Ernst Jünger: Las armas y las letras

Ernst Jünger no sólo es uno de los autores fundamentales de nuestro tiempo, sino que es además uno de los últimos representantes de la estirpe del guerrero escritor. En 1920 publica su primer y más famoso libro, Tempestades de acero, en el que narra sus experiencias de combatiente de la Primera Guerra Mundial. Luego de una dilatada carrera literaria, en una de sus últimas obras, El autor y la escritura, Ernst Jünger reflexiona sobre el oficio de escritor.

Lorenzo Martín del Burgo

Que Ernst Jünger sea uno de los autores fundamentales de nuestro tiempo es un hecho sabido por todos, empezando por sus detractores; pero Jünger no es únicamente uno de los más grandes escritores del siglo XX y con toda probabilidad el más grande escritor vivo en la actualidad, sino que además es el último superviviente de una estirpe en vías de extinción, la del escritor soldado, la del guerrero escritor, que, antes de medir sus armas en la palestra de las letras, las ha medido en el campo de batalla. Estirpe en otros tiempos numerosa, recordemos a título de ejemplo, sin salirnos del marco de nuestra literatura, los nombres de Manrique, Garcilaso, Aldana y, sobre todo, Cervantes, el cual, más que de la mano con que escribió Don Quijote, se enorgullecía de la que había perdido combatiendo en Lepanto, dicha estirpe conserva hoy día en la figura de Jünger al último de sus ilustres representantes.

En efecto, el pacifismo formando parte, al parecer, incuestionable de la ideología vigente, no por difusa, menos dominante, junto al hecho del confinamiento de la guerra (dejando aparte ese apocalipsis que la ciencia y la técnica modernas se empeñan tercamente en garantizarnos), del confinamiento de la guerra, decíamos, como un mero fenómeno tercermundista, no parece que los escritores del futuro, al menos del mundo llamado civilizado, vayan a tener muchas oportunidades de alternar el manejo de la pluma con el de la espada, o, mejor dicho, de afilar aquélla en el previo ejercicio de ésta. Y, sin embargo, todavía alguien tan pacífico y bondadoso como don Antonio Machado nos quería legar su verso «como deja el capitán su espada».

Guerra y paz

Como es sabido Ernst Jünger comienza su carrera literaria con Tempestades de acero, en el que narra sus experiencias de combatiente de la Primera Guerra Mundial. Luego de una dilatada carrera literaria, en una de sus últimas obras, El autor y la escritura, Ernst Jünger reflexiona sobre el oficio de escritor.

Jünger describe sus experiencias de combatiente de la Gran Guerra, en la que fue herido siete veces, por lo que fue condecorado con la Cruz de Hierro y, más todavía, con la Orden «pour le Mérite», con el anuncio de cuya concesión se cierra precisamente el libro. Leyendo Tempestades de acero y el resto de los escritos de guerra de Jünger, uno no puede evitar acordarse melancólicamente de Chesterton, cuando decía que seguramente los pacifistas tenían razón al preferir la paz a la guerra, pero que el que no había estado en la guerra se había perdido sin duda algo de la vida.

De Tempestades de acero decía André Gide que era el más hermoso libro de guerra que hubiese leído nunca, opinión inconveniente en compartir. Por lo demás, aunque para nosotros no es el mejor libro de Jünger (lo que por otra parte sería prácticamente imposible decidir tratándose de un autor que sólo parece capaz de escribir obras maestras, si no es dejándose llevar por las predilecciones individuales, y las nuestras, que no ocultamos de ningún modo, darían el palmarés seguramente a Juegos africanos), sí es el punto de arranque, la base de toda su obra posterior, y esto no solamente por el hecho de que sea su primera obra, pues en ocasiones, quizá en la mayor parte de las ocasiones, un escritor malogra inevitablemente sus primeros libros, no comenzando verdaderamente su obra hasta haber cosechado el fracaso de sus primeros intentos.

No así Jünger, del que podemos decir que el germen de toda su obra posterior se encuentra ya en su primer libro, en Tempestades de acero, pues en éste, más allá de los avatares concretos de la guerra, más allá de la violencia espeluznante de la Gran Guerra, y hay que decir que Jünger nunca rehúye esta violencia, este horror, sino todo lo contrario, zambulléndose por completo en ellos, en realidad nos está contando «una iniciación, una iniciación que no sólo abría las ardientes cámaras del horror, sino que también conducía a través de ellas». Pues, en medio del fragor de las armas inmisericordes, Jünger se ha asomado «por vez primera a las profundidades de determinados ámbitos sobrepersonales».

Así resulta sumamente revelador lo que nos cuenta al ser herido por sexta vez. «Creí que había sido alcanzado en el pecho, pero, mientras aguardaba a la muerte, no sentía ni dolor ni miedo. Al caer vi los blancos, lisos guijarros en el barro de la carretera; la forma en que se hallaban colocados estaba llena de sentido, era necesaria como la ordenación de los astros y anunciaba grandes misterios. Aquello me resultaba familiar y era más importante que la matanza que me rodeaba.» Y más todavía lo que siente al ser herido por séptima vez, al recibir la herida que ya definitivamente le granjeará, como dijimos antes, la Orden «pour le Mérite». Saltando por encima de una trinchera es alcanzado por una bala, que lo lanza por los aires «como un ave de caza». Jünger cae sobre el piso de la trinchera sintiendo que esta vez es la definitiva, que la vida se le escapa irrevocablemente. Y añade: «Y, sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él captó la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase. Notaba un asombro incrédulo, el asombro de que precisamente allí fuera a acabar mi vida; pero era un asombro lleno de alegría». Y concluye: «Allí no había ya ni guerra ni enemistad».

A partir de aquí, luego de la publicación en 1920 de Tempestades de acero, que lo catapultará inmediatamente al estrellato literario, Jünger comienza una ininterrumpida carrera de escritor que todavía, a los 94 años, no ha concluido, es decir, que, luego de haberse consagrado a las armas en su juventud, es al cultivo de las letras al que consagra Jünger el resto de su vida. Cierto que será movilizado en la Segunda Guerra Mundial, pero su actitud en ésta será muy distinta a la que mantuvo en la Primera.

Jünger para entonces ha perdido esa fascinación por la violencia que le llevó a alistarse voluntario en la Primera y a combatir frenéticamente en la lucha de trincheras. De su desapego y su actitud distante en la Segunda Guerra Mundial nos ha quedado un portentoso testimonio en sus diarios, de los que el lector español cuenta con la traducción de los relativos a la primera parte de este período, Radiaciones I (1939-1943). Así se ha llegado a calificar en este período como «un esteta en la guerra». Por lo demás, en una entrevista reciente, Jünger se lamentaba de haber perdido demasiado tiempo en la guerra en su juventud. Sin embargo, nosotros, sin desmerecer la magnitud de su obra literaria, sino todo lo contrario, pensamos que esta obra, que los vislumbres a partir de los cuales Jünger edifica su magna obra, como hemos visto, de alguna manera han tenido comienzo en el fragor de las armas, sin el cual difícilmente sería concebible.

Pero, en fin, sean cuales sean los comienzos de su cultivo denodado, nunca desfalleciente, de las letras, Jünger, luego de una vida intensa y extensa de escritor, dedica una de sus últimas obras a reflexionar precisamente sobre el oficio de las letras, El autor y la escritura, y a esta obra es a la que quisiéramos dedicar las últimas reflexiones de este artículo, en los reducidos límites del cual resulta de todo punto imposible pretender abarcar la totalidad de una obra de las dimensiones de la de Jünger. Entre una y otra cosa, entre Tempestades de acero y El autor y la escritura, quedan sus fascinantes novelas, su monumental diario, sus penetrantes estudios de las figuras del trabajador, del rebelde, del anarca, sus investigaciones apasionadas del mundo de los insectos, de los relojes de arena, sus audaces experimentos con las drogas, toda una carrera de escritor, en fin, de una magnitud sin parangón posible en el más bien anodino panorama literario de la actualidad.

Veracidad

En efecto, pocas reflexiones, pocos testimonios del oficio de las letras, pueden encontrarse de la lucidez, de la autenticidad, de la absoluta veracidad e inmediatez de que da muestra El autor y la escritura. El lector tiene la sensación de adentrarse en el taller del escritor, de ver el oficio de escritor casi por primera vez, desde dentro, y de verlo con una mirada, por su penetración, de todo punto singular. Porque generalmente las reflexiones sobre la literatura que más abundan son la de los no literatos, o por lo menos las de literatos de talla más bien dudosa. Incluso cuando un escritor de auténtica altura se decide a reflexionar sobre su oficio, lo habitual es que lo haga por vía indirecta, por el sesgo de la crítica de otros escritores. Pero, desde luego, no suelen ser habituales la valentía rigurosa y la lucidez apasionada con que Jünger encara el trabajo de escritor.

Porque, en cierto modo, por alejado que El autor y la escritura se encuentre de Tempestades de acero y por distintos que sean los mundos a que Jünger consagra en ambos libros su penetrante mirada, el lector experimenta una rara sensación de cercanía, una emoción extrañamente próxima, ante una y otra obra. Y, así como en Tempestades de acero la sensación que tiene el lector es la de asistir al combate, de ver la guerra desde dentro, y es precisamente esta veracidad absoluta la que sin duda hacía decir a Gide que era el libro de guerra más hermoso que había leído nunca (pues, como es sabido, lo bello no puede ser bello si no es previamente verdadero), del mismo modo la sensación que provoca la lectura de El autor y la escritura es la de asistir al callado combate de las letras, a la sigilosa, pero no menos denodada, lucha de la pluma, un combate, una lucha, que se contemplan asimismo desde dentro, desde la primerísima línea de esa guerra invisible con los fantasmas.

Prácticamente no hay un sólo aspecto de alguna manera relacionado con el mundo de la escritura al que Jünger no dedique su aguda reflexión. Pero de todo ello quisiéramos transcribir una muestra, una muestra del talento y el vigor de las meditaciones de Jünger, y con ello terminamos. Cualquiera que haya sentido la llamada de las Musas y que se vea imposibilitado de responder a ella, al menos con la exigencia y la exclusividad que esa llamada impone, por perentorias necesidades de la más elemental supervivencia, asentirá fervorosamente a Jünger cuando dice:

«El autor, más que nada, necesita tiempo. Si dispone de él, estará satisfecho aun en «la choza más pequeña». El dinero tiene importancia para él sólo en la medida en que le puede garantizar el tiempo. La manera como lo distribuye, si trabaja de día, de noche, mucho, poco, nada (eso quiere decir, medita) es asunto de él. Depende de su estado de ánimo y de su manera de vivir, y también de su disciplina. La obra lo mostrará».

NOTAS

  • Tempestades de acero, El bosquecillo y El estallido de la guerra de 1914, Barcelona: Tusquets, 1987. Existía en castellano una edición previa de Tempestades de acero, Barcelona: Iberia, 1970.
  • Madrid: Guadarrama, 1970.
  • Barcelona: Tusquets, 1989. Previamente, el lector español contaba sólo con una selección del Diario de guerra y de ocupación (1938-1948), Barcelona: Plaza & Janés, 1972.
  • Barcelona: Gedisa, 1987.