Fernando Pessoa

Luis Alberto de Cuenca

De los heterónimos de Pessoa, prefiero sin ningún género de duda a Álvaro de Campos, el autor de cuatro de mis poemas favoritos: Ode marítima, Tabacaria, Ao volante do Chevrolet y Dobrada à moda do Porto. Durante los últimos veinte años, pero sobre todo entre 1980 y 1990, he celebrado desesperadamente el mundo leyendo esos poemas en compañía de mis amigos, y esas veladas —y algunos nombres propios que no vienen al caso— han justificado mi vida en un tanto por ciento considerable. Cuando las sombras envolvían la casa y las copas estaban llenas, alguien reclamaba a Pessoa, y yo me dirigía al privilegiado estante donde se encontraban las Obras completas de Edições Ática y extraía el volumen segundo de la serie, precisamente el de las Poesias de Álvaro de Campos.

En la página 37 del tomo —ahora pendiente de encuadernación, por la frecuencia de su uso— figuraba y figura el poema Ao volante do Chevrolet, que ahora les ofrezco en traducción propia, realizada ex profeso para Nueva Revista en este raro invierno de 1995, travestido de primavera. Al poner por escrito en castellano unos versos tantas veces trasladados de forma oral por mí a nuestra lengua en fiestas y saraos poéticos, se me ha puesto la carne de gallina recordando tiempos pasados y, por lo tanto, más felices. La época en que un ilustre abogado de Tenerife, a quien no veo hace diez años, recitaba a Pessoa como nadie en un Madrid joven y alegre. Me refiero a Fernando Arozena. Esta versión es para él, recordando su vivo ingenio y arrolladora simpatía, con el cariño y la amistad de siempre.

Al volante del Chevrolet…

Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
a la luz de la luna y al sueño por la carretera desierta,
conduzco en la soledad, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y qué más puede haber en seguir sino no parar y seguir?

Voy a pasar la noche a Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
pero, al llegar a Sintra, sentiré no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta angustia excesiva del espíritu por nada
en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera
de la vida…

Maleable a mis movimientos subconscientes al volante,
galopa debajo de mí, conmigo, el automóvil que me prestaron.
Sonrío del símbolo al pensar en él y al girar a la derecha.
¡En cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo!
¡Cuántas cosas prestadas conduzco como mías!
¡Cuánto de lo prestado, ay de mí, soy yo mismo!

A la izquierda una casucha —sí, una casucha— al borde de la carretera.
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que hasta hace poco parecía darme libertad,
es ahora una cosa donde estoy encerrado,
que sólo puedo conducir si estoy cerrado en ella,
que sólo domino si me incluyo en ella y ella me incluye a mí.

Quedó atrás, a la izquierda, la casucha modesta, aún menos que modesta.
Allí la vida debe ser feliz sólo porque no es la mía.

Si alguien me vio por la ventana de la casucha, soñará: aquél sí que es feliz.
Para el niño que curioseaba tras los cristales de la ventana del piso de arriba
tal vez habré quedado (con el automóvil prestado) como un sueño o una hada real.
A la muchacha que, al oír el motor, miró por la ventana de la cocina, en
el piso de abajo,
quizá le haya parecido algo así como el príncipe que hay en todo corazón de muchacha,
y de reojo, pegada a los cristales, me habrá seguido hasta la curva en que me perdí.

¿Dejo sueños detrás de mí, o es el automóvil quien los deja?
¿Yo, el conductor del automóvil prestado, o el automóvil prestado que conduzco?

En la carretera de Sintra, a la luz de la luna, en la tristeza, ante los campos y la noche,
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente,
me pierdo en la carretera futura, me abismo en la distancia que alcanzo,
y, en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,
acelero…

Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que me desvié al verlo sin verlo,
en la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra, al filo de la medianoche, a la luz de la luna, al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de mi propia imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez más lejos de mí…