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Ver productos1 Jul 1992 - 7min.
Ya está España incorporada a la Comunidad Europea y, por consiguiente, más directamente inmersa en el enigmático proceso de la «integración europea». España se incorpora a una dinámica históricamente imprevisible en la que los elementos y capacidades de los diferentes pueblos participantes van a entrar en potentísimo proceso de mutua interacción. De momento y por lo común la actitud general entre nosotros ha sido de carácter principalmente reactivo o adaptativo. Ciertas consecuencias inmediatas y tangibles de la entrada de España en la Comunidad, para diversos aspectos de la vida nacional, eran y son, claro está, perfectamente previsibles, produciéndose entonces, en medida variable, diversas reacciones adaptativas. Estas, que están cargando poderosamente el sentido de posibles dinámicas evolutivas para la sociedad española, han dependido y están dependiendo, naturalmente, de lo que eran y son «los datos de partida», la realidad española actual.
Pero, también, y en no menor medida, estas reacciones adaptativas tienen su origen en percepciones y concepciones de lo que puede o debe ser el papel de España en la futura dinámica histórica europea, entre las que se da una, a modo de «opinión más común», relativamente más extendida y vigente. Consiste ésta, principalmente, en esto: a) la incorporación de España a la Comunidad Europea era, con independencia de lo que han sido las condiciones de adhesión, juzgadas desfavorables en diversos aspectos, inevitable y, en abstracto, positiva; b) a lo que España puede y debe aspirar como miembro de la Comunidad Europea es a integrarse con cierta ventaja en el campo de fuerzas dinámicas que parece ya perfilarse, aunque, claro está, en una posición secundaria y periférica, salvo en temas o sectores menores; c) la dinámica global española razonable y realista es, por consiguiente, una dinámica de «convergencia», «ajuste» y «adaptación» a lo que la dinámica de ese campo de fuerzas europeo parece exigir a los elementos que en ella desean integrarse; d) ese ideal práctico y realista parece posible, pero exige, desde luego, medidas y cambios diversos, los necesarios para adaptarse, es decir para poder optar con cierta solvencia al «derecho de tracción».
La dinámica global española razonable y realista es, por consiguiente, una dinámica de «convergencia», «ajuste» y «adaptación» a lo que la dinámica de ese campo de fuerzas europeo parece exigir a los elementos que en ella desean integrarse.
Ahora bien, más allá de esta concepción reactiva y de acomodación, que tanto ha inspirado e inspira muchas políticas públicas, es necesario preguntarse: ¿en qué consiste el proyecto histórico español, hoy? Proyecto histórico español no, claro está, como proyectos políticos (en la medida en que éstos existan con dimensión histórica) de los gobiernos, sino como realidad proyectiva de España. Es decir, como sistema orgánico de proyectos de acción personal y social de los españoles dotados de un cierto horizonte histórico. Esta pregunta no es una curiosidad científica, sino una pregunta fundamental e inexcusable, porque de en lo que realmente consista ese sistema orgánico de proyectos personales depende en muy buena medida el contenido y el sentido del futuro histórico de España, en general, y como «parte» de la Comunidad Europea.
En efecto. Lo que le vaya aconteciendo a un pueblo no depende exclusiva ni principalmente de «condiciones naturales», del «peso de la historia» o de lo que otros pueblos vayan haciendo. Depende también y sobre todo del ejercicio que ese pueblo vaya haciendo de las virtudes, de la inteligencia y de la voluntad ordenada. Y, precisamente, en lo que se va plasmando y materializando ese ejercicio de las virtudes, de la inteligencia y de la voluntad ordenada, es en la naturaleza de los proyectos de acción que ese pueblo va produciendo. Hay un factor esencial en el proceso de producción de los sucesivos proyectos de acción personal y social de un pueblo: el «grado» de conciencia crítica con el que ese pueblo va tomando noticia de los proyectos que va elaborando. Sin un «grado» elevado de conciencia crítica de la naturaleza de sus propios proyectos de acción, un pueblo está condenado, inexorablemente, a no ser autónomo, a perder el control sobre sus propios proyectos de acción y, por consiguiente, sobre su historia.
Múltiples son las máscaras tras de las cuales puede esconderse esa oscura opción por el menor ejercicio de las virtudes, de la inteligencia y de la voluntad.
Olvidar o ignorar estas realidades no es signo de realismo o de «sentido práctico»; es, principalmente, signo inequívoco de inferioridad moral e intelectual libremente adquirida o mantenida. Múltiples son las máscaras tras de las cuales puede esconderse esa oscura opción por el menor ejercicio de las virtudes, de la inteligencia y de la voluntad. Una de las más letales, sin duda, es el próspero viscoso del pragmatismo. Mala es la percepción de la utopía, conducente a los peores excesos. No menos mala es la permanencia en esa forma de utopía inversa que consiste en excluir de todo proyecto vital la posibilidad del progreso moral, de la indagación racional y del ejercicio ordenado y sostenido de la voluntad. Esa opción conduce al derrotamiento más radical y, en particular, al de la autonomía personal y social. Es la opción por la degradación como proyecto vital.
¿Qué podemos decir acerca de la naturaleza del sistema orgánico de proyectos de acción personal y social de la España actual, en general y en relación con la futura dinámica histórica de Europa? ¿Qué presencia tiene la pregunta anterior en la realidad de la vida española? y, en particular, ¿qué «grado» de consciencia crítica con respecto del proceso permanente de formación de sus sistemas de proyectos de acción tiene hoy la sociedad española? Resulta imprescindible dar permanentemente respuesta a estas preguntas. No solamente para saber a qué atenerse, sino, sobre todo, porque ese proyecto de autointerrogación permanente y orgánica, no fortuita y sin efectos sobre el tráfico social, es condición necesaria para la mera existencia de una dinámica histórica de progreso moral e intelectual y, por consiguiente, en todos los demás órdenes. La concepción o actitud, «de acomodación» en relación con nuestra incorporación a la Comunidad Europea a la que nos referíamos en el comienzo de este texto no es otra cosa que, en parte, mera reacción casi refleja y, en parte, manifestación de un clima cultural. Clima en el que la indagación racional se substituye por la afirmación de tópicos más o menos verosímiles. Lo más grave no es, aún siéndolo mucho, la realidad de «todo lo que en España está mal», en términos absolutos o relativos. Lo más grave es el bajísimo «grado» de consciencia crítica que con respecto de lo que son, lo que implican y significan sus proyectos de acción tiene la sociedad española.
Lo más grave es el bajísimo «grado» de consciencia crítica que con respecto de lo que son, lo que implican y significan sus proyectos de acción tiene la sociedad española.
Lo más grave no son nuestra degradación moral, la escasa y decreciente función que entre nosotros ocupa el discurso racional y el ejercicio de la inteligencia, nuestra ausencia de autonomía cultural, etc., con ser gravísimo todo ello. Lo más grave es la vigencia y extensión de la actitud consistente en no querer tomar noticia de todo ello. Lo más grave es el afianzamiento entre nosotros de la preferencia por el tópico como substituto de la verdad y del vértigo como substituto del proyecto consciente.
Es posible que algunos españoles (pocos o muchos) prefieran la magia a la ciencia, la sofística al pensamiento racional y el vértigo acomodaticio y narcótico al fortalecimiento moral y que algunos (pocos o muchos) «dirigentes», profundamente sintónicos con esas preferencias, consideren buena operación «de imagen», conducente a la mejor gobernación del rebaño, colocarse la careta del pragmatismo. Nada de sorprendente tiene que en semejante operación concurran, felizmente unidos, los viejos vates que siempre estuvieron equivocados y los estólidos pragmáticos que jamás acertaron nada serio. Todo eso es posible. Bien: desvelémoslo, examinémoslo. Tomemos noticia de lo que somos y de lo que nos proponemos. Propiciemos la autointerrogación, el contraste de nuestros proyectos.
En ausencia de una dinámica semejante no solamente nuestra contribución a la futura dinámica histórica de Europa será insignificante, sino, además, para desconcierto de otro tipo de pragmáticos, que convendremos aquí en denominar «pragmáticos de buena fe», tampoco «seremos competitivos» en las escasas y marginales actividades propuestas como objetivo razonable
en el gran designio pragmático de la acomodación pasiva. Claro está que hay que hablar de porcentajes, de números y de capitales, humanos y no humanos. Pero en el seno de un proceso de examen y crítica de nuestra realidad, de nuestra cultura, de nuestros proyectos vitales. De no ser así no solamente los números y los porcentajes serán vanos, sino, además y sobre todo, habremos optado por el mal.