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Ver productosSe habían consumado más de seis meses desde la invasión de Kuwait cuando al líder iraquí Sadam Husein le vino a la memoria, como llovida del cielo, la cuestión palestina. El nexo entre la invasión del emirato y la ocupación por parte de Israel de los territorios de Gaza y Cisjordania, pasó a ser la punta de lanza, el argumento capital de la política exterior iraquí, cuyos objetos iban a ser corroborados en los primeros días de la guerra del golfo. Con ello, no solamente Sadam Husein intentaba agarrarse a un clavo ardiendo; de haberse interiorizado la pirueta estrábica del dictador iraquí, sus consecuencias habrían sido tan erráticas como el planteamiento de origen.
1 Abr 1991 - 7min.
Los acontecimientos posteriores son por todos conocidos: adhesión incondicional de la OLP y de su líder, Yasser Arafat, a Sadam Husein; «Scuds» sobre Israel; intento, dirigido por la cúpula de la organización palestina, de involucrar a toda costa a Israel en el conflicto, intentando abrir un nuevo frente desde los campos de refugiados del sur del Líbano; después, la aparición de una posguerra que se presume dura y cuyos únicos puntos claros son la tendencia a la democratización de los regímenes árabes, la consolidación de Siria, Egipto y Arabia Saudí como pilares árabes de esa zona estratégica, y el enorme interrogante que se abre en torno a Israel y a la cuestión palestina.
Pero, como en todo, es necesario poner orden. Indudablemente, a mi juicio, la invasión de Kuwait y la ocupación de Gaza y Cisjordania son dos sucesos de distinta naturaleza. El pasado 2 de agosto Irak fue el agresor; en la guerra del 67 Israel fue el país agredido, el que se vio envuelto en un conflicto cuyo objetivo final (como ocurriría más tarde con la guerra del Yom Kipur) no era otro, por parte de los países agresores, que el exterminio de la comunidad judía en Palestina. El resultado de las acciones militares trajo consigo la derrota de Egipto, Siria y Jordania y la ocupación israelí del Sinaí, la franja de Gaza y Judea y Samaria.
Después del 67, la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas apeló a la retirada de Israel de los territorios ocupados, mas este texto contenía una segunda parte (olvidada por toda la izquierda española, en un claro acto de amnesia interesada) que llamaba al reconocimiento del Estado de Israel y a la seguridad de sus fronteras. Estos dos procesos, la retirada y el reconocimiento, debían efectuarse simultáneamente.
Algo comenzó a cambiar cuando Sadat, presidente egipcio, fue recibido en la Knesset, al inicio de un proceso que culminaría con la firma de los acuerdos de Camp David.
Año después, tras la guerra del Yom Kipur, el mismo organismo emitió la Resolución 338, que remitía al cumplimiento de la 242. Evidentemente, ninguna circunstancia había cambiado.
Desde aquella fecha del año 67, la consigna «Paz por territorios» quedó grabada en la conciencia política israelí como una síntesis del espíritu de la Resolución 242. Cabe recordar que pocos meses después de la Guerra de los Seis Días, Aba Ebban, en aquella fecha ministro de Asustos Exteriores israelí, ofreció a la cumbre de países árabes reunidos en Jartum la retirada israelí a cambio del reconocimiento y la paz. Obtuvo como única respuesta la negación y el rechazo.
Algo comenzó a cambiar cuando Sadat, el presidente egipcio. fue recibido en la Knesset, al inicio de un proceso que culminaría con la firma de los Acuerdos de Camp David, iniciativa diplomática que sancionaría la paz entre Egipto e Israel y que, finalmente, le costaría la vida. Respondiendo a lo pactado con Egipto, Israel devolvió el Sinaí a cambio de un tratado de no agresión, y el país árabe, a su vez, renunció a su soberanía sobre la franja de Gaza, territorio que con anterioridad al 67 había sido anexionado por ellos. Posteriormente, en el primer aniversario de la Intifada o levantamiento palestino, el rey Husein de Jordania renunciaría a sus pretensiones sobre la margen occidental del río Jordán.
Gaza y Cisjordania son precisamente los territorios que la OLP reivindica para la construcción del Estado palestino, aquello que considera, al menos en una primera fase, como la base de su suelo nacional.
Desde 1967, una generación entera de israelíes y palestinos han alcanzado la madurez a ambos lados de la línea verde, y hoy los soldados israelíes que reprimen y los palestinos que han forjado la revuelta comparten unas mismas fechas de nacimiento.
1967, por lo tanto, es un año clave en la historia de Israel, fecha tan importante como aquellas otras que determinen las tres primeras aliyas (emigraciones) o la declaración de independencia.
Así, el Estado de Israel que ha gobernado las áreas ocupadas ya es mayor en edad, comparándolo a ese otro Israel fruto del armisticio de 1949.
Sin embargo, durante todos estos años podría decirse que ha sido la ambigüedad el factor dominante de la política israelí en los territorios. Fueron precisamente los partidos sionistas clásicos quienes rechazaron de entrada y de plano la posibilidad de la anexión. Y ello fue debido a la sencilla razón de que, debido a la población árabe que en ellos habitaba, el desplazamiento demográfico que esta decisión hubiera supuesto habría acabado automáticamente con la existencia de un Estado judío y convertido a Israel en un Estado binacional.
Es casi imposible adivinar si la posguerra va a cambiar algo en el difícil tablero de ajedrez que es Oriente Medio.
La ocupación militar generó una política compleja en la cual la memoria y la actualidad colisionaron hasta perpetuar situaciones insostenibles. Bajo el mandato laborista, Moshé Dayan trazó la política de dependencia de los territorios y de creación de lazos económicos con Israel, e Igal Alon llevó a cabo una estrategia de asentamientos, de fundación de «realidades concretas», dirección que intentaba reverdecer los laureles de los pioneros y colonos de la época del mandato británico en un espacio de la historia israelí en el cual la sociedad había entrado en una crisis de valores. A raíz del ascenso del Likud al gobierno, la situación se vio agravada por el auge del fundamentalismo expansionista de Gush Emunim y el nacionalismo sin fronteras de Eretz Israel Integra; los primeros reivindicaban Judea y Samaria como lugares sagrados de la historia, conciencia y memoria judía; los segundos consideraban esas tierras parte del proyecto sionista inicial.
Al margen de consideraciones territoriales, Gaza y Cisjordania pasaron a ser microcolonias de un Israel que se beneficiaba de materias primas y mano de obra baratas. Pero también es cierto que esto fue debido en alguna medida a la ausencia de una burguesía árabe capaz de crear riqueza en la zona y que el Estado judío invirtió importantes sumas de dinero en el sector servicios. Del mismo modo, se produjeron expropiaciones públicas y privadas, se incrementaron los rigores de la ocupación militar y en este tiempo creció una generación de palestinos para quienes el pasado y el futuro, simplemente, ya no existía.
Después, la aparición de una posguerra que se presume dura y cuyos únicos puntos claros son la tendencia a la democratización de los regímenes árabes, la consolidación de Siria, Egipto y Arabia Saudí como pilares árabes de esa zona estratégica.
En los primeros días del mes de enero, en Israel, dos libros escritos en inglés se habían convertido en best-sellers: el primero, The revolt, formaba parte de la memoria de Menahem Beguin y cubría los años de las <<<hazañas>>> del Irgun; el segundo, llamado Intifada, había sido escrito por Zeev Schiff, director del diario independiente Haaretz, de Tel Aviv, una de las «palomas mensajeras» más activas de la izquierda israelí.
Zeev Schiff y David Grossman, el joven autor de El viento amarillo, han sido los dos intelectuales israelíes que más datos han aportado para esclarecer las causas y circunstancias reales del levantamiento árabe. Grossman se adelantó a la explosión; Schiff realizó un estudio exhaustivo sobre la Intifada, y de él podemos deducir que el nacionalismo palestino ha sido una causa menor y secundaria en la sublevación. Del estudio de Schiff se deduce asimismo que los fundamentalistas de Hamas controlan gran parte de la Intifada y que la OLP pierde día a día terreno. Y esto lo escribe con gran dolor de corazón: Schiff se había mostrado siempre favorable a la creación de un Estado palestino en Gaza y Cisjordania y había señalado a Yasser Arafat como el interlocutor válido.
Al margen de consideraciones territoriales, Gaza y Cisjordania pasaron a ser microcolonias de un Israel que se beneficiaba de materias primas y mano de obra baratas.
Ciertamente, la Intifada ha creado un nuevo paradigma en la solución política al problema palestino. No se trata, por tanto, 1 margen de consideraciones territoriales, Gaza y Cisjordania pasaron a ser microcolonias de un Israel que se beneficiaba de materias primas y mano de obra baratas de que la OLP haya derogado o no la Carta Nacional Palestina o que esté dividida en diecisiete fracciones tradicionalmente enfrentadas entre sí, ni, tampoco, de la dificultad de crear un Estado palestino que pretenda establecerse entre Gaza y Cisjordania unido por un corredor interno, con todos los problemas de seguridad que este hecho plantea. Trátase, antes que nada, de saber quiénes son los representantes del pueblo palestino, quiénes pueden ser sus posibles interlocutores y qué modelo político desean para su propio futuro. El hecho de que ni Hamas ni el Frente Popular para la Liberación de Palestina de George Habache, de carácter pro-sirio, hayan querido sentarse con James Baker, añade más problemas.
Es casi imposible adivinar si la posguerra va a cambiar algo en el difícil tablero de ajedrez que es Oriente Medio. El Gobierno derechista israelí intentará firmar la paz con Siria y pretenderá llevar adelante el plan de paz Shamir-Rabin, cuyo primer postulado contempla la celebración de elecciones libres en las áreas ocupadas y cuyo horizonte, después de un período transitorio, es la creación de una federación autónoma jordana-palestina en el marco de una Confederación del Oriente Medio.
Por esa única razón, Shamir ha aceptado la proposición de una conferencia regional.
Algo sí puede haber cambiado: Israel ahora puede soñar con empezar a jugar la carta de la cooperación y el desarrollo económico.