Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 Jun 1994 - 5min.
El Consejo Rector de la Fundación Cultural José Antonio de Castro
se planteó como objetivo prioritario de su gestión institucional la participación activa y directa en la recuperación y conservación para el futuro de nuestra herencia literaria, lo que implicaba una colaboración en la defensa y promoción del libro, entendido éste no sólo como depósito y vehículo de la cultura creada en las diferentes lenguas hispánicas, sino también como objeto bello, realizado por las manos del hombre para ser utilizado y cuidado por las manos de otros hombres.
Se trataba con ello de atenuar las amenazas que contra la concepción clásica del libro están surgiendo últimamente, con el pretexto de un uso y almacenamiento más racionales del inmenso caudal bibliográfico existente. Apostar por el libro tal y como lo concebimos desde la invención de la imprenta, no significa rechazar las nuevas técnicas informáticas, sino asegurar el mantenimiento de un modelo que, histórica y estéticamente, ha resultado imprescindible.
La Fundación José Antonio de Castro
decidió, financiar la publicación de una biblioteca de autores españoles, llamada Biblioteca Castro
, que ofreciera a los clásicos en ediciones textualmente rigurosas que, al mismo tiempo, fuesen libros de bella factura y cuidada presentación material. Y hay que reconocer que fue sabia su decisión, puesto que en este último tramo del siglo XX no existe en el mercado español una colección exhaustiva y sistemática de esas características.
Dice un amigo mío que sus libros no pretenden llenar ninguna laguna, porque no está el planeta como para que las pocas lagunas que nos quedan se sequen a fuerza de páginas. Sería fácil y, además, exacto decir que la Biblioteca Castro
colma una lamentable laguna de nuestro mundo editorial, pero es que, en esta ocasión, la laguna no queda sofocada por el papel impreso, sino que se convierte en un lago, en uno de esos portentosos lagos de Finlandia (el papel biblia empleado en la Biblioteca
, con un 93% de opacidad y libre de ácidos, es, precisamente, finlandés) que no se acaban nunca y que tanto sorprenden y maravillan a los visitantes meridionales.
Los libros de la Biblioteca Castro
basan su texto en el manuscrito original o, en su defecto, en la editio princeps, sin dejar por ello de tener en cuenta las aportaciones de las ediciones críticas de importancia. Los libros de la Biblioteca Castro
no llevan notas; buscan una lectura libre, la relación directa entre texto y lector (este punto, imagino, es el que generará más controversia en los medios universitarios). Cada volumen va precedido de una breve introducción de carácter contextual y de una mínima bibliografía. El principal objetivo es, en todo momento, respetar -y en muchos casos recuperar- el texto del autor, que se ofrece al lector modificando tan sólo la ortografía, acentuación y puntuación de acuerdo con las normas vigentes.
Entre julio de 1993 y marzo de 1994 han visto la luz los primeros veintiún volúmenes de la Biblioteca Castro
. Inauguró la serie la obra completa de Cervantes en cuatro entregas. Le siguieron la de Gracián, en dos tomos, y los primeros seis volúmenes de los 32 que constituirán las comedias completas de Lope de Vega. Vinieron después Rosalía de Castro (I y II) y las primeras seis entregas de Galdós, clausurando de momento la lista una preciosa edición de la obra completa de Bartolomé Torres Naharro a cargo de Miguel Ángel Pérez Priego. Pero se anuncia ya la inminente aparición de autores como Fray Luis de Granada, Fray Antonio de Guevara, Lope (nuevos tomos de sus comedias), Miguel de Unamuno, Tirso de Molina y Antonio de Torquemada.
En el catálogo de autores contratados que tengo encima de la mesa figuran los autores y textos de siempre al lado de otros no tan usuales y junto a algunos deliciosamente raros. Este hecho supone un valor añadido para la Biblioteca
. La inclusión de las obras castellanas de Alonso de Cartagena o de los opera de Fray Hernando de Talavera y Fray Bernardino de Laredo me parece un acierto, lo mismo que la presencia de autores como Pedro Manuel Ximénez de Urrea, Ginés Pérez de Hita, Juan Pérez de Moya, Eugenio de Salazar, Salas Barbadillo, Solórzano Pereira o José Pellicer, y de obras como el Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, del P. Juan Andrés. Los autores contratados del siglo XX son, por ahora, tres: Carlos Arniches, José Bergamín y Miguel de Unamuno, pero los objetivos de la serie apuntan a que la nómina vaya ampliándose inexorablemente, pues la exhaustividad es uno de sus presupuestos.
Mención aparte merece la edición en 32 volúmenes de las comedias completas de Lope de Vega, de la que han aparecido los primeros seis tomos. Desde la colección de obras de Lope auspiciada por la Real Academia Española y editada, primero, por Menéndez Pelayo (1890-1913) y, luego, por Cotarelo (1916-1930), no habían vuelto a ser publicadas las 315 comedias consideradas auténticas de Lope. A lo largo de los cinco próximos años verá la luz su corpus íntegro en la Biblioteca Castro
.
Tengo en las manos el volumen I, que incluye las diez primeras comedias que, siguiendo la cronología de Morley-Bruerton, compuso el Fénix madrileño, entre ellas la divertidísima de El caballero del milagro, que hemos visto representada hace poco en el escenario. Al hilo de lo que estoy viendo en este tomo I, debo hacer una consideración que estimo de interés. Debe corregirse la alineación marginal de los nombres de los personajes en aras de la correcta disposición versaria de sus parlamentos. El sangrado de cada verso no puede ni debe depender de la longitud del nombre del personaje. En nuestro teatro clásico, además, un mismo verso puede partirse hasta tres y cuatro veces entre diferentes interlocutores, siendo obligación del editor señalar gráficamente que se trata de un solo verso.
Cualquiera que abra este -por lo demás, precioso- tomo I verá en seguida a qué me estoy refiriendo. Ignoro si tamaño error ha sido corregido en los tomos siguientes de Lope, porque no los tengo a la vista, pero en el dedicado a Torres Naharro y preparado por el Prof. Pérez Priego, que tengo encima de la mesa, sí está subsanado cumplidamente.