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Ver productos1 Nov 1990 - 6min.
José Hierro tiene una enorme calva, ígnea y brillante, y unas orejas de duendecillo burlón terminadas en punta. Hierro habla de que es un poeta de segunda fila y de que ya ha entrado en la tercera edad. Pero sus versos, como su persona, permanecen restallantes y erguidos. Hierro bebe anís seco con parsimonia, como si fuese fanta. Está considerado como uno de los mejores poetas de este último medio siglo y, con Blas de Otero, el más destacado representante de la «poesía social». Como ustedes recordarán se negó hace pocos años a entrar en la Academia. Eso se llama coherencia. El es poeta, no académico. Además, ya lo dijo en su momento, le va muy cómodo el andar en alpargatas, cosa que no sería respetuosa para la docta institución.
-Desde el 39 hasta el 44 estuviste en la cárcel por «auxilio a la rebelión».
-Fue una experiencia más. Dolorosa, pero una experiencia más. Todo enriquece en la vida, ¿no? No te digo que eso sea recomendable para que las gentes se sientan más ricas. Pero nada que se vive conscientemente deja de tener interés. Sea gozoso o dramático es igual. Significa un enriquecimiento interior el contacto con gentes, con lo difícil, con el dolor…
-Fuiste luego palero, moldeador, listero en unas obras… ¿Cómo pudiste escribir poesía en esas circunstancias?
-La poesía no tiene nada que ver con eso. Una novela necesita una dedicación constante, horas al día. Pero en poesía existe eso que se llama la inspiración. El trabajo material es menor, y se puede realizar en el autobús, en la playa, donde quieras. Cualquier lugar es bueno para darle vueltas a un poema, cosa que no es posible en la novela.
-La experiencia de esos oficios tan diversos, ¿qué te enseñó para tu poesía?
-¡Pues vivir mi vida! La poesía es un testimonio de la vida, y por tanto, todo la enriquece, a condición de que no te autocompadezcas. Además, la poesía es un sucedáneo de la vida. De manera que el no haber escrito durante algún tiempo no me importa en absoluto. Estoy viviendo. Lo que no puedes es nunca tomar la vida como materia prima para escribir del modo que las niñas esas cursis que hacen diarios y necesitan alimentarlos. Tienen que pasarles cosas porque tienen que escribir la página de hoy. La poesía no es eso. Fíjate: el tiempo que estuve en la cárcel no escribí ninguna poesía carcelaria. Conservo unos 150 poemas de aquella época, con los que quiero hacer una edición para amigos. Bueno, pues ¡ni una poesía carcelaria! Son poemas asépticos, en ocasiones guillenianos, otras albertianos, del Alberti de Cal y canto.
-Uno de tus poemas más conocidos es Los andaluces, donde expresas tu impresión al verlos sufriendo el frío inmisericorde del penal de Ocaña, del de Burgos…
-Como soy de poca imaginación, cuento lo que vi. Yo nunca escribí poemas blasfemando de lo que pasaba en la cárcel. Pues esa misma contención, ese no quejarse, ese estar allí como si no tuviera importancia… Todo eso me sorprendió. Una elegancia espiritual que es lo que yo trato de ver ahí, ¿no?, y es lo que trato de expresar. Me pareció un ejemplo muy hermoso.
-¿Qué función social crees que tiene la poesía hoy?
-La de siempre. Pero yo nunca he creído en la eficacia social de la poesía social. Aquello que pensaba Celaya de «el instrumento para cambiar el mundo» yo no lo creí, y así lo escribí en aquellos años.
La poesía social tuvo repercusión, pero curiosamente no entre el pueblo, sino entre los intelectuales y universitarios (homenajes a Machado, Hernández, Neruda, etc.). En realidad, quienes asistían a esos homenajes no lo hacían para escuchar poesía, ¿entiendes? Era un pretexto para otra cosa.
Creo que toda poesía impregna la sociedad y termina transformándola, pero no de esa manera. Lo que no se puede es hacer soflamas con la poesía. Si se escribe de las mariposas, no creo yo que por eso las mariposas vengan a escuchar mis versos. Por hablar de las injusticias sociales no se modifican éstas. Además, los gobernantes no leen poesía.
-¿Qué piensas que quedará de tu poesía?
-Poco. Si vas a poner una comida donde ha de haber pescado y luego carne, posiblemente los pescados sean exquisitos y estén cocinados por un gran cocinero. La carne la hago yo, y me sale discreta. Pero como la comida necesita de pescado, carne, fruta, queso, etc., pues resulta que yo he puesto carne, que viene bien porque era necesaria ahí, pero que no era de gran calidad. Por eso, yo he sido afortunado como poeta.
-¿Cuáles suelen ser tus lecturas hoy?
-Poesía y ensayo. Releo algunos autores como Lope de Vega y Juan Ramón, que son mis poetas de cabecera. Leo muchos libros de poesía, no todos los que aparecen, porque serán unos 3.000 títulos al año, y claro, no lo conozco todo.
-¿Estás al corriente de la poesía que se publica ahora, de la poesía de los jóvenes?
-Sí, claro. Recibo muchos libros, compro bastantes y algunos los leo en casa de los amigos. Pero ocurre… mira, con motivo de Arco, la feria de arte, comparémosla con la poesía. ¡Ochocientos pintores vivos! ¡Hay 800! ¿Recuerdas en el Renacimiento y en el Barroco cuántos poetas había? Lope termina un soneto sobre Madrid diciendo: «Y en cada calle cuatro mil poetas». Al español le es muy fácil expresarse poética y pictóricamente. Otra cosa, claro está, es el Arte de la poesía.
Yo no sólo leo lo que se publica, sino muchos inéditos, pues pertenezco a unos cuantos jurados de premios de poesía. En alguno de ellos me leo más de 100 inéditos. Y para que encuentre dos o tres originales que me importen… Poetas hay pocos. Gente que escribe versos, mucha. Aunque el estilo es mejor. Antes, la gente de los pueblos vestía a lo cateto. Una persona de pueblo y una de ciudad se distinguían en seguida. Hoy no es eso. La televisión llega a todos los sitios, los vaqueros son los mismos, las muchachas visten de parecida manera… Pues con la poesía ocurre igual. El nivel es bueno. Pero una persona puede ser muy correcta, elegante, culta, y no tener ningún atractivo. Un mediocre poeta del siglo XIX era torpe, tosco, y te reías de él. Hoy el mediocre es muy discreto.
-Eres uno de los poetas de posguerra que más ha cuidado el ritmo del verso…
-Sí. Incluso me he inventado algunos metros. Siempre la parte mecánica del verso me ha preocupado e importado mucho. El verso de pies métricos de la Marcha triunfal de Darío me empujó a intentar algo parecido pero en un tono de intimidad, que se contrapusiera con un ritmo tan marcado. Me lo propuse y estuve ensayando como quien hace ejercicios de dedos con el piano, para poder interpretar o improvisar luego. El ritmo es para mí fundamental, y mi única vanidad es mi buen oído. Lo que no significa que sea mejor la poesía, cuidado. Son cuestiones diferentes. Como esa persona que sabe muy bien dibujar, pero no tiene talento creador. Yo soy una persona que dibuja bien el ritmo.
-¿Cuál es tu vida cotidiana, aparte de la poesía?
-Ahora estoy jubilado. Pero desarrollo tanta actividad o más que antes. Lecturas, ensayos, muchos viajes… Dentro de unos días voy a Italia, a final de mes a Puerto Rico y Miami. Yo pretendí siempre, una vez jubilado, al no tener la obligación de tomar todos los días el autobús de las siete y cuarto de la mañana, hacer mis cosas. Pero estas cosas nunca las he hecho. Mis cosas no son la poesía. Pero escribir narraciones… algo que puedes hacer, no en un estado de inspiración, sino cuando has tenido una idea que puede ser feliz, y la desarrollas con inteligencia pero sin tensión espiritual. Bueno, ¡pues nada!, ¡absolutamente nada! Continúo haciendo pequeñas cosas. Hago ahora unas pequeñas notas de arte para un periódico… Y ésa es mi vida, corretear siempre. Pero, muy bien. Me siento vivo.