La desunión de los contrarios

Emilio Garrigues

En el campo propio de la Politología, el profesor C. Schmitt eligió, como lógica consecuencia del principio general de la oposición de los contrarios, ejemplificado, en dicho campo, por el contraste Amigo-Enemigo, hecho famoso por dicho profesor. Efectivamente, los veloces, drásticos acontecimientos sucedidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, han venido a demostrar el escaso valor de tal oposición, ya prevista además por tan perspicaz profesor. Sobre el tema, cabría preguntar: ¿Dónde están aquellas nieves (los enemigos) de antaño? Sin olvidar que aun pareciendo razonable, si no imposible, resulta menos fácil concebir conceptos (más modesto, probablemente, fuera hablar de entelequias) sin relacionarlos con sus correspondientes antínomos (bueno-malo, maldición-bendición, concentración-dispersión, etc.).

El Maligno se resiste a desaparecer de nuestra vida cotidiana. Está amparada su permanencia por astrólogos, zahoríes, echadores de cartas, curanderos, futurólogos…

Planteamiento este (no arbitrario, pero sí desorbitado) que me permite hacer la siguiente elucubración, a la que así llamo por cierta coincidencia con el pensamiento a la deriva practicado por J. Baudrillard, según el cual, si el curso del mundo es delirante, hemos de adoptar sobre él un punto de vista delirante. Esa misma actitud adopta la sesuda revista norteamericana Foreign Affairs con su reciente artículo New world order or hollow victory (es decir, Nuevo orden mundial, o hueca victoria). La superperfección del sistema político-económico bien puede conducir al fracaso, como lo indica, siquiera simbólicamente, el desmayo sufrido por Bush en su visita al Japón.

El bien y el mal

Pero mi elucubración no va a funcionar en sentido descendente sino hacia lo alto, quizá para que, en definitiva, la caída sea más estrepitosa, por aquello del «más vale volando». Porque siguiendo el hilo del discurso: ¿Podémos concebir a Dios sin el demonio, a los ángeles sin los diablos? Para no meterme en camisa de once varas, puesto que no pretendo desarrollar la cuestión a fondo, me limitaré a comentar algunos de sus aspectos, incluso triviales, en el marco del fin del milenio hacia el que nos encontramos lanzados. A primera vista, cabe pensar que tanto en la actualidad, como en el futuro inmediato, la antinomia primordial de Bueno-Malo, es decir, Dios-Lucifer, se halla en trance de desaparición, pues aunque la creencia en un «Alguien Supremo» resulta relativamente fácil de rechazar en un clima de agnosticismo como el actual, al contrario, su oponente «El Maligno», se resiste a desaparecer de nuestra vida cotidiana. Está amparada su permanencia por astrólogos, zahoríes, echadores de cartas, curanderos, futurólogos…

¿Por qué los españoles, tan crédulos en la lotería, son tan impermeables a la penetración poética? Si los ángeles no pasan de ser una fábula, entonces, ¿cómo se puede confiar en la bola de la lotería?

Quizá se pueda atribuir esa capacidad de resistencia a desaparecer, cer, al hecho de que con el cristianismo, el término Dios es siempre exclusivamente singular, mientras que Demonio es plural, lo que le permite estar en todas partes y no sólo en algunas (como el diablo Cojuelo). La única expansión plural que cabe atribuir a Dios, es la de los ángeles, en el bienentendido de que ellos son sólo como sus emisarios o mensajeros. En estas concepciones han encontrado quizá, tanto el judaísmo como el cristianismo, en cierto modo, una compensación a su rígido monoteísmo. Tal vez sea el momento de mencionar la multitud de Arcángeles, Angeles, Tronos, Señores, Príncipes, etc. que ayudó al arcángel Miguel a enterrar (pues lo redujo a la tierra, expulsándolo del cielo) al Maligno. Multitud, por no llamarlo turba angélica que se ha ido reduciendo con el transcurso de un tiempo, cada vez menos espiritual, hasta llegar a 1874. Fecha esta, que escojo, no por capricho, sino por ser aquella en que F. Gregorovius constata que la cueva del arcángel Miguel en el monte Gargano (Puglia), atraía aún a numerosos fieles (por no llamarles turistas), mientras que tantos otros protagonistas de la Historia, quedaban olvidados. En este contexto recojo la curiosa afirmación, por venir de tan buen filósofo como incrédulo, el alemán Hans Blumenger, de que a los contemporáneos no les queda constancia del tránsito de época y puede ocurrir, así, que coincidiendo con los primeros éxitos de la navegación espacial, han reaparecido seres angélicos, siquiera sea como caricaturas, enanillos o «supermen» igualmente benévolos, tal cual representados por el cine y los «comics».

Los ángeles

Por fortuna, no es necesario ser tan gran filósofo para encontrar testimonios más «consoladores», como suele decirse: en pleno siglo XX, coincidiendo con el intento de desaparición de los ángeles de la teología, se han impuesto gallardamente en la poesía, más exactamente, en la alemana varios autores: Stefan George, Hesse y Rilke. De este último, las Elegías de Duino, tan famosas, parten de la terrible afirmación «Pues lo bello no es sino el inicio del terror», a fin de hacernos comprender que «Todo ángel es terrible», pese a lo cual hay que invocarles. Aun a sabiendas de que si se nos apareciera el más familiar, el Angel de Tobías, «Ello bastaría para aniquilarnos». Aun así se atreve a definirles «Consumados antes de tiempo, niños mimados del universo». Interpretación (más que definición), esta, que parece haber marcado de alguna manera a la literatura posterior, donde los ángeles suelen aparecerse más en el surco de la tradición que de la Teología, en situaciones agónicas, al experimentar el hombre las elementales (y, sin embargo, definitivas) experiencias del Amor, Sufrimiento, Muerte. Tal condición resulta perfectamente compatible con la proverbial misión de mensajeros.

Escritor tan agudo como Francis Ponge no duda en considerarlos como benévolos protectores en su poema «De amicis meis» en el cual su ángel permite al jovén Tobías ocuparse de cosas fútiles, tranquilas y sin peligro».

Escritor tan agudo como Francis Ponge no duda en considerarlos como benévolos protectores en su poema De amicis meis en el cual su ángel permite al joven Tobías ocuparse de cosas fútiles, tranquilas y sin peligro.

En la escuela poética española solo cabe citar a Alberti, quien no duda en invocar familiarmente a los ángeles, pese a que en sus memorias, trata sarcásticamente de su experiencia religiosa infantil, por lo que cabe imaginar que su vertiente angélica no sería más que una urgencia poética.

Suposición que me permite afirmar que los poetas están más cerca de la revelación angélica que los propios teólogos, quienes, desde hace tiempo, han enmudecido sobre el particular. Cabría solo citar a dos teólogos, ambos suizos, que se han ocupado de los ángeles: Karl Barth y Urs von Balthazar.

Lógicamente, poco cabría esperar de los filósofos en este terreno, por lo que resulta tanto más interesante citar la famosa Disputa de Davos (1929) entre E. Cassirer, quien afirma que la noción Kantiana del imperativo categórico sobrepasa la de un ser limitado, y M. Heidegger, quien asiente, pero añadiendo que incluso el Angel es un ser creado (ergo limitado). En definitiva, conviene retener que ambos hablan de «ángeles» entre comillas, lo que indica coincidencia en cuanto al fondo de la cuestión.

Quedaría mucho por decir, si quien hablase no fuese tan ignaro como yo. Lo dicho, aunque torpemente, puede servir para una pregunta como final de esta lucubración: ¿por qué los españoles, tan crédulos en la lotería, son tan impermeables a la penetración poética? Si los ángeles no pasan de ser una fábula, entonces, ¿cómo se puede confiar en la «bola» de la lotería?