector de alimentación, el de productos metálicos, el de papel y derivados, la rama de textil, vestido y calzado y el sector que recoge otros productos manufacturados— intensificaron su desventaja comparativa durante el año pasado, debido, en gran medida, al elevado aumento de sus importaciones, no compensado por el de sus exportaciones.
Por otra parte, los sectores ligados más estrechamente a la inversión —entre los que cabe destacar el de maquinaria de oficina, el de material eléctrico, la rama de maquinaria agrícola e industrial y el de material de transporte— contribuyeron a la contención del déficit comercial, reduciendo su desventaja comparativa, o aumentando su ventaja, como en el caso del último sector mencionado.
El que la contención del saldo comercial en los dos últimos años haya estado ligada a los sectores con mayor atonía en la demanda interna hace temer el retorno a un proceso de ampliación del déficit cuando la demanda adquiera un ritmo más firme, y ofrece dudas sobre la medida en que la mejora en la ventaja comparativa deriva de una mayor capacidad exportadora y de una competitividad más elevada, o si ha de atribuirse a la debilidad de la demanda interna y a la coyuntura de algunos mercados europeos.
El que la contención del saldo comercial en los dos últimos años haya estado ligada a los sectores con mayor atonía en la demanda interna hace temer el retorno a un proceso de ampliación del déficit cuando la demanda adquiera un ritmo más firme.
De hecho, en estos años se han puesto de manifiesto las dificultades que encuentran los sectores de producción más tradicionales para incrementar la penetración de sus productos en los mercados de otros países. Sin embargo, y con las matizaciones realizadas, se aprecia un esfuerzo por aumentar la presencia en los mercados exteriores en los sectores de mayor potencial de demanda y en los que ha habido una importante penetración de capital extranjero en los últimos años. Imprescindible si se quiere seguir creciendo a tasas superiores a las del resto de los países de nuestro entorno, lo que implica elevadas tasas de importación.